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El lento aprendiz
El blog de Enrique Redel
28 de junio de 2010

De un tiempo a esta parte he venido descubriendo que hablar de mi propia militancia deportiva, de mis propios colores, de mi propia vivencia como aficionado al fútbol se ha ido convirtiendo en su sibilino y doloroso ejercicio de autojustificación. En un anuncio famoso, un niño, sentado en el asiento trasero de un coche, preguntaba por sorpresa a su padre: “Papá, ¿por qué somos del Atleti?”. Ante lo cual el padre, cariacontecido, respondía con un largo silencio mientras observaba al muchacho por el retrovisor, casi con pena, autorrecriminándose por haber condenado a su vástago a una vida de sinsabores. No le respondía nada, naturalmente. Porque no existe una respuesta. Esas preguntas no se hacen así como así, a traición. No metamos el dedo en la llaga. Generaciones y generaciones de atléticos, tras la enésima derrota épica, tras el enésimo robo antológico en nuestro propio campo, tras la enésima burla del prepotente madridista en el bar, en la oficina, en la mesa familiar cada domingo, nos hemos preguntado una y mil veces por qué narices somos del Atleti. Sin respuesta. Quiero pensar que somos del Atleti porque así lo quiso Dios. Una maldición divina, vamos, como la de la langosta.

Pero ante todo, señores, un respeto. Bien es cierto que la militancia atlética se lleva en ocasiones de modo clandestino, culpable, y eso no es justo. Todavía puedo ver a Torrente, otro atlético insigne, tirando su bufanda por una alcantarilla al ver aparecer en lontananza, en la negra noche, a un grupo de aficionados del Madrid con no muy buenas intenciones. Muchos viven ocultos, como avergonzados del equipo de sus amores. Amores no correspondidos. No es elegante, ni chic, ser del Atleti, porque uno no puede presumir de casi nada. Nos suelen identificar —de dónde habrá salido la especie— con nativos de barrios populares, habitantes de corralas y patios de vecinos, sitios poco glamorosos. Comedores ávidos de mollejas y chinchulines, frecuentadores de verbenas en praderas, aves de terrazas suburbiales, gatos de Lavapiés. Todo tan castizo… Gentes que pasan sus noches de verano al fresco, y no en locales exclusivos con aire acondicionado. Nuestro estadio linda con el río Manzanares, por el que bajan flotando los seiscientos oxidados y los cadáveres de los yonkis que se pasaron de la raya en los peligrosos jardines de San Antonio de la Florida. El estadio de los otros está en la zona noble, a la que uno va en taxi, a la sombra de rascacielos inmensos llenos de banqueros ricachones, al que se llega por amplias avenidas flanqueadas de ministerios, palacios y chalets unifamiliares. Nuestro skyline es bien humildoso: la inmensa mole difunta de la fábrica de Mahou y los populosos arrabales de Usera, con dos pirámides de pega en lontananza. Y la M-30, ojo, que nunca duerme. Lo nuestro es la realidad. Y la realidad es la que es. Así que un respeto.

Papá, ¿por qué somos del Atleti? En mi caso, fue mi abuelo. Enrique Redel Pineda. Cordobés. Un tipo alto. Por algún lado tengo una foto suya toreando con John Huston. Luchó con los nacionales, era muy católico. Desertó de la guerra porque quería ir a ver a su tía, aunque luego le dieron una medalla (no por desertar, supongo). Recuerdo que usaba sombrero, lucía fino bigote y que venía todos los domingos a comer paella a mi casa. No dejaba ni un grano. Cuando llegó a Madrid, en los años cuarenta, se hizo del Atleti porque el portero que jugaba en aquella época era cordobés, como él. Iba con mi padre al Metropolitano; mi padre iba antes, cogía sitio, llevaba una tartera con la merienda. Vivían en Ríos Rosas, en el barrio de Chamberí, en la calle Cristóbal Bordiu, allí nació mi padre. A un tiro de piedra de Chamartín, pero a mi padre nunca le fue el Madrid. Alguna vez me ha enseñado su carnet de socio del Atleti, un número bajo. En él aparece la fotografía de un adolescente delgado, cuesta reconocerlo.

Mi abuelo venía cada domingo a comer paella, y luego nos íbamos al fútbol. Me hicieron socio con diez años —socio 14.016— y luego me llevaron a Casa Mingo a celebrarlo. Ritos de paso. Cada domingo, tras la paella, yo me sentaba entre mi padre y mi abuelo, que estaban abonados, justo al lado de la tribuna del Vicente Calderón, a la altura de mitad de campo. Delante teníamos a una señora bajita que no dejaba de vociferar improperios al árbitro (se los merecía). En una ocasión mi abuelo, en un rapto de desesperación, tras un robo a mano armada del Madrid en nuestro propio campo, tiró el carnet al río (el estadio rugía: “Así, así, así gana el Madrid”). El Atleti perdía siempre, al menos eso recuerdo. En mi clase, en el colegio Sagrados Corazones, rodeado de hijos de generales, políticos y jinetes famosos, procuraba que nadie supiese que era del Atleti, cosa difícil en una época en que todo gravitaba en torno al fútbol. En aquella época, ser del Atleti no era un signo de independencia, ni daba personalidad, como ahora. Era un baldón. Nunca ganábamos nada. Una época dura. Poco después pasé a la clandestinidad, apostaté, y negué mis raíces durante unos diez años. Las negué muchas veces, y en público, y puede que esta entrada en este blog venga a ser mi credo, mi vuelta a la religión verdadera, una religión de dolor, sufrimiento y fatalismo. Luego volví al redil. Qué remedio. Uno es quien es, y no puede evitarlo. Soy un atlético renacido. ¿Con tendencia a pensar que la vida es un Gólgota por el que tenemos que pasar irremisiblemente? Puede. No en vano la calle que está al lado de mi estadio se llama el Paseo de los Melancólicos.

(Imagen: © Julio César González)



Archivado en: fútbol | Etiquetas: fútbol, atleti, vicente calderón, madrid, real madrid
05 de mayo de 2010

Lo importante es que se lea. Aunque sea el Pronto. Dos datos. Un reciente estudio de una agencia norteamericana, que analiza, de modo periódico, los hábitos culturales de los estadounidenses desde hace décadas, señala que en los últimos quince años los índices de lectura entre los acomododados yanquis se han desplomado. Parece ser que sólo un cincuenta por ciento de los americanos lee algo (libros, revistas, periódicos, las instrucciones del horno, el MAD), y muchos de ellos sólo de vez en cuando. Esto significa, meditaba yo alarmado, que un cincuenta por ciento de los americanos no lee absolutamente nada. Además, según el dichoso estudio, el perfil de los que se aplicaban a leer libros (específicamente) correspondía a los sectores activos de la población (esto es, a aquellos que conocemos como “concienciados”), mientras que los pasivos sencillamente no leían. Llegaban a casa, se enchufaban a la consola (y esto si directamente no se dedicaban a mirar al techo mientras masticaban tabaco o un tallo de trigo) o se tragaban su sesión diaria de American Idol o de cualquier otra majadería por el estilo.

[Nada decía de los que veían series de la HBO compulsivamente (la nueva narrativa de calidad, como ustedes bien sabrán).]

Bueno, esto es América, dirán ustedes. Un continente lleno de paletos que no saben ni leer las señales y que consideran “WalMart” una marca de prestigio. Pero eso también está pasando en Francia, pásmense. Francia, epicentro de la república de las letras, cuna del refinamiento intelectual, donde hay gente que lee a Herodoto mientras desayuna (eso lo he visto yo con mis propios ojos, en una terraza en Arcachon, donde pasaba el verano). Un reciente artículo publicado en una prestigiosa revista gala del sector (juraría que es Lives Hebdo), apuntaba a un descenso en los índices de lectura de las jóvenes parejas que se marchan a vivir juntas. Antaño, parece ser, dice el artículo, cuando uno se iba a vivir con su pareja, se solían cumplimentar una serie de ritos burgueses, muy franceses, muy “culturetas”: unificar las bibliotecas de los amantes, emprender adquisiciones comunales de fondos bibliográficos, decidir de consuno cuáles serían los libros que leerían los hijos francesitos de la pareja, montar alguna que otra tertulia literaria en casa, una cena erudita, qué sé yo. Ahora no. Ahora los jóvenes amantes, que acostumbraban a devorar libros por separado cuando cada uno vivía en su casa (la educación francesa es muy buena y muy humanista, uno sale del liceo muy leído y con ganas de arrasar), cuando deciden alquilar su pisito o su cuca buhardillita parisina para hacer vida en común, dejan de leer, sorprendentemente, y pasan a dedicar su tiempo a irse de marcha con otras jóvenes parejas, que tampoco leen porque tienen que irse de marcha con ellos.

[Algo muy español y muy propio, “la marcha”: santo y seña de los orgullos patrios, puntal de nuestro producto interior bruto (lo de bruto no va con segundas), sinónimo mismo de España. Mi pregunta: ¿se estará españolizando Francia, pero a lo chungo? Aquí hasta los escritores y los editores están todo el día de marcha. ¿Se imaginan ustedes a Claude Gallimard de marcha? Y no sigo leyendo.]

Ante este panorama, tras esta constatación, es obligada una reflexión. Frente a las otras ofertas de ocio (algunas realmente atractivas y agresivas), hay que hacer que la lectura siga siendo una opción. En papel y en digital (cuando toque, que aún no toca). Porque la lectura no sólo es entretenimiento, es expresión culta de lo que somos. Buena parte del conocimiento que merece la pena está consignado por escrito. Ser humano consiste en crecer intelectualmente, así que leer nos hace más humanos. No creo que la salida sea leer por obligación, más bien al contrario. Cuando yo empecé a hacerlo, leía por rebeldía. Todos mis amigos lectores también leían a la contra: de sus padres, de sus profesores, de los estúpidos que les decían lo que había que leer. Así que no deberíamos enrocarnos en modelos caducos de lectura. Lo importante es hacerlo, y salirnos con la nuestra, conseguir que la cadena de los lectores tenga nuevos eslabones. El único modo en que podremos recuperar a los oficiantes de la generación Nintendo es haciendo que leer, o comprar un libro, sea tan divertido como jugar al Call of Duty.

(Imagen: París, Boulevard Diderot, 1969 (Detalle). © Henri Cartier-Bresson)



Archivado en: libros, televisión, lectores, educación | Etiquetas: francia, lectores, educación, hbo
10 de febrero de 2010

Wyndham Lewis, ese monstruo. Déjenme que les cuente. Últimamente me da la impresión de que me he especializado en publicar obras de los más notables enemigos públicos. Gente que cae mal a una parte razonable de la sociedad. Muy mal. Casi siempre por motivos espurios, superficiales… políticos (y por tanto necesariamente estúpidos): ahí tienen a Mircea Eliade, que cometió el pecado de adorar en su juventud a una figura de maldad mefistofélica, Nae Ionescu, que le sedujo de tal modo que acabó integrando la fatídica Guardia de Hierro (igual, por lo demás, que el resto de la intelectualidad rumana de entreguerras, solo que muchos de ellos luego entonaron la consabida cantinela del pecado de juventud, algo que Eliade no hizo, y que pagó durante toda su vida); o a Boris Savinkov, nihilista ruso ilustrado, dandi irresistible, terrorista a jornada partida, que tan pronto hacía volar por los aires al gobernador general de Moscú, como seducía a la aristócrata revolucionaria que había fabricado la bomba; o a esa fuerza de la naturaleza literaria que es X. L. Méndez Ferrín, probablemente el mejor escritor peninsular vivo, marxista convencido y al que no se le perdona que declare su verdad siempre que se le da la oportunidad de hacerlo (considerado por muchos el mejor escritor de la historia de la literatura gallega, pero que daría cien mil vueltas en materia de literatura castellana a más de un relamido académico).

Pero, entre los monstruos, Wyndham Lewis se lleva la palma. Tanto que ya en vida fue conocido como “el Enemigo”, y a fe que se ganó el apelativo a pulso. Pintor de talento, narrador de genio, escritor considerado por T. S. Eliot como el mejor periodista de su generación (un dardo envenenado del bueno de Eliot), consagró su vida a remar contra corriente. De hecho, nació en un yate, en aguas de la provincia canadiense de Nueva Escocia. Sus padres eran ricos. Estudió en las mejores escuelas, y ya pronto se consagró como un animal polémico. En los albores de las Vanguardias artísticas europeas, fue el creador de una de ellas, el Vorticismo. Su gestación fue de lo más singular. Coincidió en unos urinarios con Marinetti, el creador del Futurismo, que intentó convencerle de que se integrara en sus filas, con todos sus seguidores y adeptos. Él repuso que difícilmente podía adorar la velocidad y las máquinas, como los Futuristas, puesto que, siendo inglés, desde niño estaba rodeado de ellas, formaban parte de su propia identidad nacional. El órgano del Vorticismo, la revista Blast (que significa “Estallido”), fue publicada por primera vez antes de que comenzara la Gran Guerra, y lo convirtió en una celebridad. Lewis fue reclutado como artillero, y enviado al saliente de Ypres, escenario de una de las mayores carnicerías de la guerra. Según cuenta en su Estallidos y bombardeos (Blasting and Bombardiering, editado por Impedimenta), piedra de toque de la filosofía vital y personal de Lewis, y un ácido resumen de sus andanzas bélico-literarias durante el período más fértil y raro de su vida, lo que era difícil era que te alcanzara un obús (cuesta creerlo). Más bien los oficiales como él se dedicaban a irse de borrachera, y a vilipendiar a los boches, puño en alto, por la invención de la guerra aérea (algo inmoral, decían los ingleses). Acabaría pidiendo el traslado al Batallón de Artistas canadiense, donde se dedicaría a pintar barcos de guerra para que pasasen desapercibidos.

Lewis, escritor de genio, como digo, dedicaba además su tiempo libre a hacer trajecitos a sus compañeros de generación. No se salvó nadie de su escrutinio: James Joyce, T. S. Eliot, Ezra Pound, Augustus John, Lawrence de Arabia, Ronald Firbank, Edith Sitwell. El grupo de Bloomsbury en pleno fue motivo de sátira descarnada en su novela Los monos de Dios, que próximamente publicaremos en Impedimenta. Además, Lewis cometió el pecado nefando de dejarse seducir por ese otro Mefistófeles de los pueblos arios, Adolf Hitler, sobre el que publicó un panfleto de lo más laudatorio, titulado, muy oportunamente, Hitler (en una época en la que, paradójicamente, hasta el propio Churchill se sentía atraído fatalmente por el austriaco). Ésa sería su perdición. Calificado automáticamente por sus detractores (muchos de ellos damnificados por su pluma incisiva) como fascista de remate, fue demonizado y apartado del canon. Quien, con todo merecimiento fue el quinto Beatle de las letras inglesas de entreguerras (con Pound, Eliot, Joyce y Woolf), pasó a ser un apestado de las letras anglosajonas, poco traducido y menos editado. No sirvió de nada que, años después, denunciara su propio papanatismo ideológico (compartido con toda una generación de europeos papanatizados) en The Hitler Cult. No se le perdonó su independencia, ni su espíritu iconoclasta.

Eso reabre el debate sobre si el escritor, además de buen escritor, ha de ser buena persona, un modelo para sus semejantes, un padre ideal, esas cosas. Pero eso será materia de otra entrada de este blog tan disperso y caótico.

Wyndham Lewis (1882-1957)”
Fundación Juan March (Madrid)
Del 5 de febrero al 16 de mayo

(Imagen: Wyndhan Lewis, de paisano y en el frente)



23 de diciembre de 2009

Vaya tropa. Hace unos días tuve el placer de asistir a la presentación en la librería Rafael Alberti, en Madrid, de la última novela del bueno de Pablo d'Ors. La novela se llama Los amigos del desierto y se la ha publicado, como casi todas las suyas, Anagrama. Pablo es uno de los mejores escritores españoles vivos, y yo me fío mucho de él, porque antes que nada, Pablo es muy buen tipo, cabal (qué palabra tan pasada de moda y tan apolillada; “un hombre a carta cabal”, qué expresión tan desusada, algo que diría gangueando un general retirado, o Unamuno, o el abuelo de Unamuno, mientras mojaba un trozo de bizcocho en café con leche en una mesita con faldillas y brasero de picón, “¡un hombre a carta cabal!”, qué cosa tan acartonada) y no finge, ni imposta. Vamos, que lo que dice va a misa. Y no lo digo porque en su vida civil Pablo sea capellán, que es lo de menos. Pero no es de Pablo d’Ors de quien quiero hablar en esta entrada, o artículo, o lo que sea, aunque se lo merezca, sino de algo que Pablo dijo en esa presentación. Pablo estaba muy cansado de que su literatura fuera una interminable expedición en busca de la enfermedad, de la rareza, del dolor, del espanto. Quería que la literatura, escribir, le ayudara a descansar de sí mismo, quería que su literatura fuera en cierto modo curativa. Tras largos años luchando con sus propios fantasmas, tentándolos, entrando al trapo de sus envites, había empezado a cansarse. Nos decía que esta novela era el principio de una nueva manera de afrontar su quehacer creativo, que quería dejar de sufrir. Dios le oiga.

Viendo uno el percal, y aun a riesgo de que se le acuse de caer en la caricatura, da la impresión de que es necesario pasarlo pero que muy mal para ser alguien en este negocio de la escritura. No lo neguemos, la leyenda negra está ahí. Un neófito dispuesto a emular a aquellos que lograron pasar con nota el escrutinio de los libros de historia de la literatura, tiene ante sí unos cuantos modelitos de felicidad que son como para echarse al monte: Virginia Woolf, multidepresiva, su vida psíquica era una auténtica montaña rusa; cada vez que acababa una novela agarraba un berrinche; murió tras tirarse con los bolsillos del abrigo llenos de piedras a un río cercano a su casa, tras varios intentos fallidos de acabar con su vida. Natsume Soseki, alcohólico traumatizado por sus propias paranoias, escribía novelas sobre gatos y sobre inocentes muchachos destinados en escuelas rurales para conjurar su sufrimiento; pasó por una estancia espantosa en Londres, de la que le tuvo que rescatar un emisario del gobierno japonés. Jerome David Salinger, sociofóbico compulsivo, grafómano inédito (se dice que es autor de decenas de volúmenes que versan sobre la superdotada familia Glass, que nunca jamás de los jamases dará a la imprenta, y que se perderán irremisiblemente), fanático del zen, sólo comparable en su afán eremítico a Thomas Pynchon, el señor de la paranoia, profeta de la sociedad de masas, un tipo escurridizo especialista en borrar sus propias huellas y convencido de que el gobierno americano (“ese nido de malditos burócratas de Washington”) acabará con él en cualquier momento. Ernest Hemingway, alcohólico y depresivo, se voló la cabeza con una escopeta al enterarse de que tenía Alzheimer. Emily Dickinson, agorafóbica, no salió de su habitación en años, y escribía poemas sin parar, que numeraba en riguroso orden. James Joyce, alcohólico superdotado para la apostasía y el erotismo à la irlandaise, gorrón compulsivo, cantante pasable, solía animar por carta a su compañera sentimental, Nora Barnacle, a que se liara con algún amigo a fin de ver de primera mano cómo se sentía un cornudo, y así poder construir con mejores mimbres su personaje de Leopold Bloom. Murió de muerte natural, pero hasta en eso fue genio y figura: Nora, al expirar él, exclamó: “Fue un fanático”. Visto eso, lo que está claro es que pertenecer al selecto parnaso de los escritores inmortales es cada vez más parecido a estar en plantilla de algún sádico directivo de France Telécom. Vean si no a Sylvia Plath, que metió la cabeza en el horno; a Anne Sexton, que se introdujo en el garaje con el coche en marcha, igual que el bueno de John Kennedy Toole; a Adalbert Stifter, que se cortó el cuello y agonizó durante ¿cuánto? dos días; a Yukio Mishima, quien, tras una pantomima filofascista ante una tropa de soldados samuráis de pega, cometió sepuku, o suicidio ritual japonés, con una larga espada o katana, ante la mirada atónita de su asistente y ex amante, que no fue capaz de darle el golpe de gracia y cortarle, tras varios intentos fallidos, la cabeza como mandaban los cánones; a Marina Tsvetaeva, que se colgó hasta morir en el destierro; o a Paul Celan, que se arrojó de cabeza al Sena tras mandar su último poemario a un amigo.

Y es que la fama que tienen los literatos tiene a veces tintes que lo asemejan a las propias patologías psiquiátricas. Escuchemos al amigo Stanislaw Lem hablando en su primera novela, El hospital de la transfiguración, de algunos galácticos indiscutibles del universo libro: “Balzac, psicópata maniático; Baudelaire, histérico; Chopin, neurasténico; Dante, esquizoide; Goethe, alcohólico; Hölderlin, esquizofrénico”.

En fin, de lo que no cabe duda, visto lo visto, es de que hablar de literatura y enfermedad es, cada vez más, un tópico de libro (el mundo de los malos clichés está lleno de rubias tontas, nazis homosexuales, cubanos rompehímenes e incluso, pásmense, de editores avaros y codiciosos cuya único objetivo en la vida es exprimir a sus autores, qué cosas se oyen). Es evidente que los genios lo son porque sus oídos escuchan en otra frecuencia, porque ven más allá de lo evidente, porque son capaces de filtrar la realidad de un modo más individual. Y eso debe de doler que no veas. Sobre todo en un mundo cuajado de necios, como éste. Así que cuando vean ustedes a un escritor sonriente en una presentación atendiendo como si nada a sus lectores, con una gran sonrisa cruzándoles la cara, desconfíen. La procesión va por dentro.

(Imagen: Natsume Soseki)



06 de noviembre de 2009

Oh, créanme: Bernard Black es mi héroe. Se trata de un sociópata alcohólico, irlandés, misántropo, adicto a la nicotina, totalmente inepto para la contabilidad más básica, y con graves problemas de comportamiento. Y, además, tiene una librería.

Bernard, propietario de Black Books, desorganizado establecimiento enclavado en pleno barrio londinense de Bloomsbury, siempre está de un humor de perros. Ama con locura sus libros y odia fervorosamente a sus clientes. Literalmente, no puede ni verlos, le caen mal. Cuando aparecen por la puerta, los echa con cajas destempladas, utilizando un megáfono. O bien les coloca el libro que no quieren, para que aprendan a no meterse donde no les llaman.

Black Books, serie mítica donde las haya para todo letraherido que se precie, comenzó a emitirse en el año 2000 en Channel 4, y duró hasta 2005, cosechando varios BAFTAs a la mejor comedia del año. Su creador, Dylan Moran, que hace el papel de Bernard Black, es un cómico irlandés bastante conocido en el Reino Unido. Creo que ésta es la última serie británica que es realmente graciosa. Es la serie que todo librero en horas bajas debería ver. Yo no me canso de recomendarla desde hace un mes a todo aquel que se cruza conmigo.

La mejor amiga del dipsómano Bernard es Fran Katzenjammer, la típica chica rara, propensa a la bebida y obsesionada con los hombres de voz profunda. Fran regenta una tienda llamada Nitty Gifty, adyacente a la librería y dedicada a la venta de regalos inútiles, bibelots de usar y tirar, y demás cachivaches de diseño. La suya es una vida bastante absurda. Cada vez que sale con un hombre, le sale rana. O bien es gay, o trabaja en la radio, o resulta ser violinista.

Pero la verdadera alma gemela de Bernard es Manny Bianco, un individuo barbudo y calvo, con ojos de perro Basset, vestido con ropa de los años setenta, a quien Bernard contrata como dependiente en la tienda y quien resulta tener sus propias ideas acerca del funcionamiento ideal de la librería que, por cierto, es un auténtico nido de inmundicia, el paraíso del desorden, la mugre y la guarrería. Si miras al techo hay una tostada pegada, justo al lado de la lámpara. El estado del baño es lamentable.

Recuerdo que la primera vez que la vi, Black Books me dejó un regusto interesante, a irreverencia con un cierto toque post-punk inglés, todo trufado con una especie de derrotismo muy consecuente con la realidad del mundo del libro en general. Frente al discurso políticamente correcto, trufado de clichés, de la librería aséptica con cafetería incorporada, he aquí a un librero resacoso que odia a todo bicho viviente que ose llevarse sus libros. ¡Pero si son suyos! Bien visto, existe cierto glamour en el hecho de ir a una librería a que te insulten. Todos los lectores somos en cierto modo un poco masoquistas, y cuando entramos en una librería, que es como un templo sagrado del saber, siempre pensamos que el librero es Dios, o por lo menos un sumo sacerdote, y que allí él es quien manda. Aunque luego nunca pasa nada. Pero siempre te queda la leve sospecha de que en realidad estás curioseando en el montón equivocado o en la estantería incorrecta, y de que el librero te observa, atrincherado detrás de su mesa, con cara de pensar que no tienes ni idea de con quién te estás enfrentando.

www.seriesyonkis.com/serie/black-books
www.youtube.com/watch?v=gFHyevlB9AU
www.youtube.com/watch?v=C4wBLUBa8YI



23 de octubre de 2009

Se tarda dos horas de avión en llegar de Madrid a Londres, que es lo mismo que se tarda en viajar en tren a, pongamos, Palencia. Tras dos horas de avión y aproximadamente una más en metro desde Heathrow, un servicio de la línea Picadilly nos planta a las mismas faldas de la estación de St. Pancras, con sus imponentes torres gemelas de ladrillo victoriano naranja. Los vecinos del barrio siempre fueron muy suyos, y la zona, en tiempos, fue un afamado gueto literario. Un gueto muy british. Edward Morgan Forster, hombre de excelentes costumbres y que sabía cómo se hacían las cosas, siempre lograba que sus personajes partieran de aquí en tren. No conviene olvidarlo. Quizás es desde aquí desde donde tendremos que salir si queremos retornar a Howard’s End. Aunque lo primero que hay que hacer es dejar que el ojo se acostumbre a la abigarrada geografía de Camden, con sus tiendas pequeñas, sus verdulerías, su aire de barrio inofensivo y vacío. Y es que venir a Londres, un lugar que en los últimos años tiene a gala una especie de cordialidad provinciana, siempre supone hacer un esfuerzo y cambiar, para bien, el paradigma del buen gusto. Si a París se va a visitar los cementerios —foto con Georges Perec en Pére Lachaise, flores y pastillas para Marguerite Duras en Montparnasse—, a Londres se viene a ver librerías. Inexcusable. No las hay iguales en el orbe entero.

La librería de la London Review of Books, en Bury Place, justo a la espalda del Museo Británico, tiene dos plantas. Me interesa la de arriba, la que da a la calle, porque es donde tienen los libros de literatura. En muy poco espacio, sorprendente, se junta absolutamente todo Dickens en dos filas, Trollope, Hardy, Thackeray, Austen, Woolf, Joyce, Balzac en manejables ediciones de Penguin y Oxford, Bohumil Hrabal en su biblioteca Vintage, Conan Doyle y Twain en Hesperus y McEwan, flamante, en Jonathan Cape. Al lado, pegadas al suelo, tras una vitrina, primeras y costosas ediciones de Wyndham Lewis (Blast en primer término, luego The Apes of God, que algún día publicaremos), y en el centro una exigua mesa copada por pilas de la gran apuesta de la temporada: la última novela —policíaca— del eremítico Thomas Pynchon, el hombre sin cara, prodigio del posmodernismo literario, un misterio con piernas. Cogí uno de los ejemplares, lo hojeé y lo dejé, de modo culpable, casi furtivo. Más allá, hay una estrecha columna consagrada a la literatura de guerra, un rincón dedicado a la jardinería, otro a la crítica, y una pared entera dedicada a la historia. Por la puerta de atrás se sale a un patio donde hay un café en el que sirven una excelente tarta de chocolate.

Al sur de Regent’s Park, en Marylebone High Street, junto a un pequeño cementerio urbano en el que se conservan los restos de capitanes de barco, almirantes decimonónicos, arquitectos marchitos y damas de alta cuna, único resto de una antigua iglesia derruida sobre la que han construido un centro cultural con polideportivo, además de un parque con bancos de madera y pintorescas papeleras, hay un pequeño mercadillo ajardinado donde venden quesos de todas las clases, además de vestidos hechos a mano, baratijas y bisutería diversa. A cincuenta metros, calle abajo, está Daunt Books, considerada la mejor librería independiente de Londres. Daunt Books tiene un par de sucursales, una de ellas en Holland Park, que descubrí hace unos años mientras participaba en la London Book Fair. Puedo decir que la experiencia, inesperada, me dejó virtualmente traumatizado. Hasta entonces nunca había visto una librería como aquella. Fuente de ideas estéticas sublimes, modelo a seguir en cuanto a la planificación de la librería literaria ideal, la central de Daunt Books se asienta sobre lo que parece una antigua capilla, y se organiza en pisos a lo largo de una estrecha nave en tres niveles con balaustradas de madera a las que se accede por escaleras laterales, y una cripta subterránea llena de tesoros escondidos. Los libros, hay que decirlo, están distribuidos por países. Así que si quieres encontrar a Giovanni Papini, no hay que buscar en la letra P, como en todas las demás librerías, sino que uno ha de irse directamente a las estanterías dedicadas a Italia. Allí Papini comparte patria con Svevo, Pavese, Lampedusa y Dante. Los géneros no existen.

La pervivencia de librerías como Daunt Books o LRB, o de algunas otras como Koenig o Magma Books, también pequeñas y sorprendentes, del modelo tradicional, en suma, de librería independiente, pasa por no sucumbir, o por saber dar la réplica, a los modelos masivos presentados por las grandes cadenas: Waterstone’s, Foyle’s, Border’s. Hace no muchos años, Charing Cross Road era sinónimo de pequeñas librerías independientes, con marcado criterio. Ahora, los grandes mastodontes del negocio librero a gran escala tienen colonizada la calle. Con sus Starbucks dentro, atrayendo a lectores de todo género y condición. En una de estas grandes macrotiendas del libro, hay una sección donde un amable muchachito con pinta de empollón te propone, por un precio muy módico, apenas unas pocas libras, imprimirte tu propio libro, o incluso bucear en una base de datos de millones de referencias, para poder llevarte a casa ese título que desde hacía décadas era imposible encontrar en las estanterías de cualquier librería comercial. Los libros todavía salen feísimos, son mamotretos mal encolados, y además la oferta en la librería sigue siendo enormemente atractiva. Pero el primer paso está dado. ¿Es éste el sino del mercado librero del futuro? Seguramente que sí. ¿Implica eso la extinción de las pequeñas librerías interesantes? De eso no estoy tan seguro. No en vano, en una era geológica remota, tras la desaparición de los grandes dinosaurios, ineficientes y poco operativos, los que sobrevivieron fueron los pequeños mamíferos, de los que descendemos. Imaginación, excelencia, selección, trato personal, adaptación…

(Imagen: Daunt Books)




ENRIQUE REDEL
(Madrid, 1971) Después de trabajar en varias editoriales independientes madrileñas, en 2007 dio a luz un proyecto editorial que en poco tiempo se ha convertido en referencia: Editorial Impedimenta. Su recuperación de clásicos modernos y un exquisito cuidado en la edición hacen de sus libros objeto de deseo lector. En 2008 Impedimenta fue galardonada con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial, junto al resto de pequeñas editoriales del Grupo Contexto. Bibliófilo empedernido, sus pasiones no se ciñen sólo a la literatura: cine, música, tv y otros vicios forman parte de sus intereses.
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