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El lento aprendiz
El blog de Enrique Redel
23 de diciembre de 2009

Vaya tropa. Hace unos días tuve el placer de asistir a la presentación en la librería Rafael Alberti, en Madrid, de la última novela del bueno de Pablo d'Ors. La novela se llama Los amigos del desierto y se la ha publicado, como casi todas las suyas, Anagrama. Pablo es uno de los mejores escritores españoles vivos, y yo me fío mucho de él, porque antes que nada, Pablo es muy buen tipo, cabal (qué palabra tan pasada de moda y tan apolillada; “un hombre a carta cabal”, qué expresión tan desusada, algo que diría gangueando un general retirado, o Unamuno, o el abuelo de Unamuno, mientras mojaba un trozo de bizcocho en café con leche en una mesita con faldillas y brasero de picón, “¡un hombre a carta cabal!”, qué cosa tan acartonada) y no finge, ni imposta. Vamos, que lo que dice va a misa. Y no lo digo porque en su vida civil Pablo sea capellán, que es lo de menos. Pero no es de Pablo d’Ors de quien quiero hablar en esta entrada, o artículo, o lo que sea, aunque se lo merezca, sino de algo que Pablo dijo en esa presentación. Pablo estaba muy cansado de que su literatura fuera una interminable expedición en busca de la enfermedad, de la rareza, del dolor, del espanto. Quería que la literatura, escribir, le ayudara a descansar de sí mismo, quería que su literatura fuera en cierto modo curativa. Tras largos años luchando con sus propios fantasmas, tentándolos, entrando al trapo de sus envites, había empezado a cansarse. Nos decía que esta novela era el principio de una nueva manera de afrontar su quehacer creativo, que quería dejar de sufrir. Dios le oiga.

Viendo uno el percal, y aun a riesgo de que se le acuse de caer en la caricatura, da la impresión de que es necesario pasarlo pero que muy mal para ser alguien en este negocio de la escritura. No lo neguemos, la leyenda negra está ahí. Un neófito dispuesto a emular a aquellos que lograron pasar con nota el escrutinio de los libros de historia de la literatura, tiene ante sí unos cuantos modelitos de felicidad que son como para echarse al monte: Virginia Woolf, multidepresiva, su vida psíquica era una auténtica montaña rusa; cada vez que acababa una novela agarraba un berrinche; murió tras tirarse con los bolsillos del abrigo llenos de piedras a un río cercano a su casa, tras varios intentos fallidos de acabar con su vida. Natsume Soseki, alcohólico traumatizado por sus propias paranoias, escribía novelas sobre gatos y sobre inocentes muchachos destinados en escuelas rurales para conjurar su sufrimiento; pasó por una estancia espantosa en Londres, de la que le tuvo que rescatar un emisario del gobierno japonés. Jerome David Salinger, sociofóbico compulsivo, grafómano inédito (se dice que es autor de decenas de volúmenes que versan sobre la superdotada familia Glass, que nunca jamás de los jamases dará a la imprenta, y que se perderán irremisiblemente), fanático del zen, sólo comparable en su afán eremítico a Thomas Pynchon, el señor de la paranoia, profeta de la sociedad de masas, un tipo escurridizo especialista en borrar sus propias huellas y convencido de que el gobierno americano (“ese nido de malditos burócratas de Washington”) acabará con él en cualquier momento. Ernest Hemingway, alcohólico y depresivo, se voló la cabeza con una escopeta al enterarse de que tenía Alzheimer. Emily Dickinson, agorafóbica, no salió de su habitación en años, y escribía poemas sin parar, que numeraba en riguroso orden. James Joyce, alcohólico superdotado para la apostasía y el erotismo à la irlandaise, gorrón compulsivo, cantante pasable, solía animar por carta a su compañera sentimental, Nora Barnacle, a que se liara con algún amigo a fin de ver de primera mano cómo se sentía un cornudo, y así poder construir con mejores mimbres su personaje de Leopold Bloom. Murió de muerte natural, pero hasta en eso fue genio y figura: Nora, al expirar él, exclamó: “Fue un fanático”. Visto eso, lo que está claro es que pertenecer al selecto parnaso de los escritores inmortales es cada vez más parecido a estar en plantilla de algún sádico directivo de France Telécom. Vean si no a Sylvia Plath, que metió la cabeza en el horno; a Anne Sexton, que se introdujo en el garaje con el coche en marcha, igual que el bueno de John Kennedy Toole; a Adalbert Stifter, que se cortó el cuello y agonizó durante ¿cuánto? dos días; a Yukio Mishima, quien, tras una pantomima filofascista ante una tropa de soldados samuráis de pega, cometió sepuku, o suicidio ritual japonés, con una larga espada o katana, ante la mirada atónita de su asistente y ex amante, que no fue capaz de darle el golpe de gracia y cortarle, tras varios intentos fallidos, la cabeza como mandaban los cánones; a Marina Tsvetaeva, que se colgó hasta morir en el destierro; o a Paul Celan, que se arrojó de cabeza al Sena tras mandar su último poemario a un amigo.

Y es que la fama que tienen los literatos tiene a veces tintes que lo asemejan a las propias patologías psiquiátricas. Escuchemos al amigo Stanislaw Lem hablando en su primera novela, El hospital de la transfiguración, de algunos galácticos indiscutibles del universo libro: “Balzac, psicópata maniático; Baudelaire, histérico; Chopin, neurasténico; Dante, esquizoide; Goethe, alcohólico; Hölderlin, esquizofrénico”.

En fin, de lo que no cabe duda, visto lo visto, es de que hablar de literatura y enfermedad es, cada vez más, un tópico de libro (el mundo de los malos clichés está lleno de rubias tontas, nazis homosexuales, cubanos rompehímenes e incluso, pásmense, de editores avaros y codiciosos cuya único objetivo en la vida es exprimir a sus autores, qué cosas se oyen). Es evidente que los genios lo son porque sus oídos escuchan en otra frecuencia, porque ven más allá de lo evidente, porque son capaces de filtrar la realidad de un modo más individual. Y eso debe de doler que no veas. Sobre todo en un mundo cuajado de necios, como éste. Así que cuando vean ustedes a un escritor sonriente en una presentación atendiendo como si nada a sus lectores, con una gran sonrisa cruzándoles la cara, desconfíen. La procesión va por dentro.

(Imagen: Natsume Soseki)



10 de febrero de 2010

Wyndham Lewis, ese monstruo. Déjenme que les cuente. Últimamente me da la impresión de que me he especializado en publicar obras de los más notables enemigos públicos. Gente que cae mal a una parte razonable de la sociedad. Muy mal. Casi siempre por motivos espurios, superficiales… políticos (y por tanto necesariamente estúpidos): ahí tienen a Mircea Eliade, que cometió el pecado de adorar en su juventud a una figura de maldad mefistofélica, Nae Ionescu, que le sedujo de tal modo que acabó integrando la fatídica Guardia de Hierro (igual, por lo demás, que el resto de la intelectualidad rumana de entreguerras, solo que muchos de ellos luego entonaron la consabida cantinela del pecado de juventud, algo que Eliade no hizo, y que pagó durante toda su vida); o a Boris Savinkov, nihilista ruso ilustrado, dandi irresistible, terrorista a jornada partida, que tan pronto hacía volar por los aires al gobernador general de Moscú, como seducía a la aristócrata revolucionaria que había fabricado la bomba; o a esa fuerza de la naturaleza literaria que es X. L. Méndez Ferrín, probablemente el mejor escritor peninsular vivo, marxista convencido y al que no se le perdona que declare su verdad siempre que se le da la oportunidad de hacerlo (considerado por muchos el mejor escritor de la historia de la literatura gallega, pero que daría cien mil vueltas en materia de literatura castellana a más de un relamido académico).

Pero, entre los monstruos, Wyndham Lewis se lleva la palma. Tanto que ya en vida fue conocido como “el Enemigo”, y a fe que se ganó el apelativo a pulso. Pintor de talento, narrador de genio, escritor considerado por T. S. Eliot como el mejor periodista de su generación (un dardo envenenado del bueno de Eliot), consagró su vida a remar contra corriente. De hecho, nació en un yate, en aguas de la provincia canadiense de Nueva Escocia. Sus padres eran ricos. Estudió en las mejores escuelas, y ya pronto se consagró como un animal polémico. En los albores de las Vanguardias artísticas europeas, fue el creador de una de ellas, el Vorticismo. Su gestación fue de lo más singular. Coincidió en unos urinarios con Marinetti, el creador del Futurismo, que intentó convencerle de que se integrara en sus filas, con todos sus seguidores y adeptos. Él repuso que difícilmente podía adorar la velocidad y las máquinas, como los Futuristas, puesto que, siendo inglés, desde niño estaba rodeado de ellas, formaban parte de su propia identidad nacional. El órgano del Vorticismo, la revista Blast (que significa “Estallido”), fue publicada por primera vez antes de que comenzara la Gran Guerra, y lo convirtió en una celebridad. Lewis fue reclutado como artillero, y enviado al saliente de Ypres, escenario de una de las mayores carnicerías de la guerra. Según cuenta en su Estallidos y bombardeos (Blasting and Bombardiering, editado por Impedimenta), piedra de toque de la filosofía vital y personal de Lewis, y un ácido resumen de sus andanzas bélico-literarias durante el período más fértil y raro de su vida, lo que era difícil era que te alcanzara un obús (cuesta creerlo). Más bien los oficiales como él se dedicaban a irse de borrachera, y a vilipendiar a los boches, puño en alto, por la invención de la guerra aérea (algo inmoral, decían los ingleses). Acabaría pidiendo el traslado al Batallón de Artistas canadiense, donde se dedicaría a pintar barcos de guerra para que pasasen desapercibidos.

Lewis, escritor de genio, como digo, dedicaba además su tiempo libre a hacer trajecitos a sus compañeros de generación. No se salvó nadie de su escrutinio: James Joyce, T. S. Eliot, Ezra Pound, Augustus John, Lawrence de Arabia, Ronald Firbank, Edith Sitwell. El grupo de Bloomsbury en pleno fue motivo de sátira descarnada en su novela Los monos de Dios, que próximamente publicaremos en Impedimenta. Además, Lewis cometió el pecado nefando de dejarse seducir por ese otro Mefistófeles de los pueblos arios, Adolf Hitler, sobre el que publicó un panfleto de lo más laudatorio, titulado, muy oportunamente, Hitler (en una época en la que, paradójicamente, hasta el propio Churchill se sentía atraído fatalmente por el austriaco). Ésa sería su perdición. Calificado automáticamente por sus detractores (muchos de ellos damnificados por su pluma incisiva) como fascista de remate, fue demonizado y apartado del canon. Quien, con todo merecimiento fue el quinto Beatle de las letras inglesas de entreguerras (con Pound, Eliot, Joyce y Woolf), pasó a ser un apestado de las letras anglosajonas, poco traducido y menos editado. No sirvió de nada que, años después, denunciara su propio papanatismo ideológico (compartido con toda una generación de europeos papanatizados) en The Hitler Cult. No se le perdonó su independencia, ni su espíritu iconoclasta.

Eso reabre el debate sobre si el escritor, además de buen escritor, ha de ser buena persona, un modelo para sus semejantes, un padre ideal, esas cosas. Pero eso será materia de otra entrada de este blog tan disperso y caótico.

Wyndham Lewis (1882-1957)”
Fundación Juan March (Madrid)
Del 5 de febrero al 16 de mayo

(Imagen: Wyndhan Lewis, de paisano y en el frente)




ENRIQUE REDEL
(Madrid, 1971) Después de trabajar en varias editoriales independientes madrileñas, en 2007 dio a luz un proyecto editorial que en poco tiempo se ha convertido en referencia: Editorial Impedimenta. Su recuperación de clásicos modernos y un exquisito cuidado en la edición hacen de sus libros objeto de deseo lector. En 2008 Impedimenta fue galardonada con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial, junto al resto de pequeñas editoriales del Grupo Contexto. Bibliófilo empedernido, sus pasiones no se ciñen sólo a la literatura: cine, música, tv y otros vicios forman parte de sus intereses.
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