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Oh, créanme: Bernard Black es mi héroe. Se trata de un sociópata alcohólico, irlandés, misántropo, adicto a la nicotina, totalmente inepto para la contabilidad más básica, y con graves problemas de comportamiento. Y, además, tiene una librería.
Bernard, propietario de Black Books, desorganizado establecimiento enclavado en pleno barrio londinense de Bloomsbury, siempre está de un humor de perros. Ama con locura sus libros y odia fervorosamente a sus clientes. Literalmente, no puede ni verlos, le caen mal. Cuando aparecen por la puerta, los echa con cajas destempladas, utilizando un megáfono. O bien les coloca el libro que no quieren, para que aprendan a no meterse donde no les llaman.
Black Books, serie mítica donde las haya para todo letraherido que se precie, comenzó a emitirse en el año 2000 en Channel 4, y duró hasta 2005, cosechando varios BAFTAs a la mejor comedia del año. Su creador, Dylan Moran, que hace el papel de Bernard Black, es un cómico irlandés bastante conocido en el Reino Unido. Creo que ésta es la última serie británica que es realmente graciosa. Es la serie que todo librero en horas bajas debería ver. Yo no me canso de recomendarla desde hace un mes a todo aquel que se cruza conmigo.
La mejor amiga del dipsómano Bernard es Fran Katzenjammer, la típica chica rara, propensa a la bebida y obsesionada con los hombres de voz profunda. Fran regenta una tienda llamada Nitty Gifty, adyacente a la librería y dedicada a la venta de regalos inútiles, bibelots de usar y tirar, y demás cachivaches de diseño. La suya es una vida bastante absurda. Cada vez que sale con un hombre, le sale rana. O bien es gay, o trabaja en la radio, o resulta ser violinista.
Pero la verdadera alma gemela de Bernard es Manny Bianco, un individuo barbudo y calvo, con ojos de perro Basset, vestido con ropa de los años setenta, a quien Bernard contrata como dependiente en la tienda y quien resulta tener sus propias ideas acerca del funcionamiento ideal de la librería que, por cierto, es un auténtico nido de inmundicia, el paraíso del desorden, la mugre y la guarrería. Si miras al techo hay una tostada pegada, justo al lado de la lámpara. El estado del baño es lamentable.
Recuerdo que la primera vez que la vi, Black Books me dejó un regusto interesante, a irreverencia con un cierto toque post-punk inglés, todo trufado con una especie de derrotismo muy consecuente con la realidad del mundo del libro en general. Frente al discurso políticamente correcto, trufado de clichés, de la librería aséptica con cafetería incorporada, he aquí a un librero resacoso que odia a todo bicho viviente que ose llevarse sus libros. ¡Pero si son suyos! Bien visto, existe cierto glamour en el hecho de ir a una librería a que te insulten. Todos los lectores somos en cierto modo un poco masoquistas, y cuando entramos en una librería, que es como un templo sagrado del saber, siempre pensamos que el librero es Dios, o por lo menos un sumo sacerdote, y que allí él es quien manda. Aunque luego nunca pasa nada. Pero siempre te queda la leve sospecha de que en realidad estás curioseando en el montón equivocado o en la estantería incorrecta, y de que el librero te observa, atrincherado detrás de su mesa, con cara de pensar que no tienes ni idea de con quién te estás enfrentando.
www.seriesyonkis.com/serie/black-books
www.youtube.com/watch?v=gFHyevlB9AU
www.youtube.com/watch?v=C4wBLUBa8YI
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Lo importante es que se lea. Aunque sea el Pronto. Dos datos. Un reciente estudio de una agencia norteamericana, que analiza, de modo periódico, los hábitos culturales de los estadounidenses desde hace décadas, señala que en los últimos quince años los índices de lectura entre los acomododados yanquis se han desplomado. Parece ser que sólo un cincuenta por ciento de los americanos lee algo (libros, revistas, periódicos, las instrucciones del horno, el MAD), y muchos de ellos sólo de vez en cuando. Esto significa, meditaba yo alarmado, que un cincuenta por ciento de los americanos no lee absolutamente nada. Además, según el dichoso estudio, el perfil de los que se aplicaban a leer libros (específicamente) correspondía a los sectores activos de la población (esto es, a aquellos que conocemos como “concienciados”), mientras que los pasivos sencillamente no leían. Llegaban a casa, se enchufaban a la consola (y esto si directamente no se dedicaban a mirar al techo mientras masticaban tabaco o un tallo de trigo) o se tragaban su sesión diaria de American Idol o de cualquier otra majadería por el estilo.
[Nada decía de los que veían series de la HBO compulsivamente (la nueva narrativa de calidad, como ustedes bien sabrán).]
Bueno, esto es América, dirán ustedes. Un continente lleno de paletos que no saben ni leer las señales y que consideran “WalMart” una marca de prestigio. Pero eso también está pasando en Francia, pásmense. Francia, epicentro de la república de las letras, cuna del refinamiento intelectual, donde hay gente que lee a Herodoto mientras desayuna (eso lo he visto yo con mis propios ojos, en una terraza en Arcachon, donde pasaba el verano). Un reciente artículo publicado en una prestigiosa revista gala del sector (juraría que es Lives Hebdo), apuntaba a un descenso en los índices de lectura de las jóvenes parejas que se marchan a vivir juntas. Antaño, parece ser, dice el artículo, cuando uno se iba a vivir con su pareja, se solían cumplimentar una serie de ritos burgueses, muy franceses, muy “culturetas”: unificar las bibliotecas de los amantes, emprender adquisiciones comunales de fondos bibliográficos, decidir de consuno cuáles serían los libros que leerían los hijos francesitos de la pareja, montar alguna que otra tertulia literaria en casa, una cena erudita, qué sé yo. Ahora no. Ahora los jóvenes amantes, que acostumbraban a devorar libros por separado cuando cada uno vivía en su casa (la educación francesa es muy buena y muy humanista, uno sale del liceo muy leído y con ganas de arrasar), cuando deciden alquilar su pisito o su cuca buhardillita parisina para hacer vida en común, dejan de leer, sorprendentemente, y pasan a dedicar su tiempo a irse de marcha con otras jóvenes parejas, que tampoco leen porque tienen que irse de marcha con ellos.
[Algo muy español y muy propio, “la marcha”: santo y seña de los orgullos patrios, puntal de nuestro producto interior bruto (lo de bruto no va con segundas), sinónimo mismo de España. Mi pregunta: ¿se estará españolizando Francia, pero a lo chungo? Aquí hasta los escritores y los editores están todo el día de marcha. ¿Se imaginan ustedes a Claude Gallimard de marcha? Y no sigo leyendo.]
Ante este panorama, tras esta constatación, es obligada una reflexión. Frente a las otras ofertas de ocio (algunas realmente atractivas y agresivas), hay que hacer que la lectura siga siendo una opción. En papel y en digital (cuando toque, que aún no toca). Porque la lectura no sólo es entretenimiento, es expresión culta de lo que somos. Buena parte del conocimiento que merece la pena está consignado por escrito. Ser humano consiste en crecer intelectualmente, así que leer nos hace más humanos. No creo que la salida sea leer por obligación, más bien al contrario. Cuando yo empecé a hacerlo, leía por rebeldía. Todos mis amigos lectores también leían a la contra: de sus padres, de sus profesores, de los estúpidos que les decían lo que había que leer. Así que no deberíamos enrocarnos en modelos caducos de lectura. Lo importante es hacerlo, y salirnos con la nuestra, conseguir que la cadena de los lectores tenga nuevos eslabones. El único modo en que podremos recuperar a los oficiantes de la generación Nintendo es haciendo que leer, o comprar un libro, sea tan divertido como jugar al Call of Duty.
(Imagen: París, Boulevard Diderot, 1969 (Detalle). © Henri Cartier-Bresson)