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El lento aprendiz
El blog de Enrique Redel
23 de octubre de 2009

Se tarda dos horas de avión en llegar de Madrid a Londres, que es lo mismo que se tarda en viajar en tren a, pongamos, Palencia. Tras dos horas de avión y aproximadamente una más en metro desde Heathrow, un servicio de la línea Picadilly nos planta a las mismas faldas de la estación de St. Pancras, con sus imponentes torres gemelas de ladrillo victoriano naranja. Los vecinos del barrio siempre fueron muy suyos, y la zona, en tiempos, fue un afamado gueto literario. Un gueto muy british. Edward Morgan Forster, hombre de excelentes costumbres y que sabía cómo se hacían las cosas, siempre lograba que sus personajes partieran de aquí en tren. No conviene olvidarlo. Quizás es desde aquí desde donde tendremos que salir si queremos retornar a Howard’s End. Aunque lo primero que hay que hacer es dejar que el ojo se acostumbre a la abigarrada geografía de Camden, con sus tiendas pequeñas, sus verdulerías, su aire de barrio inofensivo y vacío. Y es que venir a Londres, un lugar que en los últimos años tiene a gala una especie de cordialidad provinciana, siempre supone hacer un esfuerzo y cambiar, para bien, el paradigma del buen gusto. Si a París se va a visitar los cementerios —foto con Georges Perec en Pére Lachaise, flores y pastillas para Marguerite Duras en Montparnasse—, a Londres se viene a ver librerías. Inexcusable. No las hay iguales en el orbe entero.

La librería de la London Review of Books, en Bury Place, justo a la espalda del Museo Británico, tiene dos plantas. Me interesa la de arriba, la que da a la calle, porque es donde tienen los libros de literatura. En muy poco espacio, sorprendente, se junta absolutamente todo Dickens en dos filas, Trollope, Hardy, Thackeray, Austen, Woolf, Joyce, Balzac en manejables ediciones de Penguin y Oxford, Bohumil Hrabal en su biblioteca Vintage, Conan Doyle y Twain en Hesperus y McEwan, flamante, en Jonathan Cape. Al lado, pegadas al suelo, tras una vitrina, primeras y costosas ediciones de Wyndham Lewis (Blast en primer término, luego The Apes of God, que algún día publicaremos), y en el centro una exigua mesa copada por pilas de la gran apuesta de la temporada: la última novela —policíaca— del eremítico Thomas Pynchon, el hombre sin cara, prodigio del posmodernismo literario, un misterio con piernas. Cogí uno de los ejemplares, lo hojeé y lo dejé, de modo culpable, casi furtivo. Más allá, hay una estrecha columna consagrada a la literatura de guerra, un rincón dedicado a la jardinería, otro a la crítica, y una pared entera dedicada a la historia. Por la puerta de atrás se sale a un patio donde hay un café en el que sirven una excelente tarta de chocolate.

Al sur de Regent’s Park, en Marylebone High Street, junto a un pequeño cementerio urbano en el que se conservan los restos de capitanes de barco, almirantes decimonónicos, arquitectos marchitos y damas de alta cuna, único resto de una antigua iglesia derruida sobre la que han construido un centro cultural con polideportivo, además de un parque con bancos de madera y pintorescas papeleras, hay un pequeño mercadillo ajardinado donde venden quesos de todas las clases, además de vestidos hechos a mano, baratijas y bisutería diversa. A cincuenta metros, calle abajo, está Daunt Books, considerada la mejor librería independiente de Londres. Daunt Books tiene un par de sucursales, una de ellas en Holland Park, que descubrí hace unos años mientras participaba en la London Book Fair. Puedo decir que la experiencia, inesperada, me dejó virtualmente traumatizado. Hasta entonces nunca había visto una librería como aquella. Fuente de ideas estéticas sublimes, modelo a seguir en cuanto a la planificación de la librería literaria ideal, la central de Daunt Books se asienta sobre lo que parece una antigua capilla, y se organiza en pisos a lo largo de una estrecha nave en tres niveles con balaustradas de madera a las que se accede por escaleras laterales, y una cripta subterránea llena de tesoros escondidos. Los libros, hay que decirlo, están distribuidos por países. Así que si quieres encontrar a Giovanni Papini, no hay que buscar en la letra P, como en todas las demás librerías, sino que uno ha de irse directamente a las estanterías dedicadas a Italia. Allí Papini comparte patria con Svevo, Pavese, Lampedusa y Dante. Los géneros no existen.

La pervivencia de librerías como Daunt Books o LRB, o de algunas otras como Koenig o Magma Books, también pequeñas y sorprendentes, del modelo tradicional, en suma, de librería independiente, pasa por no sucumbir, o por saber dar la réplica, a los modelos masivos presentados por las grandes cadenas: Waterstone’s, Foyle’s, Border’s. Hace no muchos años, Charing Cross Road era sinónimo de pequeñas librerías independientes, con marcado criterio. Ahora, los grandes mastodontes del negocio librero a gran escala tienen colonizada la calle. Con sus Starbucks dentro, atrayendo a lectores de todo género y condición. En una de estas grandes macrotiendas del libro, hay una sección donde un amable muchachito con pinta de empollón te propone, por un precio muy módico, apenas unas pocas libras, imprimirte tu propio libro, o incluso bucear en una base de datos de millones de referencias, para poder llevarte a casa ese título que desde hacía décadas era imposible encontrar en las estanterías de cualquier librería comercial. Los libros todavía salen feísimos, son mamotretos mal encolados, y además la oferta en la librería sigue siendo enormemente atractiva. Pero el primer paso está dado. ¿Es éste el sino del mercado librero del futuro? Seguramente que sí. ¿Implica eso la extinción de las pequeñas librerías interesantes? De eso no estoy tan seguro. No en vano, en una era geológica remota, tras la desaparición de los grandes dinosaurios, ineficientes y poco operativos, los que sobrevivieron fueron los pequeños mamíferos, de los que descendemos. Imaginación, excelencia, selección, trato personal, adaptación…

(Imagen: Daunt Books)




ENRIQUE REDEL
(Madrid, 1971) Después de trabajar en varias editoriales independientes madrileñas, en 2007 dio a luz un proyecto editorial que en poco tiempo se ha convertido en referencia: Editorial Impedimenta. Su recuperación de clásicos modernos y un exquisito cuidado en la edición hacen de sus libros objeto de deseo lector. En 2008 Impedimenta fue galardonada con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial, junto al resto de pequeñas editoriales del Grupo Contexto. Bibliófilo empedernido, sus pasiones no se ciñen sólo a la literatura: cine, música, tv y otros vicios forman parte de sus intereses.
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