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Lo importante es que se lea. Aunque sea el Pronto. Dos datos. Un reciente estudio de una agencia norteamericana, que analiza, de modo periódico, los hábitos culturales de los estadounidenses desde hace décadas, señala que en los últimos quince años los índices de lectura entre los acomododados yanquis se han desplomado. Parece ser que sólo un cincuenta por ciento de los americanos lee algo (libros, revistas, periódicos, las instrucciones del horno, el MAD), y muchos de ellos sólo de vez en cuando. Esto significa, meditaba yo alarmado, que un cincuenta por ciento de los americanos no lee absolutamente nada. Además, según el dichoso estudio, el perfil de los que se aplicaban a leer libros (específicamente) correspondía a los sectores activos de la población (esto es, a aquellos que conocemos como “concienciados”), mientras que los pasivos sencillamente no leían. Llegaban a casa, se enchufaban a la consola (y esto si directamente no se dedicaban a mirar al techo mientras masticaban tabaco o un tallo de trigo) o se tragaban su sesión diaria de American Idol o de cualquier otra majadería por el estilo.
[Nada decía de los que veían series de la HBO compulsivamente (la nueva narrativa de calidad, como ustedes bien sabrán).]
Bueno, esto es América, dirán ustedes. Un continente lleno de paletos que no saben ni leer las señales y que consideran “WalMart” una marca de prestigio. Pero eso también está pasando en Francia, pásmense. Francia, epicentro de la república de las letras, cuna del refinamiento intelectual, donde hay gente que lee a Herodoto mientras desayuna (eso lo he visto yo con mis propios ojos, en una terraza en Arcachon, donde pasaba el verano). Un reciente artículo publicado en una prestigiosa revista gala del sector (juraría que es Lives Hebdo), apuntaba a un descenso en los índices de lectura de las jóvenes parejas que se marchan a vivir juntas. Antaño, parece ser, dice el artículo, cuando uno se iba a vivir con su pareja, se solían cumplimentar una serie de ritos burgueses, muy franceses, muy “culturetas”: unificar las bibliotecas de los amantes, emprender adquisiciones comunales de fondos bibliográficos, decidir de consuno cuáles serían los libros que leerían los hijos francesitos de la pareja, montar alguna que otra tertulia literaria en casa, una cena erudita, qué sé yo. Ahora no. Ahora los jóvenes amantes, que acostumbraban a devorar libros por separado cuando cada uno vivía en su casa (la educación francesa es muy buena y muy humanista, uno sale del liceo muy leído y con ganas de arrasar), cuando deciden alquilar su pisito o su cuca buhardillita parisina para hacer vida en común, dejan de leer, sorprendentemente, y pasan a dedicar su tiempo a irse de marcha con otras jóvenes parejas, que tampoco leen porque tienen que irse de marcha con ellos.
[Algo muy español y muy propio, “la marcha”: santo y seña de los orgullos patrios, puntal de nuestro producto interior bruto (lo de bruto no va con segundas), sinónimo mismo de España. Mi pregunta: ¿se estará españolizando Francia, pero a lo chungo? Aquí hasta los escritores y los editores están todo el día de marcha. ¿Se imaginan ustedes a Claude Gallimard de marcha? Y no sigo leyendo.]
Ante este panorama, tras esta constatación, es obligada una reflexión. Frente a las otras ofertas de ocio (algunas realmente atractivas y agresivas), hay que hacer que la lectura siga siendo una opción. En papel y en digital (cuando toque, que aún no toca). Porque la lectura no sólo es entretenimiento, es expresión culta de lo que somos. Buena parte del conocimiento que merece la pena está consignado por escrito. Ser humano consiste en crecer intelectualmente, así que leer nos hace más humanos. No creo que la salida sea leer por obligación, más bien al contrario. Cuando yo empecé a hacerlo, leía por rebeldía. Todos mis amigos lectores también leían a la contra: de sus padres, de sus profesores, de los estúpidos que les decían lo que había que leer. Así que no deberíamos enrocarnos en modelos caducos de lectura. Lo importante es hacerlo, y salirnos con la nuestra, conseguir que la cadena de los lectores tenga nuevos eslabones. El único modo en que podremos recuperar a los oficiantes de la generación Nintendo es haciendo que leer, o comprar un libro, sea tan divertido como jugar al Call of Duty.
(Imagen: París, Boulevard Diderot, 1969 (Detalle). © Henri Cartier-Bresson)