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Se tarda dos horas de avión en llegar de Madrid a Londres, que es lo mismo que se tarda en viajar en tren a, pongamos, Palencia. Tras dos horas de avión y aproximadamente una más en metro desde Heathrow, un servicio de la línea Picadilly nos planta a las mismas faldas de la estación de St. Pancras, con sus imponentes torres gemelas de ladrillo victoriano naranja. Los vecinos del barrio siempre fueron muy suyos, y la zona, en tiempos, fue un afamado gueto literario. Un gueto muy british. Edward Morgan Forster, hombre de excelentes costumbres y que sabía cómo se hacían las cosas, siempre lograba que sus personajes partieran de aquí en tren. No conviene olvidarlo. Quizás es desde aquí desde donde tendremos que salir si queremos retornar a Howard’s End. Aunque lo primero que hay que hacer es dejar que el ojo se acostumbre a la abigarrada geografía de Camden, con sus tiendas pequeñas, sus verdulerías, su aire de barrio inofensivo y vacío. Y es que venir a Londres, un lugar que en los últimos años tiene a gala una especie de cordialidad provinciana, siempre supone hacer un esfuerzo y cambiar, para bien, el paradigma del buen gusto. Si a París se va a visitar los cementerios —foto con Georges Perec en Pére Lachaise, flores y pastillas para Marguerite Duras en Montparnasse—, a Londres se viene a ver librerías. Inexcusable. No las hay iguales en el orbe entero.
La librería de la London Review of Books, en Bury Place, justo a la espalda del Museo Británico, tiene dos plantas. Me interesa la de arriba, la que da a la calle, porque es donde tienen los libros de literatura. En muy poco espacio, sorprendente, se junta absolutamente todo Dickens en dos filas, Trollope, Hardy, Thackeray, Austen, Woolf, Joyce, Balzac en manejables ediciones de Penguin y Oxford, Bohumil Hrabal en su biblioteca Vintage, Conan Doyle y Twain en Hesperus y McEwan, flamante, en Jonathan Cape. Al lado, pegadas al suelo, tras una vitrina, primeras y costosas ediciones de Wyndham Lewis (Blast en primer término, luego The Apes of God, que algún día publicaremos), y en el centro una exigua mesa copada por pilas de la gran apuesta de la temporada: la última novela —policíaca— del eremítico Thomas Pynchon, el hombre sin cara, prodigio del posmodernismo literario, un misterio con piernas. Cogí uno de los ejemplares, lo hojeé y lo dejé, de modo culpable, casi furtivo. Más allá, hay una estrecha columna consagrada a la literatura de guerra, un rincón dedicado a la jardinería, otro a la crítica, y una pared entera dedicada a la historia. Por la puerta de atrás se sale a un patio donde hay un café en el que sirven una excelente tarta de chocolate.
Al sur de Regent’s Park, en Marylebone High Street, junto a un pequeño cementerio urbano en el que se conservan los restos de capitanes de barco, almirantes decimonónicos, arquitectos marchitos y damas de alta cuna, único resto de una antigua iglesia derruida sobre la que han construido un centro cultural con polideportivo, además de un parque con bancos de madera y pintorescas papeleras, hay un pequeño mercadillo ajardinado donde venden quesos de todas las clases, además de vestidos hechos a mano, baratijas y bisutería diversa. A cincuenta metros, calle abajo, está Daunt Books, considerada la mejor librería independiente de Londres. Daunt Books tiene un par de sucursales, una de ellas en Holland Park, que descubrí hace unos años mientras participaba en la London Book Fair. Puedo decir que la experiencia, inesperada, me dejó virtualmente traumatizado. Hasta entonces nunca había visto una librería como aquella. Fuente de ideas estéticas sublimes, modelo a seguir en cuanto a la planificación de la librería literaria ideal, la central de Daunt Books se asienta sobre lo que parece una antigua capilla, y se organiza en pisos a lo largo de una estrecha nave en tres niveles con balaustradas de madera a las que se accede por escaleras laterales, y una cripta subterránea llena de tesoros escondidos. Los libros, hay que decirlo, están distribuidos por países. Así que si quieres encontrar a Giovanni Papini, no hay que buscar en la letra P, como en todas las demás librerías, sino que uno ha de irse directamente a las estanterías dedicadas a Italia. Allí Papini comparte patria con Svevo, Pavese, Lampedusa y Dante. Los géneros no existen.
La pervivencia de librerías como Daunt Books o LRB, o de algunas otras como Koenig o Magma Books, también pequeñas y sorprendentes, del modelo tradicional, en suma, de librería independiente, pasa por no sucumbir, o por saber dar la réplica, a los modelos masivos presentados por las grandes cadenas: Waterstone’s, Foyle’s, Border’s. Hace no muchos años, Charing Cross Road era sinónimo de pequeñas librerías independientes, con marcado criterio. Ahora, los grandes mastodontes del negocio librero a gran escala tienen colonizada la calle. Con sus Starbucks dentro, atrayendo a lectores de todo género y condición. En una de estas grandes macrotiendas del libro, hay una sección donde un amable muchachito con pinta de empollón te propone, por un precio muy módico, apenas unas pocas libras, imprimirte tu propio libro, o incluso bucear en una base de datos de millones de referencias, para poder llevarte a casa ese título que desde hacía décadas era imposible encontrar en las estanterías de cualquier librería comercial. Los libros todavía salen feísimos, son mamotretos mal encolados, y además la oferta en la librería sigue siendo enormemente atractiva. Pero el primer paso está dado. ¿Es éste el sino del mercado librero del futuro? Seguramente que sí. ¿Implica eso la extinción de las pequeñas librerías interesantes? De eso no estoy tan seguro. No en vano, en una era geológica remota, tras la desaparición de los grandes dinosaurios, ineficientes y poco operativos, los que sobrevivieron fueron los pequeños mamíferos, de los que descendemos. Imaginación, excelencia, selección, trato personal, adaptación…
(Imagen: Daunt Books)
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Oh, créanme: Bernard Black es mi héroe. Se trata de un sociópata alcohólico, irlandés, misántropo, adicto a la nicotina, totalmente inepto para la contabilidad más básica, y con graves problemas de comportamiento. Y, además, tiene una librería.
Bernard, propietario de Black Books, desorganizado establecimiento enclavado en pleno barrio londinense de Bloomsbury, siempre está de un humor de perros. Ama con locura sus libros y odia fervorosamente a sus clientes. Literalmente, no puede ni verlos, le caen mal. Cuando aparecen por la puerta, los echa con cajas destempladas, utilizando un megáfono. O bien les coloca el libro que no quieren, para que aprendan a no meterse donde no les llaman.
Black Books, serie mítica donde las haya para todo letraherido que se precie, comenzó a emitirse en el año 2000 en Channel 4, y duró hasta 2005, cosechando varios BAFTAs a la mejor comedia del año. Su creador, Dylan Moran, que hace el papel de Bernard Black, es un cómico irlandés bastante conocido en el Reino Unido. Creo que ésta es la última serie británica que es realmente graciosa. Es la serie que todo librero en horas bajas debería ver. Yo no me canso de recomendarla desde hace un mes a todo aquel que se cruza conmigo.
La mejor amiga del dipsómano Bernard es Fran Katzenjammer, la típica chica rara, propensa a la bebida y obsesionada con los hombres de voz profunda. Fran regenta una tienda llamada Nitty Gifty, adyacente a la librería y dedicada a la venta de regalos inútiles, bibelots de usar y tirar, y demás cachivaches de diseño. La suya es una vida bastante absurda. Cada vez que sale con un hombre, le sale rana. O bien es gay, o trabaja en la radio, o resulta ser violinista.
Pero la verdadera alma gemela de Bernard es Manny Bianco, un individuo barbudo y calvo, con ojos de perro Basset, vestido con ropa de los años setenta, a quien Bernard contrata como dependiente en la tienda y quien resulta tener sus propias ideas acerca del funcionamiento ideal de la librería que, por cierto, es un auténtico nido de inmundicia, el paraíso del desorden, la mugre y la guarrería. Si miras al techo hay una tostada pegada, justo al lado de la lámpara. El estado del baño es lamentable.
Recuerdo que la primera vez que la vi, Black Books me dejó un regusto interesante, a irreverencia con un cierto toque post-punk inglés, todo trufado con una especie de derrotismo muy consecuente con la realidad del mundo del libro en general. Frente al discurso políticamente correcto, trufado de clichés, de la librería aséptica con cafetería incorporada, he aquí a un librero resacoso que odia a todo bicho viviente que ose llevarse sus libros. ¡Pero si son suyos! Bien visto, existe cierto glamour en el hecho de ir a una librería a que te insulten. Todos los lectores somos en cierto modo un poco masoquistas, y cuando entramos en una librería, que es como un templo sagrado del saber, siempre pensamos que el librero es Dios, o por lo menos un sumo sacerdote, y que allí él es quien manda. Aunque luego nunca pasa nada. Pero siempre te queda la leve sospecha de que en realidad estás curioseando en el montón equivocado o en la estantería incorrecta, y de que el librero te observa, atrincherado detrás de su mesa, con cara de pensar que no tienes ni idea de con quién te estás enfrentando.
www.seriesyonkis.com/serie/black-books
www.youtube.com/watch?v=gFHyevlB9AU
www.youtube.com/watch?v=C4wBLUBa8YI