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El lento aprendiz
El blog de Enrique Redel
28 de junio de 2010

De un tiempo a esta parte he venido descubriendo que hablar de mi propia militancia deportiva, de mis propios colores, de mi propia vivencia como aficionado al fútbol se ha ido convirtiendo en su sibilino y doloroso ejercicio de autojustificación. En un anuncio famoso, un niño, sentado en el asiento trasero de un coche, preguntaba por sorpresa a su padre: “Papá, ¿por qué somos del Atleti?”. Ante lo cual el padre, cariacontecido, respondía con un largo silencio mientras observaba al muchacho por el retrovisor, casi con pena, autorrecriminándose por haber condenado a su vástago a una vida de sinsabores. No le respondía nada, naturalmente. Porque no existe una respuesta. Esas preguntas no se hacen así como así, a traición. No metamos el dedo en la llaga. Generaciones y generaciones de atléticos, tras la enésima derrota épica, tras el enésimo robo antológico en nuestro propio campo, tras la enésima burla del prepotente madridista en el bar, en la oficina, en la mesa familiar cada domingo, nos hemos preguntado una y mil veces por qué narices somos del Atleti. Sin respuesta. Quiero pensar que somos del Atleti porque así lo quiso Dios. Una maldición divina, vamos, como la de la langosta.

Pero ante todo, señores, un respeto. Bien es cierto que la militancia atlética se lleva en ocasiones de modo clandestino, culpable, y eso no es justo. Todavía puedo ver a Torrente, otro atlético insigne, tirando su bufanda por una alcantarilla al ver aparecer en lontananza, en la negra noche, a un grupo de aficionados del Madrid con no muy buenas intenciones. Muchos viven ocultos, como avergonzados del equipo de sus amores. Amores no correspondidos. No es elegante, ni chic, ser del Atleti, porque uno no puede presumir de casi nada. Nos suelen identificar —de dónde habrá salido la especie— con nativos de barrios populares, habitantes de corralas y patios de vecinos, sitios poco glamorosos. Comedores ávidos de mollejas y chinchulines, frecuentadores de verbenas en praderas, aves de terrazas suburbiales, gatos de Lavapiés. Todo tan castizo… Gentes que pasan sus noches de verano al fresco, y no en locales exclusivos con aire acondicionado. Nuestro estadio linda con el río Manzanares, por el que bajan flotando los seiscientos oxidados y los cadáveres de los yonkis que se pasaron de la raya en los peligrosos jardines de San Antonio de la Florida. El estadio de los otros está en la zona noble, a la que uno va en taxi, a la sombra de rascacielos inmensos llenos de banqueros ricachones, al que se llega por amplias avenidas flanqueadas de ministerios, palacios y chalets unifamiliares. Nuestro skyline es bien humildoso: la inmensa mole difunta de la fábrica de Mahou y los populosos arrabales de Usera, con dos pirámides de pega en lontananza. Y la M-30, ojo, que nunca duerme. Lo nuestro es la realidad. Y la realidad es la que es. Así que un respeto.

Papá, ¿por qué somos del Atleti? En mi caso, fue mi abuelo. Enrique Redel Pineda. Cordobés. Un tipo alto. Por algún lado tengo una foto suya toreando con John Huston. Luchó con los nacionales, era muy católico. Desertó de la guerra porque quería ir a ver a su tía, aunque luego le dieron una medalla (no por desertar, supongo). Recuerdo que usaba sombrero, lucía fino bigote y que venía todos los domingos a comer paella a mi casa. No dejaba ni un grano. Cuando llegó a Madrid, en los años cuarenta, se hizo del Atleti porque el portero que jugaba en aquella época era cordobés, como él. Iba con mi padre al Metropolitano; mi padre iba antes, cogía sitio, llevaba una tartera con la merienda. Vivían en Ríos Rosas, en el barrio de Chamberí, en la calle Cristóbal Bordiu, allí nació mi padre. A un tiro de piedra de Chamartín, pero a mi padre nunca le fue el Madrid. Alguna vez me ha enseñado su carnet de socio del Atleti, un número bajo. En él aparece la fotografía de un adolescente delgado, cuesta reconocerlo.

Mi abuelo venía cada domingo a comer paella, y luego nos íbamos al fútbol. Me hicieron socio con diez años —socio 14.016— y luego me llevaron a Casa Mingo a celebrarlo. Ritos de paso. Cada domingo, tras la paella, yo me sentaba entre mi padre y mi abuelo, que estaban abonados, justo al lado de la tribuna del Vicente Calderón, a la altura de mitad de campo. Delante teníamos a una señora bajita que no dejaba de vociferar improperios al árbitro (se los merecía). En una ocasión mi abuelo, en un rapto de desesperación, tras un robo a mano armada del Madrid en nuestro propio campo, tiró el carnet al río (el estadio rugía: “Así, así, así gana el Madrid”). El Atleti perdía siempre, al menos eso recuerdo. En mi clase, en el colegio Sagrados Corazones, rodeado de hijos de generales, políticos y jinetes famosos, procuraba que nadie supiese que era del Atleti, cosa difícil en una época en que todo gravitaba en torno al fútbol. En aquella época, ser del Atleti no era un signo de independencia, ni daba personalidad, como ahora. Era un baldón. Nunca ganábamos nada. Una época dura. Poco después pasé a la clandestinidad, apostaté, y negué mis raíces durante unos diez años. Las negué muchas veces, y en público, y puede que esta entrada en este blog venga a ser mi credo, mi vuelta a la religión verdadera, una religión de dolor, sufrimiento y fatalismo. Luego volví al redil. Qué remedio. Uno es quien es, y no puede evitarlo. Soy un atlético renacido. ¿Con tendencia a pensar que la vida es un Gólgota por el que tenemos que pasar irremisiblemente? Puede. No en vano la calle que está al lado de mi estadio se llama el Paseo de los Melancólicos.

(Imagen: © Julio César González)



Archivado en: fútbol | Etiquetas: fútbol, atleti, vicente calderón, madrid, real madrid

ENRIQUE REDEL
(Madrid, 1971) Después de trabajar en varias editoriales independientes madrileñas, en 2007 dio a luz un proyecto editorial que en poco tiempo se ha convertido en referencia: Editorial Impedimenta. Su recuperación de clásicos modernos y un exquisito cuidado en la edición hacen de sus libros objeto de deseo lector. En 2008 Impedimenta fue galardonada con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial, junto al resto de pequeñas editoriales del Grupo Contexto. Bibliófilo empedernido, sus pasiones no se ciñen sólo a la literatura: cine, música, tv y otros vicios forman parte de sus intereses.
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