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En la última jornada hubo de todo: Esther Tusquets dijo encantadoras barbaridades ante un auditorio en rapto místico por el nivel de cotilleo que alcanzó esta maravillosa dama junto a su hermano Óscar; el poeta Manuel Vilas se cantó a sí mismo con Amor, su alucinante volumen de poesía reunida; hubo una obscena cola para ver a Almudena Grandes y nadie quiso perderse a Eloy Fernández Porta en plan fetiche, con una máscara de sumiso, recitando poemas a los supermercados con fondo de chundachunda.
Para los más sofisticados, ahí estuvo Vicente Luis Mora enseñándonos a hacer literatura con Google y Javier Montes hablando del tiempo en 20 minutos; Rafael Chirbes se la pasó rodeado de discípulos y, aunque no las vi, se comentó por los pasillos que las parejas de baile formadas por Manuel Vicent y Angel Harguindey, Javier Tomeo y Félix Romeo y Manuel Rivas y Juan Cruz, se marcaron unos pasos de lo más salerosos. Benjamín Prado y Luis García Montero, en tanto, pusieron la cuota de espectáculo poético, aunque tampoco los vi, porque estaba en la realidad alternativa.
A eso de las 10 de la noche, todo el mundo se sinceró y corrió a ver jugar al Barça; pero como a las 12 volvieron, porque porque no querían perderse a Ana Curra, otra leyenda de la Movida madrileña, junto a Digital 21; ni a Andres Neuman, que iba a oficiar una ceremonia espiritista para encontrarse con el fantasma de uno de sus personajes, el escritor austroamericano Edgard Franz Milton, que habló desde el más allá con un reverb de megafonía. Más tarde juro que los vi juntos, acodados en una barra, y bebiendo cervezas. Yo, por mi parte, junto a María Angulo Egea, la Messi del futbolín, ganamos todos los partidos contra unas preciosas groupies literarias.