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La conferencia habla del poder y Gopegui se presenta como uno de sus heterónimos, Enrique Puertonovo, un supuesto y premiado erudito que desgrana "Las amistades peligrosas", no ya en la versión de John Malkovich y Glenn Close sino el libro de Laclos, el poder del juego, el poder del amor llevado a la ludopatía.
El poder del lenguaje, o, más bien, el poder de la lengua.
Tras Gopegui,unas imágenes de transformismo, a mitad de la conferencia una especie de happening difícil de entender, dos chicas y un chico que avanzan hacia el centro del escenario, fuera del foco y se plantan de espaldas al público frente a la pantalla ya en blanco.
"¿Pueden los subalternos hablar?" continúa Gopegui, es decir, continúa Puertonovo, y rescata así a Spivak, la necesidad o no de que todo el mundo tenga la misma voz y valga lo mismo. La cuestión de la representación. El sistema de castas de la India aún colonial. La inmolación de las viudas. Su relegación. Los apestados. ¿Pueden hablar? Spivak dice que no, que no pueden, que no poseen un espacio, un enunciado. No se les está permitido.
Gopegui sigue hablando con un tono monocorde, leído, Rajoy en su laberinto. A veces cuesta seguir la argumentación, donde no hay altos ni bajos. A veces, sucede lo contrario... cada paso va tan lento que es imposible perderse, aunque los nombres abrumen, la sucesión de nombres no siempre conocidos. Discursos que se pierden en un contexto no compartido.
El poder y la corrupción de la ausencia de poder -así, Adrienne Rich-, la lasitud del subalterno conformista, el que cruza la trinchera. El lenguaje del opresor." Parece que hablan los callados, en el lenguaje del opresor, pero no sabemos en qué lenguaje hablan cuando guardan silencio", remata Gopegui.
El género, el papel de las relaciones de poder en las relaciones de género. La batalla abierta desde el XVIII y animada por Virginia Woolf. Pero... ¿Es tan fácil asumir sin más que la mujer la que se somete siempre?, ¿el poder le es ajeno? Courtney Love cantaba, se desgañitaba, cuando no era aún siquiera la novia de Kurt Cobain, menos aún su malvada viuda, aquello de "There is no power like my pretty power".
El asunto no es saber si tienes poder sino qué herramientas te sirven para ejercerlo, qué narrativa, qué discurso. "Qué lenguaje", diría Gopegui-Puertonovo. Crecí en un colegio mixto, todas estas referencias me resuenan a un mundo que sé que existe pero que no es el mío.
Los actores se han vuelto de frente al público: dos chicas a los lados y un chico en el medio. ¿Es un mensaje? Los subtextos. Me abruman siempre los subtextos, más en mañana del sábado, el auditorio lleno porque la primavera ha vuelto en pleno noviembre.
"Patty Smith", dice Gopegui.
"Nadie tiene que aclarar que Picasso era un pintor blanco, un pintor hombre", dice Smith y a Puertonovo le parece que escabulle la cuestión, corriendo el riesgo de dejar la lucha. Rendirse a la condición de que el género es una lacra. "El perseguido finge no huir", dice Gopegui de nuevo, sin dejar de leer, los chicos del fondo acercándose inquietantemente, muy poco a poco, a la mesa de conferenciantes.
"El sentido de pertenencia" es el siguiente tema. Ayer, Javier Moreno hablaba de la pertenencia que es algo más adolescente que intelectual pero, en fin, todo vale. La intelectualidad es una forma como otra cualquiera de continuar la adolescelencia. Melancolía, de nuevo. Un festival con banda sonora de Camilo Sesto. El género, la pertenencia entendidas desde la dominación. Todo es una relación de poder.
Un festival de literatura es una constante relación de poder: qué chapa llevas, a quién conoces, a qué hora han colocado tu conferencia. ¿Sabe usted con quién está hablando?
Algunos abandonan la sala, pero son pocos. Gopegui nos sigue teniendo a todos fascinados por su tono monocorde, un tono ideal para una resaca. Puertonovo asume que su posición de preeminencia se ha convertido en una decadencia. La melancolía y la decadencia. Una novela estadounidense llevada a los hechos mismos: el número de fans de Twitter, el despido, el recorte...
Y al final llega el final: todo esto es narrativa capitalista, explotación capitalista, explotación a las mujeres desde el capitalismo. Pregúntenselo a Angela Merkel. El capitalismo para callar bocas y crear débiles.
Antes del capitalismo, se supone, la felicidad del buen salvaje.
Rousseau de nuevo. Cuánta guerra nos da a los voltairianos.
Como paso final del montaje, los tres actores se expresan como indignados ilustrados. De Valmont a Hessel, a eso hemos llegado. De más a menos. Se veía venir. Reconozco que me molesta el tono y me molesta la reducción de aquellos días de mayo a un solo adjetivo manoseado por la prensa. ¿Qué mayor rendición? La petición del imperativo: "Indignaos", "Rebélate", "Comprometeos", "Abrigaos", que escribiría mi abuela si le dieran un procesador de texto. El imperio de la corrección política. Tranqui, colega, la sociedad es la culpable... Una charla entre Gopegui y Alberto Olmos, eso sí que sería un debate.
Hasta Campo Vidal se llevaría su torta. Pobre subalterno.