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Al quitarme las gafas me doy cuenta de que mis fotos reflejan el mundo que veo con mis ojos miopes. Un mundo miope y unas fotos miopes. Enfrente de mí, Juan Cruz y Pepe Caballero Bonald discuten en mundos distintos. Cruz se enfrasca en la descripción periodística de “Ágata, ojos de gato”, la segunda novela del poeta, escrita en 1974, e insiste en cómo rompió el realismo social para acercarse al mágico simplemente llevando la acción a Doñana.
Caballero Bonald está a otra cosa: lo que reivindica de “Ágata” es solo el lenguaje. “Cuantos más años tengo, menos me interesa la realidad, como mucho la perspectiva, pero por encima de todo está el lenguaje”. El lenguaje que crea realidades y no el que las refleja.
Bonald, a sus 85 años, mantiene una lucidez inmensa y a la vez un cierto cansancio: no, nada de realismos. “No quiero leer lo que ya veo cada día”, dice, cargándose de un plumazo a Carver. El lenguaje, solo el lenguaje. El estilo. En ocasiones, la rabia. A fuerza de insistir, Cruz consigue entrar en el compromiso político de su compañero de foco: “¿En qué momento estamos, Pepe?”, le pregunta, el balón botando de manera que sea imposible no rematarlo con violencia.
Y Pepe ya ha hablado antes de la razón de ser de la novela social, la poesía social... del 55 al 65 y por qué ya no tenía tanto sentido en el 74, pero aun así, lentamente, va siguiendo el juego: “La transición fue un apaño, pero no acabó con el franquismo”, y Cruz le lanza a Gil de Biedma, a Ángel González –curiosamente no a Blas de Otero- y le toca en la llaga abierta de la crisis, pero Caballero se resiste: “No sé nada de economía, es un arcano para mí, simplemente las cosas parece que no van bien” y pretende seguir hablando de palabras, de lenguaje, de literatura, de poesía… mientras Cruz busca la indignación y la encuentra definitivamente en Irak, ese lugar común.
Y ahí sí, ahí la realidad escuece y su desprecio no sirve. Como mucho, su transformación. La guerra no admite narrativa ni perspectiva. “Todas esas guerras por razones oscuras, incomprensibles… Me ayudan a reaccionar, me ayudan a seguir escribiendo poesía incluso a mi edad, cuando es algo adolescente”. Cruz se enreda en soliloquios, preguntas enrevesadas a las que Caballero Bonald responde “¿Y qué?” y sigue charlando sobre prosas cuidadas y metáforas oscuras.
La palabra “indignado” sobrevuela por un momento la sala de columnas. El mundo en vilo en espera de la mención a 15-M.
Pero no, no llega. Cruz recula y vuelve a hablar de crear universos, crear mundos –supongo que, en el fondo, lo que quiere decir es que “otro mundo es posible” porque Cruz es de esos periodistas que no sueltan la presa- y Pepe puede coincidir, en parte, siempre que quede claro lo que lleva diciendo desde el principio sin estar seguro de que el mensaje esté llegando: la verdad no importa, importa la interpretación. La realidad aburre, lo que importa es su recreación. Sea narrativa bélica, política o ecológica.
Doñana como Edén.
“Estoy muy mayor”, insiste Caballero y Cruz le dice “no tanto” pero es probable que sí, que como decía Tusquets, ya esté en ese momento en el que sabe que cada día no será mejor que el anterior. “Despertar es lo más arriesgado del día”, dice, en otro contexto. “Ponerte en movimiento y lanzarte al desayuno”. La realidad y la difícil relación con las cosas mismas. “¿Te indignas?” insiste Cruz, buscando la visceralidad de nuevo, después de la pausa de cortesía.
Y al final Caballero lo reconoce: sí, me importa; sí, leo los periódicos; sí, me llena de rabia lo que está pasando, y la literatura, de nuevo, pasa al segundo plano. Victoria del periodismo.