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Ascensores, mentiras y gafas de pasta
El blog de Guillermo-Ortiz
10 de noviembre de 2011

Yo no sé lo que es la "Generación Nocilla". Lo siento, no entiendo de generaciones. No es algo nuevo, siempre he llevado el individualismo a puntos muy ridículos: mi novia de los 90 me insistía en ver museos y cuadros y llamarlos no por su nombre sino por su apellido: "un Goya", "un Renoir", "un Greco". Y yo veía una pintura, unos personajes, una historia e intentaba juzgarlos por sí mismos.

Puede que no todo lo que vale una obra tenga que estar en la obra, pero al menos debe poder defenderse por sí misma, sin ficha explicativa a su derecha.

En resumen, Agustín Fernández-Mallo abre a las 5 el Festival Eñe 2011 y me provoca cierta curiosidad. Lo vi hace dos años y tuve la sensación extraña de no saber si me estaba tomando el pelo o no. Al final decidí que no porque era la opción que nos dejaba mejor a los dos.  He leído sus libros, me han gustado. No sabría catalogarlos ni mucho menos meter en el catálogo a todo un grupo de escritores como si fueran muebles de IKEA.

Los escritores y sus personajes. Una combinación terrible. La gente habla del "mundillo literario" como si el "mundillo literario" fuera algo más que un montón de castas y poses que cada uno elige en su momento. Las peleas, las luchas. Alberto Olmos, por ejemplo, que charla a las 9 con Luna Miguel. Conozco a Luna pero no conozco a Alberto. He leído a Alberto pero no he leído a Luna más allá de sus artículos periodísticos.

Sin embargo, nadie negará que son dos personajes controvertidos en esa pequeña microsfera que es la literatura contemporánea española y precisamente todas esas polémicas en las que no entro son las que me superan.

Planteo objetivos para este viernes: pasar por encima de los prejuicios. No debería ser fácil porque, como digo, no suelo tener prejuicios. A mí me dan un libro y me lo leo. Me gusta o no, pero no caigo en filias o en fobias. "Ejército Enemigo", de Olmos, me pareció una novela sensacional durante 150 páginas e irregular durante 110. Opino sobre libros, no sobre escritores.

El problema es que ahora tendré que opinar sobre escritores o al menos sobre sus opiniones, que puede que no sea lo mismo. Una editora me dijo un día muy sorprendida, cuando le comenté que era crítico: "¿Vas a criticar a tus propios compañeros?" No, en absoluto, señora, voy a criticar sus libros, el que no entienda la diferencia anda un poco perdido.

En fin, Mallo, Olmos y Luna en la tarde-noche del Círculo de Bellas Artes. No solo ellos, por supuesto. Andrés Trapiello, el autor favorito de una de mis ex novias, lo que le convierte en algo así como el ex novio de mi ex novia y me deja ante la disyuntiva de emborracharme con él y abrazarlo en el Toni 2, o mirarlo con desprecio, una mirada de discoteca en Costa Polvoranca. Aparte, David Trueba, Manuel Vicent, Mario Muchnik, Álvaro Pombo... para acabar con Eliza Fuenzalida en una de esas mágicas madrugadas del Círculo, cuando ya casi no hay nadie por ningún lado y el cansancio se mezcla con el sueño en una duermevela ronroneante.

Editores, aparte de Muchnik, estarán Libros del KO, Salto de Página, Musa a las 9... Yo tengo con los editores el mismo problema que tengo con las chicas guapas, que nunca las saco a bailar ni las invito a copas porque pienso que me van a decir que no. El miedo al rechazo. Mi incapacidad para reconocer sus propios miedos, sus propios complejos y jugar con ellos. Hace un año y poco otra ex novia -no leía a Trapiello o nunca lo mencionó al menos- se casó y me invitó a su boda. Yo acepté. Escribí algo muy bonito y pedante sobre cómo cada ex representaba una parte del camino hacia la supuesta felicidad final. Sin los fracasos, los éxitos no existen. Así, nosotros, los escritores inéditos.

No sabía entonces que un año y pico después mi ex novia se estaría divorciando, con lo que al final incluso el éxito puede ser un fracaso a corto plazo y, por la misma analogía, editar no sería en ocasiones sino una tregua, nada que ver con un tratado de paz propiamente dicho.

Foto de Luna Miguel sacada de "Las Noches del Cangrejo"



11 de noviembre de 2011

"La lectura tiene que ser una tarea muy silenciosa, tranquila, ensimismada. El lector debe ser un tipo que se ensimisme fácilmente". Esa es la posición de Mario Muchnik cuando le hablan del e-book: "El libro es como un juguete para los jóvenes", dice, más asombrado que crítico. Muchnik es de esos editores que editan y no de los que firman cheques y que el manuscrito se lo lea otro, si se lo lee. Un hombre que se preocupa por comas y tildes, esos grandes olvidados del mundo editorial de hoy en día.

"Editar porque sí o editar por una finalidad concreta...", Muchnik se queda colgado en la frase, como si le disgustara. Remite a Carlos Barral, su amigo Carlos Barral, sus primeros consejos: "Nunca publiques con una finalidad comercial, me dijo, antes de montar mi editorial... aunque él no siempre siguió su consejo. Yo sí".

Con Muchnik uno puede coincidir o no, pero al menos está ante un criterio. Su criterio, de acuerdo, pero algo es algo. "El lector se da cuenta de todo", dice, "el problema es el editor". "Una persona que lee ya es algo que provoca estupor", continúa, regodeándose en los movimientos de las manos, "me gusta fotografiarles cuando les veo en público, en un aeropuerto... pero un lector no es un espectador, no es lo mismo leer que ver. El lector reflexiona, el espectador puede reflexionar, de acuerdo, pero después, no es algo inmediato".

Diego Salazar, que te está tuiteando todo lo que no está aquí, coincidía conmigo el otro día: "No hay manera de saber qué están haciendo los editores, ni siquiera ellos lo saben". No nos engañemos, no hay manera de saber qué está haciendo nadie, como si tuvieran al mismo mono eligiendo el catálogo de una editorial, revisando las cuentas de Lehmann Brothers y la deuda de Italia. Así de triste.

Muchnik provoca melancolía, hay algo en él que remite a otra época, una época que yo no he vivido y puede que no vaya a vivir jamás. La melancolía de lo inexistente.

La voz de Muchnik se pierde en los ecos del patio de columnas. Una certeza rebotada y repetida de una manera difuminada. Distorsionada. "Lo más grave que ha pasado en la sociedad es la televisión, ha interrumpido el desaliento. Hoy día, es muy raro encontrar a alguien que piense e intente transmitir, por eso se escriben tan pocos libros buenos. Se editan muchos, pero buenos, pocos, sin acentos, con erratas...".

Y por un momento el melancólico es él. Una melancolía imposible, también. Un bucle, hasta cierto punto. Un mundo sin televisión ni Internet  pero con fotografía y papel. Hay algo en el discurso de Muchnik que huele a página amarillenta, casi húmeda. Naftalina. Prefiero entenderlo como un alegato contra la prisa, contra la inmediatez, más bien, y no una mera nostalgia anti-tecnológica, porque se me ocurren un par de cosas más graves que un aparato de televisión, por decir algo. Respeto el recuerdo de cuando no todo era inmediato y no hacía falta contarlo todo.

La melancolía, en definitiva, de las buenas historias.

Pero en ese momento a alguien le suena el móvil y volvemos a la realidad. Corriendo a ver a Trapiello. Las señoras de la limpieza fregando desesperadas las últimas pisadas. A lo lejos -el eco es imprevisible- las últimas palabras de Muchnik: "Julio (Cortázar) no era un hombre de borrachera en Salamanca sino de cochinillo y lechazo en Segovia". La vieja Castilla al rescate. "Yo he publicado más por amistad que otra cosa", dice, y vuelve la nostalgia, y por un momento pienso en quedarme, sobre todo cuando vuelve a la incomunicación autor-editor: "¿Cómo puede ser que no se hablen?, ¿cómo puede ser que no conversen?" y ahí se mete con el fútbol y vuelve el purismo y por ahí ya sí que no paso.



11 de noviembre de 2011

Luna Miguel no lee Babelia ni El Cultural. Lo deja bien claro en lo que parece quizás un exceso de autoafirmación. En cualquier caso es verosímil y es una decisión. Luna se ha acostumbrado en los últimos meses a ser considerada una marcadora de tendencias, algo absurdo a sus 21 años: si Luna dice algo, tiene diez mil lectores dispuestos a comérsela a besos; si dice otra cosa, tiene diez mil lectores dispuestos a llamarla de todo. Hay muchos ejemplos al respecto hasta el punto de que ella no pueda decir "No leo Babelia ni El Cultural" sin que el bloguero de Eñe empiece su artículo con eso.

Sin embargo, sí lee libros. Le gustan los libros casi como un fetiche. Los toca y los lee. La conversación tiene que ver con Internet y por supuesto la cosa ha caído en el fetichismo que es a lo que derivan todas las discusiones de este tipo.

Huelo los libros pero no leo los periódicos. Está bien. Alberto Olmos habla de blogs que pasan a libros y blogueros que sustituyen a críticos. Luna prefiere en la solapa la crítica de un blog antes que una de "El País". Pero quiere publicar un libro de papel. Y escribe en Público. Olmos reconstruye las conversaciones de email de su novela, la interesantísima "Ejército enemigo", pero sigue considerando que el prestigio tiene que ver con el papel.

Nadie habla del lector.

Lo que aporta Internet con respecto al libro habitual como medio de expresión es la presencia constante del lector. No ya de los "blogueros", que es una palabra que ni siquiera sé cómo escribir, sino de cualquiera que tenga una cuenta abierta, incluso un anónimo. El feedback. Olmos, Miguel y Sierra hablan del soporte pero se olvidan del consumidor del soporte.

Elena Sansigre lo llama "ego del escritor". Puede ser. También me matiza: "El problema de pasar un blog a un libro es que desaparecen los 45 comentarios". Volvemos a Arcadi Espada, disculpen la fijación. Llegó un momento en el que su artículo no se entendía sin las apreciaciones, enlaces e hipervínculos de los lectores. Un blog era una comunidad, algo que nunca será un libro.

Llegan las redes sociales: Luna es fanática de Twitter. No lee El País ni Público en Internet, solo lee Twitter. Sierra lo utiliza a veces para leer cosas interesantes, sin matizar demasiado. Alberto Olmos lo ve con una cierta distancia, una cierta superioridad, pero es justo el que da en el clavo casi a la media hora de charla: pronto surgirá la posibilidad de que el lector comente cada palabra de un e-book, una especie de audímetro que controlara qué partes funcionan y qué partes no funcionan de un libro.

A Sierra, este escenario le parece "una gilipollez". A Olmos, de hecho, le molesta, porque lo sigue viendo desde el punto de vista del escritor: "Solo me queda escuchar a 500 personas cada vez que escribo una página". No, no es necesario. Si el miedo es que una editorial mida los ratings y se convierta en una productora, lo siento, pero eso ya ha pasado, es demasiado tarde. Quien habla de descargas habla de libros vendidos.

¿Qué te piden cuando envías un manuscrito? Que definas tu target...

En general, los tres parecen un poco superados por la tarea. Internet es un tema inabarcable. Al principio, Sierra dijo algo muy inteligente: "Nos han traído a nosotros porque nos comunicamos por Internet... todo el mundo sabe que los demás escritores se comunican con tam-tam". Desde luego el mundo editorial -el "mundillo" si prefieren- sigue comportándose con una torpeza inaudita en todo lo que tiene que ver con la red. Están todo el día preguntándose qué hacer igual que los cineastas se comen la cabeza pensando qué demonios es el cine español.

Se miran las manos.

Y con Internet, además, miles de personas te las miran a la vez.

Y eso a Luna le parece bien porque desmitifica al escritor -"yo quiero tocar al escritor en Twitter igual que toco a mi abuela en Facebook"- pero a Olmos no le parece tan bien porque sigue teniendo el punto elitista que todos tenemos y me parece muy bien que lo deje claro, sin complejos ni buenismos.

Pregúntenme si prefiero tener 1000 visitas al día en mi blog y 14 comentarios diciéndome lo bien que escribo o que Granta me seleccione en su próxima lista. Pregúntenselo a Luna Miguel.

Y a diez mil personas la respuesta les parecerá una tontería mientras otras diez mil pensarán que es sublime y Alberto Olmos sonreirá desde la distancia y Sierra sigue admirando a blogueros maravillosos... que publican sus novelas en papel. En fin, Internet, fetichismo y libro: otro empate a cero y vamos por la sexta prórroga.



12 de noviembre de 2011

Emilio Sánchez Mediavilla, Álvaro Llorca y Guillermo López empezaron este año la loca aventura que se llama Libros del KO, una editorial que se centra en el periodismo, es decir, en la no ficción: el reportaje, la crónica, las grandes historias contadas a otro ritmo. De momento, las cosas les van bien, pero tanto ellos como las otras cinco editoriales que buscan autor este año aún tienen que darse a conocer e ir pescando en caladeros como los que ofrece el Festival Eñe.

El pacto es justo aunque tiene algo de tribunal de oposición: en la larguísima mesa de la Sala de Juntas se sientan en un extremo los editores y en el otro, a unos siete -ocho metros, los aspirantes a escritor: en unos diez minutos como máximo tienen que presentar su historia y convencer a los responsables de Salto de Página, 451, Musa a las 9, Lengua de Trapo, Alghaida o los propios Álvaro, Emilio y Guillermo de Libros del KO de que su historia, y no otra, es la que merece ser editada y publicada en un futuro cercano.

En el caso de esta última editorial, además, el hecho de dedicarse a la no ficción ha hecho menguar el número de aspirantes hasta reducirlo a... uno. Un solo valiente que se atreve con historias no noveladas.

¡Qué manía con las narrativas, oiga!

En fin, nunca sabremos si eso le da más posibilidades o al revés, se las quita. Nadie puede hacerlo mejor que él, pero tampoco empeorarlo. El miedo al fracaso siempre está presente, pero el miedo a fracasar solo le da un punto épico al asunto.

Foto: gentileza de Paloma Cabeza



12 de noviembre de 2011

Esther Tusquets no solo es inteligente sino que además combina su inteligencia con un sentido del humor envidiabe. La charla que mantuvo el año pasado junto a su hermano Óscar fue de lo mejor del festival: ingenio, rapidez, ese sentido común tan catalán y a la vez tan cínico, tan envidiable.

Esther tenía el cometido de contestar varias de vuestras preguntas y lo suyo es dejar aquí simplemente sus respuestas:

- "Me considero feminista. No es algo que piense mucho pero si me preguntan la respuesta es sí. Creo que es obvio que no tenemos las mismas oportunidades"-se dirige a la moderadora- "Si tú crees que sí, luego nos tomamos algo y me cuentas, para que veas".

- "Es normal que sea una escritora reconocida entre las lesbianas. Soy de las pocas que trato el tema con naturalidad. Muchas mujeres, muy inteligentes, siguen encerradas en el armario. Mi escritura es una manera de ayudarlas, que no se sientan tan solas".

- "El libro con mi hermano es brutal, muy distinto, no se ha hecho nada parecido hasta ahora, creo... Se publicará en febrero de 2012 o esa es la última noticia. Tenemos recuerdos completamente distintos de una misma vivencia. Supongo que el problema es que él era el favorito de mi madre y yo la favorita de mi padre" -se envuelve brevemente en algo parecido a la tristeza- "una psicóloga me dijo que tenía déficit de cariño por esa relación. No sé, nunca me sentí querida de pequeña, la verdad".

- "Jaime Gil de Biedma sí era parte de la gauche divine. Por completo. Yo no. Ni bebía ni fumaba ni iba a Bocaccio ni acababa con ellos en cualquier lado". La moderadora repregunta: "¿Entonces no te consideras nocturna?" y Tusquets, con una inmediatez que recuerda al Borges de sus últimas entrevistas, esa lucidez de la edad, dice: "Sí... pero es que la noche no la inventó la gauche divine"

- "Si tuviera que salvar algo en la sociedad, salvaría la educación. Me dedicaría a los niños de 4 a 10 años. La educación nuestra fue mala, pero la de ahora es pésima... y eso que adoro a mis nietos, todos adoramos a nuestros nietos, más que a los hijos, a menudo".

Y ríe y ríe y ríe y la gente acompaña en la risa, una sala llena de nuevo porque es sábado y en sábado todo está permitido. Luego sigue el interrogatorio:

- "¿Cine? Vi una película, esa de los de Facebook, pero no entendí nada. Lo intenté, ¿eh? Dos veces, pero no, no me entero de nada, me pasa como con el Facebook de por sí".

- "También he intentado que me guste la música, con todas mis fuerzas... y el alcohol, incluso el tabaco... aunque sé que esto no es una broma. He perdido a seres muy queridos muy pronto probablemente por el tabaco, pero no me gusta prohibir nada. No solo el Estado sino los que se convierten en alguaciles: ¡No puedes fumar aquí! Yo no fumo pero no me importa que fumen. Odio prohibir. Hablan de la envidia pero el deporte nacional en este país es prohibir".

- "¿En qué mienten más los editores? En el número de ventas. Nunca quieren que sepas lo que imprimen". El auditorio y la moderadora nos quedamos en la duda: ¿Por qué ese misterio? "Pues porque no quieren pagar derechos de autor, dicen que venden menos y ya está, solucionado".

Por último, la vejez. Esther Tusquets -y que en mi filia barcelonista no se me escape un "Busquets" por favor- ha cumplido ya los 75 años:

- "Tengo la sensación de que a partir de los 70 cada día es el mejor que vas a tener. Así de claro: si un día te encuentras fastidiado ya sabes que los siguientes van a ser peor. No sé por qué la gente quiere vivir tanto, ser viejo es muy difícil, muy complicado. Y cada vez lo va a ser más".

Y para demostrarlo, nos invita a todos a una partida de bridge o de póker... pero otro día, hoy tiene que irse. Una delicia, una manera de defender lo que uno quiere sin pretensiones, solo con claridad.

Demasiados años dedicados a ver cómo escandalizaban a los burgueses, solo le faltaba a ella subirse a estas alturas al carro.



12 de noviembre de 2011

Al quitarme las gafas me doy cuenta de que mis fotos reflejan el mundo que veo con mis ojos miopes. Un mundo miope y unas fotos miopes. Enfrente de mí, Juan Cruz y Pepe Caballero Bonald discuten en mundos distintos. Cruz se enfrasca en la descripción periodística de “Ágata, ojos de gato”, la segunda novela del poeta, escrita en 1974, e insiste en cómo rompió el realismo social para acercarse al mágico simplemente llevando la acción a Doñana.

Caballero Bonald está a otra cosa: lo que reivindica de “Ágata” es solo el lenguaje. “Cuantos más años tengo, menos me interesa la realidad, como mucho la perspectiva, pero por encima de todo está el lenguaje”. El lenguaje que crea realidades y no el que las refleja.

Bonald, a sus 85 años, mantiene una lucidez inmensa y a la vez un cierto cansancio: no, nada de realismos. “No quiero leer lo que ya veo cada día”, dice, cargándose de un plumazo a Carver. El lenguaje, solo el lenguaje. El estilo. En ocasiones, la rabia. A fuerza de insistir, Cruz consigue entrar en el compromiso político de su compañero de foco: “¿En qué momento estamos, Pepe?”, le pregunta, el balón botando de manera que sea imposible no rematarlo con violencia.

Y Pepe ya ha hablado antes de la razón de ser de la novela social, la poesía social... del 55 al 65 y por qué ya no tenía tanto sentido en el 74, pero aun así, lentamente, va siguiendo el juego: “La transición fue un apaño, pero no acabó con el franquismo”, y Cruz le lanza a Gil de Biedma, a Ángel González –curiosamente no a Blas de Otero- y le toca en la llaga abierta de la crisis, pero Caballero se resiste: “No sé nada de economía, es un arcano para mí, simplemente las cosas parece que no van bien” y pretende seguir hablando de palabras, de lenguaje, de literatura, de poesía… mientras Cruz busca la indignación y la encuentra definitivamente en Irak, ese lugar común.

Y ahí sí, ahí la realidad escuece y su desprecio no sirve. Como mucho, su transformación. La guerra no admite narrativa ni perspectiva. “Todas esas guerras por razones oscuras, incomprensibles… Me ayudan a reaccionar, me ayudan a seguir escribiendo poesía incluso a mi edad, cuando es algo adolescente”. Cruz se enreda en soliloquios, preguntas enrevesadas a las que Caballero Bonald responde “¿Y qué?” y sigue charlando sobre prosas cuidadas y metáforas oscuras.

La palabra “indignado” sobrevuela por un momento la sala de columnas. El mundo en vilo en espera de la mención a 15-M.

Pero no, no llega. Cruz recula y vuelve a hablar de crear universos, crear mundos –supongo que, en el fondo, lo que quiere decir es que “otro mundo es posible” porque Cruz es de esos periodistas que no sueltan la presa- y Pepe puede coincidir, en parte, siempre que quede claro lo que lleva diciendo desde el principio sin estar seguro de que el mensaje esté llegando: la verdad no importa, importa la interpretación. La realidad aburre, lo que importa es su recreación. Sea narrativa bélica, política o ecológica.

Doñana como Edén.

“Estoy muy mayor”, insiste Caballero y Cruz le dice “no tanto” pero es probable que sí, que como decía Tusquets, ya esté en ese momento en el que sabe que cada día no será mejor que el anterior. “Despertar es lo más arriesgado del día”, dice, en otro contexto. “Ponerte en movimiento y lanzarte al desayuno”. La realidad y la difícil relación con las cosas mismas. “¿Te indignas?” insiste Cruz, buscando la visceralidad de nuevo, después de la pausa de cortesía.

Y al final Caballero lo reconoce: sí, me importa; sí, leo los periódicos; sí, me llena de rabia lo que está pasando, y la literatura, de nuevo, pasa al segundo plano. Victoria del periodismo.



12 de noviembre de 2011

La sala de columnas está casi vacía. Han dejado para casi las diez la última charla del Festival: la "contrainte", el "oulipo" y el lipograma. Las vanguardias que comentaba en el anterior post, aunque tengan siglos. Es una situación complicada, al ritmo al que van conseguirán vaciar la sala por completo y no porque no sea interesante el tema sino porque es sábado a la noche, como en la canción de Los Rodríguez y estar atento a por qué empeñarse en quitar la "A" en todas las palabras de la novela o la "E" como hizo Georges Perec o seguir los experimentos de Raymond Queneau cuesta bastante

Tanto que me he tenido que ir a la Wikipedia, lo reconozco, porque oía hablar de tantos términos y, bueno, mis nociones de francés me permitían traducir "contrainte" como "restricción" pero por lo demás me perdía mucho.

Charlas para iniciados.

Se agradece el entusiasmo de los conferenciantes, Beaumatin, Serra y Pablo Martín, por estos juegos semi-dadaístas de combinaciones improbables. ¿Ponerse límites en la escritura por placer o por necesidad? Martín habla de la campaña del Ministerio: "Yo pongo condón" y las sucesivas "oes" al servicio de la memoria más que de la información. Como tres ajedrecistas disfrutando de las infinitas combinaciones de sus piezas.

Vuelvo a la Wikipedia: los lipogramas de Les Luthiers, dentro de sus "Obras de una sola vocal".

Les Luthiers.

Me parece un bonito final.

La charla empezó un poco más tarde, nos informa Doménico, porque Ana María Matute tuvo una pequeña caída y hubo que atenderla. Me pilló en las escaleras rumbo a Grijalba, pero lo importante es que está bien, no le pasa nada. Algo de dolor, por supuesto, pero sin secuelas.

Lo digo por si surgen rumores. No, no busquen escándalos.

El Festival Eñe 2011 acaba en su edición madrileña. El tercer final. Ahora empezarán las fiestas según las castas. Los editores, los escritores y los críticos de borrachera. El mundillo literario. Lo que me impresiona de este tipo de festivales es que no solo evidencian mi desconocimiento sino que lo aumentan precisamente porque me lo ponen frente a las narices, junto a mis gafas torcidas.

Y yo, además, empeñado en hacer amigos, en fin...

Ha sido una edición sensacional, lo digo en serio. Creo que si alguien puede decirlo, ese soy yo. Como comentaban en Twitter, "el hombre a un portátil pegado". Incluso ahora -Beaumatin habla de la traducción y sus problemas dentro del oulipo, otra pareja abandona la sala como en un concierto de Berthe Trepat- yo sigo en mi rincón pegado al enchufe y la pantalla iluminando mi cara.

Ese es el recuerdo que tendrán de mí.

¿Qué recuerdo tendré yo del festival? Félix de Azúa por encima de todo, el sentido común me embriaga, cosas de Trapiello, más su discurso oral que su discurso escrito, el coraje del hip-hop empezando por el propio graffiti de Muelle... No voy a empezar de cero otra vez, lo tienes todo ahí abajo.

Si te interesa, puedes repasarlas una a una -al menos los enunciados-. Si no, mejor dejémoslo con un buen recuerdo. Este recuerdo, para cerrar el círculo.

Nos vemos el año que viene. Si me reconoces, salúdame. Soy muy fácilmente distinguible.




GUILLERMO-ORTIZ
Guillermo Ortiz (Madrid, 1977) es licenciado en Filosofía y trabaja en la actualidad como profesor de inglés y escritura creativa. Colabora habitualmente con las revistas Neo2, JotDown, El Imparcial, Sigueleyendo o Zona de Obras, como entrevistador, articulista y crítico de cine, música y literatura. También formó parte del equipo fundador de la revista de pago por Internet, Factual. Organiza y participa en el ciclo de recitales «Fuera de Contexto», que une a músicos y escritores y se está convirtiendo poco a poco en una referencia de la noche en vivo madrileña. Su blog, Pequeños objetivos, ha sumado en sus cinco años de existencia más de 500.000 visitas. También tiene una bitácora sobre su adolescencia noventera, Aquellos maravillosos 90, en la que repasa iconos culturales y políticos de la década pasada. Como escritor, ha publicado, Cuando las cosas dejaron de tener sentido (Grupobuho, 2007), una novela en forma de diario con sorprendentes hallazgos y que resultó un modesto éxito comercial, y el libro de relatos Pequeños objetivos (Kokoro, 2006), doce historias minimalistas de Madrid en los doce meses del año. Como es habitual, ha participado en distintas antologías y ha recibido varias menciones en concursos de relato breve con las consiguientes publicaciones. En la actualidad, prepara una segunda novela, El pingüino, que se adentra en el género del thriller, mientras acompaña a su primer cortometraje Do not disturb en diversos festivales de toda España. Para más información, visite la página web www.guilleortiz.com
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