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Tercer año del Festival Eñe en Madrid. Tercer año de ascensores llenos que suben con lentitud, sin prisas, y bajan justo cuando uno ya ha decidido utilizar las escaleras, desesperado, corriendo hacia la siguiente conferencia express, mesa redonda, entrevista... Los festivales literarios tienen una ventaja muy evidente: la variedad, ir desde Pepe Caballero Bonald a Luna Miguel sin más que tres o cuatro plantas de por medio. El reencuentro con los viejos amigos, lectores ávidos o escritores más o menos debutantes. Las castas. Todo festival tiene sus castas y un festival literario casi tanto como un festival de cine, hay que asumirlo.
Luego está la constancia de que la gente miente. Lo lleva el formato. Miente -o exagera- el escritor porque ese es su trabajo, mienten o exageran los que después de la charla le llenan de halagos... y mienten o exageran los que despotrican contra todo, piensan que cada conferencia es una estafa, cada entrevista, una exhibición de ego y cada mesa redonda, una muestra de falta de rigor. A mí al menos me resulta muy divertido. El aplauso encendido y la puñalada en el pasillo. Literatura para una masa enfurecida.
Y es que el problema de estos grandes festivales es precisamente la masificación. Gente entrando y saliendo de las salas en charla, moviendo sillas, riendo... solo a falta de un buen bol de palomitas. Yo, que soy un cascarrabias, aunque eso a ustedes les debería dar igual, reconozco que, cuando un grupo llega tarde y buscando sitio a viva voz, soy de los que mira fijamente, airado, enfurecido yo mismo, mis gafas de pasta torcidas escondiendo unos ojos llenos de superioridad moral.
Luego se me pasa.
Hay algo de maratón en Eñe como lo hay en cualquier otro evento de este tipo. Lo dicho: una mezcla de ascensores que nunca llegan a tiempo, mentiras o exageraciones, y chicos con barba y gafas de pasta que otean el horizonte para ver si hay algún editor cerca, y a falta de editor, una chica guapa. Como si uno no supiera a estas alturas que las chicas guapas, lamento disgustarte, prefieren a los músicos. El Círculo, durante dos días, es el sitio en el que estar si te gusta la literatura. Adopta la pose que quieras: si quieres trepar, trepa; si quieres escuchar, escucha; si quieres intervenir, interviene; si quieres enfurecerte con cada intervención, adelante, ese es tu lugar: el infierno son los otros, el ejército enemigo.
Busca las caras consagradas y sus libros dedicados o indaga en las pequeñas editoriales y los autores noveles, eso depende de ti. El Festival, en sí, no es más que un escenario, un abanico de posibilidades. El objetivo de este blog es desplegarlas, que sepas lo que te estás perdiendo y por qué, y una vez lo sepas ya sí: dar rienda suelta a tu indignación o a tu entusiasmo. Mostrar, no explicar. Un blog minimalista, en el fondo.
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Ignacio Echevarría ha estado dos veces en el Festival Eñe. La primera, en 2009, moderando una mesa con Rodrigo Fresán y Ray Loriga en la que se trataba de ciencia-ficción y de cualquier cosa que cayera en el cazo porque no dejamos de hablar de dos grandes conversadores y un moderador que no es precisamente Manuel Campo-Vidal.
Fue uno de esos momentos especiales que se viven en un festival así: acababa de entrevistar a Rodrigo y conocía a Ray desde muchos años antes, cuando él solo había publicado un par de libros y yo era un adolescente revolucionado.
Lo que dudo es que él me conociera a mí. Me reconociera, quiero decir.
El caso es que Echevarría también estuvo en la segunda edición pero no sé si esto él lo sabe. Estuvo en la charla de Patricio Pron y Marcos Giralt Torrente. Ya sabes cómo funcionan los recuerdos y en esto voy a homenajear a Loriga, ya que me viene al pelo: "La memoria es el perro más tonto, le tiras un palo y te trae cualquier otra cosa". Cuando yo tiro el palo del Festival Eñe 2010 mi mascota me trae aquella charla de Pron, transformado en Woody Allen, y Giralt Torrente arrasado por algo que parecía cansancio, casi agotamiento. Un buen contexto para la sinceridad.
En un momento dado, de una manera algo deslavazada -de una manera algo Patricio Pron, en definitiva- el escritor argentino pregunta sobre la constancia, sobre la necesidad de ponerse delante del ordenador un número de horas y tirar hacia adelante pase lo que pase, sin interrupciones, estilo "All work and no play makes Jack a dull boy". Giralt Torrente, mirando al infinito, asiente, luego matiza: "Lo que pasa es que he sido padre hace poco y eso te cambia. Hay veces que sabes que deberías ponerte a escribir pero lo que acabas haciendo es ponerte a jugar con tu hijo porque es lo que te apetece".
Pron le mira, digiere la respuesta con un cierto tartamudeo y replica, como si nada: "Eso es porque no tienes a Ignacio Echevarría diciéndote si juegas bien o mal con tu hijo".
Me pareció la mejor frase del festival con diferencia, junto a alguna de Armas-Marcelo, ese hombre capaz de ser invitado a hablar de un Premio Nobel durante una hora y pasar la mitad de la charla hablando de sí mismo sin llegar a aburrir a nadie, casi al contrario. Muchas veces, la literatura para masas funciona así: los ganchos son solo eso: ganchos, excusas, motivos para charlar sobre cualquier otra cosa.
Me extraña no ver la referencia a Echevarría en el blog de Gabriela Wiener del año pasado. Me extraña porque uno lee el blog de Wiener y tiene la sensación de haber estado en el mismo festival, algo siempre gratificante. No le pueden pedir a Patricio Pron que no se preocupe de la sombra de Echevarría y exigirme a mí que me olvide de la de Wiener. Uno acepta un trabajo pensando que va a montar la de dios y resulta que el año pasado ya lo hizo alguien por ti y te sientes como La Habitación Roja en La Riviera con Vetusta Morla de telonero: ¿Y ahora yo qué cojones hago?
Tengo la sensación de que Wiener dominaba más el entorno y yo domino más el espacio. Es mi tercer año. Creo que si consigo ir cinco años consecutivos me llevo la cafetera de la entreplanta en propiedad y la puedo levantar cual Iker Casillas subido a la mesa de Agustín Fernández-Mallo.
Sombras y expectativas. Un poco la historia de nuestra vida, ¿no? Algo que te persigue y algo a lo que persigues tú.
La otra gran frase del año pasado, el perro acaba de volver justo ahora con el hueso, la dijo Guillermo Saccomanno, en pleno debate sobre "El eternauta" y la novela de la clase media argentina. "Ahora todo el mundo escribe sobre escritores", dijo, "no se me ocurre nada más aburrido que la vida de un escritor. Nunca pasa nada, estás todo el rato solo". Al principio me gustó. Saccomanno tiene esas cosas, que le oyes y no concibes que no tenga razón; incluso cuando dudas, acabas pensando que el problema es tuyo. Después, y hablo quizá de un año después, te das cuenta de que no: que la vida de un escritor es interesante precisamente porque siempre piensa que hay un Ignacio Echevarría observándolo.
Incluso cuando juega con su hija, el escritor intenta pasar a la posteridad o al menos que la crónica del día siguiente le deje en buen lugar. Un personaje bien construido, un conflicto bien resuelto, una trama consistente, es decir, no ya un creador, sino un padre. La narrativa de uno mismo. Insisto, la vida.
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Yo no sé lo que es la "Generación Nocilla". Lo siento, no entiendo de generaciones. No es algo nuevo, siempre he llevado el individualismo a puntos muy ridículos: mi novia de los 90 me insistía en ver museos y cuadros y llamarlos no por su nombre sino por su apellido: "un Goya", "un Renoir", "un Greco". Y yo veía una pintura, unos personajes, una historia e intentaba juzgarlos por sí mismos.
Puede que no todo lo que vale una obra tenga que estar en la obra, pero al menos debe poder defenderse por sí misma, sin ficha explicativa a su derecha.
En resumen, Agustín Fernández-Mallo abre a las 5 el Festival Eñe 2011 y me provoca cierta curiosidad. Lo vi hace dos años y tuve la sensación extraña de no saber si me estaba tomando el pelo o no. Al final decidí que no porque era la opción que nos dejaba mejor a los dos. He leído sus libros, me han gustado. No sabría catalogarlos ni mucho menos meter en el catálogo a todo un grupo de escritores como si fueran muebles de IKEA.
Los escritores y sus personajes. Una combinación terrible. La gente habla del "mundillo literario" como si el "mundillo literario" fuera algo más que un montón de castas y poses que cada uno elige en su momento. Las peleas, las luchas. Alberto Olmos, por ejemplo, que charla a las 9 con Luna Miguel. Conozco a Luna pero no conozco a Alberto. He leído a Alberto pero no he leído a Luna más allá de sus artículos periodísticos.
Sin embargo, nadie negará que son dos personajes controvertidos en esa pequeña microsfera que es la literatura contemporánea española y precisamente todas esas polémicas en las que no entro son las que me superan.
Planteo objetivos para este viernes: pasar por encima de los prejuicios. No debería ser fácil porque, como digo, no suelo tener prejuicios. A mí me dan un libro y me lo leo. Me gusta o no, pero no caigo en filias o en fobias. "Ejército Enemigo", de Olmos, me pareció una novela sensacional durante 150 páginas e irregular durante 110. Opino sobre libros, no sobre escritores.
El problema es que ahora tendré que opinar sobre escritores o al menos sobre sus opiniones, que puede que no sea lo mismo. Una editora me dijo un día muy sorprendida, cuando le comenté que era crítico: "¿Vas a criticar a tus propios compañeros?" No, en absoluto, señora, voy a criticar sus libros, el que no entienda la diferencia anda un poco perdido.
En fin, Mallo, Olmos y Luna en la tarde-noche del Círculo de Bellas Artes. No solo ellos, por supuesto. Andrés Trapiello, el autor favorito de una de mis ex novias, lo que le convierte en algo así como el ex novio de mi ex novia y me deja ante la disyuntiva de emborracharme con él y abrazarlo en el Toni 2, o mirarlo con desprecio, una mirada de discoteca en Costa Polvoranca. Aparte, David Trueba, Manuel Vicent, Mario Muchnik, Álvaro Pombo... para acabar con Eliza Fuenzalida en una de esas mágicas madrugadas del Círculo, cuando ya casi no hay nadie por ningún lado y el cansancio se mezcla con el sueño en una duermevela ronroneante.
Editores, aparte de Muchnik, estarán Libros del KO, Salto de Página, Musa a las 9... Yo tengo con los editores el mismo problema que tengo con las chicas guapas, que nunca las saco a bailar ni las invito a copas porque pienso que me van a decir que no. El miedo al rechazo. Mi incapacidad para reconocer sus propios miedos, sus propios complejos y jugar con ellos. Hace un año y poco otra ex novia -no leía a Trapiello o nunca lo mencionó al menos- se casó y me invitó a su boda. Yo acepté. Escribí algo muy bonito y pedante sobre cómo cada ex representaba una parte del camino hacia la supuesta felicidad final. Sin los fracasos, los éxitos no existen. Así, nosotros, los escritores inéditos.
No sabía entonces que un año y pico después mi ex novia se estaría divorciando, con lo que al final incluso el éxito puede ser un fracaso a corto plazo y, por la misma analogía, editar no sería en ocasiones sino una tregua, nada que ver con un tratado de paz propiamente dicho.
Foto de Luna Miguel sacada de "Las Noches del Cangrejo"
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Es el final del día. La sala de columnas se oscurece por completo y el foco solo queda sobre los poetas que se turnan para recitar y el blogger oficial iluminado por su propia pantalla del ordenador, Guillermo Ortiz leyendo a Guillermo Ortiz escribiendo "Guillermo Ortiz". A veces, Guille. Grifos fugaces. Es la hora de empezar la noche, copas en la cuarta planta del Círculo de Bellas Artes; Sara Casasnovas, todavía emocionada por el concierto de Rodrigo Leao, esperando junto a María García de Oteyza el recital del actor y dramaturgo Miguel Ángel Solá, uno de los tantos que pasan debajo del foco, junto al atril.
Incluso las retiradas son silenciosas, nada de ruidos ni voceos. Ningún Trapiello dispuesto a enfadarse -con razón- por ese ir y venir de personas.
A la una de la madrugada, el que se escapa lo hace como un fantasma, deslizando poco más que los pies, una sombra delante del chico del ordenador.
El día pasó y llegará mañana y empezará todo de nuevo. La capacidad de reinventarse a uno mismo, la narrativa, que diría el propio Trapiello. ¿Qué queda? Las risas de Vicent y Rivas, la claridad de Andrés, la melancolía de Gamoneda y Muchnik, la timidez de Mallo, la juventud escandalosa del propio Javier Moreno, voz que a veces se rompe de adolescencia mientras recita en el chill-out.
Aquí no hay adolescencia en el vacío. Aquí solo hay mar y piano y horizonte.
Me pongo cursi: es el final, ya digo.
El resto es silencio.
Si tienen paciencia, les espero el sábado: empezamos con Libros del KO y pasaremos por Tusquets, Marías, Azúa, Gopegui, Matute, Volpi, Grijalba, Caballero Bonald... Demasiado como para no precisar una pausa. Algo más que la oscuridad, la oscuridad y el sueño.
No me esperen más, no llegaré a tiempo.
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Venga, en lo que preparan a Ana María Matute, aún en la misma sala donde Félix de Azúa nos ha dejado con la boca abierta, voy a hablar un poco de mí, para que me conozcas. Hazte cuenta de que queda poco para que esto acabe: las 20,00 del sábado, 28 horas casi ininterrumpidas de narración.
Bien, yo soy un escritor y como todo escritor tengo complejos. Algunos los disimulan con autoafirmaciones y otros los vencemos con rendiciones, es decir, negándonos a participar en concursos de popularidad porque sabemos, en definitiva, que no somos el quarterback con el que se irá la animadora.
Lo dicho: el último concurso literario al que me presenté fue a este Cosecha Eñe en 2008. No llegué ni a la última selección ni nada. No lo entendí. Me fui con mi orgullo a otra parte.
No he ganado nunca nada, como mucho he sido finalista, que es una manera deshonrosísima de perder porque ni siquiera puedes apelar al "es que ni se lo leen". No hay manera de convencer a nadie de que las uvas están rancias.
En definitiva, que en 2011 también ha habido Cosecha Eñe y lo ha ganado Javier Calvo con su relato "Nínive". El premio lo han entregado Camino Brasa -mi jefa, señores, un respeto, yo que ni siquiera he seguido su consejo de ver el recital-concierto de Manuel Rivas, que a ella le ha encantado- junto a Agustín Fernández-Mallo y lo primero que me dicen de Calvo -yo ya dije que no conozco escritores y lo dije hace mucho tiempo, no soy Gabriela Wiener, soy su sucesor obsesivo- es que pertenece a la "Generación Nocilla".
Vaya por Dios. Y yo escribiendo estas cosas.
En fin, que ya lo sabes: no has ganado. No eres finalista. Salvo la improbable coincidencia de que te llames Javier Calvo, roces los 40 y hayas nacido en Barcelona o respondas a cualquiera de estos nombres:
Martín Corredoira
Rafael de la Fuente
Cristina Gálvez
Carme García Parra
Mario Marín González
Guillermo Saccomano
Rafael Ventura
Diego Zarini
Jesús Zomeño.
¿No es el caso? Pues bienvenido al club.
Ahora en serio, felicidades a ganador y finalistas. En este premio se leen los relatos, se lo aseguro yo porque hice una de las primeras cribas.
Foto: cortesía de JotDown Magazine