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"La lectura tiene que ser una tarea muy silenciosa, tranquila, ensimismada. El lector debe ser un tipo que se ensimisme fácilmente". Esa es la posición de Mario Muchnik cuando le hablan del e-book: "El libro es como un juguete para los jóvenes", dice, más asombrado que crítico. Muchnik es de esos editores que editan y no de los que firman cheques y que el manuscrito se lo lea otro, si se lo lee. Un hombre que se preocupa por comas y tildes, esos grandes olvidados del mundo editorial de hoy en día.
"Editar porque sí o editar por una finalidad concreta...", Muchnik se queda colgado en la frase, como si le disgustara. Remite a Carlos Barral, su amigo Carlos Barral, sus primeros consejos: "Nunca publiques con una finalidad comercial, me dijo, antes de montar mi editorial... aunque él no siempre siguió su consejo. Yo sí".
Con Muchnik uno puede coincidir o no, pero al menos está ante un criterio. Su criterio, de acuerdo, pero algo es algo. "El lector se da cuenta de todo", dice, "el problema es el editor". "Una persona que lee ya es algo que provoca estupor", continúa, regodeándose en los movimientos de las manos, "me gusta fotografiarles cuando les veo en público, en un aeropuerto... pero un lector no es un espectador, no es lo mismo leer que ver. El lector reflexiona, el espectador puede reflexionar, de acuerdo, pero después, no es algo inmediato".
Diego Salazar, que te está tuiteando todo lo que no está aquí, coincidía conmigo el otro día: "No hay manera de saber qué están haciendo los editores, ni siquiera ellos lo saben". No nos engañemos, no hay manera de saber qué está haciendo nadie, como si tuvieran al mismo mono eligiendo el catálogo de una editorial, revisando las cuentas de Lehmann Brothers y la deuda de Italia. Así de triste.
Muchnik provoca melancolía, hay algo en él que remite a otra época, una época que yo no he vivido y puede que no vaya a vivir jamás. La melancolía de lo inexistente.
La voz de Muchnik se pierde en los ecos del patio de columnas. Una certeza rebotada y repetida de una manera difuminada. Distorsionada. "Lo más grave que ha pasado en la sociedad es la televisión, ha interrumpido el desaliento. Hoy día, es muy raro encontrar a alguien que piense e intente transmitir, por eso se escriben tan pocos libros buenos. Se editan muchos, pero buenos, pocos, sin acentos, con erratas...".
Y por un momento el melancólico es él. Una melancolía imposible, también. Un bucle, hasta cierto punto. Un mundo sin televisión ni Internet pero con fotografía y papel. Hay algo en el discurso de Muchnik que huele a página amarillenta, casi húmeda. Naftalina. Prefiero entenderlo como un alegato contra la prisa, contra la inmediatez, más bien, y no una mera nostalgia anti-tecnológica, porque se me ocurren un par de cosas más graves que un aparato de televisión, por decir algo. Respeto el recuerdo de cuando no todo era inmediato y no hacía falta contarlo todo.
La melancolía, en definitiva, de las buenas historias.
Pero en ese momento a alguien le suena el móvil y volvemos a la realidad. Corriendo a ver a Trapiello. Las señoras de la limpieza fregando desesperadas las últimas pisadas. A lo lejos -el eco es imprevisible- las últimas palabras de Muchnik: "Julio (Cortázar) no era un hombre de borrachera en Salamanca sino de cochinillo y lechazo en Segovia". La vieja Castilla al rescate. "Yo he publicado más por amistad que otra cosa", dice, y vuelve la nostalgia, y por un momento pienso en quedarme, sobre todo cuando vuelve a la incomunicación autor-editor: "¿Cómo puede ser que no se hablen?, ¿cómo puede ser que no conversen?" y ahí se mete con el fútbol y vuelve el purismo y por ahí ya sí que no paso.
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Hace dos años, ibas al lavabo y una voz te leía unos poemas. Qué digo una voz, ¡varias voces! Aquello era agotador, sinceramente. Hay momentos para todo y concentrarte entre rimas asonantes es algo que me supera. El año pasado, si no me equivoco, había gemidos. Lo que faltaba, hay cosas que uno no puede hacer con gente susurrándote sus orgasmos al oído. Escribo “orgasmo” y me acuerdo de Lara Moreno. ¿Estará por aquí Lara Moreno?
No importa. No te importa. A ti te importa Andrés Trapiello en la Sala María Zambrano, repleta, con sillas extra, un lleno hasta la bandera pese a competir con David Trueba y Manuel Vicent unas plantas más abajo.
Trapiello habla de dos cosas que me apasionan: la narrativa de uno mismo y la relación de la ficción y la no ficción. Para lo segundo, lo suyo hubiera sido un duelo Arcadi Espada-Javier Cercas pero nos quedamos con esta frase de Andrés: “No podemos publicar en una novela nombres que no sean una ficción, porque en cuanto nos inventemos algo podemos encontrarnos con una sorpresa en un juzgado. Todo tiene que ser verdad. Por eso yo prefiero escribir X es tonto aunque decenas se den por aludidos”.
Por otro lado, la narrativa de uno mismo es el gran tema de nuestro tiempo, me temo, crisis incluida. De ahí los diarios, de ahí el blog. Según Trapiello, todo parte de Galdós y su frase “Todo el mundo tiene una novela”, la novela de la pequeña burguesía. Trapiello matiza y da gusto escucharle: “Hay gente que te dice que su vida es una novela y luego te la cuenta y le dura cinco minutos… Planeta les encarga un libro y les da para cuarenta páginas”.
En medio, la gente se va y viene, un clásico del Festival. La Sala María Zambrano asiste a un anochecer brusco, madrileño, cortante. Trapiello se sorprende y corta la charla: “¿Por qué se va la gente? Siempre me lo he preguntado: empiezo la charla y a los cinco minutos ya hay gente yéndose”, sonríe y comprueba: “Ah, pero viene gente nueva, se hace justicia” y sigue con sus diarios, su idea del diario como novela en marcha. La experiencia de Stendhal, de Goethe…
Hay frente a la idea de una vida intensa con novela corta la idea de vida corta con novela inagotable. La brillante metáfora de Aquiles y la tortuga. “Si me pongo a contar todo lo que me ha pasado hoy, solo hoy, necesitaría casi una vida para contarlo, no podría avanzar nunca, porque al avanzar estoy multiplicando a su vez la tarea”. Algo así como la serie “Cuéntame” llevada al infinito absurdo, con Echanove y Arias comiéndose la tortuga con caparazón y todo.
El diario no es verdad, el diario es novela. La novela es verosímil, punto. La escritura diaria con uno mismo como protagonista. La re-creación de uno mismo.
Queda el blog. La charla es sobre blogs, aunque moderador y conferenciante no se pongan del todo de acuerdo. “Tenía miedo de no darle de comer al monstruo”, dice. “Igual que los diarios son la novela de la intimidad, el blog no es más que un almanaque”… Trapiello vuelve a parar y mira al infinito, luego pregunta al foro: “¿Esto es un festival, que la gente entra y sale?... Esto no es una partida simultánea de ajedrez”. “A todos les pasa” le pregunta una mujer mientras se abanica. “¿Y a todos les parece bien?”, responde Trapiello, aún perplejo.
Tiene toda la razón del mundo. No es cuestión de entrar en todas las películas cuando ya han empezado, pero es lo que decía Muchnik antes: la inmediatez, la prisa…
Solventa la polémica con una risa y continúa: “En el blog te sientes acompañado, escribes para muchos al mismo tiempo. Eso te produce una melancolía tremenda: hablas a todos y tienes la sensación de que nadie te escucha y de ahí la mala uva: todos se preguntan habiendo millones de personas que pueden leerme, ¿por qué no hay nadie en mi blog?"
Melancolía de nuevo. Será eso que llaman crisis.
“El blog es como cada uno es, se nota más que en un diario. Alguien agresivo escribe un blog agresivo”. Supongo que eso es la inmediatez. Supongo que ahora mismo Trapiello hace un chiste a mi costa, el chico de rayas verdes y negras que se marcha con la mochila al hombro en busca de un cuarto de baño, en busca de la siguiente conferencia. La siguiente nostalgia. Vicent y Trueba en mitad de la charla hablando sobre Messi y su familia. Y aquí, sí, la gente no solo no calla, no solo no se marcha sino que ríe y aplaude.
Como si la literatura no siempre fuera el espejo de una señora muy seria.
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Luna Miguel no lee Babelia ni El Cultural. Lo deja bien claro en lo que parece quizás un exceso de autoafirmación. En cualquier caso es verosímil y es una decisión. Luna se ha acostumbrado en los últimos meses a ser considerada una marcadora de tendencias, algo absurdo a sus 21 años: si Luna dice algo, tiene diez mil lectores dispuestos a comérsela a besos; si dice otra cosa, tiene diez mil lectores dispuestos a llamarla de todo. Hay muchos ejemplos al respecto hasta el punto de que ella no pueda decir "No leo Babelia ni El Cultural" sin que el bloguero de Eñe empiece su artículo con eso.
Sin embargo, sí lee libros. Le gustan los libros casi como un fetiche. Los toca y los lee. La conversación tiene que ver con Internet y por supuesto la cosa ha caído en el fetichismo que es a lo que derivan todas las discusiones de este tipo.
Huelo los libros pero no leo los periódicos. Está bien. Alberto Olmos habla de blogs que pasan a libros y blogueros que sustituyen a críticos. Luna prefiere en la solapa la crítica de un blog antes que una de "El País". Pero quiere publicar un libro de papel. Y escribe en Público. Olmos reconstruye las conversaciones de email de su novela, la interesantísima "Ejército enemigo", pero sigue considerando que el prestigio tiene que ver con el papel.
Nadie habla del lector.
Lo que aporta Internet con respecto al libro habitual como medio de expresión es la presencia constante del lector. No ya de los "blogueros", que es una palabra que ni siquiera sé cómo escribir, sino de cualquiera que tenga una cuenta abierta, incluso un anónimo. El feedback. Olmos, Miguel y Sierra hablan del soporte pero se olvidan del consumidor del soporte.
Elena Sansigre lo llama "ego del escritor". Puede ser. También me matiza: "El problema de pasar un blog a un libro es que desaparecen los 45 comentarios". Volvemos a Arcadi Espada, disculpen la fijación. Llegó un momento en el que su artículo no se entendía sin las apreciaciones, enlaces e hipervínculos de los lectores. Un blog era una comunidad, algo que nunca será un libro.
Llegan las redes sociales: Luna es fanática de Twitter. No lee El País ni Público en Internet, solo lee Twitter. Sierra lo utiliza a veces para leer cosas interesantes, sin matizar demasiado. Alberto Olmos lo ve con una cierta distancia, una cierta superioridad, pero es justo el que da en el clavo casi a la media hora de charla: pronto surgirá la posibilidad de que el lector comente cada palabra de un e-book, una especie de audímetro que controlara qué partes funcionan y qué partes no funcionan de un libro.
A Sierra, este escenario le parece "una gilipollez". A Olmos, de hecho, le molesta, porque lo sigue viendo desde el punto de vista del escritor: "Solo me queda escuchar a 500 personas cada vez que escribo una página". No, no es necesario. Si el miedo es que una editorial mida los ratings y se convierta en una productora, lo siento, pero eso ya ha pasado, es demasiado tarde. Quien habla de descargas habla de libros vendidos.
¿Qué te piden cuando envías un manuscrito? Que definas tu target...
En general, los tres parecen un poco superados por la tarea. Internet es un tema inabarcable. Al principio, Sierra dijo algo muy inteligente: "Nos han traído a nosotros porque nos comunicamos por Internet... todo el mundo sabe que los demás escritores se comunican con tam-tam". Desde luego el mundo editorial -el "mundillo" si prefieren- sigue comportándose con una torpeza inaudita en todo lo que tiene que ver con la red. Están todo el día preguntándose qué hacer igual que los cineastas se comen la cabeza pensando qué demonios es el cine español.
Se miran las manos.
Y con Internet, además, miles de personas te las miran a la vez.
Y eso a Luna le parece bien porque desmitifica al escritor -"yo quiero tocar al escritor en Twitter igual que toco a mi abuela en Facebook"- pero a Olmos no le parece tan bien porque sigue teniendo el punto elitista que todos tenemos y me parece muy bien que lo deje claro, sin complejos ni buenismos.
Pregúntenme si prefiero tener 1000 visitas al día en mi blog y 14 comentarios diciéndome lo bien que escribo o que Granta me seleccione en su próxima lista. Pregúntenselo a Luna Miguel.
Y a diez mil personas la respuesta les parecerá una tontería mientras otras diez mil pensarán que es sublime y Alberto Olmos sonreirá desde la distancia y Sierra sigue admirando a blogueros maravillosos... que publican sus novelas en papel. En fin, Internet, fetichismo y libro: otro empate a cero y vamos por la sexta prórroga.