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Ascensores, mentiras y gafas de pasta
El blog de Guillermo-Ortiz
11 de noviembre de 2011

Lo extraño es que nadie aplauda. Nadie. Ni a la banda de Alberto Palacios ni a Fernández-Mallo, leyendo partes de su último poemario (2005) y de su primero (1999-2001). Mallo, con algo parecido a la timidez que puede ser indiferencia, habla del silencio, del Tractatus, de las identidades, los simulacros y amigos "durmiendo la mona" pero todos callan, aunque a la fuerza les apetezca aplaudir.

Tiene que apetecerles, si no, ¿qué hacen aquí?

Yo mismo no sé qué hacer entre tanta seriedad y circunstancia. ¿Intimidación? Ya lo he dicho antes: soy un hombre torpe y un hombre torpe siempre piensa que está haciendo lo incorrecto incluso cuando acierta, así que lo mejor será mantener también el silencio. Claro que, si se piensa, lo contrario sería terrible: un aplauso cada dos minutos de recitado, o, aún peor, aplausos intercalados, decididos: este sí, este no.

Miro a Mallo y pienso que es complicado llegar a un Festival, ser el primero en tomar el micrófono y que tu ego se ponga en juego así, a bocajarro.

Otra cosa es que a él le importe, que no parece. Se limita a pasar folios y recitar, como si a determinada edad uno se haya acostumbrado a que le zarandeen el ego sin notar siquiera un leve mareo. Cuando no cambia de poema sino de poemario, de la herencia de Wittgenstein a "Antibiótico", rellena la pausa con palabras. Mallo es bueno contando historias, pueblos donde nieva y uno se queda incomunicado. Ambiente de Jack Nicholson. Ninfas televisivas. "¿Y si El Equipo A y Borges fueran lo mismo?"

Insisto, es raro. Cada poema, cada final de poema, de manera casi intuitiva pide un aplauso, un regidor que incite a la ovación. Acabar con una pausa y luego comenzar sabiendo que lo que te espera al final es una pausa. No sé, como si uno escribiera posts y posts y al final no recibiera ni un solo comentario. Un abucheo o un aplauso. Un elogio o un insulto. Cualquier cosa estética: arriba y abajo, decía Loriga, es mejor que la tristeza.



11 de noviembre de 2011

A las once y media pasadas de la noche, la Sala Chill-Out alcanza su mayor expresión. Las actividades van pasando -la Noche de Terror, la velada de poesías aún acechante- y lo que queda es un profundo cansancio. Un cansancio alegre mientras la banda de jazz hace una versión con violonchelo y piano del "What a wonderful world this would be..." de Sam Cooke mientras en uno de los laterales uno de los míticos graffiti de "Muelle" en rojo y amarillo preside la estancia, lo que me recuerda que ayer, en Tribunal, alguien cantaba "Wonderful life" de Black, por primera vez en 20 años.

Pronto llegará Javier Moreno para leer, después Elisa Fuenzalida, antes estuvo María M. Bautista. Los jóvenes toman el poder y los mayores nos apoyamos en las columnas blancas escribiendo sinsentidos.

Como dijo Cela, en España, el que aguanta, gana.

Bocadillo de tortilla en Los Madrazo, un clásico. Alberto Olmos dice estar muy orgulloso de su novela. Creo que tiene motivos. También los tendría para arrepentirse de algunas cosas, pero, ¿quién no? Si él se pusiera a destripar este blog post a post yo me quedaría sin intestinos en cinco minutos.

No sé si fui demasiado duro en el post anterior. Que la charla decepcionó está claro, es lo bueno que tiene Twitter, que tienes el refrendo o el rechazo inmediato. Seguir un festival por un hashtag es una experiencia maravillosa: no solo por la variedad de espacios sino la variedad de perspectivas dentro de un mismo espacio, una misma charla, una misma conferencia.

Parece que sí, que Pombo utilizó un festival de literatura para dar un mítin de UPyD y parece que, efectivamente, no fue culpa suya, incluso se sintió superado en algún momento. También parece que la discusión sobre Internet fue estéril como lo es debatir sobre cualquier cosa que lleva 15 años en nuestra vida como si fuera algo novedoso. Todos nos hemos hecho ya una idea y lo que queremos es escuchar que nos dan la razón.

Estaban vendidos, quiero pensar. Sierra al menos lo intentó. Luna al menos fue sincera. Olmos desde luego no dejó de ser Olmos en ningún momento.

La banda de Antonio Palacios cierra la actuación con una versión de algo que parece "Knocking on Heaven´s door" pero no lo es. La gente aplaude a Javier Moreno, se oyen "bravos". Mucho ha cambiado desde las 5 de la tarde y el silencio hermético, respetuoso a Mallo.

En una hora les cuento si he aguantado y, en ese caso, si he ganado algo.



Archivado en: libros, festival eñe, poesía
11 de noviembre de 2011

Es el final del día. La sala de columnas se oscurece por completo y el foco solo queda sobre los poetas que se turnan para recitar y el blogger oficial iluminado por su propia pantalla del ordenador, Guillermo Ortiz leyendo a Guillermo Ortiz escribiendo "Guillermo Ortiz". A veces, Guille. Grifos fugaces. Es la hora de empezar la noche, copas en la cuarta planta del Círculo de Bellas Artes; Sara Casasnovas, todavía emocionada por el concierto de Rodrigo Leao, esperando junto a María García de Oteyza el recital del actor y dramaturgo Miguel Ángel Solá, uno de los tantos que pasan debajo del foco, junto al atril.

Incluso las retiradas son silenciosas, nada de ruidos ni voceos. Ningún Trapiello dispuesto a enfadarse -con razón- por ese ir y venir de personas.

A la una de la madrugada, el que se escapa lo hace como un fantasma, deslizando poco más que los pies, una sombra delante del chico del ordenador.

El día pasó y llegará mañana y empezará todo de nuevo. La capacidad de reinventarse a uno mismo, la narrativa, que diría el propio Trapiello. ¿Qué queda? Las risas de Vicent y Rivas, la claridad de Andrés, la melancolía de Gamoneda y Muchnik, la timidez de Mallo, la juventud escandalosa del propio Javier Moreno, voz que a veces se rompe de adolescencia mientras recita en el chill-out.

Aquí no hay adolescencia en el vacío. Aquí solo hay mar y piano y horizonte.

Me pongo cursi: es el final, ya digo.

El resto es silencio.

Si tienen paciencia, les espero el sábado: empezamos con Libros del KO y pasaremos por Tusquets, Marías, Azúa, Gopegui, Matute, Volpi, Grijalba, Caballero Bonald... Demasiado como para no precisar una pausa. Algo más que la oscuridad, la oscuridad y el sueño.

No me esperen más, no llegaré a tiempo.



Archivado en: festival eñe, lectores, poesía
12 de noviembre de 2011

Al quitarme las gafas me doy cuenta de que mis fotos reflejan el mundo que veo con mis ojos miopes. Un mundo miope y unas fotos miopes. Enfrente de mí, Juan Cruz y Pepe Caballero Bonald discuten en mundos distintos. Cruz se enfrasca en la descripción periodística de “Ágata, ojos de gato”, la segunda novela del poeta, escrita en 1974, e insiste en cómo rompió el realismo social para acercarse al mágico simplemente llevando la acción a Doñana.

Caballero Bonald está a otra cosa: lo que reivindica de “Ágata” es solo el lenguaje. “Cuantos más años tengo, menos me interesa la realidad, como mucho la perspectiva, pero por encima de todo está el lenguaje”. El lenguaje que crea realidades y no el que las refleja.

Bonald, a sus 85 años, mantiene una lucidez inmensa y a la vez un cierto cansancio: no, nada de realismos. “No quiero leer lo que ya veo cada día”, dice, cargándose de un plumazo a Carver. El lenguaje, solo el lenguaje. El estilo. En ocasiones, la rabia. A fuerza de insistir, Cruz consigue entrar en el compromiso político de su compañero de foco: “¿En qué momento estamos, Pepe?”, le pregunta, el balón botando de manera que sea imposible no rematarlo con violencia.

Y Pepe ya ha hablado antes de la razón de ser de la novela social, la poesía social... del 55 al 65 y por qué ya no tenía tanto sentido en el 74, pero aun así, lentamente, va siguiendo el juego: “La transición fue un apaño, pero no acabó con el franquismo”, y Cruz le lanza a Gil de Biedma, a Ángel González –curiosamente no a Blas de Otero- y le toca en la llaga abierta de la crisis, pero Caballero se resiste: “No sé nada de economía, es un arcano para mí, simplemente las cosas parece que no van bien” y pretende seguir hablando de palabras, de lenguaje, de literatura, de poesía… mientras Cruz busca la indignación y la encuentra definitivamente en Irak, ese lugar común.

Y ahí sí, ahí la realidad escuece y su desprecio no sirve. Como mucho, su transformación. La guerra no admite narrativa ni perspectiva. “Todas esas guerras por razones oscuras, incomprensibles… Me ayudan a reaccionar, me ayudan a seguir escribiendo poesía incluso a mi edad, cuando es algo adolescente”. Cruz se enreda en soliloquios, preguntas enrevesadas a las que Caballero Bonald responde “¿Y qué?” y sigue charlando sobre prosas cuidadas y metáforas oscuras.

La palabra “indignado” sobrevuela por un momento la sala de columnas. El mundo en vilo en espera de la mención a 15-M.

Pero no, no llega. Cruz recula y vuelve a hablar de crear universos, crear mundos –supongo que, en el fondo, lo que quiere decir es que “otro mundo es posible” porque Cruz es de esos periodistas que no sueltan la presa- y Pepe puede coincidir, en parte, siempre que quede claro lo que lleva diciendo desde el principio sin estar seguro de que el mensaje esté llegando: la verdad no importa, importa la interpretación. La realidad aburre, lo que importa es su recreación. Sea narrativa bélica, política o ecológica.

Doñana como Edén.

“Estoy muy mayor”, insiste Caballero y Cruz le dice “no tanto” pero es probable que sí, que como decía Tusquets, ya esté en ese momento en el que sabe que cada día no será mejor que el anterior. “Despertar es lo más arriesgado del día”, dice, en otro contexto. “Ponerte en movimiento y lanzarte al desayuno”. La realidad y la difícil relación con las cosas mismas. “¿Te indignas?” insiste Cruz, buscando la visceralidad de nuevo, después de la pausa de cortesía.

Y al final Caballero lo reconoce: sí, me importa; sí, leo los periódicos; sí, me llena de rabia lo que está pasando, y la literatura, de nuevo, pasa al segundo plano. Victoria del periodismo.



12 de noviembre de 2011

La semana pasada fue "Verbo", la película de Eduardo Chapero-Jackson. La reivindicación del grafiti, el mensaje, no ya como arte pictórico sino como arte conceptual: como mensaje. La película, en ese sentido, funcionaba como un tiro y no debe de ser casualidad que Eñe haya dedicado buena parte de su espacio y esta tarde su tiempo al grafiti, en concreto, a Suso33, digno heredero de Juan Carlos Argüello, "Muelle", que murió en 1995, a los 29 años, de un cáncer de hígado, después de que se hubiera retirado apenas dos años antes porque "su mensaje estaba agotado".

El mensaje del spray, del aerosol, un término que, sinceramente, orta el rollo. El concepto de "Superhéroe de barrio", el propio concepto de "barrio", una derivación neoyorquina del "hood", la periferia, los espacios muertos, vacíos. Antes y después de Fernando León de Aranoa. La exposición de la prohibición. El jugueteo pícaro con los límites.

El sitio del graffiti en este Festival es el sitio del lenguaje. La cultura urbana es texto y contexto pero sobre todo subtexto. La frase lapidaria que intenta hacer pensar con mayor o menor éxito. Dos plantas más arriba, Luis Alberto de Cuenca estará diciendo cosas maravillosas pero yo prefiero quedarme aquí, explorar, no ya el lado salvaje sino el lado de los perdedores, como mínimo los perdedores estéticos.

La charla empieza con un vídeo, unos extractos del cortometraje documental llamado precisamente y por mucho que me duela, "Aerosol", que estuvo nominado a los Goya hace ya más de un lustro. La desmitificación del chico de barrio como delincuente y su apogeo como creador. No puedo evitar pensar en Chapero, la entrevista que  tuvimos hace solo unos meses: "La cultura urbana es creación en la nada, es la manera de huir de la violencia". Edu, chico del extrarradio, superhéroe de barrio, igual  que Suso.

Siempre me ha fascinado algo del hip-hop: su voluntad de contar historias. Está lleno de historias, de hecho: algunas vulgares, otras violentas, las más terriblemente inocentes... pero esa necesidad de expresarse mientras el resto del mundo se conforma con "Ave María, ¿cuándo serás mía?"

Un ejemplo de artista valiente: aquella que empieza la primera canción de su primer disco con la frase: "A mí no me saques tu genio,  que  te lo mato". La Mala Rodríguez. Lujo Ibérico.

Suso habla de artistas, el soporte del artista: ¿la galería, la pared, la web? Es una buena pregunta. ¿El medio es el mensaje? Aquí, juraría que sí. Yo estoy convencido, al menos. Desconfiamos de los conocidos y confiamos en los extraños, hemos dado la vuelta a los consejos.

Un psicólogo te dice "tu vida te mata" -falso, nunca te lo diría, ¿qué sería lo siguiente, dejar de pagarle la nómina?- y escuchas. Un graffiti te lo dice en la calle, justo antes de llegar a Clara del Rey, cada noche mientras vuelves a casa y no, no lo lees.

Lo piensas.



12 de noviembre de 2011

La sala de columnas está casi vacía. Han dejado para casi las diez la última charla del Festival: la "contrainte", el "oulipo" y el lipograma. Las vanguardias que comentaba en el anterior post, aunque tengan siglos. Es una situación complicada, al ritmo al que van conseguirán vaciar la sala por completo y no porque no sea interesante el tema sino porque es sábado a la noche, como en la canción de Los Rodríguez y estar atento a por qué empeñarse en quitar la "A" en todas las palabras de la novela o la "E" como hizo Georges Perec o seguir los experimentos de Raymond Queneau cuesta bastante

Tanto que me he tenido que ir a la Wikipedia, lo reconozco, porque oía hablar de tantos términos y, bueno, mis nociones de francés me permitían traducir "contrainte" como "restricción" pero por lo demás me perdía mucho.

Charlas para iniciados.

Se agradece el entusiasmo de los conferenciantes, Beaumatin, Serra y Pablo Martín, por estos juegos semi-dadaístas de combinaciones improbables. ¿Ponerse límites en la escritura por placer o por necesidad? Martín habla de la campaña del Ministerio: "Yo pongo condón" y las sucesivas "oes" al servicio de la memoria más que de la información. Como tres ajedrecistas disfrutando de las infinitas combinaciones de sus piezas.

Vuelvo a la Wikipedia: los lipogramas de Les Luthiers, dentro de sus "Obras de una sola vocal".

Les Luthiers.

Me parece un bonito final.

La charla empezó un poco más tarde, nos informa Doménico, porque Ana María Matute tuvo una pequeña caída y hubo que atenderla. Me pilló en las escaleras rumbo a Grijalba, pero lo importante es que está bien, no le pasa nada. Algo de dolor, por supuesto, pero sin secuelas.

Lo digo por si surgen rumores. No, no busquen escándalos.

El Festival Eñe 2011 acaba en su edición madrileña. El tercer final. Ahora empezarán las fiestas según las castas. Los editores, los escritores y los críticos de borrachera. El mundillo literario. Lo que me impresiona de este tipo de festivales es que no solo evidencian mi desconocimiento sino que lo aumentan precisamente porque me lo ponen frente a las narices, junto a mis gafas torcidas.

Y yo, además, empeñado en hacer amigos, en fin...

Ha sido una edición sensacional, lo digo en serio. Creo que si alguien puede decirlo, ese soy yo. Como comentaban en Twitter, "el hombre a un portátil pegado". Incluso ahora -Beaumatin habla de la traducción y sus problemas dentro del oulipo, otra pareja abandona la sala como en un concierto de Berthe Trepat- yo sigo en mi rincón pegado al enchufe y la pantalla iluminando mi cara.

Ese es el recuerdo que tendrán de mí.

¿Qué recuerdo tendré yo del festival? Félix de Azúa por encima de todo, el sentido común me embriaga, cosas de Trapiello, más su discurso oral que su discurso escrito, el coraje del hip-hop empezando por el propio graffiti de Muelle... No voy a empezar de cero otra vez, lo tienes todo ahí abajo.

Si te interesa, puedes repasarlas una a una -al menos los enunciados-. Si no, mejor dejémoslo con un buen recuerdo. Este recuerdo, para cerrar el círculo.

Nos vemos el año que viene. Si me reconoces, salúdame. Soy muy fácilmente distinguible.




GUILLERMO-ORTIZ
Guillermo Ortiz (Madrid, 1977) es licenciado en Filosofía y trabaja en la actualidad como profesor de inglés y escritura creativa. Colabora habitualmente con las revistas Neo2, JotDown, El Imparcial, Sigueleyendo o Zona de Obras, como entrevistador, articulista y crítico de cine, música y literatura. También formó parte del equipo fundador de la revista de pago por Internet, Factual. Organiza y participa en el ciclo de recitales «Fuera de Contexto», que une a músicos y escritores y se está convirtiendo poco a poco en una referencia de la noche en vivo madrileña. Su blog, Pequeños objetivos, ha sumado en sus cinco años de existencia más de 500.000 visitas. También tiene una bitácora sobre su adolescencia noventera, Aquellos maravillosos 90, en la que repasa iconos culturales y políticos de la década pasada. Como escritor, ha publicado, Cuando las cosas dejaron de tener sentido (Grupobuho, 2007), una novela en forma de diario con sorprendentes hallazgos y que resultó un modesto éxito comercial, y el libro de relatos Pequeños objetivos (Kokoro, 2006), doce historias minimalistas de Madrid en los doce meses del año. Como es habitual, ha participado en distintas antologías y ha recibido varias menciones en concursos de relato breve con las consiguientes publicaciones. En la actualidad, prepara una segunda novela, El pingüino, que se adentra en el género del thriller, mientras acompaña a su primer cortometraje Do not disturb en diversos festivales de toda España. Para más información, visite la página web www.guilleortiz.com
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