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Ascensores, mentiras y gafas de pasta
El blog de Guillermo-Ortiz
11 de noviembre de 2011

"La lectura tiene que ser una tarea muy silenciosa, tranquila, ensimismada. El lector debe ser un tipo que se ensimisme fácilmente". Esa es la posición de Mario Muchnik cuando le hablan del e-book: "El libro es como un juguete para los jóvenes", dice, más asombrado que crítico. Muchnik es de esos editores que editan y no de los que firman cheques y que el manuscrito se lo lea otro, si se lo lee. Un hombre que se preocupa por comas y tildes, esos grandes olvidados del mundo editorial de hoy en día.

"Editar porque sí o editar por una finalidad concreta...", Muchnik se queda colgado en la frase, como si le disgustara. Remite a Carlos Barral, su amigo Carlos Barral, sus primeros consejos: "Nunca publiques con una finalidad comercial, me dijo, antes de montar mi editorial... aunque él no siempre siguió su consejo. Yo sí".

Con Muchnik uno puede coincidir o no, pero al menos está ante un criterio. Su criterio, de acuerdo, pero algo es algo. "El lector se da cuenta de todo", dice, "el problema es el editor". "Una persona que lee ya es algo que provoca estupor", continúa, regodeándose en los movimientos de las manos, "me gusta fotografiarles cuando les veo en público, en un aeropuerto... pero un lector no es un espectador, no es lo mismo leer que ver. El lector reflexiona, el espectador puede reflexionar, de acuerdo, pero después, no es algo inmediato".

Diego Salazar, que te está tuiteando todo lo que no está aquí, coincidía conmigo el otro día: "No hay manera de saber qué están haciendo los editores, ni siquiera ellos lo saben". No nos engañemos, no hay manera de saber qué está haciendo nadie, como si tuvieran al mismo mono eligiendo el catálogo de una editorial, revisando las cuentas de Lehmann Brothers y la deuda de Italia. Así de triste.

Muchnik provoca melancolía, hay algo en él que remite a otra época, una época que yo no he vivido y puede que no vaya a vivir jamás. La melancolía de lo inexistente.

La voz de Muchnik se pierde en los ecos del patio de columnas. Una certeza rebotada y repetida de una manera difuminada. Distorsionada. "Lo más grave que ha pasado en la sociedad es la televisión, ha interrumpido el desaliento. Hoy día, es muy raro encontrar a alguien que piense e intente transmitir, por eso se escriben tan pocos libros buenos. Se editan muchos, pero buenos, pocos, sin acentos, con erratas...".

Y por un momento el melancólico es él. Una melancolía imposible, también. Un bucle, hasta cierto punto. Un mundo sin televisión ni Internet  pero con fotografía y papel. Hay algo en el discurso de Muchnik que huele a página amarillenta, casi húmeda. Naftalina. Prefiero entenderlo como un alegato contra la prisa, contra la inmediatez, más bien, y no una mera nostalgia anti-tecnológica, porque se me ocurren un par de cosas más graves que un aparato de televisión, por decir algo. Respeto el recuerdo de cuando no todo era inmediato y no hacía falta contarlo todo.

La melancolía, en definitiva, de las buenas historias.

Pero en ese momento a alguien le suena el móvil y volvemos a la realidad. Corriendo a ver a Trapiello. Las señoras de la limpieza fregando desesperadas las últimas pisadas. A lo lejos -el eco es imprevisible- las últimas palabras de Muchnik: "Julio (Cortázar) no era un hombre de borrachera en Salamanca sino de cochinillo y lechazo en Segovia". La vieja Castilla al rescate. "Yo he publicado más por amistad que otra cosa", dice, y vuelve la nostalgia, y por un momento pienso en quedarme, sobre todo cuando vuelve a la incomunicación autor-editor: "¿Cómo puede ser que no se hablen?, ¿cómo puede ser que no conversen?" y ahí se mete con el fútbol y vuelve el purismo y por ahí ya sí que no paso.




GUILLERMO-ORTIZ
Guillermo Ortiz (Madrid, 1977) es licenciado en Filosofía y trabaja en la actualidad como profesor de inglés y escritura creativa. Colabora habitualmente con las revistas Neo2, JotDown, El Imparcial, Sigueleyendo o Zona de Obras, como entrevistador, articulista y crítico de cine, música y literatura. También formó parte del equipo fundador de la revista de pago por Internet, Factual. Organiza y participa en el ciclo de recitales «Fuera de Contexto», que une a músicos y escritores y se está convirtiendo poco a poco en una referencia de la noche en vivo madrileña. Su blog, Pequeños objetivos, ha sumado en sus cinco años de existencia más de 500.000 visitas. También tiene una bitácora sobre su adolescencia noventera, Aquellos maravillosos 90, en la que repasa iconos culturales y políticos de la década pasada. Como escritor, ha publicado, Cuando las cosas dejaron de tener sentido (Grupobuho, 2007), una novela en forma de diario con sorprendentes hallazgos y que resultó un modesto éxito comercial, y el libro de relatos Pequeños objetivos (Kokoro, 2006), doce historias minimalistas de Madrid en los doce meses del año. Como es habitual, ha participado en distintas antologías y ha recibido varias menciones en concursos de relato breve con las consiguientes publicaciones. En la actualidad, prepara una segunda novela, El pingüino, que se adentra en el género del thriller, mientras acompaña a su primer cortometraje Do not disturb en diversos festivales de toda España. Para más información, visite la página web www.guilleortiz.com
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