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Es el final del día. La sala de columnas se oscurece por completo y el foco solo queda sobre los poetas que se turnan para recitar y el blogger oficial iluminado por su propia pantalla del ordenador, Guillermo Ortiz leyendo a Guillermo Ortiz escribiendo "Guillermo Ortiz". A veces, Guille. Grifos fugaces. Es la hora de empezar la noche, copas en la cuarta planta del Círculo de Bellas Artes; Sara Casasnovas, todavía emocionada por el concierto de Rodrigo Leao, esperando junto a María García de Oteyza el recital del actor y dramaturgo Miguel Ángel Solá, uno de los tantos que pasan debajo del foco, junto al atril.
Incluso las retiradas son silenciosas, nada de ruidos ni voceos. Ningún Trapiello dispuesto a enfadarse -con razón- por ese ir y venir de personas.
A la una de la madrugada, el que se escapa lo hace como un fantasma, deslizando poco más que los pies, una sombra delante del chico del ordenador.
El día pasó y llegará mañana y empezará todo de nuevo. La capacidad de reinventarse a uno mismo, la narrativa, que diría el propio Trapiello. ¿Qué queda? Las risas de Vicent y Rivas, la claridad de Andrés, la melancolía de Gamoneda y Muchnik, la timidez de Mallo, la juventud escandalosa del propio Javier Moreno, voz que a veces se rompe de adolescencia mientras recita en el chill-out.
Aquí no hay adolescencia en el vacío. Aquí solo hay mar y piano y horizonte.
Me pongo cursi: es el final, ya digo.
El resto es silencio.
Si tienen paciencia, les espero el sábado: empezamos con Libros del KO y pasaremos por Tusquets, Marías, Azúa, Gopegui, Matute, Volpi, Grijalba, Caballero Bonald... Demasiado como para no precisar una pausa. Algo más que la oscuridad, la oscuridad y el sueño.
No me esperen más, no llegaré a tiempo.