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Pérdidas y ganancias
El blog de Pilar Reyes
09 de marzo de 2010

Fernando Vallejo es uno de los seres más particulares que he conocido en mi vida como editora. He trabajado con él en muchos libros: ya desde La virgen de los sicarios tenía que ver de algún modo con ellos. Entonces redacté un dossier de prensa que indignó a la gente de Medellín, ciudad colombiana donde Vallejo nació y donde ocurren la casi totalidad de sus libros. Yo entrecomillaba una frase del libro que parecía eficaz para venderlo: “un prontuario vuelto parábola en que los seres vivos se convierten en fantasmas y el español en jerga de las barriadas. Parábola de una raza a la deriva y en última instancia de la condición humana sin sentido ni posible redención”. Si hay un pueblo con destino en este país, alegaban algunos levantando el índice, somos nosotros.

Lo conocí en Barcelona, en 1998, en una feria del libro dedicada a Colombia. Era verano y Fernando parecía feliz, aunque ésa es una palabra grande y mucho más en su caso. Cada noviembre lo volvía a ver en México y, en los últimos tres años, con frecuencia en Colombia.

Empecé editando un volumen con las cinco novelas que componen El río del tiempo; luego el libro que nacería de ese viaje a Barcelona titulado La Rambla paralela; dos libros de ciencia, La tautología darwinista y el Manualito de imposturología física; y las novelas Mi hermano el alcalde y El desbarrancadero.

He viajado con él: en el 2003 lo acompañé a recoger el Premio Rómulo Gallegos a Caracas y fui testigo de que el destino de los iconoclastas es ser alabados por las multitudes: había ordas para oírlo, la gente le gritaba cosas amorosas en la calle. Luego estuve en Argentina con él en abril de 2004, cuando un grupo de jóvenes de la Universidad de Buenos Aires lo puso a hablar de la gramática del lenguaje literario, en una de las experiencias públicas en las que he oído al Vallejo más brillante.

Suelo quedarme en su casa cuando voy al DF. Fernando es un anfitrión ejemplar. Lo veo arrastrar los pies por el largo corredor que conduce de las habitaciones al salón, sentarse al piano y tocar con maestría durante un largo rato. Para pasar el tiempo, me dice; al fin y al cabo la vida sólo se trata de eso, de pasar el tiempo. Salgo con él a dar la vuelta al hipódromo que fue la calle donde vive, con sus dos perritas, Kim y Kina. Kim murió el año pasado, y no he visitado su casa desde que ella no está. Supongo su dolor, que él demuestra muy a su manera: en silencio y viajando, como no lo hacía hace siglos.

El Vallejo escritor brilla en su ira; su prosa es una hipérbole del mundo. “Me pasé la infancia y la juventud en misa o leyendo novelas, y tantas oí y leí que perdí la fe: en Dios, cosa que para los efectos de la literatura poco importa, y en el novelista de tercera persona, que sí. En este negocio el que no es poeta o novelista de tercera persona se quedó colgado del trapecio en el aire fuera del circo.” Dice en Los días azules, su primera novela.

Es apátrida y apóstata y defensor de causas perdidas: la lengua y los animales. Pero es un apátrida curioso: lleva años viviendo en México y ha dedicado cada línea de su obra a Colombia. Otra vez a su manera. Una anécdota, saltando de nuevo a lo personal: tuve que hacer un viaje de trabajo a Medellín; cuando volvía de la ciudad al aeropuerto -es un trayecto de cuarenta minutos en carro por una geografía de montañas escarpadas-, sentí el impulso de llamar a Fernando para decirle que estaba en su tierra, y que era hermosa esa mañana de domingo. Dime qué estás viendo, me reclamó con urgencia, dime cómo es el verde de Antioquia que estás viendo.

El 10 de marzo aparecerá su nueva novela con el irónico título de El don de la vida. El libro es un diálogo entre el narrador en primera persona que ha protagonizado todos sus textos y un compadre. Pasa durante un largo día en el que los dos personajes están sentados en la banca de un parque de Medellín, haciendo múltiples listas de todo lo que se fue y no volverá, viendo pasar la vida que, para gozo del narrador, se extingue. La felicidad (quizás la única que Vallejo acepta cabalmente) de volver a la nada de la que nunca el hombre debió haber salido.

Fernando ha dicho muchas veces que no volverá a escribir. Temo que esta vez pueda cumplir su promesa. Por lo menos sé que ese narrador que habitó la escena de su obra, el que quedó colgado del trapecio en el aire fuera del circo, ha desaparecido.

Cuando estaba escribiendo este libro Vallejo me dijo: quería escribir el libro más triste de los que he escrito, un libro lleno de dolor, un libro sobre la vejez, pero me está saliendo el narrador más virulento de todos. Hizo una pausa y con frustración sentenció: algo aprendí, eso sí, uno no escribe el libro que quiere sino el que puede.



05 de enero de 2010

Hace un par de años, en una mesa redonda en la Feria del libro de Bogotá dedicada a la memoria del escritor colombiano RH Moreno-Durán, leí este texto. Moreno-Durán vivió muchos años en Barcelona durante los setentas y ochentas y tuvo una relación muy intensa y directa con la vida editorial de la ciudad. Por eso creí que era buena idea, aprovechando este espacio, rescatar esta pieza de memoria del cajón. El pasado noviembre se cumplieron cuatro años de su muerte, y me dio por recordarlo. Este es mi testimonio personal.

***

El inicio de mi labor editorial y mi primer encuentro con RH Moreno-Durán están ubicados en un mismo punto en mi memoria.

Conocí a RH en 1994, cuando Conrado Zuluaga preparaba la edición de Como el halcón peregrino para el sello Aguilar. Yo me desempeñaba como asistente editorial y tuve que encargarme de apoyar el proceso de edición de ese libro. Sobre el oficio yo no sabía nada, y la fuerza y el empeño con los que trabajé en ese entonces sólo podían provenir de la arrogancia de la juventud. Moreno-Durán tuvo una inmensa paciencia conmigo y, no se necesita ser muy intuitivo para saberlo, puedo decir que disfrutó enormemente su papel como maestro de un editor incipiente. Ésa fue mi experiencia editorial más interesante con RH, no sólo por ser la primera, sino por la naturaleza misma del libro que estábamos haciendo: una memoria literaria, una suerte de bitácora de su “experiencia leída”. Se trataba de un libro de texto, pero también de un álbum que surgía paralelo a las palabras. Estuve en casa de RH muchas veces en esos meses, ayudándolo a buscar en cajones las revistas, cartas, fotos que integrarían el material gráfico del primer volumen de sus memorias. El RH que descubrí entonces, en la intimidad de sus archivos, fue el mismo que se despidió de mí sin decírmelo la mañana del 17 de noviembre de 2005, cuatro días antes de su muerte: un hombre meticuloso, perfeccionista, obstinado, culto, altivo, con un ego bien configurado y alimentado con constancia, de un humor agudo y lapidario, asombrado ante la tecnología pero absolutamente negado para ella (hasta el último día escribió a máquina), cuya vida pasaba entre los libros.

En estos once años fue el mismo. Mientras escribo esto reparo en que, tal vez, a RH no le gustaba el cambio o, mejor aún, creía que lo realmente importante debía convertirse en costumbre. “Como siempre” fue una de las frases que le oí decir con más frecuencia. Un episodio: un día hicimos un dossier para el lanzamiento de Fémina Suite. De ahí en adelante fue imposible convencer a RH de hacer otro tipo de material promocional. Todos los libros posteriores tenían que tener ese pequeño elemento anexo. Me decía, una vez su nuevo libro estaba a punto de salir de imprenta: “Ya tengo el material de prensa listo para hacer el dossier, como siempre”. ¡Lo habíamos hecho una sola vez, pero él sentía que había ganado un paso y que no lo podía perder!

RH no aceptaba un “no” como respuesta. Almorzábamos regularmente. Era habitual que llegara varios minutos antes de la hora convenida, saludaba a todo el equipo de la editorial (mujeres y más mujeres en cada oficina, así que se sentía cómodo y nos lo hacía saber); en la mano, un maletín negro. Íbamos al restaurante de su elección; pedía salmón, siempre. Al momento del café, y luego de repasar con detalle el mundillo editorial, abría el maletín —temible— y sacaba una lista. “Nuestros pendientes”, me decía, y yo sabía de memoria toda la conversación que estaba por comenzar. Reediciones de libros suyos que aún no teníamos en nuestro catálogo, proyectos de antologías de cuento, la elaboración de un catálogo de los autores de su generación (RH se sentía parte de ella con mucha convicción), una efemérides que a mí se me estaba escapando y que debíamos aprovechar, un libro nuevo en curso. Siempre estaba trabajando, era incansable, y tenía proyectos para llenar un fondo editorial entero. Yo apreciaba esas tardes, eran ratos felices y la conversación enormemente instructiva. Esos encuentros también tenían su dinámica propia: yo le decía que no a la mayoría de los puntos, y llegábamos por costumbre a un par de acuerdos. RH sabía de antemano dónde lograría un sí y dónde un no —yo también—, pero igual repasábamos la lista entera. Los puntos del “no” aparecerían en el próximo encuentro.

Era un depredador, en el sentido más exacto del término. Le gustaba atacar a aquellos que no consideraba de su misma especie. Era implacable. Y cuando respetaba a alguien lo hacía con la misma elocuencia y afán; lo consideraba parte de su tribu. A RH no le interesaban los términos medios. A mí me gustaba esa actitud porque siempre sabía lo que estaba pensando, no había trampas ni simulacros. Se hacía responsable de cada palabra que decía. Además, gozaba del don de un arma certera para la caza: un humor lapidario, inteligentísimo, negro como el maletín de la lista. Cuando se disponía a tirar el dardo asumía una actitud física muy precisa: entrecerraba los ojos hasta hacerlos casi desaparecer bajo los párpados, soltaba una carcajada cortica y aguda, y se llevaba la mano a la boca. Entonces quedaba satisfecho.

También conocí parte de su rosario personal de jamases: nunca quiso morir saludable —era un hedonista, le encantaba comer bien, compartir más de un whisky con los amigos—, nunca votó, nunca aceptó presentar un libro que no le gustara, nunca desdeñó un viaje, nunca aprendió a escribir en computador o a mandar un e-mail, nunca salió de su casa sin antes ver el rostro de una mujer bella en la televisión.

Me enteré por él, un día de agosto de 2004, de que tenía cáncer. No supe qué decirle y él me hizo saber que no tenía que decir nada. Fue un silencio muy emotivo. El año y tres meses que siguieron a esa fecha supusieron para mí la más dura y entrañable experiencia de lo que significa ser editor, de la enorme responsabilidad que entraña este oficio. Nos veíamos y llamábamos con frecuencia, pasé varias tardes de sábado en su casa, oyéndolo. RH me hablaba mucho. Al principio casi toda la conversación giraba en torno a la enfermedad; “el bicho, el monstruo”, como la llamaba, que lo invadía agresivamente. Él sentía que estaba librando una batalla. Le regalé La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag y me agradeció el gesto. Releyó el libro y me dijo que le parecía admirable que alguien que había vivido la enfermedad como Sontag pudiera conceptuar sobre ella, porque la pregunta inevitable en momentos como el que estaba viviendo era: ¿puede servir de algo la sabiduría?

Pienso que cuando sintió que no había alternativa posible —eso nunca me lo dijo, estaba dispuesto a emprender cualquier tratamiento médico— el tópico de la conversación varió. Me hizo saber que estaba ordenando sus archivos, que le estaba dejando a Mónica todos los contratos y liquidaciones de regalías en orden, que tenía varios libros terminados: dos novelas (una de ellas es Desnuda sobre mi cabra) y un libro de cuentos. Le pregunté si había escrito algo de ese material durante los últimos meses y me dijo que no, que era imposible escribir en la enfermedad, que había pocas cosas inspiradoras en esa experiencia. Todos esos libros estaban prácticamente terminados antes de agosto de 2004. Él me estaba hablando sobre el futuro de su obra —el futuro más allá de sí mismo—, y lo estaba dejando en mis manos. Yo sentí enorme emoción, gratitud y responsabilidad tras ese diálogo.

Le pregunté cómo se sentía frente a sí mismo y me dio una respuesta feliz: estaba profundamente tranquilo. Había vivido la vida que había querido, como la había querido. Había escrito los libros que deseaba escribir. Tenía una obra. Estaba conforme. Cuando salí de la casa de RH esa tarde me sentí distinta: había recibido una lección esencial sobre el oficio y sobre la vida.

El lunes 14 de noviembre a las 6 de la tarde, mientras yo me bajaba de un taxi en medio del tráfico de la carrera Séptima, me timbró el celular. Era Mónica, quien con la voz helada me dijo: “Te paso a RH”. Estaba furioso, tenía rabia con la vida. Me decía que no iba a poder cumplir el compromiso que tenía conmigo de presentar a Jorge Edwards el jueves siguiente, que estaba mal, que no tenía fuerzas para caminar, que se sentía exhausto al término del trayecto entre su cuarto y la sala; que en esas circunstancias salir era impensable. Agregó que nunca había tenido una sensación tan exacta de lo que significa la palabra desconsuelo. Su texto sobre la novela estaba listo, así que me lo mandaría para que yo lo leyera. Lo convencí de que esperáramos al jueves; él estuvo de acuerdo y me pidió que alquilara una silla de ruedas. Mónica volvió a pasar al teléfono y, por primera vez, la oí quebrada: “Tengo ganas de llorar”, dijo. Colgamos. Yo me quedé en silencio, con el ruido de la ciudad aplastándome.

El jueves 17 de noviembre, muy temprano, Mónica y RH me llamaron. Lo habían tenido que internar de urgencia. “No pude”, me dijo, como única despedida. El resto ya lo saben. RH murió en la mañana del lunes 21 de noviembre de 2005 y desde ese día no hemos dejado de extrañarlo.

Él y yo no nos quedamos debiendo nada. Y no por mi propia diligencia sino gracias a su carácter meticuloso que lo obligaba a no dejar cabos sueltos. Nos dijimos todo, o casi todo, porque nunca hablamos de la muerte.

(Imagen: © Julián Arango)



10 de noviembre de 2009

Hace un par de semanas volví de la Feria de Frankfurt. Hace muchos años que no iba; casi tantos como para que en medio de mi recuerdo y hoy se interpusieran la guerra contra el terrorismo, el avance del libro electrónico, el desplome de la prensa en papel y la crisis mundial. Cuando fui por primera vez, en tiempos, el internet existía, claro, pero no era una herramienta para la negociación editorial como lo es ahora. La Feria de hoy es distinta: cuando llegas, la mayor parte de los libros importantes ya han sido vendidos desde semanas atrás. No vas a cerrar negocios en un sentido estricto. Se trata más bien de encontrarte o reencontrarte con editores y agentes a quienes pones cara una vez a año; renovar el vínculo, de viva voz, aún sigue siendo importante para el mundo editorial, cosa que en la tiránica época del dios google no es poco.

Noté que la edición literaria estaba magullada por la crisis o, por lo menos, su pretensión de alcance era más modesta: no había muchos libros importantes y las grandes apuestas de editores internacionales y agentes se concentraron en el territorio de la no ficción y la literatura más comercial.

El esquema de negociación que se impuso (de seguro la crisis económica tuvo mucho que ver en ello) fue la muy mentada pre-empt. Consiste en que un editor hace su mejor oferta antes de que el agente abra el libro a otros editores. Así, uno consigue un buen precio y el agente obtiene un dinero seguro y, sobre todo, rápido. Un “todos ganan”, al parecer. Pero para poder competir en ese juego debes cumplir con dos premisas básicas: estar informado y moverte con extraordinaria rapidez.  ¿Cómo haces entonces para seleccionar la información más interesante para lo que buscas? Es aquí donde todo empieza a enredarse y donde es casi imposible no perder el norte.

Hoy por hoy, los libros literarios te son vendidos por el argumento; excepcionalmente se habla de los autores. Un libro sin un "plot" claro es un libro invendible. Sentada en cita tras cita, oyendo las más diversas historias de libros escritos y por escribir, yo no podía dejar de pensar en cómo se hubieran vendido las grandes piezas de la literatura de todos los tiempos en la Feria de Frankfurt de hace dos semanas. Vamos a ver: esta es la historia de un tipo que tenía un rocín, un escudero y un amor imposible, y que se volvió loco por leer novelas de caballería. ¿La comprarían? No se lo van a creer, pero en este libro el personaje tiene un serio problema con las ballenas y el color blanco, en particular con una que le hincha las pelotas, y en consecuencia la persigue hasta el fin del mundo.  No sé yo si esto tendría mercado…. Este otro relato se ajusta maravillosamente al actual gusto juvenil por la violencia. Su explicación de cómo se mata a una vieja con un hacha pone los pelos de punta. ¡Esta vende!

¿Cómo elegir qué te interesa leer, en el caso hipotético y feliz de que estés comprando un libro ya escrito? Creo que parte es suerte y parte capacidad de sugestión de quien te vende. En otras palabras, que a menudo tú escoges porque alguien puso práctica el recurso más conocido y usado desde la noche de los tiempos: echarte un buen cuento.



23 de octubre de 2009

El título puede sonar muy Almodóvar, pero la pregunta no es retórica. Verán. Todo hay que decirlo, y yo no soy una blogger de corazón; tanto es así que voy a empezar esta primera entrada de un modo que, ante la urbanidad internauta, sólo puede revelarme como una old fashion. Figúrense, voy a presentarme.

Me llamo Pilar Reyes. Llevo dieciséis años trabajando en la industria editorial, desde una mañana en que aborrecí más de la cuenta mi insulsa visita al salón de clase de la facultad de letras de la universidad de los jesuitas de mi ciudad. No tenía drásticos reparos ni con la comunidad ni con la visión académica de eso que a mí tanto me gustaba hacer y que en mi casa paterna era una suerte de religión laica: leer novelas. Pero quería salir a la calle, ver cómo funcionaban las cosas fuera del territorio blindado de la academia y ganarme la vida. Así que decidí huir. Pedí trabajo a un amigo de la familia, editor, sin saber dónde me estaba metiendo; o más bien, que donde me estaba metiendo para pasar las horas supondría una larga suma de años. Me ayudó con generosidad, y me dijo esta primera cosa que muchos quienes estamos en este oficio hemos oído alguna vez: “Hay que empezar por el principio”. Pese a ello, me salvé de la dizque edificante cargada de cajas entre el almacén y la librería (que, francamente, nunca he entendido qué tiene que ver con la edición de libros) y pasé al escalón de venderlos en una feria del libro. Era abril de 1993, en Bogotá, Colombia, y yo tenía 21 años.

Además de tiempo, han pasado muchas cosas desde entonces. Fui practicante, asistente editorial, editora de mesa, editora ejecutiva y directora editorial. He publicado libros para niños, para grandes, para lectores y para no lectores (sí, ya sé, algún día habrá que explicarlo) escritos por gente que escribe y que no escribe (también), libros de ficción y de no ficción, poemas. He creado colecciones con el entusiasmo de quien ve el mar por primera vez; las he visto crecer y despegar, pero también desaparecer, como una ola. He hecho toda mi carrera en el Grupo Santillana y he conocido en el camino recorrido a gente particularmente apasionante. Digamos que estoy agradecida con todos estos encuentros porque son, al fin y al cabo, los que me han formado como editora.

Desde mayo pasado estoy al frente del sello Alfaguara en España. Recibo este puesto en un momento especialmente crítico y de inflexión para la industria del libro. Tiempos difíciles y, por eso mismo tal vez, apasionantes. Temas que tienen que ver con el oficio de editar y de vender libros serán los que ocuparán este espacio. El balance que dan mis pérdidas y ganancias.



Archivado en: libros, editoriales | Etiquetas: presentación, editoriales, alfaguara

PILAR REYES
Bogotana de nacimiento (1972) y residencia, hasta que en 2009 se establece en Madrid como directora editorial de Alfaguara. Su trayectoria produce envidia y admiración: el largo camino que va de vender en el stand de la Feria del Libro de Bogotá 1993 a ser directora de Ediciones Generales del Grupo Santillana en Colombia durante siete años. Gran conocedora del mercado editorial latinoamericano, representa el puente ideal entre ambas escenas culturales. Trabajo constante e intuición parecen ser sus secretos, armas infalibles del buen editor.
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