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Hace un par de años, en una mesa redonda en la Feria del libro de Bogotá dedicada a la memoria del escritor colombiano RH Moreno-Durán, leí este texto. Moreno-Durán vivió muchos años en Barcelona durante los setentas y ochentas y tuvo una relación muy intensa y directa con la vida editorial de la ciudad. Por eso creí que era buena idea, aprovechando este espacio, rescatar esta pieza de memoria del cajón. El pasado noviembre se cumplieron cuatro años de su muerte, y me dio por recordarlo. Este es mi testimonio personal.
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El inicio de mi labor editorial y mi primer encuentro con RH Moreno-Durán están ubicados en un mismo punto en mi memoria.
Conocí a RH en 1994, cuando Conrado Zuluaga preparaba la edición de Como el halcón peregrino para el sello Aguilar. Yo me desempeñaba como asistente editorial y tuve que encargarme de apoyar el proceso de edición de ese libro. Sobre el oficio yo no sabía nada, y la fuerza y el empeño con los que trabajé en ese entonces sólo podían provenir de la arrogancia de la juventud. Moreno-Durán tuvo una inmensa paciencia conmigo y, no se necesita ser muy intuitivo para saberlo, puedo decir que disfrutó enormemente su papel como maestro de un editor incipiente. Ésa fue mi experiencia editorial más interesante con RH, no sólo por ser la primera, sino por la naturaleza misma del libro que estábamos haciendo: una memoria literaria, una suerte de bitácora de su “experiencia leída”. Se trataba de un libro de texto, pero también de un álbum que surgía paralelo a las palabras. Estuve en casa de RH muchas veces en esos meses, ayudándolo a buscar en cajones las revistas, cartas, fotos que integrarían el material gráfico del primer volumen de sus memorias. El RH que descubrí entonces, en la intimidad de sus archivos, fue el mismo que se despidió de mí sin decírmelo la mañana del 17 de noviembre de 2005, cuatro días antes de su muerte: un hombre meticuloso, perfeccionista, obstinado, culto, altivo, con un ego bien configurado y alimentado con constancia, de un humor agudo y lapidario, asombrado ante la tecnología pero absolutamente negado para ella (hasta el último día escribió a máquina), cuya vida pasaba entre los libros.
En estos once años fue el mismo. Mientras escribo esto reparo en que, tal vez, a RH no le gustaba el cambio o, mejor aún, creía que lo realmente importante debía convertirse en costumbre. “Como siempre” fue una de las frases que le oí decir con más frecuencia. Un episodio: un día hicimos un dossier para el lanzamiento de Fémina Suite. De ahí en adelante fue imposible convencer a RH de hacer otro tipo de material promocional. Todos los libros posteriores tenían que tener ese pequeño elemento anexo. Me decía, una vez su nuevo libro estaba a punto de salir de imprenta: “Ya tengo el material de prensa listo para hacer el dossier, como siempre”. ¡Lo habíamos hecho una sola vez, pero él sentía que había ganado un paso y que no lo podía perder!
RH no aceptaba un “no” como respuesta. Almorzábamos regularmente. Era habitual que llegara varios minutos antes de la hora convenida, saludaba a todo el equipo de la editorial (mujeres y más mujeres en cada oficina, así que se sentía cómodo y nos lo hacía saber); en la mano, un maletín negro. Íbamos al restaurante de su elección; pedía salmón, siempre. Al momento del café, y luego de repasar con detalle el mundillo editorial, abría el maletín —temible— y sacaba una lista. “Nuestros pendientes”, me decía, y yo sabía de memoria toda la conversación que estaba por comenzar. Reediciones de libros suyos que aún no teníamos en nuestro catálogo, proyectos de antologías de cuento, la elaboración de un catálogo de los autores de su generación (RH se sentía parte de ella con mucha convicción), una efemérides que a mí se me estaba escapando y que debíamos aprovechar, un libro nuevo en curso. Siempre estaba trabajando, era incansable, y tenía proyectos para llenar un fondo editorial entero. Yo apreciaba esas tardes, eran ratos felices y la conversación enormemente instructiva. Esos encuentros también tenían su dinámica propia: yo le decía que no a la mayoría de los puntos, y llegábamos por costumbre a un par de acuerdos. RH sabía de antemano dónde lograría un sí y dónde un no —yo también—, pero igual repasábamos la lista entera. Los puntos del “no” aparecerían en el próximo encuentro.
Era un depredador, en el sentido más exacto del término. Le gustaba atacar a aquellos que no consideraba de su misma especie. Era implacable. Y cuando respetaba a alguien lo hacía con la misma elocuencia y afán; lo consideraba parte de su tribu. A RH no le interesaban los términos medios. A mí me gustaba esa actitud porque siempre sabía lo que estaba pensando, no había trampas ni simulacros. Se hacía responsable de cada palabra que decía. Además, gozaba del don de un arma certera para la caza: un humor lapidario, inteligentísimo, negro como el maletín de la lista. Cuando se disponía a tirar el dardo asumía una actitud física muy precisa: entrecerraba los ojos hasta hacerlos casi desaparecer bajo los párpados, soltaba una carcajada cortica y aguda, y se llevaba la mano a la boca. Entonces quedaba satisfecho.
También conocí parte de su rosario personal de jamases: nunca quiso morir saludable —era un hedonista, le encantaba comer bien, compartir más de un whisky con los amigos—, nunca votó, nunca aceptó presentar un libro que no le gustara, nunca desdeñó un viaje, nunca aprendió a escribir en computador o a mandar un e-mail, nunca salió de su casa sin antes ver el rostro de una mujer bella en la televisión.
Me enteré por él, un día de agosto de 2004, de que tenía cáncer. No supe qué decirle y él me hizo saber que no tenía que decir nada. Fue un silencio muy emotivo. El año y tres meses que siguieron a esa fecha supusieron para mí la más dura y entrañable experiencia de lo que significa ser editor, de la enorme responsabilidad que entraña este oficio. Nos veíamos y llamábamos con frecuencia, pasé varias tardes de sábado en su casa, oyéndolo. RH me hablaba mucho. Al principio casi toda la conversación giraba en torno a la enfermedad; “el bicho, el monstruo”, como la llamaba, que lo invadía agresivamente. Él sentía que estaba librando una batalla. Le regalé La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag y me agradeció el gesto. Releyó el libro y me dijo que le parecía admirable que alguien que había vivido la enfermedad como Sontag pudiera conceptuar sobre ella, porque la pregunta inevitable en momentos como el que estaba viviendo era: ¿puede servir de algo la sabiduría?
Pienso que cuando sintió que no había alternativa posible —eso nunca me lo dijo, estaba dispuesto a emprender cualquier tratamiento médico— el tópico de la conversación varió. Me hizo saber que estaba ordenando sus archivos, que le estaba dejando a Mónica todos los contratos y liquidaciones de regalías en orden, que tenía varios libros terminados: dos novelas (una de ellas es Desnuda sobre mi cabra) y un libro de cuentos. Le pregunté si había escrito algo de ese material durante los últimos meses y me dijo que no, que era imposible escribir en la enfermedad, que había pocas cosas inspiradoras en esa experiencia. Todos esos libros estaban prácticamente terminados antes de agosto de 2004. Él me estaba hablando sobre el futuro de su obra —el futuro más allá de sí mismo—, y lo estaba dejando en mis manos. Yo sentí enorme emoción, gratitud y responsabilidad tras ese diálogo.
Le pregunté cómo se sentía frente a sí mismo y me dio una respuesta feliz: estaba profundamente tranquilo. Había vivido la vida que había querido, como la había querido. Había escrito los libros que deseaba escribir. Tenía una obra. Estaba conforme. Cuando salí de la casa de RH esa tarde me sentí distinta: había recibido una lección esencial sobre el oficio y sobre la vida.
El lunes 14 de noviembre a las 6 de la tarde, mientras yo me bajaba de un taxi en medio del tráfico de la carrera Séptima, me timbró el celular. Era Mónica, quien con la voz helada me dijo: “Te paso a RH”. Estaba furioso, tenía rabia con la vida. Me decía que no iba a poder cumplir el compromiso que tenía conmigo de presentar a Jorge Edwards el jueves siguiente, que estaba mal, que no tenía fuerzas para caminar, que se sentía exhausto al término del trayecto entre su cuarto y la sala; que en esas circunstancias salir era impensable. Agregó que nunca había tenido una sensación tan exacta de lo que significa la palabra desconsuelo. Su texto sobre la novela estaba listo, así que me lo mandaría para que yo lo leyera. Lo convencí de que esperáramos al jueves; él estuvo de acuerdo y me pidió que alquilara una silla de ruedas. Mónica volvió a pasar al teléfono y, por primera vez, la oí quebrada: “Tengo ganas de llorar”, dijo. Colgamos. Yo me quedé en silencio, con el ruido de la ciudad aplastándome.
El jueves 17 de noviembre, muy temprano, Mónica y RH me llamaron. Lo habían tenido que internar de urgencia. “No pude”, me dijo, como única despedida. El resto ya lo saben. RH murió en la mañana del lunes 21 de noviembre de 2005 y desde ese día no hemos dejado de extrañarlo.
Él y yo no nos quedamos debiendo nada. Y no por mi propia diligencia sino gracias a su carácter meticuloso que lo obligaba a no dejar cabos sueltos. Nos dijimos todo, o casi todo, porque nunca hablamos de la muerte.
(Imagen: © Julián Arango)