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Fernando Vallejo es uno de los seres más particulares que he conocido en mi vida como editora. He trabajado con él en muchos libros: ya desde La virgen de los sicarios tenía que ver de algún modo con ellos. Entonces redacté un dossier de prensa que indignó a la gente de Medellín, ciudad colombiana donde Vallejo nació y donde ocurren la casi totalidad de sus libros. Yo entrecomillaba una frase del libro que parecía eficaz para venderlo: “un prontuario vuelto parábola en que los seres vivos se convierten en fantasmas y el español en jerga de las barriadas. Parábola de una raza a la deriva y en última instancia de la condición humana sin sentido ni posible redención”. Si hay un pueblo con destino en este país, alegaban algunos levantando el índice, somos nosotros.
Lo conocí en Barcelona, en 1998, en una feria del libro dedicada a Colombia. Era verano y Fernando parecía feliz, aunque ésa es una palabra grande y mucho más en su caso. Cada noviembre lo volvía a ver en México y, en los últimos tres años, con frecuencia en Colombia.
Empecé editando un volumen con las cinco novelas que componen El río del tiempo; luego el libro que nacería de ese viaje a Barcelona titulado La Rambla paralela; dos libros de ciencia, La tautología darwinista y el Manualito de imposturología física; y las novelas Mi hermano el alcalde y El desbarrancadero.
He viajado con él: en el 2003 lo acompañé a recoger el Premio Rómulo Gallegos a Caracas y fui testigo de que el destino de los iconoclastas es ser alabados por las multitudes: había ordas para oírlo, la gente le gritaba cosas amorosas en la calle. Luego estuve en Argentina con él en abril de 2004, cuando un grupo de jóvenes de la Universidad de Buenos Aires lo puso a hablar de la gramática del lenguaje literario, en una de las experiencias públicas en las que he oído al Vallejo más brillante.
Suelo quedarme en su casa cuando voy al DF. Fernando es un anfitrión ejemplar. Lo veo arrastrar los pies por el largo corredor que conduce de las habitaciones al salón, sentarse al piano y tocar con maestría durante un largo rato. Para pasar el tiempo, me dice; al fin y al cabo la vida sólo se trata de eso, de pasar el tiempo. Salgo con él a dar la vuelta al hipódromo que fue la calle donde vive, con sus dos perritas, Kim y Kina. Kim murió el año pasado, y no he visitado su casa desde que ella no está. Supongo su dolor, que él demuestra muy a su manera: en silencio y viajando, como no lo hacía hace siglos.
El Vallejo escritor brilla en su ira; su prosa es una hipérbole del mundo. “Me pasé la infancia y la juventud en misa o leyendo novelas, y tantas oí y leí que perdí la fe: en Dios, cosa que para los efectos de la literatura poco importa, y en el novelista de tercera persona, que sí. En este negocio el que no es poeta o novelista de tercera persona se quedó colgado del trapecio en el aire fuera del circo.” Dice en Los días azules, su primera novela.
Es apátrida y apóstata y defensor de causas perdidas: la lengua y los animales. Pero es un apátrida curioso: lleva años viviendo en México y ha dedicado cada línea de su obra a Colombia. Otra vez a su manera. Una anécdota, saltando de nuevo a lo personal: tuve que hacer un viaje de trabajo a Medellín; cuando volvía de la ciudad al aeropuerto -es un trayecto de cuarenta minutos en carro por una geografía de montañas escarpadas-, sentí el impulso de llamar a Fernando para decirle que estaba en su tierra, y que era hermosa esa mañana de domingo. Dime qué estás viendo, me reclamó con urgencia, dime cómo es el verde de Antioquia que estás viendo.
El 10 de marzo aparecerá su nueva novela con el irónico título de El don de la vida. El libro es un diálogo entre el narrador en primera persona que ha protagonizado todos sus textos y un compadre. Pasa durante un largo día en el que los dos personajes están sentados en la banca de un parque de Medellín, haciendo múltiples listas de todo lo que se fue y no volverá, viendo pasar la vida que, para gozo del narrador, se extingue. La felicidad (quizás la única que Vallejo acepta cabalmente) de volver a la nada de la que nunca el hombre debió haber salido.
Fernando ha dicho muchas veces que no volverá a escribir. Temo que esta vez pueda cumplir su promesa. Por lo menos sé que ese narrador que habitó la escena de su obra, el que quedó colgado del trapecio en el aire fuera del circo, ha desaparecido.
Cuando estaba escribiendo este libro Vallejo me dijo: quería escribir el libro más triste de los que he escrito, un libro lleno de dolor, un libro sobre la vejez, pero me está saliendo el narrador más virulento de todos. Hizo una pausa y con frustración sentenció: algo aprendí, eso sí, uno no escribe el libro que quiere sino el que puede.