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El lento aprendiz
El blog de Enrique Redel
10 de febrero de 2010

Wyndham Lewis, ese monstruo. Déjenme que les cuente. Últimamente me da la impresión de que me he especializado en publicar obras de los más notables enemigos públicos. Gente que cae mal a una parte razonable de la sociedad. Muy mal. Casi siempre por motivos espurios, superficiales… políticos (y por tanto necesariamente estúpidos): ahí tienen a Mircea Eliade, que cometió el pecado de adorar en su juventud a una figura de maldad mefistofélica, Nae Ionescu, que le sedujo de tal modo que acabó integrando la fatídica Guardia de Hierro (igual, por lo demás, que el resto de la intelectualidad rumana de entreguerras, solo que muchos de ellos luego entonaron la consabida cantinela del pecado de juventud, algo que Eliade no hizo, y que pagó durante toda su vida); o a Boris Savinkov, nihilista ruso ilustrado, dandi irresistible, terrorista a jornada partida, que tan pronto hacía volar por los aires al gobernador general de Moscú, como seducía a la aristócrata revolucionaria que había fabricado la bomba; o a esa fuerza de la naturaleza literaria que es X. L. Méndez Ferrín, probablemente el mejor escritor peninsular vivo, marxista convencido y al que no se le perdona que declare su verdad siempre que se le da la oportunidad de hacerlo (considerado por muchos el mejor escritor de la historia de la literatura gallega, pero que daría cien mil vueltas en materia de literatura castellana a más de un relamido académico).

Pero, entre los monstruos, Wyndham Lewis se lleva la palma. Tanto que ya en vida fue conocido como “el Enemigo”, y a fe que se ganó el apelativo a pulso. Pintor de talento, narrador de genio, escritor considerado por T. S. Eliot como el mejor periodista de su generación (un dardo envenenado del bueno de Eliot), consagró su vida a remar contra corriente. De hecho, nació en un yate, en aguas de la provincia canadiense de Nueva Escocia. Sus padres eran ricos. Estudió en las mejores escuelas, y ya pronto se consagró como un animal polémico. En los albores de las Vanguardias artísticas europeas, fue el creador de una de ellas, el Vorticismo. Su gestación fue de lo más singular. Coincidió en unos urinarios con Marinetti, el creador del Futurismo, que intentó convencerle de que se integrara en sus filas, con todos sus seguidores y adeptos. Él repuso que difícilmente podía adorar la velocidad y las máquinas, como los Futuristas, puesto que, siendo inglés, desde niño estaba rodeado de ellas, formaban parte de su propia identidad nacional. El órgano del Vorticismo, la revista Blast (que significa “Estallido”), fue publicada por primera vez antes de que comenzara la Gran Guerra, y lo convirtió en una celebridad. Lewis fue reclutado como artillero, y enviado al saliente de Ypres, escenario de una de las mayores carnicerías de la guerra. Según cuenta en su Estallidos y bombardeos (Blasting and Bombardiering, editado por Impedimenta), piedra de toque de la filosofía vital y personal de Lewis, y un ácido resumen de sus andanzas bélico-literarias durante el período más fértil y raro de su vida, lo que era difícil era que te alcanzara un obús (cuesta creerlo). Más bien los oficiales como él se dedicaban a irse de borrachera, y a vilipendiar a los boches, puño en alto, por la invención de la guerra aérea (algo inmoral, decían los ingleses). Acabaría pidiendo el traslado al Batallón de Artistas canadiense, donde se dedicaría a pintar barcos de guerra para que pasasen desapercibidos.

Lewis, escritor de genio, como digo, dedicaba además su tiempo libre a hacer trajecitos a sus compañeros de generación. No se salvó nadie de su escrutinio: James Joyce, T. S. Eliot, Ezra Pound, Augustus John, Lawrence de Arabia, Ronald Firbank, Edith Sitwell. El grupo de Bloomsbury en pleno fue motivo de sátira descarnada en su novela Los monos de Dios, que próximamente publicaremos en Impedimenta. Además, Lewis cometió el pecado nefando de dejarse seducir por ese otro Mefistófeles de los pueblos arios, Adolf Hitler, sobre el que publicó un panfleto de lo más laudatorio, titulado, muy oportunamente, Hitler (en una época en la que, paradójicamente, hasta el propio Churchill se sentía atraído fatalmente por el austriaco). Ésa sería su perdición. Calificado automáticamente por sus detractores (muchos de ellos damnificados por su pluma incisiva) como fascista de remate, fue demonizado y apartado del canon. Quien, con todo merecimiento fue el quinto Beatle de las letras inglesas de entreguerras (con Pound, Eliot, Joyce y Woolf), pasó a ser un apestado de las letras anglosajonas, poco traducido y menos editado. No sirvió de nada que, años después, denunciara su propio papanatismo ideológico (compartido con toda una generación de europeos papanatizados) en The Hitler Cult. No se le perdonó su independencia, ni su espíritu iconoclasta.

Eso reabre el debate sobre si el escritor, además de buen escritor, ha de ser buena persona, un modelo para sus semejantes, un padre ideal, esas cosas. Pero eso será materia de otra entrada de este blog tan disperso y caótico.

Wyndham Lewis (1882-1957)”
Fundación Juan March (Madrid)
Del 5 de febrero al 16 de mayo

(Imagen: Wyndhan Lewis, de paisano y en el frente)




ENRIQUE REDEL
(Madrid, 1971) Después de trabajar en varias editoriales independientes madrileñas, en 2007 dio a luz un proyecto editorial que en poco tiempo se ha convertido en referencia: Editorial Impedimenta. Su recuperación de clásicos modernos y un exquisito cuidado en la edición hacen de sus libros objeto de deseo lector. En 2008 Impedimenta fue galardonada con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial, junto al resto de pequeñas editoriales del Grupo Contexto. Bibliófilo empedernido, sus pasiones no se ciñen sólo a la literatura: cine, música, tv y otros vicios forman parte de sus intereses.
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