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Segundos fuera. El Festival acaba. Han sido casi cien horas de deliriro colectivo. Sesenta y cuatro actos, ciento treinta autores. Una enorme pandemia de literatura contagiando la ciudad y extendiéndose a otras ciudades: Piglia se la llevó a Buenos Aires, Reverte a Madrid...
El Inspector García ha abordado el caso en medio de un mar de dudas. Estábamos ante una gran epidemia... que solamente causaba felicidad a los ciudadanos. ¿Debía la autoridad intervenir?. Vaya pregunta: la autoridad interviene de oficio, no por necesidad. García, torpe pero curioso, ha sabido manejar el caso con sensatez.
Esta tarde se ha sentado en el despacho de su jefe, ha liado su enésimo pitillo y ha dicho: "Mañana se acaba todo". El teniente Pérez está confundido. "Pero, ¿que decís García? ¿Estás loco?". García se explaya y explica lo que los demás ya sabemos. Que la levitación colectiva es futo del placer inmenso que ha sentido la población como consecuencia de una sobreexposición a los literatura; de un auténtico empacho de libros y escritores. Que el fenómenos ha sido benigno y que la población está entusiasmada. Y que todo acabará mañana -añade- cuando la gente se despierte y piense que todo fue un sueño.
El teniente Pérez no está de acuerdo. Según informes secretos a los que ha tenido acceso, parece que la exposición intensa a los libros puede crear adicción. Y teme que muchos de los infectados sean incapaces de volver a su vida normal y a partir del lunes se genere en la ciudad un movimiento clandestino para seguir hablando de libros y que los escritores sean parados por la calle y felicitados a la vuelta de la esquina. Y que los cientos de librerías de nuevo y de viejo que hay en Montevideo tengan que hacer horario continuo de 24 horas y que las autoridades tengan que imponer la ley de entregar solamente un libro por persona.
García asiente y sentencia: "Entonces será mucho mejor de lo que pienso: la epidemia será crónica".
¿Los libros dan la felicidad? Por lo menos, nos la acercan. Los cuatro días del Festival Eñe lo certifican.