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Para entender la risa de Mercedes Cebrián (taxidermista y narradora) hace falta agarrarle el punto a la voz inquietante de los objetos y luego ir un poco más allá, hasta que el objeto se colma y está a punto de abrirse en él una pequeña boca que de pronto nos contesta. Es una mezcla entre la risa de la niña mala de la última fila de la clase y la de la niña buena de la primera, la combinación (de entrada tampoco diría nadie que zumo de tomate con vodka iba a dar ese resultado) es única en su especie. Decir que no hay nadie que haga las cosas que hace Mercedes en el panorama literario español es una frase que parece mentira de puro cierta, o de puro trillada. Se ha dicho ya que había tantas personas que eran los únicos en hacer algo en tantas partes (comerse cincuenta huevos, sumergirse a pulmón, invadir Polonia) que parece no decir nada que Mercedes Cebrián sea única en su especie. Y sin embargo lo es. El que aquí suscribe ha tenido ya la oportunidad no sólo de leer sus libros anteriores ("El malestar al alcance de todos" y "Mercado común") sino también su próximo libro "La nueva taxidermia", en sesión de preestreno, su mejor libro, créanme y apúntenlo para enero, que es cuando saldrá del horno.
Mientras tanto Mercedes camina a saltitos por el festival. Es una de esas asistentes a casi todo. Uno se da la vuelta y allí están los ojines listos de Mercedes. Si uno fuera profesor y Mercedes la alumna la miraría con un poco de miedo el primer día. ¿Será una niña de dieces redondos o se dará la vuelta y le caerá un chinazo? Pero cuando se le sostiene la mirada un poco más se descubre algo extraordinario, mucho más extraordinario en realidad de lo que se suele creer: a alguien que ríe, Mercedes Cebrián es alguien que ríe como dice Perec que duermen los hombres.
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Washington Cucurto, alias Cucu, es en primera impresión, como el personaje de Manolito de Mafalda, pero en versión gigante. Tiene algo de osezno y de bonachón integral y, luego, en cuanto se habla con él, de editor centrado, de comerciante de puerto, de escritor huidizo y poco amigo del frivolismo literario. Da gusto que a uno le vendan las cosas así, sobre todo si son los libros de la Editorial Eloísa Cartonera argentina. Me cuenta cómo se hacen los libros, cómo pintan ellos cada una de las cubiertas de cartón reciclado, cómo los venden.
Cucu es una encarnación hecha visible del barrio de la Boca, una expansión humana y también quizá un personaje de Mark Twain, un Tom Sawyer en edición quilmeña, un buscavidas y un escritor de barrio. Da gusto ver que la literatura sigue enganchada a la vida como un anzuelo cuando uno se encuentra con tipos como Cucu.
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"Como esa puta que en un puente de París/le entregó a un conde ruso la tarjeta/de un professeur especialista en sífilis,/éramos cada uno para el otro/cura y enfermedad, daño, alivio./Bajo el cielo a veces negro, a veces rojo,/acortamos los pasos, porque pasos/más breves alargan la noche." Así se le ve a Samoilovich en la noche de Montevideo, fumando unos puritos a la salida del Teatro Solís en el que acaba de recitar. Parece un busto de Sócrates que a ratos sonríe como un fauno. Es como si en cualquier momento fuese a sacar una flauta de pan y dar saltos por los tejados convocando sombras clásicas, pero inquietantemente cercanas a la vez.
Tal vez sean los años que lleva a sus espaldas dirigiendo la mítica revista Diario de Poesía pero Samoilovich es uno de esos tipos junto a los que hay que sentarse en los recitales. Tiene, insertado como un chip, una especie de termómetro casi infalible para la excelencia. "Medio pavo este", dice de uno, "Este otro está muy bien" dice del siguiente. No cabe duda de que Samoilovich está respirando poesía a cada segundo, o comiéndosela más bien, porque todo es un poco gástrico en Samoilovich, aunque su poesía tenga un limpieza clásica y un toque cínico que no sólo no le hace distante sino, curiosamente, cercanamente humano. Se aprenden cosas inquietantes junto a Samoilovich, que el mundo es como un dado, por ejemplo.
"El mundo es como un dado/que rueda./ todo gira con él:/el hombre/se vuelve ángel, el ángel/hombre./La cabeza pie, el pie/cabeza./Así dan vueltas y vueltas/las cosas/y se transforman ésta/en aquella/y aquella en ésta, lo superior/en inferior/y lo inferior en superior;/cuentas/no saldadas del Precámbrico/devienen/penas de un amor concluso,/la ansiedad/de una noche en el Trópico/cifra/del tiempo irreversible;/en la raíz/todo es uno, y en las transformaciones/algo se/redime, en algo se repara/el error/divino de haber separado/de la tiniebla/la luz, haber hecho de la idea/cosa./En el cambio nacen/dientes,/del cambio comen/ángeles,/caídos inclusive."
Samoilovich, viniendo de frente, es una mezcla entre un busto de Sócrates y un Moisés.
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Decididamente hay personas en este mundo que tienen un talento especial para la vida. Julio Trujillo es sin duda una de ellas. Tiene dos cosas que son de una rareza extraordinaria (más aún entre escritores, en contra de lo que suele pensarse): sentido común y sentido del humor. Y cuando bebe dos whiskis (también contra lo que suele pensarse) tiene todavía más sentido común y más sentido del humor.
De la poesía de Julio uno sale reconfortado con esta cosa más bien básica cosa de ser humano: "Me gusta adivinarte los alveolos/ cuando duermes/ y todo el mecanismo de finísima/ relojería que eres,/ de ti/ tan desasida,/ ingrávida en el éter de las sábanas/ (nubes de Rubens/ y la cama/ el lienzo que te enmarca)./ Me infiltro en la blancura, sé/ que sabes que aquí estoy/ que intento inútilmente respirar/ al ritmo de tu ritmo,/ ajustar estos diástoles groseros/ a tu pautada inspiración/ y espiración/ -morir como tú mueres./ Me gusta el sobresalto con que admiro/ (mi amor es taquicárdico)/ tu sangre horizontal/ la placidez de tus arterias/ tu lección anatómica de paz./ Esta es mi vocación: velar/ y celebrarte".
Tal vez, precisamente, lo que hace extraordinario a Trujillo sea precisamente esa vocación permanente de celebración, filtrada por el humor. Me regala al salir otro magnífico libro que he devorado esta noche: "El perro de Koudelka". A quien no haya visto nunca esa fotografía le recomiendo que la busque y se pregunte qué está pasando en el corazón de ese perro. Julio Trujillo lo sabe.