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Cuando me he encontrado con Vivi Tellas esta mañana estaba enfadada y juro que no he visto a nadie estar enfadado con tanta dulzura. Ojalá la gente de este mundo tuviera una alegría como la que parece que tiene Vivi Tellas, hasta cuando está enfadada. Vivi contenta (a la que también he visto) es si cabe más dulce aún. A ratos recuerda a una Giulietta Masina a lo porteño, pero no en lo físico, sino en una especie de extraña inocencia y cuando habla de sus proyectos lo hace con el espíritu de quien sabe que la piedra de toque del investigador teatral no es sólo la disposición al éxito, sino algo aún más interesante: la posibilidad del error, o mejor aún, la disposición a que el error incluya en la actuación un discurso no previsto.
Charlamos de teatro. Vivi es como una especie de animal teatral, no se encierra en un teatro sino que "husmea" el teatro en la vida. Ayer por la noche, en el Museo Torres García, utilizó a una medium para hacer preguntas a un padre que falleció cuando ella tenía tan solo dos años. No es, desde luego, la primera vez que lo hace: también subió a su madre y a su tía a un escenario, y hasta a su profesor de conducir. ¿Tendrá miedo también el panadero de Vivi, la peluquera de Vivi, la modista de Vivi? Asegura que le asombra la inocencia de la gente cuando sube al escenario, y que su entrega (yo le había preguntado si la gente no se "falsea" un poco al hacerlo) es precisamente el garante del éxito.
Muchas Vivis para nuestros teatros, por favor.