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Decididamente hay personas en este mundo que tienen un talento especial para la vida. Julio Trujillo es sin duda una de ellas. Tiene dos cosas que son de una rareza extraordinaria (más aún entre escritores, en contra de lo que suele pensarse): sentido común y sentido del humor. Y cuando bebe dos whiskis (también contra lo que suele pensarse) tiene todavía más sentido común y más sentido del humor.
De la poesía de Julio uno sale reconfortado con esta cosa más bien básica cosa de ser humano: "Me gusta adivinarte los alveolos/ cuando duermes/ y todo el mecanismo de finísima/ relojería que eres,/ de ti/ tan desasida,/ ingrávida en el éter de las sábanas/ (nubes de Rubens/ y la cama/ el lienzo que te enmarca)./ Me infiltro en la blancura, sé/ que sabes que aquí estoy/ que intento inútilmente respirar/ al ritmo de tu ritmo,/ ajustar estos diástoles groseros/ a tu pautada inspiración/ y espiración/ -morir como tú mueres./ Me gusta el sobresalto con que admiro/ (mi amor es taquicárdico)/ tu sangre horizontal/ la placidez de tus arterias/ tu lección anatómica de paz./ Esta es mi vocación: velar/ y celebrarte".
Tal vez, precisamente, lo que hace extraordinario a Trujillo sea precisamente esa vocación permanente de celebración, filtrada por el humor. Me regala al salir otro magnífico libro que he devorado esta noche: "El perro de Koudelka". A quien no haya visto nunca esa fotografía le recomiendo que la busque y se pregunte qué está pasando en el corazón de ese perro. Julio Trujillo lo sabe.