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Para entender la risa de Mercedes Cebrián (taxidermista y narradora) hace falta agarrarle el punto a la voz inquietante de los objetos y luego ir un poco más allá, hasta que el objeto se colma y está a punto de abrirse en él una pequeña boca que de pronto nos contesta. Es una mezcla entre la risa de la niña mala de la última fila de la clase y la de la niña buena de la primera, la combinación (de entrada tampoco diría nadie que zumo de tomate con vodka iba a dar ese resultado) es única en su especie. Decir que no hay nadie que haga las cosas que hace Mercedes en el panorama literario español es una frase que parece mentira de puro cierta, o de puro trillada. Se ha dicho ya que había tantas personas que eran los únicos en hacer algo en tantas partes (comerse cincuenta huevos, sumergirse a pulmón, invadir Polonia) que parece no decir nada que Mercedes Cebrián sea única en su especie. Y sin embargo lo es. El que aquí suscribe ha tenido ya la oportunidad no sólo de leer sus libros anteriores ("El malestar al alcance de todos" y "Mercado común") sino también su próximo libro "La nueva taxidermia", en sesión de preestreno, su mejor libro, créanme y apúntenlo para enero, que es cuando saldrá del horno.
Mientras tanto Mercedes camina a saltitos por el festival. Es una de esas asistentes a casi todo. Uno se da la vuelta y allí están los ojines listos de Mercedes. Si uno fuera profesor y Mercedes la alumna la miraría con un poco de miedo el primer día. ¿Será una niña de dieces redondos o se dará la vuelta y le caerá un chinazo? Pero cuando se le sostiene la mirada un poco más se descubre algo extraordinario, mucho más extraordinario en realidad de lo que se suele creer: a alguien que ríe, Mercedes Cebrián es alguien que ríe como dice Perec que duermen los hombres.