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Festival Eñe América / La velocidad del entusiasmo
El blog de Alejandro Ferreiro
07 de agosto de 2010

En mi barrio casi todos duermen. Es domingo y se supone que esto no es tan raro. Sin embargo, en mi barrio hasta los domingos son miércoles. Salto de la cama convencido. Ducha y desayuno es la rutina, una de las pocas, que las rutinas son para romperse. Abro la ventana sin levantar las persianas porque todavía no quiero que la luz me invada. A veces es preferible estar a la sombra. Agudizo el olfato porque los domingos son día de cordero, no de dios, sino del gallego del bar de abajo. Solía ser una tortura en los primeros meses de mi estadía en este sitio. Era imposible almorzar otra cosa. Los vapores perfumados me convencían en pleno sueño de la peregrina idea: nada calmaría mi estómago si no era una porción de ese plato. Indefectiblemente, los domingos, almorzaba cordero. Pero luego, como todo y con el tiempo, lo superé; logré abandonar lo que ya se había convertido en un rito dominical. Me elevé tanto por encima de esos efluvios que hasta dejé de almorzar el último día de la semana. O el primero. Que la cinta semanal se muerde la cola. Que los días dejan de tener nombre cuando uno es libre. Quizás también cuando uno es un prisionero sin ventanas. Pero ese, por suerte, nunca fue mi caso. He sido afortunado en algunas cosas, como todos. Lo cierto es que tratando de concentrarme en lo que hoy haré, salgo a la fuerza de la cama para meterme sin resistencias bajo el chorro caliente pero breve de mi calefón de 40 litros. Ya despierto, ya vestido, voy a la cocina por el desayuno. La ventana más linda de mi casa no tiene cortinas. No puedo tapar lo que nació para estar destapado. Entonces abro la puerta de mi habitación preferida y descubro que todo sigue negro, que no ha amanecido, que no es la hora que yo pensaba. Esto lo explica todo. Lo del silencio, lo del cordero ausente, lo del barrio cambiado.

Puse mal el despertador. A todos nos pasa cada tanto, a menos que no pongamos despertador. El error en mi caso actual se debe a que hace ya algunos años que no necesito poner una alarma a la mañana. Una bendición que de tan cercana la había olvidado. El asunto es que ya estoy pronto para salir al domingo, pero el domingo todavía no se levantó. Hago café con leche, por hacer algo. Hago tostadas, por hacer algo. Porque lo cierto es que no tengo hambre. Todavía no.

Prendo la computadora. Si por mí fuera nunca la apagaría. Pero ayer ofreció muestras de cansancio -está viejita la pobre- y la estoy contemplando. No se debe contemplar a todo lo que es viejo. Los años no necesariamente reclaman respeto. Pero tengo respeto y amor por este aparato sin alma que sin embargo ha guardado tantas cosas mías lejos de mis propios ojos, con celo y reserva. Plop. La pantalla está oscura, negra, muerta. Su corazón hace ruido, diría que late, pero la mitad de su cuerpo permanece en penumbras. Así no se puede escribir, así no se puede leer. Nadie ha despertado aún. Me imagino todos los artefactos del mundo apagados. Me imagino todos los leds de todos los aparatos de todo el mundo muertos de cansancio. Me imagino todos los corderos del mundo tirados en el pasto, a oscuras, con los ojos cerrados. No quiero mirar la hora. Quiero apagar también la computadora pero me doy cuenta que si la pantalla no me muestra lo que tiene para mostrar no puedo apagarla. Termino arrancándole la batería que es algo así como practicarle una operación a corazón abierto sin saber nada de cirugía. Vuelvo a la cama. Vuelvo a salir de la cama. Siento algo de desasosiego y hasta pienso en prender la televisión. Si será raro este despertar que deposito algo de esperanza en la caja boba. Pero respiro profundo y no me prendo a nada. Camino por la casa y a mi encuentro vienen centenares de pensamientos desordenados, a una velocidad despampanante y a contramano. Los esquivo a todos pero sin mover ningún músculo, los veo pasar como quien está en el corredor de un aeropuerto pero sin planes de partida, ni esperando a nadie. Nada me toca, sólo observo y siento que sólo observo. No hago anotaciones, ni siquiera mentales. Miento.

Hoy se termina el Festival Eñe. Está bien. Ni siquiera lo bueno debe durar.

En unas horas dejaré de escribir este blog.

La velocidad del entusiasmo es así. No está en la misma frecuencia que la velocidad del mundo exterior. Y está muy bien que así sea.

No existe universo único.

No existe desayuno perfecto.



Archivado en: escribir | Etiquetas: festival eñe, domingo

ALEJANDRO FERREIRO
(Montevideo, último viernes de 1968) Periodista y escritor. Ha publicado cinco novelas: Pórtland (2000), Algo que flota (2005), Todo lo quieto sueña moverse (2006), Lo que se olvida también se gana (2007) y El arte del parpadeo (2009); además de dos libros de poemas, Nos persigue la humedad y otras filtraciones (2004) e Historia Natural del Silencio (2008). En 2010 aparecerá Catálogo incompleto de ideas truncas y otras mascotas que no llegaste a conocer, en Estuario Editora.
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