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Conozco a Felipe Polleri, lo admito.
Pero aún así, o tal vez por eso mismo, me voy a sacar las ganas. Quizás envalentonado porque practicamos entre nosotros el sonido del tuteo, o porque nos suele abrazar una extraña y contagiosa alegría ante los chistes livianos pero con sótano, me animo a cometer delito.
No creo que me vaya a arrepentir y tampoco que la represalia del hombre barbudo atente contra mi integridad. Puedo intentar ser valiente, pero no quiero ser temerario. ¿Se imaginan a este buen hombre, a este escritor exorcista, enojándose con alguien? Es difícil, pero bueno… ¿se lo imaginan?.
La conferencia que Polleri exprimió de una hojitas garabateadas se llamo El arte como delito y del jugo que le sacó a sus apuntes bebió todo un batallón.
Fue por eso que abandoné el lápiz y me tomé un transporte más veloz:
Abrí el ordenador (es el Festival Eñe, recuérdenlo, se dice ordenador) y le di a las teclas con furor. Y juro que se me perdieron apenas dos sustantivos, tres adjetivos y poco más. El resto lo anoté todo. Parece que me entusiasmé porque Martín Fernández, editor de Hum y Estuario, me mando un sms al instante: “Pasate al lápiz porque el ruido de las teclas distorsiona!”. Lo ignoré alegremente, y se la juré: después le saco una foto y la publico, me dije. Inmediatamente pensé en los lectores de este blog y ponderé la venganza; la culpa no es de todos. Ni siquiera del editor sensible. Es de Polleri, obvio, que dijo tanta cosa en 30 minutos que tuve que poner los dedos en salmuera.
El expositor barbado afirmó usar las palabras para que quemen (vale); para de alguna manera manipular al lector (venga); para sacar de adentro al delincuente que todos tenemos escondido (vale again).
Así que tomo sus palabras como evangelio joven y postrándome ante el altar me persigno y preparo para cometer delito: robaré sus palabras y las diseminaré por los caminos que cruzan la web según mis santísimas ganas. Pero adjudicándoselas a él, claro. Que los lectores también tenemos su poder, que los escritores hablamos siempre de lo mismo, pero expresándolo, en el mejor de los casos, según fórmulas personales. Que (!vamos!) las limitaciones también definen estilos.
Esto dijo Polleri y al que me desmienta pondré la otra mejilla:
Escribir es un estado de trance y por eso tengo a mano el tabaco y el café. Escribir es ensuciarse. El escritor es un acumulador de energía, un artista que maneja una energía psíquica para que el lector reciba ese choque sin ninguna intermediación; sin poder pensar mucho. Eso se llama manipular al lector. Y por eso mis libros son en primera persona, para agarrar al lector del cuello y no soltarlo. Y por eso mis libros tienen un tamaño de 60 o 70 páginas.
Por otro lado, mis personajes son generalmente artistas, pero también delincuentes, criminales. A partir de ahí se desarrolla una lucha entre el placer estético y lo desagradable que puede ser el tema. Digamos que debo dorar la píldora para que el lector entre en tema y se proponga salir si quiere pero avanzando.
Otra posibilidad es que se haga cómplice, que se identifique con el personaje y viva esas transgresiones como propias. Todos estamos cansados de ser buenas personas las 24 horas al día. Y esa es otra posibilidad, porque yo quiero que el lector disfrute, que haga la catarsis y en lugar de oponerse al texto, se abra y me acompañe. Ese es el lector ideal.
Y ustedes se preguntarán de dónde salen esos criminales, bueno, todos tenemos voces negadas que acallamos y reprimimos. Algunas incluso nos hablan del bien que podríamos hacer, son halagüeñas, nos dicen que con un pequeño esfuerzo seríamos mejores.
Y después están las voces que nos hablan de lo que nos molesta, nos hiere, nos parece injusto. Mi trabajo es que esas voces negativas hablen. Por eso hablo de trance, porque en ello radica esa labor terapéutica que tiene toda literatura.
Todos escribimos por terapia, necesitamos eso, y no hay que negarlo, porque lo que se consigue escribiendo es básicamente un fracaso.
Quise convertirme escritor a los 12 o 13 años y desde entonces escribí historias. Recién a los treinta y pico me gustó lo que escribí. Así que durante 20 años fui el loco de la familia. Toda mi vida leí y escribí por amor al arte, por eso el arte siempre fue un delito, porque mi manera de vivir era de alguna manera ofensiva. Decían: Este se la pasa encerrado escribiendo esas boludeces en su casa y desprecia todo lo que a nosotros nos cuesta tanto conseguir…
Pero bueno, yo opté por otra vida y siempre sentí que de alguna manera los ofendía por no desear tener un buen trabajo, plata y una vida agradable con auto y casa en Punta del este. Pero para mí fue muy agradable mi vida, porque escribí aunque sintiera que para los demás esa no fuera una opción y fuese casi una estupidez. Siempre detecté esa especie de desconfianza.
Pero yo tuve, gracias a la literatura, una vida completa. Pude ser en las horas diurnas una buena persona, tener una familia y durante las noches dedicarme a escuchar esas voces.
No es mi trabajo mejorar a las personas. Eso en todo caso lo hago como ciudadano, amigo, padre. Pero con la literatura me propongo que el lector disfrute. Mi trabajo no es hacer el bien público. Lo que yo tengo que hacer es ser sincero en la medida de lo posible. Mentir para decir la verdad.
Apenas Polleri dijo gracias, la sala entera aplaudió. Yo aproveché para salir a fumar un tabaco. En el camino me di cuenta de que no fumo tabaco. Pero también que eso no me hace menos delincuente que nadie.