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Para un escritor la gran Verdad es la Mentira.
Por lo menos para un escritor de ficción, por lo menos para alguien como yo. Declaro entonces que soy un gran mentiroso y me regocija usar este medio para proclamarlo. Pero como también soy periodista debo decir además, que existen mentiras que no pueden difundirse sin pecar, sin traicionar al oficio, sin traicionar a secas a toda la humanidad.
Digo esto porque no quiero confundirme en estos roles, nunca me gustó estar de los dos lados del mostrador: Cuando bebo no trabajo, cuando trabajo no bebo en la barra.
Pero como tampoco soy un bloguero consumado, debo enfrentarme a esta sensación nueva: ¿desde qué lugar escribir sobre esto que está pasando acá?
Como periodista, oficio que no quiero ejercer en demasía por estos días, digo que el Festival Eñe, por lo menos en esta primera jornada y hasta la mitad de la tarde -que es cuando escribo esto- se ha destacado por una puntualidad digna de otras latitudes, tal vez nórdicas. No estoy seguro que sea así en España y presumo según mi experiencia en la península ibérica, que tal vez no sea así. Pero definitivamente en Uruguay no es así. Valga como ejemplo lo que me contó un estudiante japonés de música, que luego de haber estudiado en Uruguay durante un año, sacó la cuenta que con los atrasos sumados entre las clases y los ensayos, él habría tocado su instrumento un 30% más de tiempo de haberse quedado en su país.
Como escritor defiendo las mentiras que sostendré a partir de ahora.
¿Para qué mentir?
Pues, por varias razones:
Primero, porque es la manera más directa de ejercer la libertad.
Segundo porque para ser feliz es necesario mentir o por lo menos mentirse a uno mismo (¿qué otra cosa es sino ilusionarse?).
Hay más motivos pero me quedo con estos dos para justificar la opción subjetiva que significa poner los sentidos en la tarea de describir lo que importa.
¿Y qué es lo que importa?
La alegría de fantasear es lo que importa. Es decir, lo que me importa ahora mientras tomo un café con leche e intento escribir sin dejar de ser amable con la gente conocida que circula por el CCE. Y ahí es donde más miento:
Digo que estoy concentrado, que estoy trabajando, que no puedo tomarme un café con este amigo que no veo hace rato, o con mi amiga embarazada a punto de parir, o con el colega que vino a cubrir para un diario argentino, o con el compinche que va a leer poesía en un rato en el Teatro Solís, o con la madre de aquella compañera de facultad. Y digo todo esto cuando en realidad quiero desconcentrarme o no concentrarme en esto, porque hay un escritor que admiro y esta cerca de mí, hablando con alguien que no conozco pero diciendo cosas que intento escuchar de costado (los escritores somos curiosos por definición y lejos de ser un atropello a la intimidad de los que conversan, esta escucha robada dignifica al oficio). Y miento porque quiero tomarme ese café con Gonzalo, y abrazar la panza de Maka que guarda en secreto al hijo que gestaron con Gabriel, o pasear por la ciudad vieja con Diego que está por unas horas en Uruguay, o irme al boliche del Solís a que mi amigo me lea los poemas que seleccionó para recitar esta noche.
Y también está Washington Cucurto, a quién nunca vi pero si he leído con ganas. Y de pronto veo que está sólo, parado en medio de la cafetería mordiéndose un dedo y con cara de “ahora que hago”. Entonces dejo toda responsabilidad, me levanto de mi mesa, me acerco y le digo:
Hola Cucurto, soy Alejandro y bla, bla, bla.
Varios minutos después intercambiamos promesas y materiales.
Perfecto, pienso, ya tengo la foto para este posteo.
Porque esto que aquí termina es un posteo.
¿O miento?
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El tema es el Periodismo narrativo. El subtítulo dice La nueva crónica latinoamericana.
Veamos:
Es imposible registrar algo de cerca si uno no se acerca lo suficientemente a ese algo que pretende narrar. La medida de lo cercano es indefinible para estos casos. Supongo que varía según las expectativas que estén en juego para el periodista en cuestión. Claro que el azar puede ampliar o modificar la idea inicial. En todo caso, estar lo suficientemente cerca y la cantidad de tiempo suficiente para que el objeto observado, estudiado, se comporte como es en realidad, se corresponde con una de las claves para obtener la mirada definitiva.
Ejemplo negativo: La foto que acompaña este posteo.
Desvío negativo: Dos días antes de comenzar el Festival Eñe mi cámara fotográfica se cayó, solita. Tuve que pedir una de apuro y si bien las cámaras son casi todas parecidas, la capacidad de realizar operaciones sin pensar en dónde estaba esta función o aquel parámetro, suele ayudar para estos casos.
Conclusión positiva: La cercanía ayuda mucho cuando estar cerca hace a la cosa.
Y de eso justamente se trata el periodismo narrativo.
Leila Guerriero hace muy bien su trabajo. Y por si eso fuera poco resulta encantadora cuando habla. Es sensible, explica las cosas sencillamente, tiene humor y exhibe una humildad que resulta indudablemente un rasgo natural. No una pose.
Juan Pablo Meneses hace muy bien su trabajo. Y por si eso fuera poco resulta encantador cuando habla. Es sensible, explica las cosas sencillamente, tiene humor y exhibe una humildad que resulta indudablemente un rasgo natural. No una pose.
Dice Guerriero:
Me considero periodista, no escritora.
El periodismo que a mí me gusta leer y escribir es el que posee una mirada fuerte. Una mirada que se nota y que da el tono, aunque no hable sólo en primera persona. Sin este rasgo de la mirada personal, un periodista narrativo no existe. Y diría –además- que sin eso no debería existir un periodista.
El periodismo narrativo no es la vida pero debe ser un recorte de la vida. Uno no es periodista en los ratos libres. Se es siempre.
Dicen que los toreros torean como son, y eso es así también en periodismo. Claro que el grado de exposición lo define uno.
Hace dos meses me mandaron un cuestionario con una única pregunta: ¿Usted por qué escribe? Todavía no respondí. Porque la respuesta que tengo es que escribo para organizar el mundo. La escritura me permite eso y entonces supongo que debe ser muy íntima mi escritura; pero como soy muy discreta no quiero pensarlo en esos términos.
El periodismo narrativo ayuda a entender la maraña de información, pero tampoco se puede pensar un periódico entero en términos narrativos. No se puede narrar así la conferencia de prensa del ministro de economía para dar cuenta del aumento del chinchulín.
Tampoco está bien el exceso de la fórmula: focalizar la tragedia de un terremoto en una sola persona, termina siendo un truco fácil.
Un periodista no debería tener alucinaciones y esa sería la diferencia entre el periodismo narrativo y la ficción. Algunos nombres de buenos periodistas narrativos son José Martí, Rodolfo Walsh, Martín Caparrós, Cristóbal Peña, Fabricio Mejía, Juan Villoro...
Dice Meneses:
La mirada y la voz hacen a un autor. Y si bien trabajamos con la realidad y no con la ficción, detrás igual hay un autor.
Los novelistas trabajan con la ficción y en su vida real son jefes, pagan cuentas, tienen sueldo... Porque su ficción la manejan en la hoja en blanco. Pero como yo trabajo con la realidad terminé al revés: Mi vida diaria es una ficción. Viví en un hotel tres años y me preocupaba cada mañana por dejar las toallas mojadas y tiradas. De noche todo estaba en su lugar, como una ficción. Voy a lugares que no debo ir, conozco a personas que no debo conocer y voy a asados cuando puedo porque trabajo en horarios que no debo trabajar.
La única forma de hacer periodismo de hoy es hacer crónica narrativa. Porque hoy las noticias llegan al instante al celular. El diario titula algo y ya es viejo, porque la noticia llega antes al fecebook o al twitter.
Hace poco escuche una canción de amor de despecho que se llamaba “Tu amor es como el periódico de ayer”.
Los riesgos del periodismo narrativo son riesgos formales; aunque también está la idea de que si no se estuvo cerca de la muerte no vale. En ese sentido, los periodistas tienen que conocer los códigos de los lugares dónde se dirigen.
Otro error es la exageración de la violencia.
Así de claro, así de cercano al entendimiento.
Así de necesario.