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Benicàssim, verano de 2006. En el escenario, Placebo: lloro. No por la emoción, sino por la insolación de la tarde: tras siete noches de insomnio en el camping —cuando no la arman los ingleses de al lado, el ruido proviene de los ingleses de más allá— nos hemos quedado dormidos en la playa, con la quemadura lógica, y ahora mi color es tan rojo como el de ellos, pero con menos alcohol en sangre. No nos roban el bolso, que algo es algo, pero durante las horas siguientes me dolerá incluso el contacto con la ropa o con el aire, y en las semanas que siguen mudaré hasta la piel de la cabeza. Juro no regresar a ningún festival en lo que me queda de vida. Mi novio puntualiza: si conseguimos hotel, igual sí.
Boadilla del Monte, también verano, en 2007. La cercanía nos permite regresar a casa, aunque más tarde descubriremos que los autobuses de la organización nos depositan en un Aluche con el metro cerrado, en el que los taxistas ignoran la ley y los búhos modifican su itinerario para evitar el asalto de los festivaleros. Horas antes me habré perdido dos conciertos, y el cielo y los horarios me habrán recompensado: primera fila en Flaming Lips. A la media hora, mi novio y mis cuñados bostezan y anuncian que se marchan a otro escenario. Yo, claro, refunfuño y les sigo, para no volver definitivamente sola a casa. Me enfado. Vuelvo a perderme grupos. Me enfado más. Juro no regresar a ningún festival en lo que me queda de vida. Mi novio puntualiza: si hay metro directo, puerta a puerta, igual sí.
Arganda del Rey, verano cómo no, en 2008. Me siento bien, me siento generosa, regalo a mi hermana por su cumpleaños una entrada para el Rock in Rio. Mujer de gustos eclécticos, ella disfruta con Amy Winehouse y no se niega a un bailoteo al ritmo de Shakira. A mí me apetece escuchar a la Winehouse, me apetece la nostalgia de Jamiroquai, no niego que también el puntito sociológico de la colombiana. A Amy se le escapa, en la pantalla grande, un pezón. Con Jamiroquai destrozo mis zapatillas de lona. Y el rapero de Shakira repite España, campiona, España, campiona. El público jalea. Mi hermana jalea. Yo me mantengo en silencio. Podemos dormir en casa. Podemos volver a ella sin subastar nuestro cuerpo ni nuestra alma, porque el autobús de la organización nos deja a veinte minutos. Y, sin embargo, juro no regresar a ningún festival en lo que me queda de vida. Mi hermana puntualiza: si al final nunca cumples lo que dices. Seguro que sí.
Pretendía yo contarles que, durante este fin de semana, retransmitiré en directo —se intentará, al menos— el Festival Eñe: una cita con baños limpios, en el centro de Madrid, cuyos horarios permiten dormir en casa y —casi casi— no perderse el taller, la conferencia exprés y la acción que coinciden en el mismo sitio, a la misma hora. No podré asistir a todo, tendrán que disculpar mis fotos amateur, pero a cambio prometo no esconder detalles, cotilleos y pasiones de lectora. Después echaré el cierre, y juraré no regresar a ningún festival en lo que me queda de vida.