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Mientras duró fue bonito: pasearse del ascensor a las salas con el ordenador a cuestas; fotografiar y photoshopear bajo el riesgo de perderse una intervención crucial; rechazar el brindis o la conversación porque en diez minutos comenzaba una mesa de interés.
Ahora queda la resaca del Festival Eñe; la rabia por lo que no se pudo ver, las ganas de repetir una oportunidad única: más de setenta escritores en apenas día y medio.
Y enhorabuena a La Fábrica por el éxito de público y de crítica, por abarrotar actividad tras actividad, por el nivel que se mantuvo incluso en las apuestas más arriesgadas.
Ahora queda despedirse: agradecer a Emilio Ruiz, encargado de los contenidos de esta web, su confianza y el encargo de este trabajo gustoso, además de la asesoría técnica continua; a la organización del Festival Eñe (María y María, Judith, Rocío...) las facilidades para cumplir con puntualidad y con los lectores; y a los visitantes, bien voyeurs, bien comentaristas, por compartir este fin de semana de literatura.
¡Hasta el Eñe que viene!
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Érase una vez una cronista falta de sueño, con algunas décimas de fiebre, y amigos empeñados en posar la yema del dedo sobre las llagas que le faltaron. Allá va, por tanto, otra ración de enlaces, hermosos como adjuntos a este mensaje continuo...
-Santa Gallina Cósmica nos facilita la dirección del blog que monoperro ha abierto para dar fe su acción la más grande novela ilustrada. En imágenes cuenta las peripecias que compartió, el sábado por la tarde y en el Salón de Baile, con Silvia Nanclares y Rocío Osuna; de allí he robado, vilmente, la fotografía que corona esta entrada.
-Rocío Lara se encontró -qué envidia- con Leopoldo María Panero.
-Eliett Cabezas hizo lo propio con Juan Bonilla y Chema Madoz, aunque en su bitácora optó por centrarse en el genial fotógrafo.
- Más música: El Giradiscos se desplazó al Festival Eñe para no perderse, el sábado por la noche, a Fernando Alfaro.
-El blog Oxímoron continúa dando generosa cuenta de los talleres, en esta ocasión en la voz de María.
-Y como lo pasado, pasado está, tres crónicas a cargo de Elena Cabrera, Roger Casas y Carolina León. ¿La estrella? Guillermo Fadanelli.
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Una amiga me reprende, vía sms, por no haber contado mucho más sobre el Festival Eñe y sus idas y venidas. Para ella, para ustedes y para mis remordimientos (¿demasiado en el tintero?), un rastro veloz a la blogosfera.
-Me huelo que, en el programa de mañana, Elena Cabrera y Carolina León hablarán sobre el Festival Eñe: no se pierdan, entonces, su ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? Vía Radio Carcoma, con streaming en directo los lunes de 21.00 a 22.00, a los pocos días es posible descargar el mp3 del programa en su blog. Elena y Carolina (¡muchas gracias por visitar el Gabinete!) consiguen lo imposible: hablar de libros combinando rigor y amenidad. Engánchense a ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?, porque merece mucho la pena.
-El escritor Iván Thays, en su imprescindible Moleskine® literario, anuncia el Festival y guiña el ojo a este blog. ¡Mil gracias! Y gracias, también, a los Tipos Infames por su promo valiosísima.
-Se nos pasó José Antonio Marina, pero El náugrafo digital nos invita a viajar en el tiempo y el espacio, y desplazarnos hasta el viernes, y la tarde, y el Teatro Fernando de Rojas y escuchar al genial filósofo.
-Isabel Benavides nos regala su crónica, exprés y apasionada, del primer día.
-Otra elipsis que no hubiera debido ser, la de Javier Cercas, la suplimos con la crónica en primera persona del periodista Juan Cruz, que conversó con él en Festival Eñe.
-En su bitácora consagrada al cuento, Esteban Gutiérrez Gómez hace lo propio con Ray Loriga, y rescata dos frases de su intervención.
-Valentina, en Oxímoron, atiende nuestras súplicas y nos informa, con ejemplos y entusiasmo, sobre los talleres organizados por Festival Eñe.
-El Club de la Bibliotecaria Emboscada, un completísimo punto de encuentro para lectores, analiza el fin de semana en que la literatura tomó el Círculo de Bellas Artes.
-Festival Eñe atrajo -también- a amantes de la música: el dietario mitómano Tiburones en Korador nos habla de Josele, y la revista digital Jenesaispop da completa cuenta del acústico de Fernando Alfaro.
¿Olvido algún enlace? ¿Os animáis a completar las crónicas, a aportar vuestro punto de vista sobre lo que me perdí, sobre lo que no describí?
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Casi treinta y seis horas en el Círculo de Bellas Artes (de acuerdo, no exageraré: incumplí la promesa, y regresé para dormir a casa) dan para mucho. Buena literatura, claro, servida por el Festival Eñe; reencuentros, descubrimientos, subidas y bajadas de escaleras, sustos en el aseo al no esperarse la instalación Sexi Poem... Yo, por ejemplo, he esbozado algunos mandamientos frente a una ración (exprés, por supuesto) de croquetas, antes de la fiesta final.
Repondrás fuerzas, claro; con el estómago vacío, a ver quién salta de un taller a una conversación y a una acción y se topa con dos amigos y los convence para no perderse una firma.
Abrirás los ojos, claro, para no perderte nada, pero también para librarte de prejuicios: ese autor del que nada has leído, ese autor del que quizá conoces algo, pero que no te convence, puede engancharte en el tú a tú; y ese género que no te interesa, y que protagoniza una conferencia, te atrapará hasta la adicción.
Disfrutarás del momento, prescindirás de las actividades seleccionadas en casa, y según puedas escaparte o no, según se alarguen más de la cuenta o se zanjen antes de tiempo, dirás a unos que sí y a otros que no. ¿El taller se prolonga treinta minutos más? Pierdes una conferencia exprés, ganas una mesa redonda. Si el carpe diem funciona desde hace milenios, ¿por qué no abrazarlo en Festival Eñe?
Ahorrarás cotilleos. Quiero decir: frente al teclado, blog mediante, evitarás chistes y anécdotas que podrás intercambiar con otros blogueros. X abandonó antes de tiempo la mesa de Z. Y compró el libro de A, pero A -en cambio- intentó que C le regalara el suyo. J convocó a H, y ya: no le vimos más el pelo.
Y Eñe que Eñe, por supuesto.
(Les dejo, por el momento. Tengo una cita con Fernando Alfaro, Maderita y Coralie Clément en cuestión de diez minutos, Sala de Columnas )
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Creo en Manuel Vilas, dios todopoderoso. De Manuel Vilas me gustan los poemas, los relatos, las novelas, los artículos: hasta los andares. Entrevistar a Manuel Vilas es una bendición. Escuchar a Manuel Vilas, también. Y leerle, por supuesto. Las obras en su etapa con la editorial DVD, indie por excelencia, el poemario El cielo o la novela España, y también sus libros de poemas en Visor, su reciente novela (Aire Nuestro en Alfaguara). Yo adoro adorar a Manuel Vilas, y no me planteaba lo de perderme su conferencia exprés. ¿El título? Agárrense al teclado. Estaturas de hombres famosos: del 1'82 de Franz Kafka al 1'72 de Lou Reed.
«Nos presentamos ante los demás en forma de cuerpo». Cuerpo es certeza. Estatura es verdad. Manuel Vilas aspira a la cátedra de estatura infinita, de iconografía y simbología centímetro a centímetro. La causa de todos los males de Bruce Lee, explica Vilas, es su baja estatura. Si Jesucristo hubiera medido metro y medio, ¿en quién creeríamos ahora? ¿En un coetáneo suyo que rondara la estatura perfecta, el metro setenta y tantos?
No se conoce la altura exacta de Camilo José Cela, pero la abundancia de fotografías del Nobel junto al Rey señalan que mide al menos cuatro o cinco centímetros menos que Juan Carlos I. Y Manuel Vilas desvela, también, el secreto de la más célebre fotografía de la Conferencia de Yalta, o los motivos por los que los Who jamás superaron en fama a los Stones. «La gente se siente más tranquila ante la simetría de la estatura», advierte rotundísimo. Entre Pete Townshend y Roger Daltrey, veintitrés centímetros; tanto Mick Jagger como Keith Richards miden 1'77. Tomen nota.
Yo lo he hecho. Por ejemplo: «le hemos tenido tanto miedo al cuerpo que no hemos podido racionalizar las mitologías humanas». O: «para nuestra tristeza exegética, nadie se ha fijado nunca en la altura». Manuel Vilas ha mencionado a María Magdalena. A Paulina Rubio. A Marlene Dietrich. A Felipe de Borbón. A Ian Curtis, «enigmático, iluminado y santísimo».
Manuel Vilas mide 1'77, cinco centímetros más que Lou Reed, igual que Berlin con algo de tacón, y Manuel Vilas mide 1'77, pero es enorme. Divertido e inteligente, originalísimo, siempre nuevo, al borde de las lágrimas contemplando al alto Johnny Cash y al bajo Bob Dylan, qué bien estaría un Festival Vilas, qué bien. Y es que si me preguntan por mi momento Eñe, yo me decido por esta media hora divina, celestial, de Manuel Vilas.
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David Barba ha biografiado a Nacho Vidal, y recopilado la opinión de cien españoles ilustres sobre el sexo. Gabriela Wiener, mucho más que gonzo, nos deslumbró con Sexografías y nos deslumbra con el más reciente Nueve lunas. Fernando Marías habla de todo, y habla bien. La mesa, para colmo, se titula Pornófilos. ¿Comprenden por qué se cotizaba de semejante forma una plaza en el ascensor a la Sala de Columnas?
Accedo, por fin, y Wiener me recibe afirmando que todo puede encontrarse en los servidores porno de internet. Te guste lo que te guste, te pervierta lo que te pervierta, lo hallarás a un golpe de clic; y enlaza aquí con el motor de Nueve lunas -su embarazo- y el subgénero pornográfico en el que se muestra a embarazadas en acción. A propósito de esta historia, Barba asegura que el sexo explícito está cada vez más perseguido y desplazado, frente al ascenso del feísmo.
¿Puede existir, plantea Marías, un psicoanálisis del porno? Wiener cree que sería un error pensar así, mientras que Barba sí apoya cierto dibujo personal en base a qué nos excite. «La pornografía es al sexo lo que el circo a la vida», lanza. Gabriela Wiener explica qué es posporno, qué viene casi a ser el porn yourself. Fernando Marías se declara voyeur de la propia mesa redonda en la que participa, y se pregunta si Barba y Wiener anuncian el fin del porno, y lo que viene no es porno, sino una serie de variantes expresivas en las que algunos casos ni siquiera tienen nada que ver con el concepto de porno: una imagen que, al fin y al cabo, te estimula sexualmente. Y una última acusación: el discurso de Barba y Wiener roza lo anacrónico, argumenta.
Pero la gente, reclama Wiener, ya no se acerca al videoclub para alquilar porno: en cambio, sí lo produce y lo consume a través de intenet. Por otro lado, retoma Barba, el cine porno no necesita elevadísimos presupuestos, y el porno amateur se presenta cada vez más como realidad en lugar de fenómeno. Marías recuerda cómo, lustros atrás, Hollywood utiliza hipotéticas escenas de sexo entre estrellas como reclamo ante los espectadores, pese a que la pantalla grande demostraba más tarde que ni siquiera había existido contacto entre ambos. Remata Barba, que piensa que en el cuerpo está la base de la represión sexual.
Y permítanme un apunte: no comprendo la desbandada de las siete de la tarde. Estos pornófilos han sido amenos, recatados, aptos para todos los públicos. ¿Por qué, entonces, no llegar hasta el final?
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(Juan Barja pregunta, Antonio Gamoneda responde -y revela el título de un libro en construcción: Canción errónea-, se estrena el videopoema Un sueño. Comienza con buen humor, se zambulle en la lucidez, humilde y dispuesto a hacer memoria. En lugar de narrar o comentar, prefiero compartir mis notas -casi literales, espero; de ahí el tono más que coloquial- con ustedes)
«Si Eliot dice que poesía es aprehensión sensible y directa del pensamiento, está colocando el pensamiento en un segundo término de la generación poética, porque la aprehensión se produce desde un nivel que él reconoce como sensible, relacionado con la sensibilidad».
«Si yo tengo algo que ver con el pensamiento, o mi poesía tiene algo que ver con el pensamiento, el pensamiento es en cierto modo posterior a la poesía».
«Quería llamar la atención sobre la correspondencia que se podría dar entre verdad y pensamiento. Estamos encerrados en un círculo que algo tiene que ver con la sensibilidad y con el no saber, con el pensamiento y la verdad, aunque no hayamos alcanzado a decir qué pueda ser la verdad».
«[A propósito del poema "Cuestión de instrumento", incluido en Blues castellano] Para intentar hablar de la verdad tendría que hacer una especie de inspección progresiva en el tiempo, porque no hay motivo para mantener la misma noción de verdad cincuenta años después».
«Aunque la poesía trate de estar fuera de la palabra convencional, del pensamiento discursivo, etcétera -o al menos yo lo intento-, nociones como la de verdad pueden estar sujetas a una autocontemplación, al fin y al cabo, variable».
«Con respecto a esos años [los de Blues castellano], la verdad es una categoría que -para mí- ahora se ha debilitado seriamente. Hace treinta, treinta y cinco, cuarenta años, yo invocaba a la verdad con una aceptable honradez, pensando que estaba diciendo algo. Ahora mismo no pienso así».
«Yo no tenía, tampoco la tengo ahora, una clara conciencia o -al menos- una clara y sentida y vivida experiencia de la extinción de la verdad, pero algún aviso tenía... Y ese aviso de la extinción de la verdad, que puede ser una propuesta excesiva -sobre todo en aquel momento-, sí puede ser precedente -de una manera ciertamente insegura- de lo que yo puedo sospechar en relación con la verdad».
«La verdad se me ha hecho incomprensible. Tendré una escritura y una conducta, estaré en la vida... Pero es la incomprensión, es el no saber, el que viene a ser el fundamento -el terreno de cultivo- de mi escritura y de su posterior pensamiento. Antes dije que la verdad se me había vuelto incomprensible: a veces pienso que la verdad es una casualidad, algo que podía ser o no podía ser, que es tan aceptable o tan comprensible el que pueda ser como el que no pueda ser. Por ejemplo: yo estoy vivo, sí; creo que estoy vivo. Pero, de verdad, ¿ir de la existencia a la inexistencia puede ser llamado vida?».
«La verdad es un accidente, como la palabra mentira».
«En el pensamiento supongo que están la verdad y la mentira, y no son más que una sustancia que precede a la muerte, que sucede a la inexistencia y precede a la inexistencia».
«El olvido progresa en mí y se hace parte de un silencio intelectual que, fugazmente, me proporciona algo parecido a un bienestar; un bienestar vacío. Y los elementos dominantes de un hombre que ha recorrido parte de este tramo casual que va de la inexistencia a la inexistencia parece que se resumen en la progresión del olvido -como un silencio intelectual- y un bienestar vacío».
«El olvido está en los cuerpos».
«Se están manejando unos elementos que se han dado en la existencia, pero que conducen al olvido, y hay una especie todavía de lucha contra ese olvido en el aprendizaje -en el intento- de dar cuenta ahora de la forma que adoptan en mí el pasado y su sombra, de la forma que ahora adopta en mí la verdad».
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La chica de la curva. El cantante y el perrito. Las casas antiguas y las voces de ultratumba. Los escritores que comen. ¿Los escritores que comen? La semana pasada, en una ponencia sobre edición y nuevas tecnologías, la directora de un pequeño sello abogaba por «pagar al informático» -lo repitió en cinco o seis ocasiones a lo largo de la charla, de apenas cuarenta minutos- antes que al escritor, que al fin y al cabo «se alimenta del ego», y debiera alejarse de los focos para «encerrarse en una cueva».
Los escritores, pese a esta luminaria de la literatura sin papeles, no se nutren del aire. Y por eso, porque necesitamos un ratito para masticar y asentar, apenas alcanzamos la recta final de Nuevas voces, la mesa que a las 16.00 reunió a Jorge Carrión, Robert Juan-Cantavella, Use Lahoz y Lara Moreno, y en cuyos últimos minutos todos ellos -que, igual que el informático de marras, también cobran gracias a trabajos freelancísticos vinculados a la industria editorial o el periodismo cultural- se mantienen firmes en la tierra. Los escritores se alimentan, se rinden ante jornadas laborales, la inspiración -suponemos- les pilla trabajando (en otras cosas). Moreno (correctora y lectora editorial) reconoce la presión de esa «estructura comercial», que no siempre le obliga a subsistir gracias al contacto directo con obras de calidad, sino que le permite la facturación tras manejar literatura subterránea; Juan-Cantavella confiesa querer, muchas veces, trabajar en otra cosa; y Carrión admite no concebir otro oficio diferente.
Para terminar, desde el público se insiste en los asuntos terrenales: ¿cómo lograron publicar estas nuevas voces? Robert Juan-Cantavella aborda la estrategia de Carrión para editar su propia novela y fundar, después, una colección que acogería los arriesgados debuts de algunos amigos. Los cuatro están de acuerdo: la casualidad determina. Ya ven: si hubieran atendido las peticiones de esa editora que valora más al informático (¿se referiría al diseñador? ¿o es los virus se le regeneran mañana tras mañana?) que al autor de las novelas que publica, quizá hoy nos perdiéramos del todo a estas nuevas y sabrosas voces.
Pintaba excelente, por tanto, para la primera mesa de la tarde. Yo -por mi parte- me flagelo ante mi tardanza, y les recomiendo leer Australia. Un viaje, El Dorado, Los Baldrich o Cuatro veces fuego. Y aliméntense, aliméntense: que igual el arte llena, pero casi seguro que no sacia.
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Cuando la suerte se empeña en sonreír, la felicidad no se marcha en unos días. No cito -ay- a Paulo Coelho. Ni incienso, ni flores de loto: mudo a la primera persona, aún más, y les cuento mi experiencia no desde el público del Festival Eñe, sino a ese otro lado de cartela y tiempo límite. Nos presento: a la derecha, Guillermo Trapiello. A la izquierda, quien les martillea post tras post. En ese momento gabineteábamos para Carmen Garrido Ortiz, su melena en la esquinita de la imagen, una excelente poeta que se asomó a nuestro rinconcito en el Salón de Baile, como tantos amigos y amigas, conocidos de antes, conocidos este mediodía.
Ha sido un placer compartir este Gabinete de crisis con Guillermo, ilustrador de enorme talento (en un mes, mes y medio, El Club de los Negocios Raros publicará su primer libro, Guadalejos) con quien servidora ha logrado mimetizarse a los quince minutos de actividad. Dos o tres tarjetones sanitarios, y la maquinaria funcionaba como si nuestro currículum mostrase unas cuantas líneas de actividades al alimón; a mí -lo confieso- me ha sorprendido cómo un artista minucioso, que trabaja y retrabaja cada trazo con delicadeza, se ha adaptado a las circunstancias, y ha rehecho su metodología para atender todas las peticiones. Gracias a Guillermo Trapiello por no bromear ante mis textos menos logrados; y gracias a quienes se acercaron por no permitirnos el aburrimiento ni un minuto, y gracias a quienes soportaron unos cuantos minutos de espera...
La actividad pretendía atajar «problemas pre-navideños, otoñales y post-puente». Así, una ilustración de Guillermo y un texto de la menda, creados al instante y según el deseo de quien nos lo solicitaba, «para solucionar un problema, un regalo, un capricho». Nuestros clientes nos han permitido la libertad, pero también nos han regalado unos cuantos aprietos: Guillermo Trapiello ha dibujado, y yo he escrito, sobre zapatos empeñados en romperse, sobre jabones, acerca de hijos que regresan de vacaciones y hermanas que se marchan y casi profesores que no debieran serlo; hemos querido transmitir buen rollo, ánimos para quienes padecen el furor navideño. Jamás inventé nada sobre robots enamorados, y nunca -nunca- por mis textos se asomaron tantas tiendas de campaña.
Hemos disfrutado de lo lindo. Gracias a Festival Eñe, gracias a quienes nos acompañaron, y de nuevo mi agradecimiento particular -y mis disculpas- a Guillermo por permitirme emborronar su arte. Prometemos repetir. ¿Alguna oferta?
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Lo confieso: de cuando en cuando me asomo por alguna de las salas que albergan los talleres e intuyo a los participantes, las palabras que se escuchan y se escriben, y me muero de la envidia. Sospecho que, de todas las citas del Festival Eñe, es allí donde la literatura más se palpa: los alumnos de los talleres escriben, corrigen, toman nota y toman notas, aprenden de quienes saben mucho, y que tras la clase exprés aprenderán también de sus alumnos.
Un sí rotundo a los talleres, a los que propone el Festival Eñe, a todos: no sé si por lo que en ellos se enseña, seguro que por lo que se comparte. Yo he asistido, asisto y asistiré a talleres: con maestros desconocidos, con maestros célebres, todos te transforman en esponja, de todos se guarda algo, y nos regalan trucos, consejos, experiencias, y la posibilidad de conocer a otros apasionados de la literatura.
Ayer inauguraron el programa formativo Jesús Urceloy y Antonio Rómar, de los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, con Anatomía del poema (Sala Antonio Palacios, 17.00); y continuaron Vanessa Montfort, del Centro de Formación de Novelistas, con Los secretos del best seller (Sala Antonio Palacios, 19.30), e Isabel Cañelles, de la Escuela de Escritores, con El motor de la creatividad (Sala de Juntas, 19.30).
A estas alturas deben haber concluido dos de los talleres con jefes del relato: Ignacio Ferrando, de la Escuela de Escritores, ilustraba sobre El baile de la escritura (Sala Nueva, 11.00), y Víctor García Antón, de Fuentetaja, hizo lo propio con El imaginario entre columpios (Sala Antonio Palacios, 11.00). Y aún queda tiempo para aprender de Gloria Fernández Rozas, de Fuentetaja, en Leer para escribir (Sala Antonio Palacios, 11.00); de Carlos Salem, del Centro de Formación de Novelistas, Taller de diálogo mediante (Sala Nueva, 19.00); y de María Tena, de Fuentetaja, sobre Los diez errores más frecuentes en la escritura de ficción (Sala Antonio Palacios, 19.30).
Festival Eñe no propone sólo mesas, encuentros... También firmas (en la segunda planta, junto a la librería), ciclos de cine, programación infantil, y estos talleres a los que yo me asomo, sabiendo que echo un vistazo donde la literatura. El programa nos complica la vida unas veces, nos la facilita otras. ¿Algún alumno o alumna que se anime a contárnoslo en primera persona?
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Telegrama: los asistentes más madrugadores al Festival Eñe no se habrán perdido ni un minuto de Mundo Babel, el programa de Radio 3 que durante esta mañana ha sonado en directo desde el Salón de Baile. Juan Pablo Silvestre ha conversado con Alberto Anaut, Doménico Chiappe, Jorge Herralde y José Manuel Navia; yo me he colado al final, y mientras me he derretido cual fan fatal ante la cercanía de Coralie Clément, tan frágil -pelín pachucha, oigo por ahí- que me arrepiento de blandir la cámara de fotos, y prefiero googlear.
En acústico, sin trampas ni cartones, una canción de su hermano y otra de Toystore, su disco más reciente. Mínima, dulce, profesionalísima, muero de ganas por verla actuar esta noche, en la fiesta de clausura (en la Sala de Columnas, a partir de las 23.00; antes, Fernando Alfaro y Maderita). Mientras tanto, tiro de archivo y les dejo con su belleza, les invito a visitar su myspace, a no perdérsela esta noche: el Festival Eñe me ha permitido compartir ascensor con la Clément, y disfrutar a pocos metros de su chanson distinta.
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Sí, el chiste no se agota: plan para hoy, hambre para mañana. Quizá porque la tarde de ayer me acostumbró a vivir Eñe que Eñe, esta mañana desayuno rápido, apresurándome para que el autobús me teletransporte ante el Círculo de Bellas Artes, y la tostada se me confunde con el particular y casi diario Eñe, de color rosa, que informa sobre la programación y el quién es quién en el Festival Eñe.
A las 12.30 esta cronista se manchará las manos, y hasta dos horas más tarde compartiré mesa con el ilustrador Guillermo Trapiello, afanándonos en repartir tarjetones sanitarios (ilustración y textos al gusto del consumidor) gracias a la actividad Gabinete de crisis. Me impedirá, por ejemplo, escuchar a José Luis Borau, la conversación con Jorge Herralde o las tres bandas Echevarría/Fresán/Loriga, pero el Salón de Baile me permitirá escuchar de reoreja -disculpen el terrible neologismo- la mesa redonda sobre el libro electrónico comandada por Doménico Chiappe, o morirme de envidia ante la cata literaria que dirigirán José Luis Cuerda y Telmo Rodríguez. Algo es algo...
Sin embargo, después danzaré -o eso pretendo- entre la mesa de nuevas voces de las 16.00, la charla entre Juan Barja y Antonio Gamoneda de las 17.30, y etcétera, y etcétera. No me perderé la acción de Monoperro, Silvia Nanclares y Rocío Osuna a las 19.00. Ni a Alberto García Alix. Ni a Bernardo Atxaga. Espera, que coinciden; y si opto por el fotógrafo, me quedo sin Manuel Vilas. ¿Sudoku literario? Festival Eñe invita: jueguen a encajar sus preferencias en la programación. Quien algo quiere, algo le cuesta...
Interrail, dieta-milagro, oraciones para multiplicarse, y buena música que cuenta mucho, como anoche demostró Josele, acompañado por Sus Menudencias.
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Tan ambicioso suena el proyecto de este Festival Eñe (ya lo saben: más o menos 36 horas de literatura, literatura y más literatura) que ha retrasado hasta noviembre el fallo de Cosecha Eñe, el premio de relatos que convocado por la revista que bautiza estas jornadas, y que alcanza su cuarta edición con un número elevadísimo de participantes: según la directora de la revista, Camino Brasa, más de dos mil relatos, procedentes de treinta países distintos.
Sobre los finalistas (por orden alfabético: Trifón Abad López, Selva Almada, Rubén Ballestar Urbán, Andrés Barba, Alejandra Costamagna, Juan Carlos Fernández León, Agustín Fernández Mallo, Sergio Galarza, Paula Lapido y Patricia Suárez) podrán leer más en esta misma página, y la nota de prensa sobre el fallo ya anda difundiéndose: el jurado (formado por Juan Bonilla, Elvira Lindo y Ronaldo Menéndez, además de Camino Brasa y Toño Angulo, redactor jefe de Eñe) optó por el relato Aparición de Teresa, del madrileño Andrés Barba, aunque recalcaron la condición ganadora de los diez seleccionados. La lectura de las primeras líneas de cada cuento, a cargo de la actriz Licia Alonso, invitaba a continuar (los ejemplares de la nueva Eñe esperaban fuera) párrafo tras párrafo, y el sándwich musical de Germán Coppini y Patacho, con adaptación musical de Carlos Edmundo de Ory incluida, sonó a gloria y calmó los nervios.
Esta cronista se retira a descansar, felicita a los premiados, respira para que mañana por la mañana su doble, su triple y ella se despierten, y alcancen el Círculo sanas, salvas y supervitaminadas. ¡Nos vemos!
(La foto, disculpen de nuevo, es terrible. Pero en este caso no me lo achaquen a mí, ni al fotógrafo improvisado, sino a un Barba que propone otro reto, aparte del de la multiplicación de los cuerpos y las almas para no perderse una sola cita: conseguir que se mantenga quieto en el escenario).
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Una, o uno, lee. Y antes de caer en nuestras manos, los libros poseen su historia previa: se escriben, se editan. Sabemos que existe algo más que una musa y un inversor, nos lo recuerdan algunas de las actividades de esta tarde en el Festival Eñe, pero este encuentro exprés se centra en esos dos aspectos: el responsable del manuscrito, y la encargada de su materialización.
A la cita de las nueve de la noche, en la Sala Valle-Inclán, comparecen alguien que escribe libros y alguien que los edita. Por una parte, Antonio Luque: les sonará como Sr. Chinarro, y les sonará también por su relato en Matar en Barcelona (Alpha Decay, 2009) y por los cuentos que componen Socorrismo (también en Alpha Decay, también en 2009). Por otra, Ana S. Pareja: responsable de bombazos como el debut de Gabriela Wiener (antes de su Nueve lunas editó, en Melusina, Sexografías), la antología Odio Barcelona o el Porno para mujeres de Erika Lust, Ana reinventa el panorama literario desde Alpha Decay. Brinco de la cuarta a la quinta planta del Círculo. ¿Describí Eñe como festival interrail? Pues cambio la metáfora: dieta-milagro. ¿Cuántas escaleras subiremos y bajaremos durante el fin de semana?
Esos tres textos (unos más breves, otros menos) que forman el corpus literario de Antonio Luque se escribieron en apenas tres noches: Ana S. Pareja cuenta cómo le invitó a participar en la antología sobre crímenes condales, interesada en el alto componente literario de las letras de Sr. Chinarro, y cómo el resultado le sorprendió hasta encargar dos cuentos más, los que conforman Socorrismo. Luque no sólo no ha flaqueado en el salto, sino que -asegura Pareja- rinde con excelencia considerable.
Me llama la atención que, en las últimas entrevistas que le leo o escucho, y en esta misma charla, Antonio Luque se perciba a sí mismo más como escritor que como músico. Al mundo del indie que suena (el que se lee y edita, ya lo afirma Félix Romeo, también existe) lo tacha de «circo» y, sin renegar de él, sí confiesa que le aburre. Así, Luque apuesta por «otra manera de hacer las cosas»: aunque «seguramente», se lamenta, «no se consiga con párrafos de dos kilómetros». Antes su editora habrá comentado que el trabajo con el texto fue mínimo: sin errores pese a lo complejo de su escritura, surreal y de largo aliento, Antonio no parece un recién llegado, ni tampoco -disculpen mi cosecha- flor de un día. Y comparan la labor de productores y editores, y comparten bromas, y desvelan -aún más- el proceso de gestación de Socorrismo.
Única intervención en el turno de preguntas: un fan (he compartido trayecto con el público de Agustín Fernández Mallo, que ahora -con muchas incorporaciones de, eso sí, un perfil similar) ocupa la Valle-Inclán) quiere saber si Luque ha copiado a Bukowski. El autor admite que sólo leyó El cartero, y que en todo caso le hubiera gustado fijarse en el malo de Hank «más como cartero que como escritor».
En media hora cabe poco, imaginamos, pero en realidad da para mucho, como nos han confirmado. Una de las citadas cazadas en estos treinta minutos, en boca de Luque, remite a una canción de Ilegales: «todo es mejor que quedarse a mirar». Hoy en Festival Eñe, por el momento, desobedecemos.
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Si me juran que en la Sala de Columnas tocan The xx, The Pains of Being Pure at Heart o cualquier hype de pasado mañana, me lo creo. Sin embargo, el escenario lo ocupa Agustín Fernández Mallo, narrador con mucho más de indestructible que de boom. En el auditorio, abarrotado, gana por mayoría la moda juvenil.
La periodista Fietta Jarque le define como un «artista multimedia» desde «la literatura». En los libros de Fernández Mallo (¿son novelas sus novelas? ¿son poemarios sus poemarios?) caben todos los géneros, y -al parecer- también en sus charlas. La conferencia exprés que nos ofrece se titula Un viaje, 20 minutos de un viaje Palma-Barcelona en avión, se presenta como 20 minutos (h)ojeando una revista. Portada, índice (le llaman la atención las formas redondas, que regresan tras la psicodelia de los 70, el barroquismo de los 80 y la alergia circular de las dos últimas décadas), mapa de Europa que no es Europa. De repente, las palabras del presidente de la compañía le sugieren una reflexión: por qué el siglo XX elimina el color en los tirantes del sostén. ¿Estética de la transparencia? ¿Estética del silencio? Continúa: un anuncio de telefonía ejerce de hipervínculo y remite al land art, saltamos de las nubes a Robert Smithson, regresamos al papel y una noticia breve habla, en el fondo, sobre Ballard y Tarkovski.
Giramos la página: un corazón pintado en un muro que es, al mismo tiempo, el mismo corazón que él habría pintado en el muro. Dobles, espejos, clones: vuelco -o soplo, por el tributo a Family- al corazón. «Yo tenía que seguir pasando páginas», asegura, y encadena anuncios, y piensa en atmósferas y telefonillos, e imagina a David Foster Wallace suicidándose colgado del cielo, y estamos aterrizando -y el tiempo se agota-, y un reportaje sobre la Sala Sol le remite a la película La escalera de caracol, y las azafatas nos indican que el trayecto vuelo se agota. ¿Hipertexto? ¿Hipervínculo? ¿Palimpsesto? ¿Otra forma de mirar?
Agustín Fernández Mallo es el Kilómetro 0 de las microconferencias. Te aconseja la emigración ante la subida de impuestos. Desvela que a Manuel Vilas le apasiona Cine de barrio. Lo dicho: es indestructible.
Por cierto: esos móviles. Si en el aire no se permite su uso, ¿por qué los asistentes a esta charla se empeñan en que el suyo suene?
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España la habitan más de cuarenta y seis millones de personas. El transporte público, los medios de comunicación, los rascacielos de tomos negros en las mesas de novedades, parecen indicar que al menos la mitad de la población ha leído una de las novelas que componen la trilogía -o quizá incluso las tres- de Stieg Larsson. Ya conocen a Lisbeth Salander. Ya conocen la trama de Millennium, la fiebre por las peripecias de una pirata informática y un periodista valeroso. Ahora, una de las actividades del Festival Eñe propone un juicio a Stieg Larsson, y sentencia con éxito de público (lleno, casi) y crítica (entretenida y, al mismo tiempo, inteligente). Yo -lo confieso- acudí sin la lectura a cuestas, sin la película en la retina, sabiendo sólo que de hackers no sé nada.
Lo plantea Ignacio de Valle: por qué Larsson tiene tanto éxito. Me lo pregunto yo y se lo preguntan, quizá, las filas y filas de lectores/oyentes del Festival Eñe. Debemos respondernos, según Lorenzo Silva, que gran parte del secreto reside en los personajes: en la construcción y la creación de caracteres quizá no realistas en exceso, pero que sí -en cierto modo- pueden actuar como arquetipos de un tiempo, de una sociedad, y remite al elogioso artículo que sobre Larsson publicó Mario Vargas Llosa. Al mismo tiempo, Silva quiere desmarcarse de las interpretaciones negativas con el argumento, asegura, más fuerte: frente a quienes acusan que los compradores -y lectores- de Larsson se guían por las campañas de marketing, algo que -reconoce- quizá haya influido en los volúmenes segundo y tercero, Lorenzo Silva comenta que la primera edición se publicó con una tirada modesta y una campaña publicitaria limitada. Silva, recuerda, leyó a Larsson antes de su edición española, en francés, y ya quedó atrapado por la tensión narrativa del autor sueco. Sin volúmenes y volúmenes sobre las mesas de novedades, sin páginas en la prensa, Larsson funciona.
Por su parte, del Valle comenta que la estructura de Millennium no le convencía, tampoco su localismo, ni siquiera sus personajes, apenas la división maniquea del mundo entre los buenos y los malos. «El mal en estado puro», afirma, «no existe», y no se cree el retrato del protagonista como un purísimo caballero andante. ¿Por qué, entonces, leer a Larsson? Larsson comienza a atraparle con un gancho de casi carne y hueso: Lisbeth Salander. Hacia ella desplaza Lorenzo Silva el papel principal de Millennium: es ella quien encuentra la información, quien desencadena, quien articula las tramas y quien engarza (con su propia biografía) los tres volúmenes; así, partiendo de la expresión utilizada por su compañero de tertulia, Lisbeth Salander «es el caballero andante». Un caballero andante, eso sí, que rebosa peculiaridad. Para empezar, es una mujer; y una mujer inexperta por su juventud, al borde del psicopatía, cuyo oficio es más «la venganza que la justicia». Ella es Don Quijote, Mikael Blomkvist es Sancho Panza.
Lorenzo Silva es claro: sin el carisma de Lisbeth Salander, las novelas de Stieg Larsson no sería nada. No obstante, la saga ofrece otros muchos personajes de interés, en cuya construcción reside la excelencia de la escritura de Stieg Larsson: como ejemplo, cita al agente secreto retirado que aparece en la tercera novela, y con el que -tras apenas 150 páginas; por cierto, que según Silva de cada tomo podrían haberse podado al menos 200- acabamos compartiendo tanto, que se declara imprescindible ya.
Ignacio del Valle reprocha a Larsson su obsesión por el orden, quizá -interpreto desde el público- por la justicia, y la conversión paulatina de Lisbeth Salander en casi una superheroína, la idealización de escenarios y caracteres, restando credibilidad a la lectura. Silva comparte -en cierto modo- que Larsson flaquea en las soluciones fáciles y al mismo tiempo felices, pero recurre a la peripecia biográfica de Larsson para justificar ese empeño casi social del autor. En la novela aparecen los desajustes de la sociedad sueca, las páginas oscuras de la historia del país, la reflexión sobre la explotación sexual de mujeres...
Desde el público, otra duda: por qué el éxito de la novela negra escandinava. Ignacio del Valle opina, rotundo: es una moda, las modas se mueven por ciclos, y dentro de tres o cuatro años se leerán otros libros. En cambio, para Lorenzo Silva, en el caso particular de Suecia los autores de novela negra no surgen de la nada, sino que la historia del país comienza a escribirse en clave oscura hace medio siglo, y los narradores a quienes leemos hoy se derivan de una casi tradición, enmarcada en un país cosmopolita y lector.
Y, por último, hambre de más Larsson: ¿existe una cuarta entrega, aún inédita? Lorenzo Silva, que ha hablado con la viuda y con el representante de la familia, afirma que -según la viuda- existen doscientas páginas embrionarias de una hipotética quinta novela, ni siquiera cuarta. Larsson no dejó sinopsis, y el material apenas es el arranque de otra novela casi sin posibilidad de lectura. Colorín, colorado...
(Por cierto: ya que tampoco he podido leer a Ignacio del Valle, y lo agrego a mi lista de pendientes, no ocultaré mi fervor por Lorenzo Silva. Léanle. Y si ya conocen su obra, acudan a alguna de sus conferencias. Transmite semejante pasión, narra tan bien, que con el argumento más débil nos convencería. A mí me ha animado a casi precipitarme, escaleras abajo, de la Sala de Columnas a la librería de la segunda planta, a la busca del Larsson perdido).
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Disparen al editor: cuando la bala se aloje, no salpiquen. Conversamos con los editores del grupo Contexto. Ha moderado Félix Romeo, divertido y concreto, desde una expresión (editores indies) en la que también cabrían, además de los Contexto, otros sellos como Alpha Decay, Errata Naturae, El Gaviero, Quálea, Veintisiete Letras... Y etcétera, etcétera, etcétera. Charlan con él Diego Moreno (Nórdica), Carola Moreno (Barataria), Enrique Redel (Impedimenta; no se pierdan su blog, en esta misma página), Luis Solano (Libros del Asteroide), Julián Rodríguez (Periférica), Santiago Tobón (Sexto Piso) y Julián Viñuales (Global Rhythm Press y Papel de Liar).
Una primera conclusión: el editor independiente se bautiza como hombre orquesta. Diego Moreno ha recordado su experiencia editorial, anterior a su sello propio, en todos los sectores vinculados al libro: no sólo publicándolos, sino también -por ejemplo- en una imprenta. Carola Moreno lo apoya, resaltando que un editor debe hacer de todo, y que es un trabajo que engloba, al mismo tiempo, varios trabajos diferentes. Se une Santiago Tobón: el motor se detiene si tú no te encargas de todo. Empaquetar, responder e-mails, cuadrar números, llamar a prensa, al impresor...
Y surge la pregunta: ¿el editor nace, o se hace? Bajo una luz casi policial, Tobón confiesa su «vocación tardía», aunque nos apuntan que montó su primera editorial con veintiún años: no daba con un libro necesario para la facultad, y lo editó. Un adjetivo similar, «tardío», se adjudica Redel: «de manera expresa», puntualiza, pese a recordar cómo de pequeño grapaba y vendía sus primeros libros.
Algo es cierto, rutinas aparte: Contexto nace «desde la amistad y el respeto», según Julián Rodríguez. Julián Viñuales abre otra vía de debate: cómo se eligen los títulos. Él inauguró otro sello, Papel de Liar, para los libros al margen de su colección sobre música; Carola Moreno cuenta cómo lee con el doble de atención, por si el autor elogia a otro autor, y el hallazgo salta. Luis Solano conecta, y habla sobre la dificultad de contratar un libro cuando no eres nadie, antes de construir un catálogo. Cuando tienes un libro publicado, continúa, todo es posible; sin embargo, cuanto tu catálogo ronda los cincuenta títulos, no puedes poner a otro que chirríe en el mismo corral, porque «se matarían entre ellos».
Desde el público se plantea la actitud de los Contexto hacia el nuevo paradigma del libro (impresión bajo demanda, etcétera). Solano afirma que la labor de un editor es captar lectores para los libros que publica, sea cual sea el soporte; según Rodríguez, la salvación para el lector puede residir en ese librero que pone a su disposición el título deseado en apenas tres minutos, pero no es la tarea del editor.
El tiempo se agota, los asistentes se animan: ¿por qué tantas novedades? Tobón fija en los 20-30 títulos la producción anual de cada sello de Contexto, en una cifra que ya les desborda, y en un sistema que Diego Moreno califica de «perverso». Un libro que vende mucho salva a otro que vende poco. Una novedad que vende poco tira de un fondo que se compra menos. Al final, la clave la regala Luis Solano: editar es una cuestión de «lotería».
(Ya les avisé: no gozo de buena mano con la fotografía; más bien soy manca. Esta imagen me la cede uno de los tipos infames, cuyo blog deben adorar a la de ya).
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Homenaje a Perec (y, al mismo tiempo, homenaje a Impedimenta y las espléndidas traducciones de Mercedes Cebrián): me acuerdo. Me acuerdo de Europa, una canción de Astrud, y no me acuerdo por la fantástica letra de Manolo Martínez (que habría sido un excelente fichaje para el festival: sugerido queda), sino por su condición de himno al amor en interrail.
Me acuerdo, entonces: al hojear el programa del festival, al decidirme entre una u otra tertulia, la sensación de que si el calendario indica lunes este suelo bajo las zapatillas es Praga, por ejemplo, y de que si el reloj marca las cuatro y me cobijan las columnas del Salón de Baile, la tropa en torno a la mesa de la conforman Félix Romeo y los editores de Contexto. ¿Escaparme a Panero, esperar hasta Puértolas? ¿Y El perro andaluz? ¿Stieg Larsson? ¿Marina? En dos días, ver el máximo de actividades; no dormir en el vestíbulo del Círculo, pero casi.
Bienvenida de Juan Barja, director del Círculo de Bellas Artes, y Alberto Anaut, director de La Fábrica. ¡Comienza el festival!
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Benicàssim, verano de 2006. En el escenario, Placebo: lloro. No por la emoción, sino por la insolación de la tarde: tras siete noches de insomnio en el camping —cuando no la arman los ingleses de al lado, el ruido proviene de los ingleses de más allá— nos hemos quedado dormidos en la playa, con la quemadura lógica, y ahora mi color es tan rojo como el de ellos, pero con menos alcohol en sangre. No nos roban el bolso, que algo es algo, pero durante las horas siguientes me dolerá incluso el contacto con la ropa o con el aire, y en las semanas que siguen mudaré hasta la piel de la cabeza. Juro no regresar a ningún festival en lo que me queda de vida. Mi novio puntualiza: si conseguimos hotel, igual sí.
Boadilla del Monte, también verano, en 2007. La cercanía nos permite regresar a casa, aunque más tarde descubriremos que los autobuses de la organización nos depositan en un Aluche con el metro cerrado, en el que los taxistas ignoran la ley y los búhos modifican su itinerario para evitar el asalto de los festivaleros. Horas antes me habré perdido dos conciertos, y el cielo y los horarios me habrán recompensado: primera fila en Flaming Lips. A la media hora, mi novio y mis cuñados bostezan y anuncian que se marchan a otro escenario. Yo, claro, refunfuño y les sigo, para no volver definitivamente sola a casa. Me enfado. Vuelvo a perderme grupos. Me enfado más. Juro no regresar a ningún festival en lo que me queda de vida. Mi novio puntualiza: si hay metro directo, puerta a puerta, igual sí.
Arganda del Rey, verano cómo no, en 2008. Me siento bien, me siento generosa, regalo a mi hermana por su cumpleaños una entrada para el Rock in Rio. Mujer de gustos eclécticos, ella disfruta con Amy Winehouse y no se niega a un bailoteo al ritmo de Shakira. A mí me apetece escuchar a la Winehouse, me apetece la nostalgia de Jamiroquai, no niego que también el puntito sociológico de la colombiana. A Amy se le escapa, en la pantalla grande, un pezón. Con Jamiroquai destrozo mis zapatillas de lona. Y el rapero de Shakira repite España, campiona, España, campiona. El público jalea. Mi hermana jalea. Yo me mantengo en silencio. Podemos dormir en casa. Podemos volver a ella sin subastar nuestro cuerpo ni nuestra alma, porque el autobús de la organización nos deja a veinte minutos. Y, sin embargo, juro no regresar a ningún festival en lo que me queda de vida. Mi hermana puntualiza: si al final nunca cumples lo que dices. Seguro que sí.
Pretendía yo contarles que, durante este fin de semana, retransmitiré en directo —se intentará, al menos— el Festival Eñe: una cita con baños limpios, en el centro de Madrid, cuyos horarios permiten dormir en casa y —casi casi— no perderse el taller, la conferencia exprés y la acción que coinciden en el mismo sitio, a la misma hora. No podré asistir a todo, tendrán que disculpar mis fotos amateur, pero a cambio prometo no esconder detalles, cotilleos y pasiones de lectora. Después echaré el cierre, y juraré no regresar a ningún festival en lo que me queda de vida.