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Tengo un peluquero curioso. Se llama Fran y su "Peluquerida" está en medio del barrio de Lavapiés. Hay muchas cosas que mi peluquero no soporta, entre las que está ver a una mujer trabajadora extenuada. Se pone histérico, así que apenas te ve llegar, emprende un expedito operativo de salvamento: trae vino, tijeras y tintes para salvarte del abismo. Habla poco y es generoso en afecto. Una noche de invierno, cuando mi recuperación le estaba siendo especialmente difícil, decidió contarme algo personal: quería escribir una novela. Yo, al mejor estilo editorial y mirando sus ojos por el espejo, le pregunté de qué trataba. Miró el reflejo cansado de los míos, tomó aire, y contestó: la chica de mi historia nace en la Rusia de los zares, en esta parte inicial del libro quiero hablar de la Europa aristócrata que está a punto de desaparecer. Habitual del Salón de París y luego de Salón de Otoño, a través de estos viajes suyos al acontecimiento artístico más importante del mundo, quiero hacer un pequeño repaso de la historia del arte de fines del diecinueve y principios del veinte. La chica en cuestión tendrá que dejar Rusia después de octubre de 1917, vivirá la revolución, la caída de Nicolás II. Luego, en el exilio, vivirá las dos guerras mundiales, en esta última parte del libro quiero hablar un poco del fin de la Europa burguesa. Mi heroína morirá vieja y triste antes de ver caer a Berlín. Ahora el problema está en cómo hago para unir todas las piezas.
Ya, le digo: ¿no son demasiados temas para una primera novela? ¿De dónde ha nacido la historia? Ahora los ojos de Fran se iluminan, una sonrisa plena llena su cara: Verás, me dice, Jesús y yo tenemos un grupo de amigos con el que comemos todas las semanas. Jesús y yo somos “Ma” y “Pa” para ellos. Siempre, en la sobremesa, me piden que les cuente un cuento, y yo, que los veo cada semana y que los conozco tanto, he ido regalándole a cada uno una vida posible de acuerdo con su carácter. María no puede ser más que rusa, la tienes que ver. Ma, cuéntame cuando fui al Salón de París, me dice.
Yo salto de la silla y recobro el vigor: Pero, Fran, ¡si esta es la novela! La novela está en el comedor de tu casa.