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Premio del público Cosecha Eñe 2011

CANÍBALES

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—¿Cuándo supo que era usted un caníbal?
El abogado soltó esta frase con aparente indiferencia, pero unas gotas de sudor frío empapaban su frente. Se maldecía para sus adentros, de todos los abogados del turno de oficio de la ciudad le había tocado precisamente a él defender a un homicida chiflado, que se hacía emparedados con sus víctimas. Lo miraba a hurtadillas, esquivando en lo posible sus ojos, claros e inquietantes, verdes, con manchas amarillas; que le recordaron a un estanque de aguas turbias, empantanadas, podridas. Por lo demás, su rostro anodino y su cuerpo enclenque de piernas y brazos cortos, no hacían sospechar que se tratara de uno de los asesinos más crueles de la historia reciente del país. Se removió incómodo en el sillón, demasiado pequeño para su corpulencia, los brazos de metal clavándose en sus costados. Se arrepentía de su inicial acto de valentía, de haber prescindido del vidrio protector para tener un cara a cara con su defendido. Se acordó de Hannibal Lecter, y cientos de espinas heladas recorrieron su espalda.
El reo parecía estar pensando la respuesta, pero cuando por fin habló, se limitó a pedirle un cigarrillo.
—Aquí no se puede fumar—dijo señalando con un gesto el cartel que había en la pared.
—Nunca me gustaron las prohibiciones estúpidas, ni las personas que las acatan sin protestar—dijo, escupiendo las palabras con odio.
—Si voy a ser su abogado necesito saberlo todo, desde el principio, conteste a mi pregunta, por favor—dijo tratando de imponerse, pero no pudo evitar que al final de la frase le temblara la voz.
Sólo tuvo un silencio incómodo por respuesta, así que continuó:
—Usted ha matado a diez personas y se ha comido parte de ellas, hay pruebas, análisis de ADN que lo demuestran sin lugar a dudas. No es para tirar cohetes, como comprenderá, ¿va a ser sincero conmigo?
—Puede ser, puede que me rebaje a su altura de leguleyo incompetente, me aburro tanto aquí dentro que sería capaz de hablarle a una lechuza, pero antes yo tengo otra pregunta para usted: ¿podrá soportarlo? No me gustaría tener que enjugarle las lágrimas.
El abogado no contestó, fijó su mirada en los ojos del preso, esta vez no trató de esquivar aquellas manchas pajizas que parecían agrandarse cuando se clavaban en sus pupilas. Le miró desafiante, haciendo muda su respuesta.
—Todo empezó con las lombrices—dijo, y empezó a relatar en tercera persona lo que parecía su biografía novelada.

La lombriz avanzaba arrastrando su barriga panzuda por la tierra húmeda del jardín. El niño la miraba con atención, seguía todos sus movimientos tumbado en el suelo, empapada la camisa en el frío barro que le hacía temblar. No le importaba. Quería saber como se sentía una lombriz, como era la existencia de un ser tan inferior, lamentaba no poder seguirla cuando se metía bajo la tierra. Si aquel bicho al menos tuviese patas, como el ciempiés, podría avanzar más deprisa, defenderse mejor de sus depredadores. Él las tenía, pensó el chico con tristeza, y de qué le valían. Miró sus piernas, cortas y torpes, y se compadeció de si mismo.
Los dos, la lombriz y el niño, se arrastraban. De vez en cuando, se detenía un momento para darle cierta ventaja. Se entretenía viéndola avanzar, contrayendo sus anillos una y otra vez, un esfuerzo enorme comparado con los escasos centímetros que lograba recorrer. Una hora después, helado por el contacto con el suelo húmedo y cansado de seguir al animalucho decidió acabar con el sufrimiento del bicho. Lo cogió con los dedos pulgar e índice y, sin pensarlo, metió aquella cosa viscosa y cimbreante dentro de su boca. No encontró resistencia, sus pequeñas muelas de leche masticaron sin problema la blandura de aquel cuerpo, cuya defensa inútil le hacía cosquillas en el paladar. Se deleitó en el gusto a tierra mojada, un tanto amarga, que la lombriz dejaba en su boca. Él conocía el sabor de la tierra, así como el de otras cosas que crecían o vivían en su jardín, allí era el amo, el depredador.

El abogado tosió, interrumpiendo el relato, no le gustaba aquella forma tan literaria de contar la historia, como si de un cuento se tratara, escogiendo bien las palabras. Más que un asesino parecía un novelista de postín. No le daba tiempo a tomar notas, apenas había utilizado la pluma para garabatear algunas palabras. Además, sentía un asco visceral hacia los gusanos de todo tipo, una fobia irresistible.
—No sé que tiene esto que ver con los asesinatos—protestó, y recordó las fotos del sumario: cuerpos desmembrados, sangre, vísceras,… Sintió ganas de vomitar, con esfuerzo tragó saliva y se recompuso. No quería que su cliente notara la repulsión que sentía por él. Ni el miedo. Otra vez el sudor. Se desabrochó un botón más de la chaqueta, el traje le quedaba demasiado pequeño, como todos, no era fácil encontrar uno de su talla.
—No me interrumpas, imbécil—dijo tuteándolo—pierdo la concentración, ¿quieres o no quieres saberlo todo, picapleitos?
El abogado no contestó, hizo un gesto con la mano, animándole a continuar. Al levantar el brazo, notó la humedad en las axilas, se aflojó la corbata.

La vuelta del colegio siempre era peligrosa. El miedo tomaba consistencia, se volvía corpóreo. Se acomodaba sobre sus espaldas y, desde allí, entorpeciendo los pasos del niño con su peso, reinaba sobre su pequeño súbdito. Quisiera correr, alejarse del peligro, llegar hasta la casa, abrazarse a las piernas de su madre y volver a preguntarle dónde estaba papá, cuándo regresaría de ese viaje tan largo. Cuando lo hiciera, él sabría como defenderlo.
Tropezó un par de veces, se manchó el pantalón al cruzar un charco, no podía detenerse, ya estaban cerca, le llegaba su olor. Su olfato se había desarrollado en el jardín. Podía diferenciar los diferentes olores de las plantas, distinguir el aroma de cada una de las flores, de los distintos abonos. Incluso el de los pequeños animales que por allí bullían sobre todo por la noche. Los topos, las lombrices, los caracoles, los escarabajos, los grillos… Esta facultad le servía para huir de los enemigos, aunque no siempre podía lograrlo. El oído le confirmó que eran más de tres, sus voces, los golpes de sus zapatos sobre el suelo al correr,… Le parecían muchos y embravecidos. El corazón quería salirse de su pecho flaco, donde las costillas parecían disputarse el honor de ser la primera en abandonar su cuerpo, tras atravesar aquella piel fina y anémica, que apenas podía retenerlas.
Le dieron alcance. Los dos mayores lo cogieron de los brazos, arrastrándolo detrás del tronco retorcido de un olivo, a salvo de miradas indiscretas. Debían tener más de diez años, dos más que el niño del jardín, que se debatía con furia, luchando por desprenderse de ellos, en busca de una huida imposible. Por fin cejó, se quedó quieto, cansado, mirándolos con aprensión. Lo rodeaban, reconoció a uno que iba a su misma clase. No entendía por qué la habían tomado con él. Quizás porque no tenía un padre que lo defendiera, si volviera de aquel estúpido viaje… Se reían de él. En sus ojos descubrió un brillo maligno que le avisaba del peligro, intuía que hoy le habían preparado algo especial, que no se contentarían con darle una paliza.

—¿Qué le hicieron? —no pudo evitar preguntar el abogado.
—Qué impaciente, no tenga prisa, señor abogado—dijo, recuperando el tratamiento de usted, pero de forma irrespetuosa, con marcada ironía— Todo a su tiempo. Espero no aburrirle con esta historia, lo mismo usted prefiere que me centre en los hechos más actuales y le describa con pelos y señales como le corté los deditos a la pobre Noelia. Tenía unas manos preciosas, lo que más me gustaba de ella. Siempre tan triste, tan necesitada de cariño. Es lo que tiene enamorarse, que luego lo abandonan a uno y te agarras a un clavo ardiendo. No me costó mucho entrar en su vida. Yo le di lo que necesitaba: cariño, comprensión, y ella me recompensó regalándome sus deditos. Un trato justo, ¿no cree?
—Por favor, siga por donde iba. Todo lo que puede utilizar en su favor me será de provecho —dijo el abogado para intentar alejar las imágenes del sumario de su cabeza, pero el mal ya estaba hecho. Recordó las fotos del último hallazgo de la policía, un congelador escondido bajo el suelo del sótano repleto de restos humanos. Entre ellos unos dedos seccionados por la base, con las uñas pintadas de rojo.
—Se mearon encima de aquel pobre niño comelombrices, ¿está satisfecha ya su curiosidad? Sigamos pues…

Regresó a casa empapado en los orines de aquellos chicos. Se fue directamente al jardín, antes de que su madre pudiera verlo, se arrastró entre las plantas hasta descubrir a una pobre lombriz, no se detuvo a contemplarla, la agarró y se la comió. Al notar la vida sucumbiendo a sus mordiscos se calmó. Si pudiera hacer algo así con aquellos niños que le acosaban cada día. Si pudiera agarrarlos del pelo y morderles la garganta, beber su sangre hasta dejarlos secos… Le faltaba la fuerza y la inteligencia necesaria, sólo tenía ocho años. Las agresiones, los insultos, las vejaciones se repetían a diario. A veces pensó en contárselo a su madre, sin embargo, no le parecía lo suficiente fuerte para enfrentarse a aquellos demonios, le harían daño a ella, y eso nunca lo permitiría. Debía esperar a que volviera papá de su viaje de negocios. Si su madre le hubiera dicho la verdad, que su padre estaba muerto, que nunca más podría protegerlo…
Lo supo todo el día que aquel hombre entró por primera vez en la casa. Hasta ahora se había limitado a esperar a su madre en la puerta y acompañarla en sus paseos. Ella siempre le decía que era un amigo de papá y que tenía que atenderlo. Cuando lo vio sentado a la mesa, en el lugar que solía ocupar su padre, lo comprendió todo. Ya había cumplido los nueve años y hacia tiempo que sospechaba que un viaje de trabajo no podía durar más de un año.
Al principio sintió un fuerte rechazo, un miedo inmenso a perder a su madre, a que se marchara con aquel hombre y le dejara solo para siempre, más indefenso aún. En cuanto anocheció salió al jardín, necesitaba calmarse. Hacía tiempo que las lombrices no conseguían sosegar su angustia, así que ponía trampas para cazar ratones o pequeños pájaros, que solían abundar por allí. Lo hacía en la parte trasera del jardín, la más abandonada, a la que su progenitora apenas prestaba atención. Corrió con ansia, con un poco de suerte algún animal aún estaría vivo…
—No hace falta que sea tan explícito—interrumpió el abogado.
—¡Qué sabes tú! Aquí las normas las pongo yo, si quiero contarte como me comía esos bichos, como acercaba su corazón a mi oreja para oírlo latir antes de darles el primer mordisco, lo haré, ¿entiendes? Ya te avisé, abogaducho, no te quejes ahora.
—Sí, las normas las pone usted, lo ha dejado muy claro desde que iniciamos esta conversación, pero las leyes las entiendo yo, y soy su única ayuda. No será fácil, pero lucharé para que su condena sea la menor posible, alegaré locura, traumas infantiles, lo que sea, es mi trabajo.
—No hace falta que disimules conmigo, sé que te doy asco, pero en el fondo no somos tan diferentes, ¿no crees? He visto tu mirada, la empatía con la que escuchabas mi relato cuando te hablaba de los maltratos que me inflingían esos niños, tú eras de los míos. Se te nota, a ti también te humillaron, te persiguieron, te pegaron. Eras el gordito de la clase, ¿verdad? El lechoncito al que todos insultaban. Sólo hay que verte ahora, un auténtico cerdo sudoroso, con más de cuarenta años, y que no ha conseguido entrar en ningún bufete, relegado al turno de oficio. Eres igual que yo, lo único que nos diferencia es tu cobardía. Yo me rebelé, tú has preferido mantenerte dentro de este sistema que te sigue oprimiendo.
—No soy como usted. No mato gente, no me como chicas inocentes que nada tienen que ver con esos hijos de puta que se le meaban encima cuando tenía ocho años.
—No tengo nada personal contra ellas, son víctimas de esta sociedad enferma, sólo quería salvarlas de su triste vida y, ¿hay alguna cura para el sufrimiento mejor que la muerte? No me negará que es una solución definitiva. Además, yo les tomaba cariño, por eso me gustaba conservar un recuerdo de ellas, un fetiche; algo tan personal e intransferible como un trocito de su cuerpo.
El abogado lo miraba horrorizado, aquel psicópata se permitía criticar a la sociedad, hablaba de salvar a sus víctimas, a las que había sometido a muertes horribles. Recordaba bien los nombres y las caras, y los cuerpos destrozados de las jóvenes. Había leído el informe del caso decenas de veces. Cárol Rodríguez, colombiana, había llegado a España tres meses antes de su muerte, trabajaba de camarera en un bar de copas, sin papeles. Apareció muerta en un descampado, abierta en canal, faltaban la mayoría de sus órganos vitales. Silvia Echevarría, de Bilbao, llevaba dos años viviendo en Madrid, azafata de congresos y estudiante de teatro. La encontraron en su casa varios días después de su muerte, los vecinos llamaron a la policía alarmados por el olor. Le habían seccionado el cuello y tenía los muslos descarnados. En los dos casos, según el dictamen del forense, la muerte se había producido después de las mutilaciones. Horrible. Podría seguir recordando a todas aquellas jóvenes, pero algo se iba fragmentando dentro de él. Notaba el cosquilleo en sus manos que parecían tener vida propia, deseosas de apretar el cuello de aquel asesino, de arrebatar a sus pulmones la última molécula de aire. Sus ojos deseaban ver el cambio de color que se produciría en aquel rostro, el tono morado que iría adquiriendo, mientras su lengua se hinchaba, y la agitación inútil de su cuerpo, hasta que una última presión lo aquietara para siempre. No, no era un asesino, no era como él. Apretó la pluma con fuerza, notó entonces que también le sudaban las palmas de las manos.
—Se está usted alterando mucho, señor abogado. Será mejor que continúe con mi relato, ya falta poco para terminar.

El niño no se equivocaba. Aquel hombre lo apartó de su madre, de una manera sutil al principio, pero clara y contundente conforme pasaron los primeros años. Poco después, cuando ya los tenía divididos, casi enfrentados, empezaron los maltratos, los golpes, la ira que su padrastro descargaba con idéntica furia sobre él y su madre. La angustia del joven ya no podía calmarse con pequeñas víctimas de jardín. Por las noches exploraba la ciudad en busca de caza mayor, todavía seguían siendo animales, perros y gatos, sobre todo. A pesar de tener cumplidos los quince años, seguía mostrándose débil e indefenso ante los humanos. Nunca se planteó rebelarse contra su padrastro, era demasiado alto, demasiado fuerte para su cuerpo enclenque, que no acababa de desarrollar. Al mismo tiempo, estaba harto de ver sufrir a su madre, de oír sus lamentaciones, del maquillaje que no lograba cubrir sus moratones, de lamer sus heridas cuando se iba el monstruo. Así que decidió salvarla, ella sería su primera víctima humana. Lo haría por su propio bien, para evitar que siguiera sufriendo.

—¡Mataste a tu propia madre! —gritó el abogado, olvidando el tratamiento de usted.
—Y bebí su sangre, para que viviera dentro de mí, como una vez yo viví dentro de ella.
El abogado recordó la parte del sumario referente a su defendido. Efectivamente, su madre había muerto de una puñalada en el pecho, el principal sospechoso fue su marido, no tenía coartada y le condenaron por homicidio. Un caso más de violencia doméstica, no llamó demasiado la atención. El hijo, cuya declaración fue decisiva para la sentencia, ingresó en un centro de menores, poco se sabía de él después de salir de allí. No tenía antecedentes, hasta que se le detuvo acusado de los asesinatos.
—Creo que voy a renunciar a seguir con el caso.
—No lo hará, usted sabe que soy inocente, ha oído mi historia. Soy un pobre niño maltratado, la infancia marca el resto de tu vida, lo dicen todos los psicólogos, no puedo responder de mis actos. Estoy loco, ¿quién sino un demente mataría a propia madre?
El abogado lo miró furioso, las palabras del reo destilaban ironía, se reía de él descaradamente. No tenía derecho a matar a la gente, a comérsela, y pretender salir indemne. Sí, acertó en que su infancia también había sido desgraciada, repleta de humillaciones, incluso su padre le pegaba por ser un inútil, por no saber defenderse de los otros niños, que se reían de su gordura. Pero él no se convirtió en un asesino, estudió derecho para hacer cumplir la ley, se esforzó mucho. Aún así su expediente nunca fue brillante y su físico,… Su físico le cerró las puertas de muchos despachos, es verdad, pero él siguió luchando por abrirse camino, no se dedicó a descuartizar a jóvenes llenas de vida, aunque fuera un suplicio encontrar un traje decente que le viniera bien.
—Sé lo que estás pensando—regresó el preso al tuteo—crees que eres mejor que yo, una persona integrada en la sociedad, respetada, estable, racional y equilibrada. No estés tan seguro, hace un momento sé que has deseado matarme, estrangularme con tus propias manos. No te preocupes, no puedo leer en la mente, pero sí en las miradas, y en tus puños apretados, fue cuando te hablé de las víctimas, ¿verdad?
El abogado no contestó, no podía dejar de mirar aquellos ojos inquisitivos que se clavaban en su alma, descubriendo su lado más cenagoso, donde escondía el odio acumulado durante tantos años. Su defendido le atacaba, le provocaba, como los niños del colegio. Y, ¿cómo se defendía él? Callando, otorgándole la razón.
De pronto, una idea fue tomando fuerza en su cabeza, qué podía perder, ¿seis o siete años de su vida? Quizás menos. Ya veía los titulares de los periódicos: Abogado enloquece y mata a su defendido. Alegaría locura transitoria, la condena sería mínima, ¿quién sentiría pena de un asesino caníbal? Acarició la pluma que hasta ahora había sido un objeto inútil, apenas había tomado notas de la entrevista, pasó los dedos por su punta afilada. Se trataba tan sólo de apuntar bien, clavarla en la yugular. La agarró con disimulo, mientras contestaba al asesino.
—¡Quién sabe! Quizás tengas razón, quizás no seamos tan diferentes.

Autor: HANNIBAL   Votos: 46  

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