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Coizeau Rodríguez, Daniel (Dajaner)

¡Estoy muerto!



¡Estoy muerto!    <<¡Estoy muerto!>>, dijo para sí mirando horrorizado el lujoso ataúd que había frente a él y del cual, segundos antes, había salido empujado al exterior por una fuerza invisible y misteriosa después de despertar dentro del mismo de un oscuro y pesado sueño.    Trató de verse y palparse con sus invisibles manos, pero él no existía.    <<¡No, no estoy muerto!>>, incrédulo y aún esperanzado se dijo a sí mismo. <<Estoy todavía dormido y esto debe ser  una horrible pesadilla.>>     Se acercó temeroso al féretro y miró en su interior a través de su tapa de cristal: allí  reposaba su  cadáver amortajado. El maquillaje al que había sido sometida su  cara consumida y arrugada no disimulaba ni su rigidez ni su palidez, ni tampoco el postrer rictus de dolor de sus blanquecinos labios. Retrocedió asustado.    <<¡No, no estoy soñando!>>, pensó resignado. <<¡Soy un espíritu! ¡Estoy muerto! ¡Muerto! ¡Pero cómo pudo suceder eso!>>    Al abandonar el hospital después de recuperarse con éxito de aquel doloroso y peligroso infarto sufrido semanas atrás, él, temeroso de la muerte,  había mandado de inmediato ha habilitar un cuarto de su lujosa mansión con los más modernos equipos médicos para prevenir y controlar un nuevo infarto. Había contado en su convalecencia con los chequeos médicos semanales de su cardiólogo, las medicinas  más efectivas para su tratamiento  y con los constantes y solícitos cuidados de su joven y bella esposa —enfermera de profesión. Pero todo había  sido inútil. Mientras él dormía, la muerte se había introducido sigilosa dentro de su cuerpo llevándose su  vida. Y ahora él era un espíritu inmaterial, sin  espacio, que flotaba fundido dentro del  aire que había en aquel  salón funerario el cual estaba lleno de personas, entre ellas sus seres más queridos, muchas de las cuales, sentadas y de pie, cuchicheaban. Se percató de que su percepción visual del mundo que lo rodeaba era en blanco y negro, como en una vieja película silente de Hollywood. Vio junto a las paredes  muchas coronas decoradas con bellas y variadas flores y aspiró el aire para disfrutar de su perfume, pero no sintió nada.    <<Parece que los espíritus de los muertos no solo tienen atrofiada la visión sino que tampoco gozan de los sentidos  del olfato y del tacto>>, pensó. <<Pero tenemos la ventaja de que podemos ver y escuchar a los vivos sin que ellos nos vean.>>    Su transparente y etérea figura comenzó a recorrer el local. Cerca de su féretro    

vio de pie a sus dos hijos, silenciosos y entristecidos, al lado de su  abuela que,  sentada en una mecedora, apretaba entre sus huesudas y arrugadas manos una de las manos  de su hija. Flotando se detuvo frente a ellos. Sus dos hijos vivían con ella desde que él se había casado de nuevo con una mujer mucho más joven. Ellos no le reprocharon esto, pero alegaron que  no vivirían en la misma casa donde otra mujer ocuparía el lugar de su querida madre fallecida hacía poco más de un año.    <<¡Madre, hijos míos!>>, les gritó jubiloso esperanzado en que lo escucharían.       —¡Mi pobre hijo! —balbució su madre entristecida levantando la vista.    Por un momento creyó ilusionado que ella lo había escuchado y lo veía, pero su  mirada ausente y vacía  parecía que lo traspasaba y se perdía detrás de él.    Desilusionado, se volvió y vio, apartada, afligida, sentada junto a un hombre al lado de la puerta de entrada al salón, a su esposa. Vestía todo de negro y  un fino velo cubría su cara. Las relaciones de sus hijos con ella eran muy tirantes. Nunca les había agradado. Su mujer hablaba en voz muy baja con el abogado que él había contratado hacía más de un año para que atendiera sus asuntos. Curioso por conocer que cuchicheaban, hacia ellos se dirigió trasladándose como una leve brisa intangible. Se detuvo frente a ellos, muy cerca,  y comenzó a escuchar la conversación.    —…Entonces telefoneé al médico —decía ella—, y luego a casa de su madre, y les dije que había muerto. Cuando  sus  hijos llegaron,  desconecté delante de ellos los equipos médicos de reanimación que le había puesto.    —¿Y el médico —preguntó el abogado—  qué hizo cuando llegó?    —Lo examinó, dictaminó su muerte y me hizo muchas preguntas sobre la medicina que le había dado, la dosis de la misma y la hora en que la había tomado. Luego el  cadáver fue llevado a la morgue para hacerle la autopsia.    —¿Qué dice el certificado de defunción?    —Que falleció de repente debido a un ataque cardíaco agudo.    —¿Decidieron cremar el cuerpo? —preguntó él  con preocupación.    —No, lo van a inhumar.    —Eso es peligroso —dijo él abogado pasándose pensativo una mano por la barbilla—. Sus hijos pudieran sospechar cuando se de a conocer el testamento, impugnarlo, mandar a exhumar el cadáver y solicitar una autopsia detallada del mismo. Las pruebas podrían determinar que lo envenenaste provocándole el infarto.    —¡Que lo envenenamos! —exclamó ella molesta e impulsiva tratando a duras penas de controlar el tono de su voz—. ¡Recuerda que fue idea tuya!    El abogado, mirando temeroso a todos lados, se puso de pie y le susurró al oído:   —No es prudente seguir hablando aquí. Te espero en el auto para llevarte al cementerio y de ahí a tu casa.    Su abogado se marchó. Él, aún atónito, no podía creer lo que había escuchado. Sin salir todavía de su asombro miró a su mujer y se dijo a sí mismo iracundo:    <<¡Entonces… esta mujer, en complicidad con mi abogado, me envenenó como a una rata! ¿Por qué? Él dijo que mis hijos podrían impugnar el testamento cuando se diese a conocer. ¿Es que mi abogado alteró mi testamento? ¿Pero, cómo? Yo lo leí y se correspondía con mi voluntad, luego lo firmé y más tarde lo guarde en la caja fuerte. ¡Yo debo averiguar todo lo sucedido y trataré de vengarme de estos dos tunantes! ¡No! ¡No se saldrán con la suya! ¡No les perderé ni pies ni pisadas y juro que haré lo  imposible por llevármelos conmigo al infierno!>>   Escuchó un leve revuelo y un murmullo apagado de voces. Vio a varios empleados funerarios que, silenciosos, comenzaban a trasladar con parsimonia su ataúd y las coronas de flores hacia el fondo del local donde había  un elevador cuyas puertas estaban abiertas. Flotando en el centro de la puerta de entrada —hasta donde se había trasladado con rapidez— veía pasar  y salir del local a los asistentes muchos de los cuales atravesaban su invisible figura. Se apartó a un lado al ver venir a su  madre y sus dos hijos que cruzaron junto a él. Cuando su esposa —que  fue la última en salir del salón seguida muy de cerca por él— montó en el parqueo en la parte delantera del automóvil de su abogado que la esperaba, él se deslizó dentro del mismo y se agazapó en el asiento trasero. El auto salió del parqueo y buscó su lugar detrás del negro y lujoso carro fúnebre que ya se dirigía a la autopista que había frente a la funeraria y que conducía al cementerio. El sol se había ocultado dando paso al crepúsculo vespertino y caía una tenue llovizna. Su esposa, inquieta, se revolvió en su asiento y preguntó al abogado:    —¿Trajiste el testamento? Me preocupa que sus hijos lo impugnen  y se detecte que la firma es falsa.   —Sí, está aquí —respondió él señalando a una carpeta que estaba a su lado—. Pero si  eso sucediera los grafólogos determinarían que la firma es real. Yo elaboré tres testamentos: uno auténtico que él debía leer y firmar, otro autentico con sus firmas ya falsificadas, y un tercero falsificado sin firmar que no se correspondía con su voluntad y en el cual tú eres su máxima heredera. Después que él leyó él   testamento autentico sin firmar, yo se lo pedí con el pretexto de aclararle algo y  me fue  fácil, pues  yo llevaba todo preparado, darle el testamento falsificado sin firmar que apenas miró y firmó. Lo metí en un sobre, lo sellé y me dijo que lo pusiera sobre la mesita, que luego él lo guardaría en la caja fuerte. Me fue más fácil entonces dejar sobre la mesita el sobre que ya yo llevaba preparado y que contenía el testamento verdadero con la firma falsa.    —Muy ingenioso —objeto ella irónica—, pero, ¿por qué no dejaste sobre la mesita el testamento falsificado con su firma verdadera para que él lo guardara?    —Hubiera sido un error. El que hace testamento, después, por algún motivo, puede releerlo, y si esto sucedía todo se hubiese descubierto.    —Sí, tienes razón. Pero el que falsificó la firma con seguridad leyó el testamento,  conoce al testador y  puede chantajearnos con dar a conocer esa información.    —Tomé medidas. Contraté un perito de otra ciudad que no me conoce. Sé que este tipo de gente es muy discreta  pero saben que detrás de una firma falsificada siempre se esconde algo gordo. Por eso le entregue recortes de documentos que solo tenían la firma de tu esposo, varias hojas en blanco y le indique el lugar donde debía poner en ellas las firmas falsificadas. Luego en esas hojas yo copié el testamento verdadero.    —¡Mi vida, eres muy astuto! ¡No se te escapa ni un detalle!    —Recuerda que soy abogado —dijo él con tono fanfarrón— y conozco muy bien mi profesión. Cuando se hace una cosa como esta no se pueden cometer errores.    Él había escuchado con atención y asombro todo lo que habían hablado. Se sintió humillado,  engañado. Ahora conocía el móvil de su asesinato.    <<¡Qué estúpido fui, qué ingenuo!>>, se dijo a sí mismo con ira. <<¡Este tunante me engañó y esta mujer heredará lo que legítimamente le pertenece a mis hijos!>>    —Ya estamos llegando al cementerio —dijo su esposa en tono aburrido.    El carro fúnebre, seguido por la fila de lujosos automóviles, entró en la necrópolis. Allí, cerca de su tumba, flotando sobre una bóveda cercana a la que se había trasladado con rapidez, observó consternado como lo enterraban. Un clérigo ofició una breve ceremonia religiosa rodeado de los presentes —muchos de los cuales se protegían con paraguas de la lluvia que arreciaba—, y luego los sepultureros continuaron su labor que dieron por concluida cuando pusieron sobre su sepulcro  las coronas de flores. Con tristeza vio las lágrimas y los sollozos de su madre y de sus hijos, y con ira  el fingido llanto de su esposa. Observó con pesar entre la pequeña multitud que se alejaba a sus seres queridos y tuvo el presentimiento de que nunca más los volvería a ver. Cuando su esposa, que fue la última en marcharse, montó de nuevo en el auto, ya él estaba en el asiento trasero. El abogado aceleró el automóvil y salió a la autopista.   —Vamos a tu casa para hacer con rapidez el cambio de testamento —le dijo el hombre a su esposa. —Miró hacia el cielo lluvioso  y agregó—: Viene una tormenta, debemos apurarnos.     El auto transitó por la vía varios kilómetros y tomó una carretera que ascendía serpenteando por las laderas izquierdas de una cadena montañosa. De repente, se desató una lluvia torrencial acompañada de fuertes vientos, furiosos relámpagos y restallantes truenos. El auto, batido por la tormenta, subía las laderas y él veía, abajo, a  su izquierda, el profundo precipicio que se agrandaba. Mirando al cielo imploró:     <<¡Castígalos, Dios mío! ¡Haz que este auto se despeñe por este barranco!>>    El abogado miraba la  carretera que con dificultad se veía a través del empañado parabrisas. En aquella parte la vía  surcaba recta una corta planicie poblada de árboles en su parte derecha, y al llegar a una estrecha cima en aquella parte de la  cadena montañosa ascendía una empinada colina tras la cual se perdía haciendo una abrupta curva. El abogado, con un giro brusco, sacó el auto unos metros de la carretera y lo detuvo debajo de un alto y frondoso roble de ancho tronco.     —Esperaremos aquí a que amaine la tormenta —le dijo a la mujer—. Es muy peligroso manejar  por esta carretera  con esta borrasca y ya está anocheciendo.    —¡Qué aburrido! —exclamó ella—. Bueno, sigamos hablando del testamento.    —Aquí está —dijo él extrayendo un sobre de la carpeta que estaba a su lado.        —¡Déjame leerlo! —dijo ella con júbilo alargando las manos para cogerlo.    —¡No! ¡No lo toques! —exclamó él apartando de un manotazo sus manos mientras  guardaba de nuevo el sobre en la carpeta—. Tus huellas en este sobre pueden despertar sospechas. Elaboré tu cláusula como querías y sus hijos heredarán muy poco. Espero que me pagues lo acordado después que de  a conocer el testamento.    —¡Claro, mi vida!—exclamó ella con alegría mientras lo abrazaba y lo besaba.   Ambos comenzaron con fogosidad a acariciarse. Ella gimió y  bajó deseosa su cabeza que se ocultó delante del asiento delantero y después comenzó a aparecer y desaparecer con sus  acelerados movimientos hacia arriba y hacia abajo. Más aburrido que ofendido por la escena, salió asqueado del auto, flotó unos metros delante del mismo en el centro de la carretera y miró hacia el cielo implorando:    <<¡Dios, yo  soy el  espíritu de un muerto y no puedo hacer justicia pero tú sí!>>    Por la curva en la colina cercana vio aparecer un gigantesco camión de carga a gran velocidad. De repente, un gran relámpago —seguido de un estrepitoso trueno—  impactó en un alto poste de tendido eléctrico de alta tensión que había en la orilla de la vía y lo derribó incendiado sobre la misma alumbrándola con sus restallantes chispas eléctricas que brotaban de los cables enredados en el mismo. El conductor, cegado por la descarga, frenó el camión, este patinó, embistió el poste caído delante del mismo, se volcó de lado y comenzó con gran estrépito a deslizarse sobre la vía. Él lo veía venir  arrastrándose y ladeándose hacia la izquierda.    <<¡Bah! No debo preocuparme porque ya yo estoy muerto>>, se dijo para sí.    El vehículo traspasó su etérea figura y él lo siguió con la vista. Lo vio arremeter con su parte trasera la parte delantera del automóvil parqueado debajo del árbol —estrellándolo con violencia contra el mismo—, continuar su deslizamiento sobre la vía y precipitarse por el barranco. Escuchó un apagado estruendo y una bola de fuego y denso humo se elevaron al cielo. Se volvió y miró incrédulo el destruido automóvil.    <<¡Dios ha escuchado mi ruego!>>, gritó jubiloso.  <<¡Ha hecho justicia!>>        Se acercó al destrozado vehículo y miró en su interior. El cuerpo de su mujer estaba despedazado y ensangrentado en el piso en la parte  delantera del auto a los pies de su amante. Su espectral espíritu se puso de pie y salió del automóvil. Era transparente y blanquecino y desdibujaba la forma humana de su cuerpo.    <<Así debe verme ella>>, pensó él.    Su mujer, al verlo, retrocedió asustada y le preguntó sorprendida:    <<¿Qué haces aquí? ¡Vete, tú estás muerto! ¡Te acabamos de enterrar!>>    <<Sí, cariño, yo estoy muerto >>, dijo él sonriendo malévolamente, <<pero ahora tú también estás muerta. Ahora eres un espíritu como yo.>>    <<¡No, yo no estoy muerta!>>, gritó ella asustada tratando de ver su cuerpo.    <<¡No lo crees! Mira dentro del automóvil.>>    Ella se volvió y gritó horrorizada al ver su cuerpo destrozado dentro del auto.    <<Y tu amante muy pronto también estará muerto y nos hará compañía.>>    El abogado, aprisionado en el asiento delantero, con la cabeza ladeada, la cara ensangrentada y las piernas destrozadas, boqueaba. Su jadeo agónico le producía por la boca un pequeño e intermitente burbujeo de sangre que en pequeños hilillos caía sobre su cuello salpicando su blanca camisa. Un  resoplido agónico final le produjo una pequeña burbuja sanguinolenta que se agrandó con lentitud como un globo hasta reventar tenuemente. Su espíritu abandonó su cuerpo y salió del auto atontado.     <<¿Qué ha pasado?>>, preguntó a la mujer, y al verlo a él, exclamó  retrocediendo unos pasos: <<Y este, ¿qué hace aquí? ¡Este está muerto!>>    <<¡Ay, nosotros también estamos muertos!>>, balbució ella.  <<¡Muertos!>>    <<Sí, yo estoy muerto y ahora ustedes también están muertos>>, dijo él jubiloso.

<<¡Y no se pueden imaginar cuanto rogué a Dios para que esto sucediera!>>    <<¡Entonces tú, tú eres el culpable de que estemos muertos!>>, le dijo enfurecido el espíritu de su abogado que ya se había percatado de la cruda realidad.    <<No, Dios guió la mano de la naturaleza e hizo justicia. ¡Tú, falsificaste mi testamento, y ella, me envenenó, pero ahora ustedes también están muertos!>>    <<¡Sí, yo te envenené, viejo estúpido!>>, le dijo ella rencorosa sin dejar de sollozar.  <<Y  te fui infiel con tu abogado en la cama de nuestro propio cuarto matrimonial mientras tú, en el cuarto de al lado, roncabas como un cerdo  por las noches  aletargado con los tranquilizantes que yo te daba. ¡Y cómo luego nos reíamos y disfrutábamos burlándonos de ti! ¡Viejo cornudo!>>    <<Ya eso no importa, adúltera>>, le respondió riéndose. <<Yo estoy muerto y tú y él, muertos! ¡Todos estamos muertos, cariño! ¡Y ustedes no se salieron con la suya!>>    <<Te equivocas, viejo imbécil>>, le gritó el espíritu del abogado. <<Cuando se conozca el testamento falsificado con tu firma real, su hija heredará su fortuna.>>   <<Eso no sucederá>>, dijo él riéndose y, señalando al fangoso suelo, agregó: <<Mira, ahí va navegando tu testamento falsificado con la  fortuna de su hija.>>    Él y ella observaron, impotentes, como el sobre que contenía el testamento — salido de la carpeta tirada en el fango al lado del auto— era arrastrado por el agua hacia  una zanja artificial formada al lado de la carretera, caía en la misma, remolineaba, y comenzaba a ser arrastrado por la turbia corriente que se despeñaba luego por la ladera.    <<Ahora solo nos queda esperar a que vengan a buscarnos para llevarnos a los tres al infierno>>, les dijo él burlón sin dejar de sonreír mientras se alejaba de ellos, <<pues las almas de los muertos no permanecen mucho tiempo en el mundo de los vivos.>>   Se detuvo en el centro de la oscura carretera y, mientras ellos, de forma hiriente, continuaban mofándose de él, comenzó, silencioso, a  hilvanar una tétrica y burlona tonadilla. Minutos después, ya completa esta, se volvió y les dijo:    <<Escuchen esta cancioncilla, difuntos>>, y comenzó, socarrón, a cantárselas:      <<Yo estoy muerto, tú y él, muertos,

muertos todos, todos muertos.

¡Muertos, vamos, nos marchamos

todos muertos sin demora!

¡Que es la hora de los muertos

irse al reino del infierno!

¡Muertos todos! ¡Todos muertos!

¡Ja! ¡ja! ¡ja! Espero que les haya gustado la coplilla, fallecidos>>, les dijo complacido y feliz.    De repente, la tormenta cesó; una aureola luminosa bajada del cielo disipó la tenue oscuridad y lo envolvió por completo. A su lado vio, aleteando con suavidad con sus grandes alas doradas, a un bello ángel celestial que, tomándolo con  delicadeza  por la cintura y cobijándolo debajo de una de sus alas, le dijo con voz  suave y melodiosa:    <<Vamos, ya es la hora.>>    Comenzaron a ascender con lentitud hacia lo alto del negro firmamento en el cual,  de pronto, él vio aparecer dos puntos oscuros muy brillantes que venían en aquella dirección a gran velocidad y se agrandaban a medida que se acercaban. Dos negras y brillantes figuras se detuvieron aleteando a su alrededor. Eran dos ángeles demonios con cabezas humanas, agudos cuernos en la frente y negros y peludos cuerpos de aves que terminaban en patas de buitres con grandes y afiladas garras. Los miraron con ferocidad con sus ojillos rojos que despedían pequeñas llamaradas de fuego y, mientras reían en forma diabólica, partieron veloces  hacia abajo aleteando ruidosamente. Él los siguió con la vista y los vio llegar hasta  el destrozado automóvil donde estaban los espíritus de su mujer y del abogado que reñían. Uno de los demonios, revoloteando sobre la cabeza del espíritu del abogado, lo apresó con sus garras por los hombros mientras  el otro  atrapaba por la cintura, aleteando a sus espaldas, el espíritu de su mujer que huía aterrorizada. Luego, batiendo sus alas con estrépito comenzaron a elevarse con sus presas mientras reían diabólicamente. Al pasar junto a ellos, su mujer, que chillaba y pataleaba  entre las garras que la aprisionaban, sollozando le gritó burlona y vengativa:    <<¡Eh, tú, anciano mentecato! ¡Contaremos a todos los demonios en el infierno cómo te engañamos y nos burlamos de ti, viejo impotente!>>   <<¡Eso ya no importa, ramera fracasada!>>, respondió él. <<Yo estoy muerto y tú y él, muertos, y las historias de los vivos nada importan en el  mundo de los muertos.>>    Se volvió preocupado y preguntó a su  ángel  celestial:    <<¿Y  yo también voy al mismo lugar a donde llevan a esos dos?>>    <<No, te llevo a un lugar diferente, a donde van los espíritus de los muertos que han alcanzado paz y sosiego.>>    <<¿Cómo será ese lugar?>>, se preguntó. <<Bueno, ya lo sabré cuando lleguemos, pues allí también van los espíritus de los muertos y yo, yo, estoy muerto.>>

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