Despertate. El frío no habla pero sugiere: despertate, averigüá por qué tenés el cuerpo entumecido como el de un cadáver, congelado, rígido y estremecido. Abrí los ojos, poco a poco, acostúmbrate a la luz que te penetra las pupilas como un manojo de agujas. Duele, el resplandor y la cabeza duelen, no te muevas bruscamente porque el sonajero que tenés adentro rebota entre parietales, y duele, duele mucho. Debe ser por anoche. Despacio, levantate despacio. Andá al baño y tomá un poco de agua para sacarte esa sed de desierto que te enyesa la garganta.
Mi cara no se ve mejor de lo que me siento. No me acuerdo qué hice anoche, pero me da la sensación de que sólo fue hace un rato. Sin quitar la vista del espejo, busco la canilla al tacto. Escucho correr el agua, fluye como un río. No fluye como un río, es un río. En la orilla está Carolina con la caña a cuestas. Así no, Caro, te lo dije mil veces, si querés pescar algo te tenés que meter más adentro. Embarrate un poquito, mojate, vas a ver que no te va a pasar nada. No me escucha, nunca me escucha. Quiero acercarme y enseñarle, pero la pava empieza a silbar. Ese silbido lo conozco, me es lejano pero lo registro. Claro, es mi vieja, hola mamá, ¿me estás preparando la merienda? Me sonríe la vieja, qué sonrisa más cómplice, qué olor a tostadas con manteca derretida y azúcar arriba. Esperá que me como una, ma, y después hablamos. O mejor no, ahora no puedo, no ves que papá me espera en el arco. –Dale –me dice–, pateá lo más fuerte que puedas–. ¿Ah, sí?, mirá cómo te la clavo en el ángulo. Tomo carrera, me concentro y arranco con toda la furia, pero la agarro muy abajo. –Ahora sí que te mandaste una flor de cagada –me dice mi hermano. No seas maricón, Darío. Gertrudis se asoma por la ventana rota y me putea, pero yo no soy ningún maleducado, vieja de mierda, a lo sumo mal aprendido. La pelota seguro que no me la devuelve y se la guarda para el nieto, que la visita todos los fines de semana. Que se la meta en el culo. –Mejor vamos –me dice Darío. ¿Adónde? –Vámonos por ahí, de viaje, a conocer el país, a laburar de lo que sea –. No, boludo, yo quiero estudiar, no perder tiempo al pedo. –¿Y si te toca la colimba? –. La hago, maricón. –¡Repítalo de nuevo, soldado! –. Soy un maricón. –¡¿Y su novia?! –. Una puta. –¡Tírese al piso y haga 50 flexiones de brazo! –. Sí, señor. –Quería estudiar el nene de mamá, pero le tocó la colimba, ¡qué cagada!, justo me lo mandaron acá, que a los olfachones nos los empomamos sin vaselina.
Claro que quiero estudiar, ¿para qué nos juntamos entonces? Este salteño siempre de joda. Largá la guitarra, dale, si arrancamos con la cerveza ahora ya sabés cómo termina la noche, che. ¿Cómo te llamás? –Carolina –. ¿Y venís siempre a este boliche? –. Viste que te dije, boludo, y vos querías quedarte a estudiar –. Carolina se llama, está buena. Esta es mi mamá, Rosario, ella es Carolina. ¿Te gusta, ma? –Me encanta esta chica para vos, cuidala, eh–. Sí, mamá, no empecés. –¡Terminamos, boludo, terminamos! –. La verdad es que no puedo creerlo, tantos años estudiando, y con vos, flor de pajero, pensé que no me iba a recibir nunca. Teneme la birra, que ahí está Carolina. Caro, Caro, acá, decime licenciado, decime algo lindo. Te amo, Caro, te amo, no sabés cuánto te extraño.
¿Cuánto? ¿Cinco mil pesos por un vestido de mierda? No, querida, yo me alquilo un traje y vos te gastás media fiesta en un vestido que vas a usar cinco horas en tu vida. Se pone a llorar, y a mí me parte el alma verle los ojos rojos y las lágrimas cayendo por la mejilla. No llorés, Caro, no llorés. Si querés el vestido, compralo, pero cambiá la cara. No, en serio que quiero que uses ese vestido, pero el menú lo elijo yo entonces, y me sonríe de nuevo. Sí, parece que te estoy jodiendo, pero no, la comida la elijo yo. –Está buena la comida –me dice mi vieja. Y sí, vieja, la elegí yo, Carolina también está buena. –Carolina está hermosa, nene. Cuidala, por favor –. Sí, mamá, siempre lo mismo, cambiá el casete. Decile al disc jockey, que ponga el de Los Cadillacs, yo me voy con mi novia, caminando por la calle, mirala, no la escucho, no escucho un carajo. Ella tampoco me escucha, nunca me escucha, ni que estuviera en un pozo ciego. ¿Siempre venís a este boliche? Me sonríe, qué sonrisa más cómplice, cuánta gente que hay acá, uno no puede ni moverse. Permiso, permiso. Qué baranda a humo, cómo me hincha las pelotas que fumen, sobre todo en los velorios. Pareciera que vienen a fumar y a tomar café en vez de a compadecerse del muerto. Bah, del muerto, del muerto no hay por qué compadecerse, si de hecho ahora está mejor que nosotros, ¿o no, papá?
–Pobre el viejo –me dice Darío. Viejo, viejito, ¿qué hacés ahí, entre cuatro paredes de madera? Cuántas veces te dije que largues el pucho, que te iba a terminar matando, pero no me escuchaste, como Caro, que nunca me escucha, nadie me escucha. ¿Adónde habrás ido, viejo? ¿Adónde? –A España –contesta Darío. ¿Adónde? –A España, voy a España –. Pero vos estás loco, ¿cómo que te vas a España? ¿Qué carajo vas a hacer en España? –Me voy a laburar –. ¿A laburar? No laburás acá, y te querés ir a laburar a España, dejate de joder, Darío, en serio. –Me voy, boludo, me voy, este país se va a la mierda, ya no se puede vivir acá, hermano –. Pero vos sos un delirante. ¿Y la vieja? ¿La vas a dejar sola? Si acá no te falta nada, Darío, ¿qué te falta?, dale, decime qué te falta. Tenés amigos, tenés a tu familia, ¿qué querés? ¿Plata? ¿Necesitás plata?
–La plata no está más –. ¿Cómo que no está más? No, no, querido, acá hay un error, yo deposité la plata, la plata tiene que estar. –Bueno, está, pero no en dólares, señor –. No, esperá, a ver si me entendés, me parece que no me expliqué bien. El dinero yo lo deposité en dólares, no en pesos, y quiero que me lo devuelvan, ¿entendés? No es que yo deposité pesos y quiero los dólares, yo deposité de los verdes, de esos que fabrican en el norte, no sé si soy claro. –Está claro, esta gente se cagó en todas las leyes habidas y por haber, pero esto es un despelote de novela, y no sé cómo termina, te digo que no sé cómo termina –. Sí, Juan, está bien, pero yo quiero que como abogado me digas qué puedo hacer. –¿Qué podés hacer? Nos cagaron a todos, querido, a todos –. No, no, no me digas eso, mi vieja tiene todos los ahorros en el banco, ¿qué carajo le digo? –Mirá, negrito, hay estudios grandes que están juntando casos para demandar, para meter recursos como avalancha, pero yo soy solo, viste, a mi no me da el cuero, ¿qué querés que te diga? –. Decime que es mentira, que no sucedió, decime que es una pesadilla y que cuando me despierte la guita va a estar ahí, que fue todo un sueño, como cuando soñás que te caés por el precipicio pero el golpe no duele. Decime que el golpe no va a doler, decime qué hago, ¿qué mierda hago? –¿Qué hacemos? –. ¿Qué hacemos?, agarrá la cacerola, Caro, porque otra no nos queda.
¿Cómo no te queda otra? –Y no, che, no nos queda otra que recortar personal. La crisis arrasó, viste, arrasó. La facturación se desplomó al diez por ciento de lo que era, los pocos clientes que nos quedan ya siquiera son clientes, son deudores. Yo te prometo que cuando la cosa mejore te volvemos a contratar, pero ahora está complicado –. Siempre es complicado, ahora no, siempre. La vida es complicada, no la situación, ¿qué carajo voy a hacer yo ahora, eh?, decime, tirame la posta. –Yo hablé con mi papá y dice que no quiere que te hagas problema, que él nos va a ayudar –. No, Caro, no, ¿vos estás loca?, ¿cuándo hablaste con tu papá? No, no, no quiero que metas a tu viejo en el medio, Carolina, ¿me escuchaste? Escuchame por una vez en tu vida, Carolina, porque nunca me escuchás, escuchame por favor: vamos a estar bien, ¿me oís?, vamos a estar bien y no vamos a necesitar la ayuda ni de tu viejo ni de nadie. ¿Entendés, mi amor? Vos no te hagas problema, siempre hay un lugar donde caer parado, a algún lado iremos a parar, Caro.
¿Adónde? ¿Palermo? Ok, allá vamos. Lindo Palermo, ¿vos vivís ahí?, ¿trabajás? Mirá vos, yo también trabajaba en Palermo hasta hace un tiempo atrás. No, pero en esto no, eh.., esto es momentáneo, viste, hasta que pase la mala racha. No, yo soy arquitecto, hago edificios, pero viste que en esta época son más los ladrillos que se caen que los que se ponen. Está jodida la cosa, che, mis colegas están todos en la misma, conozco un muchacho que se tuvo que ir a laburar de mozo al bar del cuñado. ¡Ojo!, no digo que esté mal, eh, cada uno se la rebusca como puede y cualquier trabajo es digno, pero de mozo…., ¿a vos te parece?, seis años estudiando como un pelotudo para terminar sirviéndole un cortado a viejas cogotudas. Qué hijos de puta, che, qué hijos de puta…, han matado a toda una generación, nos pusieron en hilera y nos ensartaron como a una brochette de giles. Qué locura, qué locura. Pero viste, uno se la rebusca como puede, si no tenés con qué, terminás como el muchacho éste, de mozo. Yo gracias a Dios tenía unos mangos y me puse el tacho, mi suegro me quería dar una mano pero yo le dije que no, de ninguna manera. Un amigo me alquila la placa, ¿viste?, para zafar, qué se yo, y ojo que es un trabajo de mierda éste, te la pasás con el culo aplastado laburando como un negro, puteándote con medio mundo, y la verdad que como está la cosa no se gana guita, de pedo si salís derecho. Está mal, che, está muy mal la cosa. ¿Es acá, no? ¿Te dejo en la esquina? No, flaco, cincuenta mangos no, ¿no tenés más chiquito? Me matás, papá, no tengo cambio.
¿Cambio? ¿Cómo que un cambio? Ahí está Carolina hablando de “un cambio”, otra vez, siempre quiere un cambio pero no sabe qué. ¿Qué querés decir con un cambio? ¿No sos feliz conmigo? ¿Hay algo que necesites que yo no sepa? Dale Carolina, hablame, decime algo, no te quedes callada como si no supieras qué decir, ¿qué te pasa? No pasa nada, siempre lo mismo, querer quedar embarazada y no poder, de eso se trata todo y me pide un cambio, como si yo pudiera soplar una chistera y sacar un pibe de adentro. Vamos, Caro, no llorés, ya va a venir, mi amor, cuando nos tranquilicemos un poco va a venir, vas a ver. Necesitamos calmarnos, no pensar por un rato, y vas a ver cómo va a venir, en serio te lo digo mi amor. Ya sé, vayámonos de viaje, ¿querés?, al sur, a pescar al sur, eso. Los dos solos, en la montaña, yo te enseño a pescar, no te hagas problema, ya sé que no tengo paciencia pero te prometo que te voy a enseñar. Vas a ver qué bien que la vamos a pasar, los dos solos, pescando, en el sur.
–¿Al sur?, con el frío que hace en el sur –. No, mamá, en verano no hace frío. –¿A pescar?, con lo peligroso que es –. Mamá, ya te expliqué mil veces que no es peligroso, veinte años pescando y jamás me pasó nada. –Ay, querido, cuidala a Caro, ¿a pescar te la llevás? –. Mamá, por favor te pido, no empieces. –Pescar no es para mujeres, querido, cuidala, por favor.
Pescar es para cualquiera, no hace falta ser hombre, hace falta tener ganas y paciencia, hace falta mojarse un poquito y embarrarse a veces, meterse apenas río adentro, pero apenas Caro, apenas. Pará ahí, no te metas más, escuchame lo que te digo, por favor, por una vez en tu vida escuchame, no sigas, quedate ahí, ya sé que te dije que te tenías que meter más adentro, pero vos nunca me escuchás, nunca, no pensé que me ibas a hacer caso. Caro, Carolina, por favor pará, no te metas más, me equivoqué mi amor, me equivoqué, te dije que te mojes, que te embarres, pero ahora cambié de parecer, ¿sabés?, mejor no te metas más, quedate ahí quietita que yo te voy a buscar, te voy a rescatar. Carolina, por favor, la corriente está muy fuerte y vos estás muy adentro mi amor, estirá la mano, estirate más porque no llego, no llego Carolina, estirate, estirate porque no llego a agarrarte, de nuevo no llego, Caro, no puedo, no llego, otra vez, no llego.
Allá va Carolina cuesta abajo, la veo irse, nuevamente, la veo alejarse desesperada, la escucho gritar y no hago nada, otra vez no hago nada. No puedo, ya no puedo ni mirarla, sólo escucho que me grita y no se calla, desearía que fuera una canción y sólo eso, desearía que fuera un pozo ciego y ella mi novia, y los dos bailáramos al ritmo de la música, pero es mi esposa y no es un pozo ciego, es un río, un río que se calma y me devuelve el reflejo de mi rostro. No, no es un río, es un espejo, y no me veo mejor de lo que me siento. El agua sigue corriendo, golpea sobre mis muñecas que arden del dolor, se mezcla con la sangre y cae cual cascada en el lavatorio. Los cortes transversales son cauces fluviales también, el remolino rojo previo al desagote me recuerda lo que hice anoche, ya sé lo que hice anoche. Fue hace apenas un rato, un rato nada más.
La mosca en la nariz
La vida, sin lugar a dudas, se resume en un conjunto de hechos probables de suceder. La vida, no es más que una sucesión de posibles circunstancias y depende de nosotros barajarlas, predecirlas, intuirlas y hasta incluso elegirlas. De esta manera, siendo lo suficientemente razonables, los seres humanos que hemos logrado encontrarle sentido a la vida, podemos planear nuestro futuro de la forma que nos resulte más conveniente, tan sólo proyectando estadísticamente las opciones, y eligiendo (dependiendo de nuestra aversión al riesgo) aquellas cuya probabilidad de suceder sea alta y su resultado, ¡obviamente!, satisfactorio.
Durante toda mi existencia me ha resultado difícil entender por qué la mayoría de la gente no logra captar la verdadera esencia de la vida. Me provoca náuseas el sólo pensar que el futuro es impredecible, y siento profunda lástima por aquellos ilusos que creen en un destino incierto e imposible de manejar de antemano.
Lo imposible, es imposible. De hecho, todo es posible, aunque su probabilidad de ocurrencia sea casi nula. Y he aquí una gran enseñanza. La vida posee tantas diferentes dimensiones (me atrevería a afirmar infinitas) que resulta casi imposible (léase casi) predecir todas las alternativas de ocurrencia. Pero, está en el sabio conocedor de la vida llegar a ver aquellas opciones más probables y descartar las restantes, que obviamente, será más que dudoso de ocurran.
Pero lo dudoso, y sin ánimo de agotar al lector, no es imposible, es tan sólo muy poco probable. Y de esta forma, y aún en la más ordenada y premeditada de las vidas, un suceso no tenido en cuenta puede tomarnos desprevenidos, para bien o para mal. Hablar de suerte me haría vomitar, así es que simplemente llamémosle “factor sorpresa”. Y de esto quería yo hablarles, de este maldito factor sorpresa.
Mi nombre es prácticamente irrelevante. Mi profesión; la definiría como “analista exhaustivo de mi propia buena vida”. Mi religión; consciente de que existe una alta probabilidad de que verdaderamente exista un cielo o paraíso después de la vida (y cito a Parménides en su conclusión de que la nada es nada, y por ende no existe) multiplicada por la también alta probabilidad de la existencia de Jesucristo (hechos históricos lo avalan), he decidido profesar el catolicismo. Mi pasión; la práctica de la más compleja de las disciplinas, el arte de las probabilidades en su máxima expresión, la panacea de la vida, o llamémosle simplemente “póker”.
Según me han comentado, aquí se pierde la noción del tiempo, por lo que existe una elevada probabilidad de que hayan pasado más días de los que yo pienso. De cualquier manera, supongamos que todo comenzó el día de ayer. Por la mañana, recibí una llamada telefónica sumamente alentadora de parte de Peter Smith, alias “el inglés”. Peter es un exquisito del póker, un experimentado y excelente maneador de opciones. De hecho, pasó la mayor parte de su vida trabajando de mayordomo para un viejo ricachón londinense, y luego para su hijo, hasta que un día, tras un suceso fatal, abrió sus ojos y se encontró con que había acumulado una considerable fortuna, producto de las fructíferas jornadas de póker de las cuales participaba en sus días francos. Pero no es de mi interés hacer un relato comentado acerca de la vida de Smith, así es que seguiré adelante con lo mío.
Disculpen si por momentos me distraigo o amplío demasiado mis ideas, pero es que el calor aquí es sofocante y dificulta el proceso de pensamiento. Sin lugar a dudas, alguien debería sugerir la incorporación de algún sistema de refrigeración.
Regresando a lo nuestro, la llamada anunciaba lo que sería una prometedora velada en la casa de “el inglés”, que básicamente consistía en una mesa de cinco, a juego cerrado, con una mínima apuesta de veinte y una máxima de cinco mil. Pero no eran las características del juego las que hacían que la noche fuera interesante; se imaginan ustedes que en una ciudad como en la que vivo, o mejor dicho vivía, es muy sencillo encontrar mesas dispuestas a aceptarme en su juego cada noche. Resulta verdaderamente obvio comprender que el grado de utilidad que reporta una disciplina como el póker, no viene dada por el juego en sí, sino por las características y condiciones de quienes participen en él. ¡Y anoche!, los participantes eran prácticamente una invitación a ganar dinero.
Si bien Pete es un audaz previsor y un gran planeador de sus acciones, él y yo nunca nos confrontamos en una mesa. Es más, siempre direccionamos nuestro juego de manera de maximizar el beneficio mutuo. Por lo tanto, ni mi dinero ni el suyo pasa a las manos del otro; todo lo contrario, ambos conspiramos para llenar nuestras arcas en desmedro de los demás participantes. Y ya que me he adentrado en los demás participantes, prosigo describiéndolos.
Conrad Fishburne, un hombre de mediana edad cuya única cualidad interesante podría ser su nombre. Jamás llegó a entender el verdadero sentido de la vida, por ende, el póker le resulta tan sólo un juego librado al azar. Pero aún sí, lo practica como una táctica de distracción de sus problemas familiares, que según me he enterado, no son pocos.
Arthur Bigelow, un borracho verdaderamente simpático que poco le importa perder dinero dado que su situación económica es más que favorable. Después de tantos años de conocerlo, todavía no he definido si juega al póker porque le gusta, o simplemente porque le sirve de excusa para beber innumerables vasos de whisky.
Por último, Joshua Barrier, un gran imbécil. El tipo de persona que provoca dolores estomacales con sólo mirarlo. Es un frustrado ex militar que intenta aplicar estrategias incoherentes para ganar el juego, que irónicamente, siempre termina perdiendo. Claro está, que su diminuto cerebro no le permite aceptar su incapacidad, y utilizando bochornosos y soberbios aires de grandeza, argumenta sus resultados echándole culpa a lo que él llama “su maldita suerte”.
Ahora bien, si son ustedes personas lo suficientemente razonables, lograrán entender por qué la mesa de anoche era una verdadera ganga. Si consideramos los participantes recientemente descriptos y a ellos le sumamos el precedente de que jamás en mi vida he perdido en un juego en el cual estaba presente Peter, obtenemos como resultado una alternativa con una excelente probabilidad de ganancia. Ciertamente, la opción más tentadora en la jornada nocturna de ayer. No haberla aprovechado, hubiese sido la peor de las decisiones, por lo que no me arrepiento en lo más mínimo de lo sucedido.
Llegué a la casa del inglés a las 22:00 horas, como se había convenido telefónicamente. Como es habitual en él, me recibió con la mayor de las cortesías y una sonrisa de oreja a oreja. Era más que evidente, que tanto él como yo, sabíamos lo ventajosa que nos era la situación. Dentro de su hogar, ya sentados a la mesa, se encontraban los demás jugadores, ansiosos porque se le diera inicio a una noche que auguraba muchos ceros. El tinte rojo en los ojos de mi amigo Bigelow anunciaba su incipiente embriaguez, que parecía agravarse cada vez que dirigía el vaso hacia su boca. La cara de Fishburne denotaba lo que siempre, una amargura infinita que alcanzaba su máxima expresión en sus prominentes y abultadas ojeras. Las palabras de Barrier, pronunciadas en el más soberbio de los tonos, buscaban fundamentar infelizmente lo que sería una mala noche (por enésima vez) debido a su reciente “maldita racha”.
La jornada comenzó, y tal como estaba previsto, las primeras manos hicieron futurología de lo que estaba por venir. Smith y yo empezamos a degustar el sabor de la sencilla y rápida fortuna. Una noche estadísticamente perfecta, un acierto más en mi vida, un factor sorpresa al caer, que aterrizó en la puerta de la casa del inglés y se dispersó en el aire en forma de chirrido molesto, o bien, el timbre. Y créanme si les digo que jamás en mi vida había visto una sorpresa tan mal vestida. Con la puerta ya abierta y frente a nosotros, 135 kilogramos de vulgaridad y torpeza nos observaba con su usual mirada asesina. Cuando la noche parecía teñirse de rosa, cuando los resultados avalaban mis tan bien premeditados estudios estadísticos, cuando mi bolsillo comenzaba a llenarse de dinero, la quizá menos probable de todas las circunstancias aguaba la llama que daba luz a mi alegría; y ésta, con nombre y apellido: Mirko Kisov, alias “el carnicero”.
Mirko es un asesino a sueldo de reputación intachable, jamás ha fallado en uno de sus trabajos. Su contextura física se compone de 1,98 metros de puro músculo. Su cara está decorada con gruesos labios, nariz torcida, ojos desviados y una decena de cicatrices que por sí solas hablan de su estilo de vida. Pero su carácter es, sin duda alguna, la peor de sus cualidades. El carnicero es el tipo de persona que tiene pocas cosas para decir y muchas para hacer, por lo que lidiar con él se resume en reducir el espectro de alternativas a tan sólo una: “hacer lo que le satisfaga o morir al instante”.
Según parece, el bocón de Barrier había estado haciendo alarde en las calles acerca de un grandioso juego que tendría por la noche, y el comentario le habría llegado a Kisov, que a pesar de ser un pésimo jugador, son contadas las veces que perdió dinero en una mesa. Claro está, que quienes le ganaron al póker, también ganaron un pasaje sin retorno al cementerio con escala previa en el sufrimiento.
Como se habrán percatado, mi tan prometedora noche cayó de repente al abismo del olvido, y fue entonces, momento de volver a barajar opciones. La opción más fácil de descartar resultó ser, sin lugar a dudas, el decirle que se vaya, ya que la repercusión de esa decisión hubiese sido con absoluta seguridad la muerte. También dejé de lado la alternativa de irme yo, ya que consideré que la probabilidad de ofenderlo era alta, y una ofensa al carnicero tendría como contrapartida unos cuantos gramos de plomo en mi cerebro. A pesar de que ahora no logro recordarlas (creo que este ambiente agobiador afecta mi memoria), sé que tuve en cuenta muchas opciones más, pero al fin y al cabo terminé escogiendo la que creí más saludable: quedarme; jugar; perder, y quizás retirarme con vida.
Mirko tomó una silla, se sentó, y comenzó a repartir las cartas con sus toscos dedos. Eso fue sólo el principio de una ininterrumpida sesión de tres horas y media de lastimoso póker. Mientras Kisov hacía montañas con sus billetes, los demás pretendíamos lamentarnos de nuestros malos juegos, y una vez cada tanto, felicitábamos al asesino a manera de halago. Con sólo observar la mesa, uno se percataba de que nuestro comportamiento estaba viciado por el carnicero. Fishburne, no se quejaba de sus problemas familiares; Barrier, no había abierto la boca en toda la noche; Peter y yo estabamos perdiendo; y Bigelow, ¡increíblemente!, se mantenía sobrio.
La noche ya comenzaba a catalogarse de interminable, cuando un movimiento de Kisov cristalizó mis ojos llenando mi entero ser de profundo alivio. Tras finalizar una ronda exitosa (obviamente para Mirko), el grandote dejó caer sus párpados y se desparramó en la silla hacia atrás desperezándose vulgarmente. Luego giró su cuello provocando sonidos, que al menos yo, nunca había escuchado. Finalmente suspiró. Y puedo asegurarles que nunca un suspiro me sugirió tantas esperanzas. Un suspiro que denotaba cansancio (tal vez ocasionado por el aburrimiento de ganar indiscriminadamente) y que parecía anunciar su retirada tan codiciada por quienes compartíamos la mesa con él. Pero nada en la vida es tan fácil, y por segunda vez consecutiva en la velada, el “factor sorpresa” se encargó despiadadamente de fraguar la situación, materializándose en una insignificante mosca que se adentró en el ambiente a través de una pequeña ventana que el inglés había olvidado cerrar.
Se preguntarán ustedes: ¿Qué tan terrible puede ser una mosca?. Una mosca puede ser terrible cuando su revoloteo sortea muerte alrededor. Una mosca puede ser altamente insalubre cuando un psicótico asesino es fóbico a las moscas. Y aún más, una mosca puede llegar a marcar el fin de tus días, si, estando sentado frente a un psicótico asesino fóbico a las moscas, ésta finaliza su súbito y mortal revoloteo en tu nariz. Y la mosca se posó en mi nariz.
Nada de lo descripto era una novedad para mí. Que Kisov le tuviera fobia a las moscas era una gran paradoja para un asesino implacable como él, razón por la cual todos lo sabíamos. ¡Pero tenía ésta que venir a parar justo a mi maldita nariz!.
Lo primero que hice, casi por reflejo, fue clavar mi vista en el áspero rostro del carnicero. Lentamente divisé cómo sus mejillas se fruncían poco a poco, cómo su piel iba cambiando de color, buscando alcanzar un pálido tono cercano al gris. Desde su frente, observaba caer las gruesas gotas de sudor (seguramente helado) que buscaban fin en el cuello de su vieja camisa. Después detecté el movimiento de su mano derecha, que para mi mal, acarreaba un revólver calibre 38. En ese momento cerré mis ojos y me dediqué a captar tan sólo la imagen auditiva. Lo escuché venirse, muy despacio. Escuché sus pausados pasos uno por uno hasta que cesaron justo a mi izquierda. Luego percibí el retraer del percutor, pero no me moví, ya que no quería que la mosca se desesperara y saliera volando en un ataque de nervios.
Me siento tan mal, tan desvanecido, que creo que mis ideas van perdiendo sentido. ¿Tienen las moscas nervios?.
-¡Si te mueves, te vuelo los sesos! -me dijo el trastornado mientras apuntaba con su revólver a la mosca que permanecía en mi nariz. Y otra vez a premeditar alternativas. Si movía un solo músculo de mi cuerpo, la probabilidad de acabar muerto era prácticamente del 100%. En cambio, si me quedaba quieto, muy posiblemente el idiota me volara la nariz, pero aún permanecería con vida. Además, las consecuencias de la segunda opción no acarreaba inconvenientes que una buena cirugía no pudiera solucionar. Así es que me mantuve lo más estático que pude, y la mitad de mi nariz se trasladó unos metros a mi derecha, donde reposó en el suelo rodeada de mi oscura sangre. Lo irónico de la situación fue que el estúpido insecto levantó vuelo antes del impacto de la bala, y sin pudor ni remordimientos, regresó por más, esta vez, reposándose cálidamente sobre la parte superior de mi oreja.
Si mal no recuerdo (lo cual es muy probable), en esta segunda instancia Mirko no pronunció palabra, simplemente se dirigió hacia mis espaldas y volvió a apuntar el cañón hacia la mosca.
Continuando con el razonamiento anterior, la opción de moverse ya estaba descartada, y orejas tenía dos, por lo cual opté por seguir lo más quieto posible. El disparo me aturdió enormemente, pero sirvió para distraer apenas, el terrible dolor de perder una oreja, más la capacidad de audición de la misma. Y la pícara mosca seguía haciendo piruetas en el aire, y mi cara cubierta de mi propia sangre.
Tras cuatro o cinco volteretas caprichosas, el insecto se dignó a seguir perjudicándome, y en un acto desgarrador, hizo parada en el dedo índice de mi mano derecha. Justo en ese momento, la balanza de las probabilidades se invirtió, y el espectro de alternativas cambió su rumbo. Ya no se trataba de una nariz, ni de una oreja, se trataba de una mano, y más precisamente, ¡de mi mano derecha! ¿Podrían ustedes explicarme que sentido tendría mi vida sin mi habilidosa mano derecha? ¿Podrían imaginarme viviendo sin poder barajar un mazo de cartas? Pues yo sí puedo imaginarlo, y lo resumo como la mayor de las desdichas, como el peor de los castigos. ¿De qué me serviría vivir sin poder desenvolverme en mi pasión? El quedarme quieto, escondía una inmensa probabilidad de ser infeliz durante toda la vida. Moverse, iba de la mano con el riesgo de morir, pero prefería la muerte a la eterna infelicidad. Y la opción se tradujo en movimiento.
Alcancé a quitar la mano antes de que la bala hiciera contacto con el lujoso paño. El carnicero desató su furia abiertamente, evitando todo grado de timidez. Me escabullí de manera ágil por debajo de la mesa, acción que me permitió esquivar otra de las balas asesinas. Reaparecí por detrás de Kisov y esto me causa gracia. Francamente no sé en qué pensaba; pero en vez de aprovechar y huir de la casa, preferí golpear al mastodonte en su nuca. ¿De qué sirvió?; me quebré un dedo. El altercado continuó, Mirko giró hacia mí con revólver en mano; la bestia gemía como un jabalí. Intentó dispararme nuevamente, pero la bala se desvió en forma abrupta, incrustándose en la vejiga de Joshua (quizá la única escena favorable de la noche). Otra vez más, la estúpida decisión de golpearlo pasó mi cabeza, y lo hice, rasgando apenas unos pocos centímetros de su piel. El carnicero, intacto, se plantó frente a mi persona comiéndome con su mirada de sicario. Un rotundo temor invadió mi cuerpo, esparciéndose en mis músculos en forma de temblor. Casi sin darme cuenta caí al piso, y sin quitar mi vista de Kisov, me fui arrastrando de manera humillante hasta quedar agazapado en un oscuro rincón de la habitación.
Yo, aterrado y entregado a la muerte, observaba como Mirko disfrutaba del momento. Él, sin moverse de su lugar, levantó su revólver a puño firme y cerrando uno de sus ojos, apuntó a mi cabeza. ¿Existe acaso un sonido más alentador que el que deriva del vacío de un revólver al momento de un disparo? Lo dudo. El tambor ya no tenía balas, y el asesino, por enésima vez, entró en estado de desquicio.
Ya sé lo que están pensando, y ahora que me lo recuerdan, también a mí me hacen dudar. ¿Acaso el tambor de un .38 no alberga 6 balas? Creo que se me perdió una, y me cuesta mucho sufrimiento intentar hacer memoria. Es probable que Mirko haya llegado con tan sólo 5 balas en su revólver, aunque en una nebulosa muy lejana a mi pensamiento, tengo una vaga imagen del inglés desangrándose en el piso. Esta situación es insostenible, pediré un traslado de sector inmediatamente.
El rostro de Kisov se arrugó en un gesto de furia, y sus piernas iniciaron recorrido hacia mí. Si bien ya no tenía balas, aún poseía diez nudillos y la culata de un revólver, más que suficiente para él. De hecho, no sería la primera vez que mataría a una persona a puro golpe. Pero la noche, aleatoria por sí sola, volvió a hacer de las suyas, y el “factor sorpresa” reapareció en la escena más entero que nunca, esta vez, para mi bien. Cuando tan sólo distaba un metro entre mi cuerpo y el del carnicero, la mosca vivaz regresó a posarse en mi media nariz. Y Mirko se detuvo abruptamente, paralizado por la paranoia que ocasionaba un cruel insecto. Ya no tenía su arma para defenderse de ella, ahora le quedaba tan sólo sufrir su presencia. El frío sudor volvió a recorrer sus mejillas, y el tono de su piel se tiñó nuevamente de gris.
Y como dice el dicho: no hay dos sin tres, y verlo tan indefenso me condujo a la demencial decisión de volver a golpearlo. Y como dice otro dicho: la tercera es la vencida, y por fin, de una vez por todas, mi puño tomó venganza en el medio de sus testículos. El ahogante dolor lo tiró al suelo, justo junto a mis pies. La probabilidad de que él y yo sobreviviéramos al mismo tiempo era prácticamente nula, así que tomé el revólver y culataso tras culataso, fui destruyendo poco a poco su cabeza.
Me detuve minutos después, al darme cuenta que mi ropa estaba empapada con su sangre (en realidad también mezclada con la mía). Un hombre con el estilo de vida de Kisov, poseía una alta probabilidad de estar infectado con alguna enfermedad venérea, y seguir manchándome de sangre, incrementaba el riesgo de contagio. Por esta razón, cesé los golpes, me levanté, y luego de tomar el dinero que me correspondía, me retiré de la casa ante la sorprendida mirada de quienes aún permanecían con vida (no puedo recordar si Peter era uno de ellos).
No me siento muy bien, por lo que seré lo más escueto posible.
Continuando con mi línea de pensamiento. ¿Cuál consideran ustedes que es la probabilidad de que en una misma noche, un esquizofrénico asesino aparezca inesperadamente para derrumbar mi éxito, multiplicada por la probabilidad de que una mariposa (o mosca) se adentre en el ambiente (por una ventana que el inglés había olvidado abierta), a la cual el asesino le tiene fobia, multiplicada por la probabilidad de que el insecto hiciera escala en mi nariz? La respuesta es, sin discusión alguna, cercana a cero. Pero como conté desde un principio, nada es imposible.
Ahora bien, cuál sería la probabilidad de que una vez todo terminado, yo saliera de la casa de Smith, medio desangrado, y al cruzar la avenida, un camión (cuyo conductor era víctima de un infarto) me atropellara, dejando los restos de mi cuerpo desparramados en el asfalto. Resignémonos tan sólo, a decir que es posible.
Después de todo, sí hay algo que puedo afirmarles con absoluta certeza, y es que a continuación de la vida, sí existe un cielo. Pero también un infierno.
Necrótica
Morir no es terrible, terrible es esperar la muerte, pero ésa es sólo otra etapa de la vida. La muerte en sí misma es infinitamente más sencilla que la vida. Uno muere, punto y aparte.
En la vida, en cambio, uno nace, punto y seguido. Primero la adaptación; del mundo de los silencios y la simple saciedad placentera a la cruda realidad caótica que nos envuelve de ruidos y complejidad. Satisfacer el apetito de repente encuentra una dificultad añadida: depender de alguien más. Usted ya no toma cuanto quiere cuando quiere, sino que debe someterse al racionamiento arbitrario de terceros que creen conocer sus necesidades. Muy bien, pues aquí la primera lección de un desfallecido: luego de muerto, no va a tener más hambre.
Olvídese de su plato preferido, de los olores y las texturas de los alimentos, de las secreciones glandulares que produce el sólo imaginarse degustar un manjar. Le repito: usted ya no tendrá hambre. Ni hambre, ni sed, ni ganas de fumarse un cigarrillo. Se verá libre de tener que recurrir a medios básicos de comunicación como el llanto y los gritos de un bebé para poder satisfacer una necesidad. No habrá necesidad, créame, tan trivial como eso. El alma saldrá del cuerpo y a partir de ese momento no existirá ningún tipo de dependencia química que precise de estímulo respuesta. Uno sencillamente muere, no hay mucho más por lo que preocuparse.
Por el contrario, uno dificultosamente vive. El proceso de vivir involucra la ardua superación de etapas a lo largo del tiempo y todas sus aristas conspiran hacia el aprendizaje interminable. Aprender a caminar, aprender a hablar, a leer, a escribir, a amar, a odiar, a creer, a aceptar, a rechazar, haga usted la lista de todo lo que ha aprendido durante su vida y de lo que le falta por aprender. Una vez muerto, ya no importará, porque la defunción no precisa de aceptación, se supera instantáneamente. Siquiera requiere tiempo, porque las dimensiones ya no existirán, note qué sencillo. Si le gusta viajar, de hecho, podrá hacerlo sin tener que tomar una pastilla para dormir durante el viaje, porque no habrá viaje, no habrá ninguna especie de restricción sujeta al espacio ni al tiempo, y sin ir más lejos, ni siquiera le gustará viajar, porque ya no sentirá curiosidad.
Lamento informárselo, la curiosidad es propia de la vida. El mito de que luego de la muerte los secretos existenciales son revelados sólo desvelan a los vivos. Usted que aún razona y desentraña silogismos como un ser viviente, piénselo en forma detenida y encontrará sentido a mis palabras. La muerte es el cauce de la cascada de verdades que desembocan en el lago de la vida; filosofía ó religión, burbujean tras búsqueda de la respuesta a un interrogante único: ¿dónde finaliza este charco? Lo cierto es que una vez que lo atravesamos, ya no nos interesa saberlo, la única verdad es la muerte. Los muertos no tenemos esperanzas, no buscamos verdades ni argumentos existenciales, no nos urge tomar conocimiento de nada porque le repito: no existe el tiempo. Si está en vías de desfallecer, sáquese las agujas del reloj de la cabeza y rompa el paradigma de los vivos acerca de la finalización de los eventos, los espacios dejarán de ser finitos y las urgencias se evaporarán como apenas otro gas de su cuerpo en descomposición.
Pero tampoco se alarme, que la muerte no es un completo desencanto, la muerte solamente es, no le busque connotación alguna porque sinceramente no le cabe. Vaya sabiéndolo, esa mala costumbre de los vivos de querer encuadrar fenómenos en marcos conceptuales no aplica con justeza a la instancia póstuma, y esto es un consejo de un alma en pena, así que preste atención: la muerte no se adjetiva ni define, ¿de acuerdo? No hace falta hacerlo, no se aferre a ninguna forma de expresión típica de los vivos. Una vez finado no es necesario hablar ni escribir, usted no va a extrañar ir a sentarse a tomar un café con un amigo porque las necesidades sociales son sólo desordenes químicos de la prisión de carne y hueso, y aún si quisiera contarle a alguien lo que le sucede, no tendrá cuerdas vocales, así que olvídese, de hablar y de escribir. Resígnese, y acepte la muerte como lo que fue: un hombre, o una mujer, no lo sé.
Ahora bien, si usted se encapricha, las complicaciones brotarán. Ya se lo comenté, y aunque sé que no debe adjetivarse, la muerte es considerablemente más sencilla que la vida, pero primero debe aceptarse. Si uno reniega de su condición de muerto puede que la sencillez se vea opacada. No me malentienda, la necesidad de expresarse no estará, pero si se torna tozudo difícilmente logre elevar su alma. Leyó bien, el alma se eleva, pero a priori debe uno saberse muerto, dejar de lado los aspectos de la vida que solían rodearlo y facilitar la levitación. No le será dificultoso lograrlo, le será otorgado de manera espiritual, a menos que usted, tal como yo, sea escritor.
Medítelo concienzudamente mientras le dure la vida, pregúntese la razón más íntima por la cual se sienta escribir, y téngalo bien claro antes de que le llegue la parca, porque lo que no se ha resuelto en vida, una vez muerto ya no interesa. Que no le suceda lo que a mí, que deambulo de cuerpo en cuerpo para echar unas líneas ocasionalmente. No es que necesite expresarme, no tengo nada que haya quedado pendiente por contar, me lanzo tras la posesión de pobres desgraciados que juegan al telégrafo dimensional con copas u otras herramientas aún más antiguas, los desvelo arrojándome a las letras sin preguntarme el porqué, no puedo decir que sea un mal hábito, porque los muertos no los tenemos. No quiero comunicarme con usted ni con nadie; no deseo brindarle celebridad a un tercero que por la mañana descubrirá un escrito y creerá que ha tenido un trance literario de inspiración que le ha despertado un talento oculto en forma tardía. Nada de eso, ni de esto ni de aquello. Sinceramente no sé por qué lo hago, pero lo hago, arranco la libertad de los vivos durante horas para bailar con las palabras, y a mí siquiera vivo me gustaba bailar, y de muerto, usted no querrá bailar, tampoco tendrá piernas.
Morir no es terrible, créamelo, terrible es estar vivo y tener que leer lo que escribe un muerto que no puede explicar su afán de redactar, violando los derechos corpóreos de los curiosos. No se preocupe, la curiosidad se le irá con la vida, si alguna vez le he tomado prestado las manos por un rato, me disculpo por la impertinencia, pero piénselo dos veces antes de culpar a un muerto por la atrocidades que escribe. Piense antes de escribir, de hecho, y tenga bien en claro la razón que lo lleva a hacerlo, antes de afirmar que escribirá hasta la muerte o que morirá escribiendo, y nunca, jamás, permita que un difunto se le cuele por las venas para desvirtuarle la prosa.
No se desanime, que yo no intento deprimirlo mientras vive, pero deprímase mientras pueda, porque cuando los ojos se cierran para siempre ya no podrá experimentar esa congoja que lo hace sentirse vivo y le lleva a escribir las palabras más elocuentes que hacen de usted un escritor indómito, implacable, furtivo. Descúbrase fragante por el anhelo de expresarse y sepa redituar su inconsciente con líneas asesinas, porque pasado el cuarto intermedio, no tendrá a nadie a quien matar con sus palabras. Morirán usted y sus dicciones; aún cometiendo la absurda aberración de escribir desde el más acá, escribirá sin saber por qué y no sentirá ningún tipo de alivio al hacerlo. Tal vez no lo haga, y entonces no tendrá que cargar con el peso espiritual que lleva el alma de un escritor, ése que impide que se eleve inexplicablemente, porque donde no existe el espacio tampoco reina la gravedad, pero los párrafos, que toman vida gracias a usted, mueren con su creador y se entrelazan en un cordón etéreo que sujeta el alma y le impide levitar.
Así que escriba, escriba mientras viva y disfrútelo ó sufra, pero escriba. Si su espíritu es verdaderamente genuino, intentará proseguir su oficio aún desde este lado, ocupando las entrañas de extraños, pero sus palabras estarán tan muertas como usted, porque aquí no tendrá necesidad de expresarse. Note qué sencillo. Usted que se preguntó durante toda una vida el motivo por el cual escribe, una vez muerto ya no se molestará siquiera en pensarlo, sino que directamente escribirá, y lo hará sin necesidad de hacerlo.
No se asuste, no vengo a espantar como un ánima atroz, a torturar a los vivos a través de escritos que no tienen sentido. Lejos estoy de hacerlo, lejos estoy, un poco más cerca dado que no me elevo, aún sin existir la dimensión del espacio me atrevo a afirmarlo. Estoy lejos, hace mucho tiempo que estoy lejos, tan lejos que a duras penas llego a plasmar palabras a través de los ajenos que ocasionalmente ceden como envases. No tengo hambre, ni sed, ni necesidad de comunicarme. Estar muerto es sumamente fácil, mucho más fácil que vivir.
Hágame caso, lo terrible no es morir, lo terrible es resignarse a estar muerto, a no tener hambre, a no tener sed. Lo difícil es no sentir absolutamente nada, ni siquiera la necesidad de escribir y aún así, violar las leyes de la vida para hacerlo de cualquier manera, para intentar recuperar esa sensación de la sangre corriendo por las venas al ritmo del tecleado, la adrenalina de escuchar las palabras en la cabeza mientras les da forma y las observa decorar la página. Lo dramático es descubrir que luego de muerto, uno no vive para escribir ni escribe para vivir; uno simplemente escribe, punto final.
Psuicidio
El irritante temblor característico de su persona se desplazaba como impulsos eléctricos que iban desde las puntas de sus dedos hasta las orillas de sus párpados. Guiñaba su ojo izquierdo en intervalos de 4 a 6 segundos, mientras que a la vez, buscaba focalizar su atención en el recorrido luminoso de los números que anunciaban, uno tras otro, los pisos transitados. Finalmente, la luz color naranja alumbró el número 13, y las puertas del ascensor abrieron paso al tan ansiado destino. Tan desconfiado como inseguro, asomó su cabeza y observó el corredor hasta certificar fehacientemente que ese era el piso adecuado; luego dio un paso hacia delante, posando su pie derecho en la fina alfombra que revestía el suelo. Segundos después, se estableció firmemente fuera del elevador, y en un ataque de valentía, se encaminó hacia la puerta de madera cuya placa dorada decorativa hacia relucir, entre otras cosas, la temerosa leyenda: “Psicólogo”.
Fiel a su excelente educación, golpeó tres veces la puerta antes de girar el picaporte y adentrarse en la habitación. Los enormes ventanales que daban a la calle llamaron su atención desde un primer momento; estos parecían tener en él, una extraña atracción difícil de definir. Aún así, evitó distraerse y simuló un falso tosido a los fines de que el doctor se percatara de su presencia, quien parecía estar en un pequeño cuarto con la luz encendida y la puerta entreabierta, haciendo Dios sabe qué. El doctor abandonó velozmente sus tareas y se acercó a la puerta para averiguar qué sucedía. Durante varios segundos, observó de manera desconcertante al extraño que permanecía parado e inhibido frente a él. Recorrió el consultorio rápidamente con su vista y volvió a clavar sus ojos en el nervioso sujeto, como pretendiendo sacar de él, algún tipo de explicación. Entre el sudor y el agite, el extraño venció el miedo y sonrió, para posteriormente pronunciar palabra a su manera, la manera tartamuda: –Lll-lo siento Doctor, mmm-me he adelantado quince minutos a la sesión. Yo soy su nuevo pas-pas- passssciente.
El desalentador gesto de indiferencia en el rostro del psicólogo volvió a inhibir al sujeto, quien bajó su mirada inmediatamente, como quien busca retractarse de sus palabras. Pero tan sólo instantes después, el doctor cambió su expresión, y tras un lapsus pensativo, dijo: –Ah sí, ahora lo recuerdo –. Luego se movilizó rápidamente hacia el diminuto cuarto, apagando la luz y cerrando la puerta. –Por favor, recuéstese –volvió a decir mientras que con su brazo derecho señalaba el diván. El nerviosismo del paciente ya parecía desvanecerse, y una leve sensación similar al alivio recorría su cuerpo mientras se acomodaba. Ansioso, aguardaba las instrucciones que el profesional debía darle a los fines de comenzar con la sesión, pero en lugar de ello, sólo escuchaba sus inquietantes, quien se trasladaba de un lado al otro, provocando los ruidos que derivan de la vieja madera. Algo desorientado, el paciente se atrevió a preguntar: –¿Co-co-comienzo a contarle? –. Y el molesto sonido se detuvo de inmediato. El psicólogo posó su mano sobre el hombro del sujeto, dando dos pequeñas palmadas que sugerían paciencia y tranquilidad. Luego se dirigió a la silla que se encontraba frente al diván y se sentó mansamente.
–¿Es usted una persona desdichada? –indagó el doctor mientras masajeaba su cráneo con la yema de sus dedos. El paciente abrió sus ojos manifestando un profundo desconcierto, quizás también hasta molestándose por la naturaleza de la pregunta. Se tomó algo más que un minuto para premeditar su reacción, y finalmente comprendió que no había razón para el enojo, ya que, después de todo, el motivo por el cual estaba ahí era para contestar las preguntas que el profesional hiciera y así poder encontrar solución a sus conflictos. –No, nnnnnno creo que des-desdicha sea una palabra adecuada. Simplemente tengo pro-pro-problemas como todo el mundo –afirmó convencido el sujeto. El doctor asintió con su cabeza demostrando comprensión, luego cruzó sus piernas y acarició su barbilla al tiempo que analizaba con detenimiento las vibraciones nerviosas en el cuerpo de su paciente.
–¿Cuál es su edad? –interrogó el profesional nuevamente.
–Cu-cu-cuuuuuarenta y cuatro años –respondió casi por milagro el sujeto.
–Ya veo. ¿Y a qué se dedica? –preguntó el psicólogo rápidamente con el fin de agilizar la conversación.
–Soy teso-teso-te-so-re-ro de una firma productora de juguetes muy importante –contestó el hombre sonriendo.
–¿Hace mucho que trabaja allí?
–Ssssí, ya hace más de veinte años –comentó el paciente demostrando orgullo.
–¿Siempre se desempeñó como tesorero?
–Siempre. Inclu-incluso hace unos años me distin, me distin, mmmme distinguieron con una placa como el mejor tesorero de la historia de la empresa –acotó el sujeto felizmente. El doctor sonrió al escuchar la afirmación.
–Hábleme de su familia –requirió el psicólogo cambiando su pose en la silla. El rostro del paciente se desfiguró en su totalidad, y aquellas expresiones alegres que hacía segundos prevalecían en él, se desvanecieron. Decenas de tics empezaron a sincronizarse histéricamente en su cuerpo, trayendo con ellos sensaciones indescriptiblemente agobiantes. En medio de la angustia y la desolación, el hombre dio lugar a las palabras en un tono de voz sumamente desesperanzado: –Estoy en plena fase de divor-divor-di-vor-cio con mi mujer–. El profesional fingió entender la situación por la que atravesaba con un simple gesto que poco cumplía la función de consuelo.
–¿Cuánto hace que están casados? –indagó el doctor.
–Diez, diez, diezzzciséis años –afirmó el paciente apelando a su inmediata memoria.
–¿Tienen hijos?
–Sí, tenemos ddddddos. Un vava-varón de quince, y una pepe-pe-pequeña de nueve –respondió el hombre con sus ojos cristalinos. El psicólogo no pudo evitar conmoverse al observar la triste cara de su paciente. Buscando evitar el colapso emocional, soltó cierto ímpetu en su expresividad y alentó al sujeto al habla: –Cuénteme de ello, le hará bien hablarlo conmigo–. Una ligera sensación de apoyo aportó al paciente tranquilidad, la cual le permitió continuar narrando parte de su vida de una forma más desinhibida. Y este prosiguió: –Aaaaún no logro entenderlo del to, del to, del todo. Simplemente un día mi mujer llegó acá, acá, a casa y me dijo que quería el divorcio.
–¿Sin razón alguna? –preguntó el doctor.
–Bueno, al tiempo descu-descu-descubrí que estaba con otro hombre –respondió infelizmente el sujeto.
–¿Usted lo conoce? –indagó nuevamente el profesional.
–Ssssí, es un abogado mmmmmuy reconocido en la ciudad –afirmó el paciente.
–¿Qué sucederá con sus hijos? –volvió a preguntar el psicólogo frente a la atenta mirada del desconsolado sujeto.
–Ellos se han ido a vivir con suma, con suma, con su madre hace ya dos meses –contestó el hombre mientras los músculos de su cara se movían independientemente al ritmo que marcaban sus nervios. El doctor entabló una pausa en el diálogo y se detuvo a pensar por unos instantes. Frotaba sus manos lentamente al tiempo que mantenía su vista perdida en los grandes ventanales; parecía tratar de dilucidar alguna cuestión en particular; o bien, tan sólo efectuaba el análisis de los comentarios que había escuchado atentamente. Luego, miró su reloj de pulsera y abrió los ojos manifestando sorpresa. El paciente, sumamente inquieto y desorientado, preguntó al profesional: –¿Siente usted lástima de mí? –. El doctor giró su cabeza hacia el sujeto y en un tono honesto contestó: –¡¿Lástima?! Por favor. Si hay algo que siento por usted es admiración–. El hombre comenzó a reírse a carcajadas al escuchar tal respuesta. –Yo le agradezco que quiera hasssssssscerme sentir mejor, pero no tiene por qué mentir –acotó luego.
El psicólogo continuaba sentado en la misma posición, totalmente serio, y sin lograr comprender por qué su paciente no creía lo que él le decía. Esperó unos segundos a que las risotadas de la persona cesaran, y volvió a decir: –No le estoy mintiendo. Verdaderamente siento una inmensa admiración por su optimismo–. El sujeto miró al doctor con cara de incomprensión, sin lugar a dudas éste no llegaba a entender las afirmaciones del profesional. –¿A qué optimismo se refiere? –preguntó intrigado.
–Bueno, al comienzo de la sesión yo le pregunté si usted consideraba a su vida desdichada y me dijo que no, que sólo tenía problemas como todo el mundo –comentó el psicólogo acompañando sus palabras con movimientos explicativos de manos.
–¿Y qué, que, que, qué hay con esssssssssso? –indagó el paciente de nuevo, ya algo más nervioso. El doctor hizo un gesto como molestándose por la obviedad que significaba explicar sus sensaciones hacia el paciente. Luego, en un tono de enojo, le dijo: –Ése es su mayor problema, no quiere ver la realidad, y se oculta en una fantasía que usted mismo crea. Cuando uno no ve la realidad, no logra dilucidar la solución de los conflictos, y termina desarrollando somatizaciones físicas –. Estas palabras produjeron en el paciente el brote de una innumerable cantidad de contracciones musculares que evitaban que éste hiciera su descargo. Movía su boca dolorosamente, tratando de emitir palabra, pero los bruscos movimientos involuntarios de sus músculos, sólo permitían la existencia de estúpidas muecas.
–¿Lo ve?, ¿se da cuenta ahora a qué me refiero? Si aceptara que lo que le digo es verdad, no le sería tan difícil hablar, y se ahorraría tener que lidiar con esos horrorosos tics –afirmó el profesional al ver el comportamiento del sujeto. Después comenzó virar su cabeza de un lado al otro e inclinándose hacia delante en la silla, comentó: –Pero no voy a permitir que se retuerza como un sapo en mi sillón, y tampoco voy a dejar que se vaya de mi consultorio sin que usted mismo encuentre una solución –. Ante el espantoso show esquizofrénico que su paciente brindaba, se levantó de la silla y empezó a caminar alrededor del diván, observando todas y cada una de sus eléctricas reacciones musculares. Con sus brazos cruzados, y una admirable tranquilidad casi desinteresada, dio inicio al análisis de la situación en voz alta: –Usted me asegura que no es una persona desdichada, pero mis ojos dicen exactamente lo contrario, pues mis ojos ven la realidad que su inconsciente oculta. Por ejemplo, comencemos el análisis a partir de sus características físicas, ¡¿sabe usted que es una persona más que desagradable para la vista?! Tan sólo deténgase a mirarse en el espejo por unos segundos, y se dará cuenta de lo tedioso e irritante que resulta ver a un hombre haciendo toda clase de movimientos toscos y sin sentido alguno; movimientos que despiertan la indignación; movimientos que llaman a reacciones violentas. Es más, en este preciso momento siento unas irresistibles ganas de golpearlo –. A esa altura, las contracciones del paciente eran cada vez más rápidas pero menos pronunciadas; todas las partes de su cuerpo parecían endurecerse hasta el punto del estatismo; su retorcido cuello se decoraba de gruesas venas entrelazadas que aclamaban por el estallido, como una alternativa de alivio al dolor que provocaba la hinchazón. A falta de palabras, gemía condenadamente emitiendo agudos sonidos que penetraban los delicados tímpanos del doctor, acabando con su paciencia. Sin ningún tipo de compasión, o sensación parecida, el profesional se acercó al paciente y canalizó su ira en varias bofetadas que terminaron por colorar del todo las mejillas del mismo. Luego, se enderezó nuevamente, y tras acomodar su pelo, prosiguió su análisis: –Si nos referimos al plano laboral, también encontraremos que su infamia no le permite definir su verdadera situación. A sus cuarenta y cuatro años, y luego de trabajar en la empresa por más de dos décadas, sigue teniendo el mismo puesto que tenía cuando se inició. Nunca tuvo una promoción, seguramente porque su capacidad es limitada, pero usted se mantiene contento y orgulloso por el hecho de que lo distinguieron con una placa. ¿Acaso no logra ver que en pocos años usted no le servirá más a la compañía y seguramente vaya a ser reemplazado por un joven preparado que brinde un mayor rendimiento del que usted aporta? Deténgase a pensar en ello por unos minutos.
El silencio reinaba en la habitación. El paciente se encontraba recostado en el diván totalmente inmóvil; la crisis por la que atravesaba sólo le permitía el absoluto control de sus ojos, los cuales dirigía hacia el profesional. Lo vio acercarse hacia él nuevamente, y volvió a sentir impotencia de no poder rebatir sus afirmaciones; un asqueroso sentimiento de repudio corría por sus venas, pero dificultosamente podía definir si ese desdén se originaba en el doctor, o en su misma persona. Evitando caer en la lástima de su propia miseria, continuó escuchando los hirientes pero al parecer atinados comentarios del psicólogo: –Y su mujer se fue, y créame si no la culpo, pues yo a usted no lo querría ni como mascota. Luego de unos meses descubrió que estaba con otro hombre y el anuncio del divorcio fue una terrible sorpresa. ¿No será que usted no quería ver que las cosas estaban mal, y negaba lo que pudiera llegar a suceder? ¿No cree que en poco tiempo, este divorcio puede terminar de sacudir su infeliz vida?. Me refiero a la posibilidad de que un buen abogado cercano a su mujer, lleve a cabo un proceso legal tan exitoso que finalice dejándolo a usted, tan sólo con la ropa que lleva puesta.
Casi como por arte de magia, los músculos del paciente comenzaron a descontracturarse uno por uno, y si bien el habla todavía no se hacía presente, un incipiente sosiego combatía inexplicablemente el nerviosismo. Al parecer, algo en la cabeza del sujeto había cambiado, y la evolución en su comportamiento daba la razón al profesional en lo que respecta al tema de aceptar la realidad.
–¡No hemos hablado de sus hijos! Consideraría comprensible que una niña de nueve años quisiera irse con su madre; ¡pero un chico de quince!, un muchacho que recién entra en la etapa adolescente, cuando generalmente a esa edad tienen como ídolos a los padres. Claramente, su hijo ha realizado una manifestación explícita de rechazo hacia usted, un gesto que denota su fracaso como padre –afirmó el doctor severamente, esta vez sin recibir una respuesta esquizofrénica del hombre. Gracias a su gran poder de observación, el profesional logró percatarse de la veloz mejora de su paciente, y sonriendo, regresó a sentarse para dar forma a la conclusión de su profundo análisis: –Usted me asegura que su vida no es una desdicha, sino que tiene problemas como todos los demás. Yo considero que su vida es un saco de estiércol cuyo olor es inevitable. Creo además que su ceguera lo ha llevado, a lo largo de todos estos años, hacia una encrucijada de la cual es muy difícil salir, y las posibles soluciones hoy por hoy son muy pocas, de hecho se me ocurre sólo una –. Sin emitir sonido alguno, el increíblemente calmo paciente observaba al doctor esperando la llegada de algún tipo de recomendación o sugerencia.
–No, no, amigo mío, no pretenderá usted que yo le sugiera la solución. Yo ya he cumplido con mi responsabilidad y le he abierto los ojos a su triste realidad; ahora es su deber encontrar la manera de salir de ella –comentó el profesional al detectar las pretensiones del paciente. Éste, tan tranquilo como desconcertado, dio inicio a un proceso mental que tenía como fin indagar y sacar a la luz de su razón, las diferentes alternativas mediante las cuales pudiera resolver su situación. Por primera vez en mucho tiempo, sus ideas surgían con inmediata claridad, y la paz que se esparcía en sus músculos brindaba una antigua sensación corporal que ya parecía haber olvidado. Pensar con claridad; encontrar una solución válida; eliminar todo residuo muscular involuntario; saber como salir de su cubo protector inconsciente; todo al alcance de sus manos en pocos metros, la resolución de sus conflictos a escasos pasos, el más ansiado y reconfortante sentimiento de libertad corriendo junto a sus glóbulos rojos. Con el dibujo en su rostro de una sonrisa infinita, mantenía su hipnotizada vista pegada al reflejo que producía el gigante ventanal. El psicólogo trazó una línea imaginaria en el aire, y siguió el recorrido de la vista de su paciente hasta llegar al destino profundamente deseado. Luego de reírse por varios segundos, mencionó: –Sabía que podías hacerlo, sabía que solo encontrarías la solución –. Se dirigió a paso firme hacia la ventana y dijo mientras la abría: –Será mejor que te deje solo–. Después volvió a perderse en aquel pequeño cuarto del cual había salido.
La brisa golpeando sobre su piel, acarreaba consigo la magia de la felicidad eterna. Sus ojos permanecían cerrados y sus pies firmes, librados de cualquier tipo de temblor que en un pasado cercano, hubiese podido interrumpir el momento. Ya todo era claridad y soltura, ya no más esa irritante sensación de estar en el medio, ya no más espada, ya no más pared. Solo extendió sus brazos, y dejó que la fuerza de la gravedad hiciera su trabajo, entregando el peso de su cuerpo al comprensivo aire que lo llevaría al abismo de la esperanza, la esperanza de tener que dejar todas sus preocupaciones. Sin dudas, un gran salto de fe.
El doctor volvió a adentrarse en la habitación, ya con su vestimenta de trabajo. Rápidamente, optó por cerrar la ventana, pues varios papeles comenzaban a revolotear por el consultorio. La puerta del mismo se abrió de golpe, y un hombre de traje y maletín ingresó en él sumamente acelerado.
–¡Dios mío!, se me ha hecho muy tarde –acotó el extraño mientras se quitaba el saco. El psicólogo sonrió.
–Hugo, un paciente debía llegar hace quince minutos, ¿lo has visto? –preguntó el sujeto luego de sentarse en la silla.
–A decir verdad, a mí también se me ha hecho tarde, acabo de llegar –afirmó el psicólogo haciéndose el desentendido.
–Muy bien, no se lo diré a nadie –dijo el extraño acompañando sus palabras con una carcajada compasiva.
–De verdad que se lo agradezco, doctor –contestó Hugo. Luego tomó el plumero y empujando el carro que contenía sus herramientas de trabajo, se retiró del consultorio, hacia el corredor, donde habitualmente comenzaba la limpieza.