El calor era demasiado intenso para poder dormir y el sudor hacía que me asfixiaran las sábanas pegadas a mi cuerpo. Ahora estas eran las cadenas que tenía que soportar, las de hace unas horas estaban tiradas en el suelo pero no hacían más daño. Pensé que el ruido del aire acondicionado era lo que me había despertado pero estaba claro que no era así. Me encontraba tirada sobre una cama con el brazo izquierdo colgando por uno de los laterales, al igual que mi cabeza. Una asquerosa mancha en la moqueta, justo debajo de mi boca, me recordó rápidamente por qué había despertado en aquel lugar. El ambiente estaba tan cargado de vicio y calor que casi podía notar su sabor, ¿o era…? Mejor pensar en otra cosa. Debí haber cerrado algún bar antes de entrar en esta habitación para despertar en este estado y, aunque deseaba que sólo hubiera sido eso lo que había tomado, sabía que no era así. Al intentar incorporarme un pinchazo recorrió mi espalda desde la nuca hasta el final del coxis. Tenía las muñecas y los tobillos rodeados por un halo mortecino, mezcla de morados y amarillos verdosos, y me costaba respirar, como si constantemente tuviera presionada la garganta o tapada la nariz. Todo estaba desenfocado para mí y procuraba no mover la cabeza demasiado deprisa pues notaba las náuseas en la garganta. Aún así, pude distinguir lo que había encima de la mesita de noche. Ahora comprendía por qué me había emborrachado de aquella manera. ¡Por Dios, qué me había hecho ese asqueroso! Mi propio olor se había adulterado con el suyo y de nuevo aparecieron las náuseas. Comencé a notar también el hedor al mezclarse lo que se cocía en la calle con lo que habitaba en la estancia. La luz entraba en rayos entrecortados a través de una persiana desvencijada que no había resistido colgada sobre la ventana y mi propio cuerpo temblaba rítmicamente acompasando la vibración del tabique sobre el que se apoyaba el cabecero y, tras él, de los gemidos que lo acompañaban. Después de un par de minutos sólo había abierto los ojos, nada más. Los temblores habían dejado paso a un fuerte martilleo y los gemidos eran ya los gritos que responden a las bofetadas. Entonces, mi mano topó con algo. Por lo visto no estaba sola. Ese cerdo no se había marchado aún y, aunque no me apetecía verle la cara, levanté la cabeza sin saber por qué lo hacía. Esta vez no pude contener las arcadas y vomité sobre su cuerpo fláccido y desnudo. Ya boca arriba, lo único en lo que me concentraba era en despejar la mente. No quería por nada del mundo que las escenas de lo que había sucedido llenaran mi cabeza en estos momentos. Había que ponerse en marcha antes de que ese cabrón del casero viniera a por su parte porque estaba claro que el cadáver que tenía al lado no había ido a pagar aquella mañana.
¿Quién sabe qué pintan aún esas escaleras en las fachadas traseras si desde hace tiempo todas las construcciones disponen de aspersores obligatorios y sistemas de emergencia contra incendios con aislamientos sellados y cámaras estancas? No consigo recordar cuánto tiempo hacía que aquello pasó a ser obligatorio pero… ¡cuántos años debería tener aquel edificio! El caso es que ahí estaban y yo daba gracias por ello. No me gustaría prescindir de ellas, ni siquiera en casos de incendio. De hecho, era frecuente encontrar que las cámaras de emergencia para estos casos servían como almacén, cuarto de calderas o incluso como habitación supletoria. Salí lo más aprisa que pude por la ventana cuando escuché los pasos que se acercaban por el pasillo y atravesé el lacerado esqueleto metálico clavándome en los pies desnudos todo cuanto me encontraba. Sólo llevaba encima el vestido, que con las prisas se había hecho otro desgarrón al ponérmelo, y sujetaba las botas con la mano izquierda. Como no tenía calcetines lo pasaría bastante mal cuando tuviera que caminar con ellas puestas y las heridas aún sangrando. No había nada más que salvar. Mi ropa interior rezumaba en un rincón y no quise saber de ella. Traté de no hacer ruido y, aunque de mi boca escapaban lastimeros gruñidos, apenas se escuchó un roce de hierros oxidados cuando golpeé sin éxito el último tramo de la escalera. Estaba roto así que tendría que saltar. Por suerte no era una distancia muy grande pero mis tobillos tampoco estaban para muchos excesos después de tantas horas abrazados por el metal y, aunque al menos la sangre de los pinchazos los mantenía alerta, ya había sufrido un fuerte calambre cuando crucé a través de la ventana. La caída fue lo menos inesperado. En el preciso instante que mis pies tocaron el suelo noté nuevamente un calambre, esta vez en sentido inverso al anterior, y acabé rodando por el suelo enmoquetado de inmundicia del callejón sin fuerzas para sostenerme. Por muy aparatosa que hubiese parecido no había sufrido más daño del necesario así que antes de levantarme me encajé las botas y, una vez lista, comencé a caminar.
Ya era bastante tarde pero el sol aún estaba lo suficientemente alto, escondido tras una gruesa cortina gris que había ido acortando las horas de luz progresivamente desde hacía demasiado tiempo como para hacer, ahora que ya no quedaba petróleo en toda la faz de la tierra, algo al respecto. Aún así sudaba como en una sauna; que el sol no esté ahí no quiere decir que no caliente. En este momento sólo necesitaba tres cosas: algo para calmar el estómago, algo que me quitara este asqueroso sabor de la boca y algo que acabará con la fetidez que manaba de mi cuerpo. No sé si exactamente en ese orden pero sí igual de imperiosas. No necesitaba saber qué hacía aquel cadáver en la misma cama en que yo había despertado porque sabía perfectamente quien había acabado con él. Sólo necesitaba pensar en lo realmente importante: salir de aquel lugar y aquellos alrededores pronto. Si me preocupaba únicamente por esto no sucedería nada. Por suerte con diez años pude abrir una cuenta digital personal y ahora no tenía que manejar dinero en efectivo que pudiera perder en situaciones como la anterior o que me robara cualquier maldito adicto. Hasta entonces siempre lo había llevado en los calcetines pero no siempre tenía unos para ponerme. Ahora, miraba como las botas raspaban por un lado el asfalto y por el otro mi piel.
La caminata hasta el barrio iba a ser larga y los pies ya habían empezado a dolerme. Espero que ese apestoso motel y la accidentada salida no terminen en una infección. No sería la primera pero no me gustaría volver a pasar por ello. Notaba un hormigueo constante en todo el cuerpo pero creo que no es por nada que me haya dado anoche ese desgraciado. Otras veces sí me la han jugado pero… no, esto no es exactamente lo mismo. Debe ser por el entumecimiento de los músculos y el salto desde la escalera de incendios. Igual que hace años, cuando dormía embutida en los maleteros de lo que en tiempos mejores fueron simples utilitarios o cuando algún malnacido me dejaba encadenada más tiempo del que me esperaba. Fueron malos tiempos. Los dos primeros años tuve demasiada suerte, simplemente iba detrás del dinero, pero los malos tragos me hicieron abrir los ojos. He tratado de olvidarlo desde entonces y seguiré haciéndolo el resto de mi vida, pero cuando te pasas el día vomitando nada es tan fácil como olvidar. Jamás he sentido un dolor como el que sentí en aquel primer año. Ni me asqueó tanto la gente como en aquel primer año. Y jamás llegué a odiar tanto mi cuerpo como entonces ni tuve unas ganas más intensas de morir. ¿Cuántas lágrimas han salido de mis ojos? Lloraba cuando el estómago se retorcía en mi interior, cuando salía a la calle para tratar de calmarlo, cuando me metía en una sucia habitación de motel o detrás de un callejón y aún así siempre quedaban más. Lloraba de dolor cuando parecía que el cuerpo se me iba a partir por la mitad, cuando una oleada de sudor se apoyaba sobre él y, por fin, dejaba de arremeter contra mí y yo me quedaba sola, con suerte, con cuatro dólares a mis pies, pero quedaban más. Lloraba porque siempre que lo recordaba tenía que vomitar, porque mi cuerpo me obligaba a hacerlo y porque no tenía más remedio que volver horas más tarde a la calle, y aún así quedaban más. Tras dos años, a los diez, ya había pasado por todos los pecados y penitencias que cualquier religión del mundo pudiera imaginar. Por suerte el dinero era quien mandaba en esos tiempos y a nadie le importaba que una niña de esa edad pudiese abrir una cuenta digital personal, siempre que pudiese pagar sus costes, claro. Tampoco a nadie le importaba que quien no lo hiciese pasara a ser propiedad de la entidad bancaria hasta que saldara su deuda. ¿Y cómo una niña de diez años que vive en la calle podría saldar su deuda? Eso importaba tan poco como que las entidades bancarias tuviesen, sometidos a voluntad, hordas de propiedades personales individuales, como se les llamaba, porque la esclavitud se abolió, claro, hacía tantos siglos que ya nadie sabía decir cuántos. Las cosas iban a cambiar si quería seguir adelante y, aunque en algunos momentos me faltasen fuerzas para decirlo, quería seguir adelante. No quería ser propiedad de nadie. Se acabó salir por los suburbios, ahí no hay más que palizas, enfermedades y peligro, no dinero. El dinero se mueve en los residenciales. Allí hay dinero y vicios, allí había que salir. Cuando una niña de diez años piensa en su cuerpo como en un negocio es que algo no funciona, pero de no ser así no hubiese funcionado ninguna otra cosa.
En ese tiempo había conocido a otras chicas, mucho mayores que yo, que habían estado por el mundo. Decían que en Europa alguien como yo, sin ir tan desaliñada claro, no provocaría las mismas sensaciones. Al menos no a todos. Yo no paraba con esas chicas. Todas estaban enganchadas a algo y yo no quería terminar así. Eso significa menos dinero para comer, lo que significa más huesos incapaces de esconderse en cada vez menos carne, lo que significa menos trabajo, lo que significa menos dinero para las dosis, lo que significa menos dinero para comer… y vuelta a empezar. Al final acabas tirada en alguna cuneta o los de la recogida de residuos tienen que apartar tu cuerpo del callejón para poder llevarse los contenedores. Las chicas con la que yo suelo estar habitualmente son de mi edad. Algunas se maquillan bastante. A algunos les gusta, otros prefieren que seas una niña, pero todos quieren que seas una viciosa. Mientras a unos les gusta que te excite todo lo que te hacen, a otros les gusta verte pasarlo mal. En definitiva, así son las cosas, con doce años algunas chicas quieren ser más mujeres y otras más niñas, y todo para acabar del mismo modo y en la misma habitación. Yo sólo quiero salir de esta mierda y, de momento, seguía en pie, pero eso sí, había recibido una buena paliza. Hasta entonces la cosa había funcionado pero ahora había perdido el rumbo, había llegado demasiado lejos. En mis planes no se encontraba huir constantemente. Huir de las palizas, de la policía y, ahora también, de los cadáveres, pero era la primera vez y no volvería a repetirse. Por suerte había sonado de nuevo la campana y el segundo asalto había terminado. Por suerte no había tenido que preocuparme más que de eso en estos cuatro años y ahora podía decir, por ejemplo, que no tenía sida.
La gente no me quitaba el ojo de encima. Vale que acabara de salir del agujero más inmundo de este lado de la ciudad pero, aún así, seguía siendo la zona buena y todo el mundo pensaría que debería estar en el colegio. Aunque, por otro lado, llevaba el vestido tan raído que mostraba la mitad de mi cuerpo a todo aquel que quisiera mirar y, reconozcámoslo, una chica como yo, asiática pero morena como las gitanas, con los ojos rasgados y de un verde intenso, a estas horas del mediodía y con este aspecto… No me topé con un solo hombre que, tras mirarme de arriba a abajo, no me imaginara agachada frente a él. Caminaba arrastrando las botas, del mismo modo que sus cordones desabrochados se dejaban arrastrar al avanzar, exteriorizando los últimos cuatro años como una muestra clara del cansancio que acumulaba mi cuerpo. Era en momentos como este en los que me alegraba de haber dejado de robar hacía tiempo porque, ¿en qué lugar si no en este lo hubiera hecho? Si alguien comenzara a señalarme gritando que soy una ladrona simplemente caería desfallecida ante la sola idea de tener que huir a la carrera. Había demasiada distancia hasta el puente. Sí, menos mal que había dejado eso a un lado. Ahora tenía que dejar esto también. No quería volver a salir huyendo de las habitaciones de los moteles y menos dejando un cadáver sobre la cama. Esto había sido la gota que había colmado el vaso. Había que comenzar el tercer asalto. No quería volver a tener que correr hasta el puente tratando de mantener la amnesia para no sentirme tan mal conmigo misma. Así, como había caminado con la cabeza gacha, como escondiéndome del mundo, no me había dado cuenta que ya no había por qué hacerlo. Ya había caído la noche y ella se encargaba de ello. Ya estaba a mitad de camino del puente que conecta un barrio con el otro. La puerta estaba cerrada y sólo había que abrir la siguiente. Ya no había peligro del que preocuparse, al menos no tanto, y podía pasar desapercibida. Fue entonces cuando noté ese dedo que me señalaba por la espalda y escuché esa voz que gritaba mi nombre.
No quería girarme, como si la cosa no fuese conmigo y tal vez así todo pasase sin más, pero me había parado inconscientemente y eso dio al traste con todo. Para ser sincera, no sabía con exactitud si lo que había escuchado había sido mi nombre o si alguien había gritado a una muchacha que se detuviera, o incluso si lo había imaginado. Tratando de pensar con claridad, era prácticamente imposible que hubiesen utilizado mi nombre porque, ¿quién me conocía en realidad? Lo más probable entonces es que se hubiesen referido a una muchacha y, en ese caso, quizá no fuese yo esa muchacha. Mi pierna había comenzado de nuevo a caminar pero apenas hubo levantado el pie del suelo cuando un brazo enorme me levantó en volandas y me arrojó contra el muro del puente. A punto estuve de caer al canal ya que, aún guardando una mediana altura por motivos de seguridad, este no debía tener mucho más de metro y medio y yo había volado literalmente desde mi posición. El impacto fue terrible. Tanto que cuando mi cuerpo cayó al suelo no volvió a levantarse, a pesar de los golpes que comenzaron a caerle encima como una tormenta arreciando en pleno invierno. Esta tampoco era la primera vez que unos nudillos me acariciaban, a su modo, pero ahora era distinto. Tras el golpe contra el muro había dejado de sentir dolor y sólo notaba como si mi cuerpo y yo no fuésemos una misma unidad. Notaba cómo mi cuerpo había abandonado, se había dado por vencido y no pensaba cubrirse, levantarse ni huir. Me estaba dejando claro que no pensaba seguir adelante, que este era el final y, después de todo lo que había pasado por no ceder durante estos cuatro años, ahora me preguntaba si había merecido la pena. Me preguntaba si la primera vez que tuve entre los dedos una cuchilla no tenía que haberla clavado en mis muñecas con fuerza. Si la primera vez que me agarré al pasamano del puente por la parte exterior, de este mismo muro contra el que ahora rebotaba un cuerpo demasiado pequeño para lo que me estaba sucediendo, no tenía que haberlo hecho. No dejarme caer sino saltar con decisión, con los ojos muy abiertos. Son preguntas que, aunque no fuese a morir esta noche, jamás tendrían respuesta pero, en esta situación, me creaban un sentimiento que se oponía al hecho de que, por fin, el combate iba a terminar… ¿antes de comenzar el tercer asalto? Un último golpe en el pómulo abrió la piel y la sangre comenzó a correr en borbotones, mezclándose con la de la nariz, la boca y el resto de heridas palpitantes de mi cara. Sí, el combate había terminado y el vencedor podría ser esa silueta que salía del callejón mirando la tarjeta de mi cuenta digital personal… pero también podría ser yo.