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Barrena de la Iglesia, Rosario (Melitona Llorente)

Anouar



ANOUAR

 

            ANOUAR TIENE LOS OJOS GRANDES Y ACUOSOS, tan negros que parece como si el iris lo llenara todo y el blanco se perdiera entre tanta oscuridad brillante. Acaba de llegar al barrio y sus padres lo han traído al colegio por primera vez. No sabe hablar castellano y está tan asustado que dan ganas de estrecharlo en un abrazo para que relaje esa mueca tirante que le hincha visiblemente el tendón del cuello.

            “Hola Anouar, soy Elena, tu profesora de música”. Parece que entiende mis palabras pero es posible que sólo sonría al tono conciliador de mi voz y al idioma de mis manos pasando con suavidad por su pelo ensortijado y tosco.

            Me entero por la directora que Anouar  y su familia están recién llegados de un pueblo de la costa marroquí llamado Larache y enseguida me viene a la memoria ese nombre en boca de mi padre, que hizo el servicio militar allí, en África. El decía: “entre moros que no hablaban ni se comportaban como cristianos”. Anécdotas de juventud, historias de violencia y racismo que marcaron su vida tanto como la de aquellos marroquíes beligerantes que luchaban contra ellos con uñas y dientes.

            ¿Quién le iba a decir a mi padre que un nieto de aquellos, a los que miraba con inquina, se iba a convertir en uno de mis alumnos? y que yo, a diferencia de él, me mostraba dispuesta a integrarlo, a enseñarle mi lengua y mi cultura. Que me abriría para aprender yo también la suya –esos extraños sonidos de haches y jotas aspiradas- su cultura, que tantas semejanzas tiene con la mía porque, al fin y al cabo, el paso de los siglos no había conseguido diluir, del todo, nuestras raíces comunes.

            Anouar tiene que enfrentarse a dificultades porque es pobre y porque sus compañeros nunca han tenido amigos de piel oscura. Sienten que tienen que rechazarlo por diferente y porque los padres, en casa, hablan de los “moros” con desprecio.

 

            LOS DÍAS TRANSCURREN, el invierno da paso a una primavera inusitadamente cálida y soleada. El recreo se llena de risas y carreras, de balones y gritos infantiles. Me parece ver a Anouar jugando con otros niños de su clase. Gesticula, habla a gritos aunque no lo escucho desde mi rincón. Parece que tiene problemas con las reglas de un juego. Viene hacia mí y me asombra cómo el pequeño Anouar, que no sabía una palabra de nuestro idioma, se expresa correctamente –aunque con su acento característico- y protesta porque algún compañero hace trampas. Casi no le escucho pero me maravilla que en, apenas cuatro meses, la soledad de ese primer día se torne en comunicación y concordia, en este caso en discordia. Todos se defienden y su voz sale por encima de las otras. Se hace escuchar y quiere pelearse. Al fin consigo convencerle de que continúe hablando hasta que todo se solucione. Al minuto vuelven al juego y yo le sigo con la mirada.

            He asistido a la materialización de un milagro y empiezo a creer que existen motivos para albergar esperanza.

            Más tarde, en la hora de música, Anouar se ha quedado dormido profundamente, me da pena despertarlo porque tengo la impresión de que sueña con su tierra: las casas blancas de adobe cerca de un mar agitado y bravo, el mismo que le trajo hasta nosotros. Un mundo cálido de placidez moruna alrededor de una gran familia y del olor a especias inundándolo todo. Quién sabe si ese anciano que le espera sentado en el quicio de la puerta, no es el mismo que se encontró un día con mi padre en las calles de Larache y cruzaron ambos una mirada torva de desaprobación.

            Anouar sigue durmiendo mientras voy desgranando una retahíla de notas musicales, ni siquiera el ruido agudísimo de las flautas consigue sacarle del profundo sopor.

            Yo pienso que si mi padre y su abuelo hubieran conocido la lengua del otro –igual que el niño en el recreo, minutos antes- habrían llegado a un mínimo acuerdo y esa animadversión primitiva del invadido y la prepotencia insoportable del invasor se hubiera convertido en encuentro, probablemente en atisbo de amistad, al conocer y comprobar que no eran tan diferentes.

            Ahora esa tierra cálida ya queda lejos de Anouar porque allí no hay forma de vivir ni de prosperar. “Ojalá todo salga bien”, pensó su padre atando las maletas con una soga fuerte alrededor, para que las poquísimas pertenencias no se mojasen en el camino. “Alá sea bendecido por conseguirnos un lugar en la tierra prometida”.

 

            LAS CLASES TERMINAN y tengo que despertarlo para que vuelva a la realidad. Lo zarandeo suavemente y abre los ojos desorientado. Sigue soñando que corretea por las calles tortuosas de la Medina detrás de un perrillo al que persigue junto con otros niños. “Despierta”, le insisto y entonces se levanta, se despereza frotándose los párpados con fuerza. No sabe cómo, pero los amigos que le acompañan en la alocada carrera de su sueño, tras el animal, tiene la cara de sus amigos madrileños.

            “¿Te ha sentado bien la siesta? le digo ante la sonrisa que me deja ver sus dientes al completo. “¿En qué piensas?”, le pregunto, y él no sabe responderme.

 

 

                                                                       Melitona Llorente  - febrero 2009

 

 

                                  

Los diarios de Alipio

           “EL AMOR Y LA MUERTE SON DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA”. ¿Dónde he escuchado yo algo parecido? No lo recuerdo, pero ante el diario manuscrito de mi tío abuelo Alipio creo comprender el por qué de la frase.            Todo comenzó el día que puse en venta la casa familiar. Se desplomaba literalmente, por lo que decidí romper con el pasado y – lo mejor – con todos sus trastos viejos.            Pensé hacerlo como un acto festivo, recoger las cuatro cosas que me interesaban de verdad y el resto, para los anticuarios. El dinero me vendría bien pues las rentas que dejó mi padre iban menguando escandalosamente y la treintena me rondaba sin oficio ni beneficio.            Me acompañaba Lara, una rubia estupenda y jovencísima, loca por mis huesos y mi dinero – la pobre ignoraba que hacía malabares para aparentar la vida de lujo que llevaba – a pasar un último fin de semana en la casa y ayudarme a seleccionar aquello que conservaría de todo el maremagno de objetos inservibles.            Empezamos por abajo: aperos de labranza, no. Cacharros domésticos, no. Ropas de cama y mesa, no. Muebles labrados, armatostes de nogal y cerezo oscuros y rancios, no. Cuadros de mis padres, abuelos, tíos militares de alto rango, notarios de bigotes retorcidos, todos con abuela al fondo, la mano descansando sobre el hombro altivo del abuelo sentado en un sillón de mimbre, no. Objetos de plata traídos de otros países por familiares viajeros impenitentes, no.            La parte de arriba tampoco ofrecía nada interesante. Varias camas desechas con el colchón enrollado a la antigua usanza. Cabeceros y mesillas agujereados por la carcoma y decenas de láminas con Jesucristo señalándose el corazón atravesado con siete puñales.            Un poco desasosegado nos asomamos al desván. El olor a humedad me lanzó para atrás, las telarañas y un fenomenal desbarajuste contrastaban con el orden pulcro de los pisos inferiores. Lara quería marcharse “ahora no, cariño, si aún falta lo mejor”. Tenía miedo, un terror intuido como el que quizá sintieran nuestros antepasados cuando merodeaban los lobos.            Revolvimos entre la montaña de objetos, al cual más original o extraño: baúles con ropa apolillada, un bastidor con tela aún ensartada entre sus aros – la pequeña flor bordada en el centro apenas había perdido sus colores violetas y amarillos – y al fondo, debajo del pequeño ventanuco, en el arcón, ocultos por el sable y el uniforme militar, los cuadernillos de mi tío-abuelo Alipio. Abrí con cuidado las pasta duras y topé con un puñado de hojas escritas. Letra picuda, elegante, letra de persona culta; demasiado apretada quizá, pero legible, que invitaba a ser leída y descubrir los secretos de aquél hombre que me precedía en el tiempo.            Elegí al azar uno de aquellos diarios y deslicé mis ojos de izquierda a derecha buscando una frase cualquiera.            “Mis manos apretaron el amado cuello hasta sentir que la nuez se quebraba entre mis pulgares. La muerte le sobrevino violentamente y sus espasmos acentuaron los míos hasta el infinito. Placer indecible, divino, que me recorrió como un choque eléctrico.            Quedé tendido sobre ella; hube de taparle el rostro con la almohada, pus la mueca exagerada de la boca, los ojos desorbitados, me producían un rechazo enorme. Una vez repuesto, aprovechando la oscuridad de la noche y que ya todos dormían, la cargué en brazos hasta el sótano, abrí la trampilla y uní su cuerpo a los otros que yacían juntos, en fila, algunos descompuestos ya, sólo la calavera limpia y, los últimos pudriéndose, cada uno en fases distintas. Cerré bien para que el olor nauseabundo de la carne putrefacta no trascendiera a la casa y los perros encontraran el rastro de mi particular cementerio.”                       Me puse rígido, ido, releí cada una de las frases para cerciorarme de que no las había tergiversado o malentendido. ¡Dios Santo! El horror me atenazaba, apenas podía respirar con tranquilidad.            - ¿Qué te pasa Emilio? Estás muy pálido – Lara me sujetaba para no caer vencido por el miedo.            Faltaba por revisar el sótano y la duda se me atravesó en el pecho. Era preciso que ella no bajara conmigo.            - No sé, me ha dado un mareo, la falta de oxígeno, quizá. Salgamos a ver si me recupero.            Lara me ayudó a descender por la escalera rodeándome la cintura.

-         Gracias, ya estoy mejor ¿quieres ir al hotel y traerme las pastillas que están en mi maletín negro? Yo no puedo moverme ahora, anda, hazme ese favor.

-         Claro – me respondió azarada – tú quédate sentado, vuelvo enseguida.

Tardaría quince minutos ida y otros quince de vuelta, justo para

echar un vistazo. Cuando cerré la puerta tras de sí, corrí por las escaleras y busqué la trampilla que mi tío Alipio mencionaba en sus cuadernos. A pesar de que la parte de abajo no estaba llena de trastos como el desván, no se veía nada semejante a la puerta secreta de la tumba improvisada.            Miré, remiré detrás de los enormes toneles donde antaño se guardaba el vino, hurgué en los salientes de las paredes hasta que , justo en mitad de la estancia, oculta por una enorme mesa de roble macizo, asomaba lo que parecía una gran argolla de hierro. Moví aquella mole haciendo grandísimos esfuerzos y tiré del círculo frío que se unía a la madera por medio de otra anilla más pequeño pero igualmente oxidada. Encendí la linterna y al principio no percibí nada anormal; otra habitación más, vacía y húmeda como las de arriba. Cuando la vista se acostumbró a la oscuridad y la luz recorrió las paredes y el suelo, grité de horror al descubrir bajo mis pies un conjunto de esqueletos tumbados unos al lado de los otro guardando idéntica distancia; esqueletos mondados, amarillos, como el que dormía en el laboratorio de Ciencias Naturales en la escuela de mi infancia.            Temí caer desvanecido allí mismo, por lo que me apresuré a desandar los cuatro escalones camino de la luz y del aire limpio que me devolviera la cordura.            Lara entraba por la puerta llamándome a voces. Yo jadeaba sofocado, pero quise tranquilizarla.

-         Casi se me ha pasado, gracias.

-         Me alegro, porque no he sido capaz de encontrar ninguna pastilla

en tu maletín – me dijo contrariada – así que he ido a la farmacia y te he comprado aspirinas.            Mi rostro aún seguía desencajado y se asustó.

-         Ahora en serio, Emilio, creo que deberías ir al médico, tienes muy mala cara.

-         No, vamos al hotel, necesito ducharme y dormir una hora, eso es

todo.            La idea ya estaba aposentada en mi cabeza. Leería los diarios y descubriría los secretos de Alipio aunque fuera lo último que hiciera en la vida. Estaba tan fascinado por el hecho de hallarme ante semejante asunto que no pude concentrarme en nada más durante aquél día.            Lara se montó en el tres de las seis y partió. Estaba muy enfadada conmigo porque no había cumplido lo pactado de volver juntos en coche. Le rogué que me llamara durante la semana y quedáramos para el siguiente viernes, en el que ya habría resuelto los detalles de la venta y podríamos disfrutar de un largo y romántico fin de semana juntos.            Saldé la cuenta del hotel y acondicioné una de las habitaciones de arriba, justamente el enorme y luminoso cuarto de Alipio. Cerré los ojos y recreé su aspecto distinguido, uniformado, el pelo pegado a la cabeza con brillantina y bigotes finos retorciéndose ligeramente hacia arriba. Debía de tener mucho éxito con las mujeres, el suficiente para llevarlas hasta aquella misma cama y culminar el rito de amor y muerte programado de antemano.            La semana se me fue en lecturas. Cuanto más profundizaba en aquellas páginas más me invadía el horror. Conté veinticinco mujeres asesinadas de la misma forma; jóvenes, maduras, señoras de edad, solteras, casadas, que cayeron en las redes de Alipio, primero cortejándolas hasta dejarlas sin resistencia y luego...            En aquellos días algo cambió en mi interior. Bajé nuevamente al sótano y contabilicé los esqueletos, había exactamente setenta y nueve. Mi tío era muy minucioso con sus relatos y yo no hallaba más que veinticinco entre sus páginas. ¿Alguien más había practicado la misma actividad impunemente? ¿mi abuelo, quizá mi padre...?            No conseguí recuperarme de tanto sobresalto. Una locura se instalaba en mi cabeza, una idea fija, horrible que me hacía llorar y apretar los puños hasta desgarrar la piel de las palmas.                       El sábado, a mediodía, tocaron a la puerta, ¿quién podría ser? A nadie le había comunicado mi paradero, no había hablado con amigos ni parientes durante toda la semana. Abrí después de mucha insistencia de timbrazos y golpes secos sobre la madera. Era Lara, sonriente, bellísima.

-         ¡Hola, dónde estabas que no abrías?

Se abalanzó sobre mi cuello y me besó con energía.

-         ¿Pero te has visto, chico? Si estás hecho un cerdo. Anda ve a darte una ducha y me cuentas cómo ha ido todo.            Lara me devolvió a la realidad. Me arreglé y compuse para ella, resarciría el fin de semana anterior llevándola a cenar y comportándome con delicadeza. Me gustaba mucho Lara; era guapa y provocaba en mí tanto deseo que me sorprendía muchas veces pensando en sus formas y en sus ojos de mirada un poco ida. La necesitaba en ese instante pero preferí cumplir el ritual antes de pedírselo.            El restaurante era bonito y refinado. Le ayudé a quitarse el abrigo y besé su cuello a medida que iba deslizándose hasta abajo, todo ello ante la mirada aburrida de la señora del guardarropa.

-         He estado toda la semana llamándote al móvil pero estabas desconectado.

Es verdad, se me había olvidado por completo la existencia del teléfono.

-         No importa – le dije – lo bueno es que estés aquí brindando por nosotros, por esta noche.

Entechocamos las copas de vino e iniciamos el cortejo sabido: la miré, sonrió, le acaricié los muslos por debajo de la mesa, me correspondió con el fino tacto de sus dedos enfundados en medias de seda, intercambiamos comida de los platos, nos besamos y le puse una aceituna entre los labios a la vez que busqué su lengua con sabor a rodaballo a la plancha. La gente de otras mesas comenzó a sentirse incómoda y temí que el maître nos llamara la atención así que le propuse una tregua hasta que llegáramos a casa.

-         ¡Ah! ¿pero vamos a dormir en tu casa? Si hace un frío de muerte.

-         No te preocupes de nada – le contesté – es una sorpresa.

Cuando la vi cepillándose el pelo antes de meterse en la cama no pude esperar más, le rogué que se diera prisa porque la deseaba sin demora.

Nos amamos, la cubrí de besos, deslicé mi lengua por su piel; llegué desde la cara interior de sus muslos hasta detenerme en su sexo –oscuro y misterioso- invitándome a degustarlo y perderme en su perfume que me enloquecía por momentos. Lara gemía y rogaba: “por favor, por favor”

Sabía lo que deseaba pero era preciso alargarlo un poco más hasta escuchar la súplica.

-         ¡Fóllame, cariño, fóllame ahora!

Entonces busqué sus ojos antes de hacerlo porque adoraba el brillo intenso que adquirían y también el ligero estrabismo de sus pupilas cuando le sobrevenía el climas. Yo inicié la carrera hasta el final, subí las manos hasta su cara, su cuello y rodeé el delicado tronco que jadeaba sin descanso. Apreté, apreté, apreté, hasta que de su boca sólo salieron ronquidos guturales de bestia.            Sus uñas clavadas hasta lo más profundo de mi piel me hicieron arquear la espalda dolorida. Dejó de moverse, pero los estertores de la muerte coincidieron con mi orgasmo y entonces aullé como un lobo porque mi cuerpo entero estalló en oleadas gigantes martillando las sienes, fijando la sensación alucinante hasta en la punta misma de los dedos. Aquello duró un siglo. No conseguí ponerme en pie, estaba desmayado, ausente... feliz.            Bajé a Lara por la escalera cargada en el hombro. Llegué al sótano, levanté la trampilla y busqué un hueco donde tumbar el cadáver estrangulado.            Al día siguiente el sol radiante de invierno lo inundaba todo. Definitivamente no se pondría la casa en venta. Cerré la puerta y me alejé pensando en el inicio de una nueva vida.                                                                       Febrero 2009                                                                                 

Margarita está aquí

       

AÚN ESTÁ OSCURO, PERO YO NO TENGO SUEÑO DESDE HACE UN BUEN RATO. La casa está sumida en el más absoluto de los silencios y no es porque no se produzcan ruidos, imagino que el agua sonará en las cañerías, la madera del suelo chirriará como siempre y si se aguza el oído, seguro que habrá mil sonidos corales que acompañan la madrugada. Yo estoy sorda como una tapia y desde hace muchos años no escucho más que el propio latido de mi corazón.         Me orino, pero tengo prohibido despertar a mi hija cada vez que me vienen ganas y he de hacerlo en el pañal; tengo noventa años de diferencia con mi biznieta y ambas meamos en un dodotis, ¡qué vida!         Esperaré a que llegue el alba rezando rosarios y todas esas oraciones que me enseñaron de niña, cientos de salmodias y letanías que llenaron mi tiempo de insomnio, rezos que han de sacarme del Purgatorio para estar siempre con Dios y con los parientes que se fueron hace ya tiempo. Veré también a mi Marcelino, el hijo querido que murió de sarampión a los siete años. Aún sigo llorándole y ni siquiera me acuerdo de su cara.         Después de una eternidad viene mi hija Margarita a incorporarme de la cama. No sé qué hora es. Ella me grita al oído que son las nueve. Yo leo en sus labios las palabras, sé que fuerza la voz porque su expresión se hace crispada. Estoy harta de decirle que no chille porque no la oigo, que no escucharía a la Banda Municipal tocando un pasodoble en mi oreja, pero no hay manera.         Sí, diecinueve de abril, Santa Catalina de Siena, hoy es mi cumpleaños y por eso me llamo “Catalina Bermejo de las Heras, para servir a Dios y a usted”         Pongo toda mi atención en la boca de Margarita y me dice que es sábado, que van a venir mis otros hijos, mis nietos y biznieta a celebrarlo. Limpio con un pañuelito las lágrimas que saltan de emoción. “No llore, madre”, esta vez Margarita no ha gritado, “ya verá lo bien que lo pasa”.         Llevamos cinco años celebrando mi cumpleaños de manera especial. Piensan que a mi edad será el último. Me gusta vivir, pero no me importaría marcharme ya. Tengo muchos años y estoy cansada de permanecer dentro de este cuerpo que no oye, no ve bien y apenas se mueve con soltura. Ni siquiera la cabeza sigue en su sitio. A veces olvido lo que acabo de hacer aunque la memoria del pasado permanece fresca. Recuerdo episodios completos de mi vida: mi matrimonio con Francisco, Dios lo tenga en su Gloria, el nacimiento de mis hijos uno por uno, el día, la hora y la partera que me ayudó con todos ellos, los niños que no me nacieron también están aquí, en la cabeza; sus cuerpos inertes, azules, que no tuvieron fuerza para arrancar latidos a sus pequeños corazones. Y mi Marcelino dentro del ataúd, su cara desdibujada, vestido como para ir a la fiesta mayor. Allí vertí todo el caudal de lágrimas que tenía en el cuerpo hasta que se secó y no me quedaron apenas para otros duelos.         La vida ha pasado sin detenerse, ha hecho de mi cara lustrosa un mapa de arrugas deformes, sin dientes, cuatro pelos largos que mi hija enrolla en un moñete raquítico, los dedos sarmentosos... no reconozco nada de lo que me devuelve el espejo. Apenas puedo abrir los ojos y la lengua se mueve inquieta saliendo y entrando de la boca sin que yo apenas me dé cuenta. El mentón oscila imperceptiblemente y ya no puedo hacer ganchillo porque no soy capaz de dominar las manos, también agitadas y temblonas.         Hoy es mi cumpleaños, noventa y uno, y veo a una niña rubia y menuda que viene a mí precedida por un rebaño de ovejas. Mi Margarita me asea con delicadeza y yo voy a decirle que viene alguien pero me doy cuenta de que esa niña soy yo y la mujer que sale en su busca es Meli, mi madre, me besa el pelo y luego comemos toda la familia alrededor del hogar que chisporrotea trepidante. Siento el aliento de mi hija que habla sobre mi cuello pero estoy ausente escuchando la risa de mis hermanos y los ladridos de Morito, el podenco que espera unas migajas.         Estoy sentada en la cocina delante de un café con leche con sopas de pan. “Tómeselo calentito, madre” dice Margarita sorbiendo el suyo frente a mí. “¿Quiere que la vista con la blusa blanca de pintitas?” Y yo le digo que así estoy bien, que luego cojo frío con esa camisilla tan fina. A veces no sé a quién contesto, si a mi madre o a Margarita, es posible que me pregunte una y yo responda a la otra, así de confundida tengo la cabeza. Últimamente me gusta más estar allí, con la tibieza del sol y las voces conocidas revoloteando en mis oídos. Esos duermevelas que tanto disfruto y en los que vuelvo a repetir una y otra vez las horas del pasado luminoso, con la ventaja de que modifico a mi antojo todo cuanto me fue hostil. Así voy ordenando la vida a mi gusto y antes de morir, creo yo, que todo lo soñado se tornará en vivido.         La casa comienza a llenarse. Observo el bullicio sin verlo, bultos que se acercan a besarme –el tacto es lo único que conservo más despierto-, los pequeños tienen miedo de mí, abro los brazos invitando pero gimotean y luchan “dale un beso a la abuela, anda”, pero ellos responden “No, que pincha”.         Una vez que todos me han felicitado vuelven a ignorarme, qué van a hacer si no los entiendo cuando hablan todos a la vez y se atropellan unos a otros con tanta charla. Sólo capto palabras sueltas, sin hilazón,  y muchas de ellas carecen de significado para mí, así que vuelvo a mi sueñecito hasta que de nuevo me sobresaltan sus zarandeos para comer la tarta o hacernos la foto sabida con toda la familia. Sonrío, pero la mueca que me sale no se parece en nada a la risa. Distiendo los labios y sólo aparece una cara irreconocible, así que ya me sé el truco: meto la lengua, me esfuerzo por no temblar durante unos momentos, la cara seria y los ojos bien abiertos hasta que aparece esa luz brillante que me deja ciega para el resto de la tarde.         Desaparece de mi vista el conjunto de tarta, foto y bullicio. Estoy en el altar. Tengo miedo y una inquietud desconocida que se mueve dentro de mis entrañas. Levanto la cabeza hasta el hombre que no despega los ojos del frente. Tiene un perfil adusto. El pelo castaño fuertemente pegado a la cabeza desprende un reflejo irreal. “Cómase un trozo de pastel, abuela”. Ahora ya no tengo ganas de seguir engullendo aquella masa blanca y empalagosa. “Sí, quiero”, mi madre llora, escucho sus sollozos contenidos en el primer banco de la iglesia. La tarta sigue intacta entre mis manos.         Apenas conozco a Francisco, me saca veinte años y es viudo con dos hijos. Mi padre y él acordaron la boda porque nuestras tierras lindas en el término del Mojoncillo. Es pudiente y ha prometido darme una buena vida. Sé que cuando termine la ceremonia y la comida tendré que hacer con él – tengo catorce años recién cumplidos- lo mismo que hacen los perros, las ovejas o los burros, eso de lo que tanto cuchichean las mozas. Ahora tengo frío, mucho frío, me duele el estómago. La fiesta ha debido de terminar hace rato y yo no recuerdo las despedidas. “¿Qué tal lo ha pasado, madre?”, Margarita me ayuda a meterme en la cama. Le digo que Francisco me asusta, que no quiero irme con él a su casa. Necesito volver, como siempre, a la de mis padres, a mi cuarto con jergón de borra y ventana pequeña que da al huerto. ¡Santísimo corazón de María, ayúdame! Mi hija mueve la cabeza preocupada sin dejar de arreglarme “Cada día está usted peor”. La cama de Francisco es muy alta, de he saltar para subirme en ella. Los pies me cuelgan y aún falta medio metro para llegar al suelo. Aprieto las manos sobre el regazo con fuerza, no dejo de mirarme los pies oscilantes en espera de que el hombre con el que acabo de casarme suba conmigo. Se le oye trastear en la cocina. Ha encendido lumbre y se escucha un entrechocar de cacerolas. El latido del corazón se me detiene en el pecho. Sube por los empinados escalones de madera que crujen a su paso con un sonido agudo y discordante, variando de uno a otro, que cada cual tiene su propia música. Abre la puerta despacio, trae sobre la mano ancha de labrador dos tazones de leche que humea. Se queda mirando la escena con su cara eternamente seria. “¿Qué haces aún así, por qué no te has quitado el vestido, por lo menos?”. Yo bajo la cabeza consternada “Quiero marcharme con mis padres”, le digo, y lloro sin cambiar el gesto una hilera de lágrimas seguidas que forman un arroyo  en las mejillas.         El reloj del pasillo está sonando, noto sus vibraciones en el aire pero no sé realmente qué hora es. Todo es quietud y oscuridad, nada se mueve. Debe de ser muy tarde ya. Rezo y recito la letanía – siempre en latín- como aprendí siendo niña de labios de mi madre y del señor cura: “Ora pro nobis, Misere nobis...” “No me digas que te va a poner a rezar ahora. Tómate la leche y deja de llorar, verás como no pasa nada”. Sorbo el líquido espeso mirándole ahora más tranquila. Vuelve a marcharse y aprovecho para sacarme el traje nupcial. Lo dejo en orden sobre la silla de respaldo alto. Me pongo el camisón de lino bordado, que era de mi abuela, y cuando oigo que vuelve de nuevo me encaramo a cuatro patas sobre el lecho, así, como la vaca Juana hace siempre que traen al toro y los niños nos asomamos por la rendija del establo a presenciar el brutal espectáculo. Así lo espero yo, que venga por detrás y embista con la misma fuerza descomunal que el animal negro y poderoso, soltando un mugido gutural que corta el aire en dos. Francisco no hace nada de eso, se ríe por primera vez a carcajadas. Me avergüenzo y vuelvo al borde de la cama “Yo creía...” digo fijando la vista en mis pies con obstinación. “Anda ven aquí” responde tendiendo una mano amistosa.         “Mater amantísima, Ora pro nobis, Mater serenísima...” Otro amanecer, otra claridad. Un sol que llega con idéntico recorrido hasta impregnar de luz el cuartito. Cuando abro los ojos ya no puedo distinguir los matices, el color de la pintura, el cuadro de María Auxiliadora, sólo la luz que todo lo inunda. Hago ademán de levantarme; he de preparar la comida para Francisco que se marcha a las Tierras, aún he de encender la cocina, ponerle un pienso al burro y a los machos, preparar las patatas para los cerdos y barrer el portal que anoche quedó sucio de las caballerías. Casi estoy de pie. Me siento cansada, apenas puedo moverme. “¿Adónde va, madre, no ve que se va a caer?”. ¿“Tú quién eres?” Pregunto a la mujer que interrumpe mi actividad. “Soy Margarita”, contesta sollozando “¿No me reconoce?”. “¿Margarita?, digo “Margarita está aquí” y paso la mano por mi vientre prominente que no cesa de moverse. “Mi niña está aquí”, repito y la mujer me abraza sin dejar de llorar. Vuelvo la vista hacia la ventana en busca de ese sol poderoso pero me parece que el día se ha nublado.                                               Febrero 2009

Soledad



LLORABAN QUEDAMENTE. Vestidas de luto riguroso, una decena de mujeres retorcían el pañuelo y dejaban escapar un suspiro ruidoso y estridente.

-         ¡Ay Dios mío!

El cadáver, arreglado con esmero, muy pálido y enjuto, se dejaba ver a través de un ventanal redondo. Era el de una anciana de pómulos salientes y boca desdentada que se metía para dentro en una mueca exagerada. Lloraban contagiándose las unas de las otras, luego un receso para las alabanzas.

-         ¡Una santa!, con lo bien que estaba y de repente... ¡Ay Dios mío!

Soledad veía el despojo de su madre desde otra altura. Ella sola, apartada del coro enlutado, los ojos secos ya, amoratados observaba el ataúd de caoba cuajado de incrustaciones metálicas, donde yacía su madre. ¿Esa era su madre?, tan menguada y blanca, el gesto adusto, eso sí, pero inerte. Iba a cumplir años el próximo mes y tendría que celebrarlo sola, porque ella no estaría en casa para recordarle que en su vida había transcurrido medio siglo.            Las mujeres cortaron en seco las lágrimas para llenar el estómago con bocadillos y café caliente de un termo de cuadros escoceses.

-         Toma Sole, que no has probado bocado en todo el día.

-         No gracias, Felisa, no tengo hambre.

La mujer depositó en la frente de Soledad un rosario de besos huecos, dejándole un rastro de humedad repugnante que limpió disimuladamente cuando se dio la vuelta.            Un reloj blanco, redondo, encima de la urna funeraria, marcaba las tres menos cuarto de la madrugada. Las manecillas caminaban implacables contrastando con la quietud inmóvil del cadáver.            Soledad se dejó caer hacia atrás reposando la espalda en la pared rugosa. Le dolían las piernas, ya hinchadas, y cerró los ojos. ¡Cincuenta años! Había pasado la vida ignorando que aquél discurrir de horas, días, semanas, meses, años... habían compuesto un conjunto. Apenas recordaba nada significativo para traer hasta la memoria. La infancia, la primera juventud era el tesoro que le hizo sonreír en mitad de dolor. ¡Qué agradables sensaciones de olores, sabores y cuadros familiares! Su madre peinándole la cabellera áspera una y otra vez recordándole su condición de “señorita”.

-         Encontrarás un novio guapo, rico, por lo menos notario ¿eh? Y te casarás en los Jerónimos con un vestido de tul blanco, me darás nietos guapos.

Recordaba el recital de aquella letanía que sólo variaba para modificar la profesión del futuro yerno en: médico, ingeniero de caminos y otras parecidas.            Soledad se miraba en el espejo y veía una jovencita demasiado grande, demasiado pelirroja, demasiado blanca, un poco anodina. Sus amigas empezaron a comprometerse y el notario no terminaba de llegar. De todas, Carmen se casó la primera, no se le fue mucha envidia porque, al fin y al cabo, el marido era un hombre más bien vulgar, ya lo decía su madre.            - Con uno de esos, ni muerta; te llena de hijos y vives de un suelducho toda la vida. Para calamidades, mejor aquí conmigo, hija.            Su padre, que regentaba un comercio de paño en el centro de Madrid, no se metía en cosa de mujeres. Hacía su vida en un mundo aparte. Soledad se enteró muchos años después de su muerte que aquél bendito tenía una doble vida y mantenía a una señorita de mal vivir – según su madre- desde tiempo inmemorial. La esposa, consentidora, sólo le pidió discreción, mucha discreción, para cubrir las apariencias y que sus hijos no participaran en el escándalo.            El universo de Soledad se compuso pronto. Estudió Magisterio y su madre le buscó un colegio donde ejercer. Era un centro de enseñanza religiosa con mucho prestigio, donde se educaba la flor y nata de la ciudad. Allí hizo su vida, encontró nuevas amistades –todas femeninas – y cuando llegó la reforma y se reestructuró de otra manera el funcionamiento del colegio, salió con la dignidad de una reina ofendida llevando la carta de despido en la mano.

-         No importa –dijo su madre – ellos se lo pierden. A ti no te hace falta trabajar, tenemos rentas para vivir sin estrecheces. Déjalos que contraten a maestros de pelo largo. Los socialistas tienen la culpa ¡si el Caudillo levantara la cabeza, otro gallo nos cantara!

Esto último lo mascullaba entre dientes, con rabia. Nunca pensó que España diera ese giro de manera tan estrepitosa.            Desde entonces la vida de Soledad se tornó diferente. Sus labores domésticas, sus misas, rezos y rosarios, un té con las antiguas compañeras en la cafetería rancia de siempre... Ellas sí volvieron a colocarse, unas aprobaron oposiciones al Estado, otras vivían de las interinidades, malpasando, otras, como ella, decidieron quedarse en casa a cuidar de sus maridos e hijos. Aquellas charlas iluminaban a Soledad la monotonía diaria. Hablaban de hombres, de deseos, de risas incontenibles y de problemas; Julia salía con un separado y estaba pensando en casarse. Amelia estaba dispuesta a recurrir a una agencia matrimonial para remediar su soltería. Esperanza arrastraba un desengaño por el sinvergüenza del novio que no tenía ni oficio ni beneficio y no le daba la gana de madurar y formalizar una relación de seis años. A Soledad le parecía que ahí fuera borboteaba una vida que ella se estaba perdiendo.            Comentándolo con su madre, ésta se llevaba las manos a la cabeza.            ¿Vas a cambiar tú esta vida por la de ninguna de esas que conoces? A ver ¿qué le pasó a Julita?, pues que la dejó el marido por otra más joven, con dos criaturas, eso es lo que le pasó a Julita. ¿Y la otra?, esa larguirucha que no me acuerdo cómo se llamaba, que se casó con un cartero y si no fuera por su sueldo... ¡piedras iban a comer todos! Pareces ciega, hija mía, a veces creo que no deberías merendar con tus amigas, porque en vez de estar bien, luego vuelves como si te pasara algo, de mal humor, enfadada, no sé...            Soledad bajaba la cabeza, su madre llevaba razón. Ella no tenía que soportar a un marido de aquellos sinvergüenzas, adúltero, pobre, ni tampoco padecer los sufrimientos que dan los hijos. Su hogar se componía de calidez y plácido discurrir. La madre se lo daba todo hecho y ella pedía perdón a Dios por no saber reconocer la surte que tenía por nacer donde había nacido.            Pero también había de soportar momentos realmente duros cuando, en medio de la noche, entre el sueño y la vigilia, se le llenaba el vientre de un calor conocido y la cabeza de imágenes en escorzo que le rozaban con un aliento húmedo. Cuerpos bañados en sudor, serpientes deslizándose sobre ella jadeantes, opresivas, buscando orificios donde desaparecer en el fondo de sus entrañas. La mano bajaba hasta el mismo centro del desasosiego. Sabía que moviendo los dedos acompasadamente la tensión cedería, pero luego los remordimientos darían paso al insomnio y la vergüenza de tener que ir a confesar al día siguiente.

- Hija mía – le susurraba al oído el Padre José – ten fortaleza, reza mucho, reza. Cuando te asalten esos deseos levántate de la cama y enjuágate la boca con agua fría. En última instancia no duermas en camisón muy suelto, ponte una faja que te sujete y te impida cometer ese horrible pecado. Ahora reza el “Señor mío Jesucristo” “Ego te absolvo in nomine Patri...”

O cuando su madre se ponía de mal humor y descargaba sobre ella una ira espesa y seca que la dejaba sin aliento.

- No me extraña que no te hayas casado, hija, ¿quién iba a aguantarte?, si pareces una escoba, mírate, sin gracia, ni arreglarte sabes y luego ese carácter de vinagre que tienes, no sé a quién habrán salido.

Y relataba hasta desfallecer o hasta que Soledad rompía a llorar con desesperación sin comprender muy bien la razón de aquél veneno.

LAS SEIS DE LA MAÑANA. Las mujeres de luto dormitaban rendidas apoyadas en el respaldo del sofá. Soledad se acercó a la urna funeraria y comenzó a llorar sin descomponer el gesto. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas como un surtidor. Abrió las palmas de las manos sobre el cristal frío mientras apoyaba la frente. Primero golpeó despacio:

¡Mamá, mamá ¿por qué?!            Después la mano se hizo puño y siguió batiendo el cristal sin medir las fuerzas. Las viejas despertaron sobresaltadas y apartaron a la mujer de la urna para tranquilizarla.

-         Pobrecita, que tragedia, estaban tan unidas – se escuchó.

Poco después, mientras le daban sepultura en el Cementerio de la Almudena, un rayo de sol traspasó las nubes de aquél día gris, nublado y frío que dio de lleno en la cara de Soledad.

Cogió un puñado de tierra, lo lanzó con rabia sobre el féretro y masculló con voz apenas audible:

-         ¡Ahí te pudras!

Su última actuación



LA MAÑANA SALE CLARA. Un cielo azul, sin rastro de nubes, anuncia el día despejado, frío, a pesar del sol invernal que apenas calienta los huesos cansados del tío Efrén.            Sale de la chabola estirándose ruidosamente. El pelo blanco, revuelto, canoso, que le cubre la frente oscura y apergaminada.            Remedios, alias “La Moños”, ya tiene un buen fuego preparado detrás de la chatarra. Ahí se calientan los niños y otros miembros de la familia que han madrugado más que el patriarca.            Desayunan café con leche y pan duro que sobró de la cena, la noche anterior.

-         ¡Niños, a correr que ya viene el autobús de la escuela!

Se desgañita Remedios llamando a voz en grito a la chiquillería que corretea en busca de sus carteras y trastos del colegio.            Efrén no se inmuta, termina el café con la mirada absorta en el fuego que chisporrotea y lanza pavesas encendidas a un lado y a otro. Ahora desvía su atención hasta las pequeñas cabras mugrientas que pastan de un prado imaginario, pues el lugar donde hocican es una escombrera multicolor, sin nada parecido a la hierba, a no ser un trapo verde, sucio, hecho jirones, que descansa en lo alto del montículo.            -¡Remedios, no le des de comer a las cabras que “aluego” no trabajan – le dice el tío Efrén a la mujer que hace ademán de echarles el pan sobrante a los animales.

-         Pero si están “esmayás” las pobrecitas, no tienen fuerza ni para encaramarse en lo alto de la escalera.

-         Tú a lo tuyo, anda y déjalas en paz.

Remedios mira a su esposo, que esta mañana se ha levantado meditabundo. Los años pesan mucho y mirado así, de perfil, recortado sobre el fuego, parece un viejo y aún no ha cumplido los cincuenta.            Lo recuerda ella, veinte años atrás, vestido como un príncipe, tocando la trompeta –sin fallar una nota- aquella canción que sacaba lágrimas de los ojos “De noche cuando me acuesto le rezo a la Virgen de la Macarena”. Las cabras, dos bichos saltarines y preciosos hacían el pino en la Puerta del Sol, enfrente mismo de Doña Manolita, y los guiris soltaban un billete de cien duros, nuevecito, que iba a parar directamente al sombrero de ala corta de Efrén. ¡Esa era vida!. Ahora ya no pisaban el Centro, so pena de ser encerrados en el cuartelillo y confiscadas la Marinieves y la Canela.  “¿A dónde se las llevarían?”, se preguntaba Remedios, “Al matadero, mira tú a dónde”.            Efrén desaparece de la chabola y sale vestido de negro, el vientre prominente reventando los últimos botones. Sólo contrasta una cadena dorada que le cruza el pecho y en medio, descansando entre el vello tupido, el Cristo de Dalí con unas dimensiones exageradas.            Coge la trompeta y le da una pasada de gamuza rápida. Se la acopla a los labios e infla los mofletes sobre la boquilla para soplar en falso. El sonido que emite el instrumento es destemplado y estridente. Efrén vuelve a intentarlo y entonces sí, hace una escala completa. Termina de calentar y ataca un bolero sencillo “Bésame mucho” para terminar con el “Porompompero”. Está cansado de tocar siempre las mismas diez canciones, pero ya se cuida él de no repetirse cuando va de un barrio a otro.

-         ¡Remedios, mete a la Marinieves y a la Canela en la furgoneta!

Las cabras al oír sus nombres levantan la cabeza al unísono. Saben, después de tantos años, que esa voz significa viaje, escalera, pirueta y...comida. Los animales están escuálidos, pueden contarse las costillas. El pelo blanco de la Marinieves y marrón de la Canela está salpicado de mataduras, haciéndoles parecer un par de cabras tiñosas.            Mientras Remedio termina de enredar y tender una colada de ropa blanca, mugrosa y desteñida, Efrén abre la escalera y enrosca la plataforma en el agujero que le ha practicado en el centro del último peldaño.

-         ¡Vamos, Marinieves, arriba!

El bicho sube sin pensarlo, se detiene en el último tramo y con un palito fino, Efrén le varea el trasero para animarle a terminar la ascensión.

-         ¡Arriba, maja, ale, ale, ale!

Ya está, se sostiene en la plataforma superior con las cuatro patas en un círculo mínimo.

-         ¡El pino, hop!

Y el animal da un respingo y se queda de manos en el minúsculo trozo de madera.

-         ¡Ole mi cabra! Abajo, venga, deja a la Canela que lo ensaye también.

Terminan de realizar los ejercicios y les lanza una barra de pan al suelo que se hace añicos a los pies de ambas. Comen con ansia, empujándose desafiantes ante el miedo a perder el bocado.            Efrén no sabe muy bien dónde ir aquella mañana. Tiene el campo trillado y cada día es más difícil ganarse el pan. El Centro, la Puerta del Sol, Correos, la Plaza Mayor, donde corre la “guita”, está terminantemente prohibido. –Que hace feo para el turismo- ¿y por qué eran los extranjeros los que más aforaban al ver a las cabras encima de la escalera?. Si hiciera feo, los “guiris” no soltarían prenda, pero el que manda, manda. Así que no había más remedio que recorrer barrios periféricos. Eso era lo peor del oficio, sin duda ninguna. Comenzaban el número solos, desangelados bajo el círculo de los rascacielos, donde al cabo de un siglo asomaba alguna mujer aburrida lanzando cinco duros desde el piso trece que, por descontado, se perdían al llegar abajo. Tanto esfuerzo para cinco duros enterrados en el césped. La Moños hurgaba entre los rosales hasta reventarse las manos y, a veces, ni por esas.

-         ¡“Me cagüen tos sus muertos”! – mascullaba Efrén desesperado cuando el medio día se acercaba sin un duro en el sombrero.

Los tiempos han cambiado mucho. No se resigna a dejar las cabras para dedicarse a otra cosa: ¿ vender fruta? ¿ recoger chatarra? ¿ trapichear de mercadillo en mercadillo con ropa defectuosa que las fábricas desechaban?. Él era un artista. Aprendió de su padre el arte de amaestrar a las cabras y a tocar la trompeta con soltura.            -¡Remedios ¿quieres meter a las cabras en la furgoneta, de una vez?!

La Moños obedece y se instala en el asiento delantero. Cuida de que todos los utensilios estén en orden y, aunque no ve la caja para el redoble sabe que está debajo de su asiento porque nota la frialdad de los apliques metálicos rozándole los talones. Efrén monta a su lado y tras el agónico arrancar del vehículo se ponen en marcha.

-         ¿A dónde vamos? – pregunta la mujer con poco entusiasmo.

-         A la Puerta del Sol, hoy les vamos a hacer el numerito a los “guiris” como en

Los viejos tiempos.

Remedios palidece.

-         ¿A la Puerta del Sol? ¿tú estás tonto, quieres terminar en la Plaza de Castilla detenido, y la Canela y la Marinieves gaseadas, en el matadero? ¿eso es lo que quieres, Efrén?

Ahora llora retorciendo un pañuelo grande que había sido blanco en otro tiempo.

-         ¡Mecagüendios, cállate ya! He dicho que a la Puerta del Sol y hoy se suben las cabras en la Puerta del Sol ¿estamos?

Levanta la mano hacia la “Moños” que se retira atemorizada, pues sabe que su marido no se anda con tonterías y si abre la boca en ese momento, la mano puede caer sobre su cara sin contemplaciones.            Aparcan en la Calle del Arenal, en pleno paso de cebra. Bajan a los animales que parecen contentos de tanto bullicio. Efrén saca la trompeta y Remedios coloca la escalera con plataforma. Sin pensarlo un segundo entona los primeros compases de “los pajaritos” y la Marinieves, sin mandárselo, trepa despacio hasta la primera altura, ahí entra Remedios con redoble de caja. La cabra sube las patas delanteras hasta el círculo de madera y luego, en una rapidísima pirueta, se encarama bien posada en la base. Remedios deja de tocar. La gente se arremolina alrededor, aplauden a rabiar. Luego le llega el turno a la Canela, que lo borda igualmente y Efrén, con el sombrero en alto, como un torero brindando el toro, dibuja semicírculos en el aire, los brazos abiertos, la trompeta triunfante en la otra mano. El sombrero se llena de monedas de veinte duros, los billetes también asoman entre la chatarra y un grupo de japoneses, hartos de hacer fotos, gritan:            -¡Toreador, toreador!.

-         ¡”Echar argo pal puchero, meter un durito aquí”! –señalando con el índice, el negro fondo del sombrero de Efrén.

El momento de triunfo dura pocos minutos más, porque abriéndose paso entre la multitud llega la Policía Municipal.

-         A ver, permiso para hacer esto en la vía pública. Documentación, papeles...

Otro guardia despeja la zona.

-         ¡Circulen, desalojen, fuera todo el mundo, circulen, circulen...!

-         No tenemos papeles, señor agente, los hemos olvidado en la chabola.

-         ¡Ya! ¿usted no sabe que está prohibido pasear animales de corral por la vía

pública? Y menos con fines lucrativos.

Remedios, mientras, esconde el dinero en la faltriquera que lleva debajo de las faldas.

-         ¡Quedan detenidos, y los animales, confiscados!

-          

La Moños organizó tal escándalo que no hubo forma de que se metiera en el coche policial. Llamaron a un furgón y a los refuerzos del 091 para reducirla y conseguir que se calmara, antes de ser recluida en los calabozos de la Plaza de Castilla.            Efrén y Remedios se miraban vencidos mientras les tocaba el turno para ser juzgados.

-         Ya lo sabías ¿eh? “malaje”  ésta sería tu última actuación. Podrías habérmelo dicho y me hubiera esforzado más en el redoble.

El hombre la miró con ternura. Las puertas se abrieron de par en par y escucharon su nombre por los altavoces.            - Efrén Heredia de los Reyes y María de los Remedios Vargas de Cádiz. ¡Pasen!.

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