Llegó al lugar sintiendo a la vez escalofrío y emoción, le sudaban las manos dentro del abrigo mientras el valet parking se sentaba al volante del BMW y le entregaba un boleto. Habían pasado dos meses desde el secuestro afuera del Armario, el lugar al que solía ir tres veces por semana a que Gricel se sentara en sus piernas fingiendo, al paso de algunas canciones, que él era el único hombre en su vida.
Se acercó a la puerta, observó los haces de luz negra que se colaban detrás de la cortina de terciopelo rojo, pagó su cover y entró con pasos lentos pero decididos, dejó el abrigo en el guardarropa, la ficha de plástico bailó en sus cuatro dedos. Nuevamente Gricel se sentaría en sus piernas para hablarle al oído y eso era lo único que le importaba.
Siempre le había gustado la luz negra de esos lugares porque imposibilitaba ver las cicatrices de las operaciones, las ojeras y los moretones, el cansancio en los rostros, la celulitis, las estrías y, ahora, disminuiría la posibilidad de que alguien viera su mano mutilada. Entró y la luz se lo tragó de inmediato.
Una larga mesa ocupaba gran parte frente a la pista, así que tuvo que acomodarse al final de la misma, en una mesa con suficiente espacio para su enorme vientre. A pesar del tiempo encerrado, con los ojos vendados, las manos atadas a la espalda, la cinta adhesiva en la boca y la capucha negra en la cabeza, sólo había perdido unos cuantos kilos. Lo único que deseaba, lo único que esperaba era que Gricel se acurrucara entre sus pliegues, que lo rodeara con sus brazos y le acariciara el cuello, lo único que quería era sentir cómo se erizaban sus vellos al contacto con esas uñas de plástico pintadas con estrellas.
Pidió un etiqueta negra y echó un vistazo, distinguió a los uniformados burócratas banqueros que resaltaban por lo impecable de sus camisas blancas; al grupo de jóvenes universitarios que se gastaban la colegiatura en el lugar; reconoció a los maridos de su edad, aburridos de una esposa que exigía más dinero y alguien que se hiciera cargo del primogénito; a los novios o padrotes, que se reunían en alguna mesa al fondo, protegidos por la oscuridad y cuidaban su negocio; a los que gastaban la piel en recordar una época perdida de sus vidas; el grupo que en círculo festejaba al que pronto se casaría; se reconoció en cada uno de los rostros, en cada una de las motivaciones y sin embargo, se sabía distinto.
Las bocinas escupieron a todo volumen “Hacer el amor con otro es como no hacer nada” y una jovencita con apariencia de europea del este, luchaba por deshacerse de un diminuto bikini. La observó y pudo distinguir el rostro de quien se encuentra perdida en el mundo, porque sabía que así era el suyo. La vio desnudarse sin ritmo ni gracia, aventar rutinariamente el diminuto bikini a un lado del escenario y remontar hacia la cima el tubo que minutos antes una anciana encorvada había limpiado. Comenzó a girar a gran velocidad y él se mareó. Sólo quería que apareciera Gricel y entonces él sacaría la billetera y compraría lo suficiente para que las horas se diluyeran en la apariencia de un romance.
Quitó la mirada de la eslovaca y vio a un joven al otro lado de la pista en forma de T, el veinteañero destacaba por el Versace de su playera que brillaba gracias a la luz negra, hipnotizado por la mujer que ascendía llamó a la anciana boletera, señaló a la extranjera que se deslizaba lentamente hacia abajo hasta que su pelo tocó el suelo, y pagó con un billete de quinientos. En sus ojos adolescentes se notaba la expectación que producían las notas de la canción cuando llegaba a su final.
Su observación fue interrumpida por algunas mujeres, desnudas que atravesaban los pasillos con cansancio. Comenzó Persiana Americana, yo te prefiero, fuera de foco, inalcanzable... y una mulata con el abdomen perfectamente marcado subió a la pista, sus ojos destellaban y parecían salidos del inframundo, resultaba claro que eran pupilentes. Entre el ruido y la iluminación era prácticamente imposible distinguir nacionalidades, pero se deducía que ninguna era mexicana. Eso lo sabía perfectamente él, que había pasado gran parte de su vida en lugares como ése, pagando por contacto, por compañía, pagando por apariencia, por necesidad, pagando por sentir lo que su dinero no podía darle en la vida real. Porque a pesar del BMW, de la tarjeta sin límites, de la casa con jardín, de la ropa comprada en Nueva York, del ipod con 80 gigas, de los guantes de piel, de las corbatas de seda, de la pantalla plana, del pasaporte con visas de lugares imposibles de ubicar en el mapa, no conseguía que alguien lo quisiera. Años atrás, cuando se dio cuenta de que las mujeres sólo se acercaban por lo que traía en la billetera, decidió que compraría la que más le gustara, que si su dinero era un imán, entonces atraería lo que él quisiera, que no se conformaría con una mujer normal, quería una espectacular, no aceptaría nada menos y, en este caso, era Gricel. A quien esperaba ansiosamente ante el tercer whisky.
Rechazó a cada una de las mujeres que se acercaban a él con la intención de que les pagara una bebida rebajada o un boleto para un baile privado. Era lógico que sucediera, su auto y su ropa lo delataban. Siempre que entraba a un lugar era señalado con la luz, como uno de los que realmente tenía dinero, así que las bailarinas lo rondaban todo el tiempo, sin dejarlo en paz, pero él sólo quería a Gricel, que no aparecía por ningún lado.
La única vez que no la encontró, por no querer esperar que dejara a otro cliente, aceptó la compañía de una rubia platinada que lo invitó a salir del local. “Que la esperara afuera, en su coche, solo tardaría unos minutos y podrían irse a pasar una noche de placer, le daría todo lo que él quisiera, lo haría sentir mucho más de lo que ahí era permitido, lo haría correrse una y otra vez, lo dejaría hacerle todo lo que él quisiera, la podría atar, golpear, todo lo que su imaginación, y su billetera pudieran idear” había dicho. No pudo resistirse. Lo hizo por despecho a Gricel, que bien sabía que la estaba esperando y no se apuraba a dejar a ese jovencito preparatoriano que la acariciaba torpemente intentando aprovechar hasta el último acorde de la canción. Lo hizo porque también quería algo más, porque esa mulata le provocó con esas palabras que le hirviera la sangre ante la posibilidad de hacer lo que su colección de pornografía le mostraba en las horas perdidas. Lo hizo porque por una vez quiso sentirse hombre, lo hizo por rencor, lo hizo porque podía, porque Gricel lo estaba traicionando en ese mismo instante, porque lograba verla disfrutar las manos jóvenes y fuertes del muchacho, la lengua que se intoxicaba con el perfume barato, la erección en el pantalón de mezclilla, porque Gricel lo dejaba meter las manos torpes donde no estaba permitido, a menos que tuvieras tanto dinero como él, y era claro que el chamaco ese no tenía lo suficiente. Salió y dio el boleto al valet parking, pidiéndole que se apurara con su Land Rover y esperó que ella apareciera.
Lo que siguió fue rápido y turbador. Dos hombres subieron detrás de ella a la camioneta, le apuntaron con un arma y lo obligaron a manejar un par de cuadras. Después lo amordazaron y lo pusieron en el piso en la parte de atrás, le pusieron una capucha negra y fue sintiendo todo el tiempo la presión del cañón en la sien. Perdió la cuenta de los días y sólo comenzó a llevar un registro a partir del día en el que su meñique izquierdo dejó de ser parte de él. Ese día se dio cuenta que estaba cerca del zócalo, porque pudo escuchar, no muy lejos del pequeño espacio en el que lo tenían encerrado, la voz de un tabasqueño por el que no había votado.
Acostado, amarrado y vendado en el piso de cemento sentía pasar las horas. Contaba los días a partir de las veces en que lo amenazaban diciendo que le cortarían más dedos, que iba a morir si su familia no pagaba, que iba a aparecer en el canal de Chalco, hinchado, flotando entre los lirios, comido por ajolotes, apestando, que sería descubierto semanas después. No entendía por qué no pagaban, luego se enteraría que la suma era incrementada con cada llamada a su madre. Pero él sólo pensaba que debía haber esperado a Gricel... que ella sentiría repugnancia cuando lo viera incompleto.
Un par de senos siliconados y el perfume barato que comenzaba a picarle la nariz lo regresaron a la realidad, Jane Says, cantaba Perry Farell. Sus ojos sufrieron para adecuarse a la luz negra y para distinguir que los senos que se mecían frente a él pertenecían a una croata que “llevaba tres meses en México, quería ser modelo, pero por ahora ese trabajo estaba bien”, dijo todo ello, en un inglés gritado y mal masticado, mientras él la observaba y negaba con la cabeza buscando a Gricel. No quería que ella pensara que la estaba engañando otra vez, que la iba a cambiar por otra. La despidió con un ademán que después pensó había sido innecesariamente tosco.
Bebió otro whisky, ¿cuántos llevaba? No podía recordarlo, cada que volteaba había uno nuevo frente a él y sin embargo Gricel no aparecía por ningún lado. El sudor en las manos se incrementó por la ansiedad y cuando se las limpió sintió un escalofrío al tocarse incompleto. “Sweet child o mine” sonó en las bocinas y se escuchó algo parecido a una ovación, sabía que esa era la canción de Gricel, que por fin apareció, sonriéndole en la pista, acercándose para dejarle el paño con el que acababa de limpiar el tubo por el que subiría después. Paliacate en la cabeza, el pelo rubio largo y lacio cubriéndole los senos, “orgullosamente naturales” como decía acercándolos a su nariz, los jirones de una playera de Guns N’ Roses y el movimiento de Axl Rose imitado de forma sensual. Los nudos de las corbatas se aflojaron en todas las mesas mientras ella utilizaba el tubo como micrófono y se enredaba en él como una serpiente, ascendiendo cada vez más gracias a los músculos de sus piernas y su abdomen. La observaba extasiado, como todos, sintiéndose superior porque a partir de ese momento y lo que quedaba de la noche, Gricel sería únicamente suya, como la noche anterior lo había sido de alguien más o antes de su llegada y el día de mañana lo sería de otro. Eso no importaba.
La anciana boletera cruzó frente a él hacia una mesa en la que dos encorbatados la llamaban obsesos para comprar boletos de la bailarina que ondulaba su cuerpo al ritmo del requinto de Slash, pero él la detuvo con su mano incompleta y gritó
- ¡Quiero a Gricel en cuanto acabe de bailar, no venda ningún boleto para ella en toda la noche! -, fue prácticamente una orden.
La vieja volteó a ver el gerente que sólo hizo un movimiento de cabeza. La boletera asintió
- Será sólo suya en cuanto deje la pista.
Detrás de él apareció otro grupo de trajeados, a quienes escuchó mientras observaba a su anhelada Gricel
- Hermano, ¿cuál te gusta? Tú dime y yo te la mando.
- Todas carnal, pero más esa cabrona que está bailando a Guns.
Se levantó indignado y empujó iracundo al menor de edad con pantalones de soldado que seguía señalando a Gricel y que no entendió nada cuando cayó sobre una mesa. Sino hubiera sido porque lo conocían y sabían su historia y la capacidad de su chequera, en ese instante dos gorilas habrían caído sobre él y lo habrían arrastrado a Insurgentes, donde recibiría unas cuantas patadas en su prominente abdomen. Al ver la palma abierta y la falange incompleta el hermano del caído se disculpó, levantó las manos en señal de paz, recogió a su hermano y caminó hacia el fondo del local. Gricel observó todo desde la pista y sonrió. El gerente se acercó y lo llevó a su mesa, le mandó una botella de etiqueta negra y con un ademán, casi como por arte de magia, ella apareció amarrándose el paliacate al cuello.
Gricel sonrió y él escondió instintivamente su mano. Pensó que todo era como antes, aunque no era el mismo lugar ni el mismo escenario, aquél tenía dos pistas y en los privados se podía cenar comida fusión, y en esa época a él no le faltaba un dedo.
Destapó la botella y se sirvió un whisky sin hielos ni agua mineral, bebió lentamente mientras sus dedos acariciaban el cabello rizado de él, eso le gustaba de ella, que nunca lo fichara, si bebía, lo hacía de verdad. Preparó una para él y sonrió, siempre había sido así.
La observó mientras acariciaba su pelo y escondía entre él la falange fantasma, por primera vez decidió pedirle que se fuera con él, - te invito a cenar - dijo tímidamente y la propuesta fue opacada por los altavoces de los que Cerati cantaba “estoy desesperado, soy tan vulnerable a su amor”, ella no dijo nada a pesar de haber escuchado perfectamente la invitación, se excusó y se acercó a su oído, -debo polvearme la nariz antes de irnos-, dijo en un susurro que electrizó el enorme cuerpo de él.
No se dio cuenta que le hizo una seña al gerente que fue hacia ella cuando desapareció entre las cortinas pesadas, no supo que Gricel llamó por celular desde los camerinos en los que entraban y salían rubias, asiáticas, mulatas, que maquillaban los golpes, las mordidas, los chupetones, y que cansadas de la rutina buscaban en el piso las estolas, los antifaces y látigos para salir a la pista.
Pidió la cuenta y dejó una generosa propina, el gerente recibió la compensación reglamentaria por la ausencia de la bailarina. Gricel apareció con unos jeans a la cadera y los mismos jirones de Guns apenas cubriendo su pecho, la tomó de la mano y salieron. Le acomodó el abrigo para evitar que el frío la golpeara. Mientras esperaba su auto el viento le recordó la noche cuando lo abandonaron cerca del metro CU, en una calle empedrada de casas con techo de lámina, “cuenta hasta cien antes de quitarte la bolsa, no voltees ni grites, no hagas nada, te vamos a estar observando”, lo aventaron desde la parte trasera y sintió el golpe en las piedras. Cuando terminó de contar, su cara, empapada por el llanto y la tensión, pudo ver la luz de un poste del que colgaban cientos de cables en todas direcciones hacia las vecindades. Miró a todos lados y sin saber exactamente adónde dirigirse, caminó velozmente hacia el ruido de lo que parecía una avenida. Ahí tomó un taxi y llegó a casa, su madre lo esperaba con algunos policías que lo inundaron de preguntas apenas entró.
El potente motor de su BMW lo regresó al presente, sintió la mano cálida de Gricel abrazándolo, sonriéndole. Al verla abrigó la posibilidad de comprarla para siempre, no sólo por una noche, sino despertar con ella todas las mañanas, tomar el desayuno y un baño de burbujas en la tina de hidromasaje, caminar por el jardín, ir de compras, la inundaría de regalos, de detalles, le compraría todo lo que ella deseara, se adelantaría a sus pensamientos y cumpliría cada uno de sus caprichos, con tal de tenerla caminando junto a él. La mirada de los ojos verdes parecía decirle que eso era viable. Le abrió la puerta y subieron al auto. Encendió el Ipod y bajó el volumen,
-¿dónde quieres ir?- preguntó confiado,
-A donde quieras llevarme, si quieres podemos ir a tu casa, me encantaría conocerla-, respondió observando en el retrovisor una camioneta destartalada cuyas luces le molestaban.
La sonrisa de él pareció infantil y se dio cuenta enseguida, apretó el acelerador y avanzaron rugiendo por Insurgentes, tomaron hacia la Condesa. Había cambiado de casa después del secuestro, ahora vivía en un loft con vista al parque en una zona que, según todos, era más segura y céntrica que su antigua casa en el sur de la ciudad.
Le ofreció un Camel pero Gricel dijo que fumaba Marlboro, él asintió y detuvo el auto frente al OXXO. Compró cigarros, se demoró escogiendo chocolates y agua mineral, mientras le cobraban volteó a verla en el auto, sintió nuevamente cómo las gotas de sudor, a pesar del frío, escurrían por sus dedos, incluso por el que ya no existía. Salió sonriente, pleno, feliz, cargando las compras, imaginando que así podría ser siempre. Entró en el coche y apretó nuevamente el acelerador, en un gesto que sólo tenía por objeto impresionarla.
Justo antes de apretar el botón del portero automático afuera de su edificio, escuchó el grito de Gricel, volteó y vio un arma, pensó que realmente había percibido el momento en el que cortaba cartucho. Siguió las instrucciones que le gritaban apuntándole con la pistola. En su cabeza revolotearon las imágenes del secuestro, las patadas sin razón, los clicks de gatillos que se apretaban en su frente y de los que no salía ninguna bala para acabar con todo, recordó los insultos, el miedo, le dolió la falange ausente cuando volvieron a ponerle cinta adhesiva en la boca y a sumirlo en la oscuridad de la capucha negra.
No escuchó más gritos de Gricel y, aunque le doliera, supo perfectamente por qué.
Tarambana, la bala perdida
Desde el
momento en que jalaron el gatillo me di cuenta de que yo no iba a ninguna
parte. ¡Hay que aguantarse! Comencé a girar dentro del cañón, sentí sus estrías
acariciarme y marcarme a toda velocidad, el olor de la pólvora quemada iba asfixiándome
hacia la salida y el eco del estruendo retumbó dentro de mí.
Por fin me
disparaban y en seguida supe que no iba a ser otra cosa mas que una bala
perdida.
Probablemente ustedes no lo saben, pero es terrible ser una bala perdida,
es muy triste y deprimente. Se pasa una toda la vida queriendo ser una bala
importante, escuchando historias de balas que acabaron con tiranos en cuartos
oscuros o en sucios y asfixiantes bunkers, en medio de una traición largamente
planeada y llevada a cabo con mano temblorosa pero decidida; de balas que
provocaron la caída de imperios al encender la llama de la rebelión con un
simple disparo; de unas cuantas que cambiaron el curso de una guerra al ser
captadas por una cámara en el momento de impactar la sien de alguien inocente.
Y de pronto, cuando finalmente llega tu momento de ser, de tener sentido en la
existencia, te das cuenta inmediatamente de que ese no es tu destino. Que eres
peor que una cualquiera.
Allá afuera sólo se nos cataloga en cuestión de calibre... claro, las
nueve milímetros son muy famosas, las de 45 también, las Mágnum o las Glockner,
incluso las de escopeta o las full metal jacket, y allá se cree que esas
son las más importantes, aunque mucho tiene que ver la industria cinematográfica
en la exaltación de ellas. Sí, estoy de acuerdo, el tamaño importa, lo sabemos,
pero una bala pequeña ha sido muchas veces más importante en la historia que
una ráfaga de AK 47 o una bala de cañón.
Verán, entre nosotras hay categorías, estatus, y el primer lugar lo
ocupa, indiscutiblemente, la bala mágica, sólo hubo una y todas soñamos con
hacer lo que ella logró, es la aspiración máxima, el summum, el sueño
inalcanzable, te lo repiten miles de veces durante las clases: una simple bala
de rifle, disparada desde el sexto piso de un oscuro y lejano depósito de
libros en Texas, atravesó el cuello de una persona en movimiento, después viajó
al pecho y a la muñeca de otro para terminar alojándose en un muslo. En este asombroso
e increíble viaje, la bala atravesó quince capas de ropa, quince pulgadas de
tejido, golpeó en el nudo de una corbata, removió cuatro pulgadas de costillas
y se alojó en el hueso del muslo. Lo más sorprendente es que esta pequeña hizo
todo esto con su chaqueta de cobre completamente intacta, su nariz apareció
normal y únicamente su cola estaba comprimida lateralmente en un lado.
¡Cómo no va a ser el sueño de cualquier bala! el nirvana que nunca
alcanzaremos, nuestro cuento de hadas favorito antes de dormir...
Debajo de la gloriosa bala mágica, el
escalafón incluye otro tipo de proyectiles, están las balas de plata, usadas
por el famoso Llanero Solitario en las inmediaciones de una frontera incipiente
para desterrar la maldad de los cuatreros; aunque también se usaron en el viejo
continente para acabar con los hombres lobo. Ahora ya no son comunes, pero en
una época, uf, todo el mundo quería una para protegerse cuando iban a atravesar
esos oscuros, densos y nublados bosques europeos en los que los ladrones
aprovechaban la neblina y el miedo, alimentado con leyendas, para aparecer como
temibles licántropos y terminar despojando a los viajeros de sus pertenencias y
sus vidas.
En mi casa hay de todo,
la historia familiar en América inicia con una de esas rudimentarias balas
redondas de arcabuz, utilizadas por los españoles en sus expediciones de
conquista en el Nuevo Mundo, terminó perdida en la pared de un templo idólatra
de lo que ahora es la ciudad de México, esa fue la primera de las balas de mi
árbol polvoriento. Después hubo balas, lo mismo de arcabuz que de mosquete, en
diferentes partes del continente, pero muy parecidas... en esa época no había
mucha identidad, todas eran igual de elementales y acabaron en paredes, en la
corteza de ceibas, en el fondo fangoso de ríos o en sangrando en cuerpos de
indígenas.
No sé, quizá algunas
llegaron hasta la cima del Machu Pichu en Perú o se hundieron sin salvación en
las verdes aguas del Amazonas, quizá terminaron en algún sembradío de maíz en
Texcoco, o cayeron lejos en medio de la nada en Quito, o se congelaron
inservibles en Tierra del Fuego, algunas probablemente se hayan perdido o
quedado inutilizables en busca del Dorado, al menos eso cuentan las leyendas de
la familia.
En nuestra sociedad el escalafón es
muy rígido, existen balas para diferentes usos: las balas reservadas para una
ocasión especial, mi tatarabuelo fue una bala así pero nunca llegó su momento,
el dueño murió de cólera antes de que llegara la ocasión que esperaba y se
quedó guardada al fondo de un cajón en el que las ratas y las cucarachas
jugaban con ella moviéndola de un lado para otro, herrumbrándose, oxidándose
lentamente, así pasó décadas, hasta que alguien la encontró y fue vendida en
una subasta como reliquia de la Colonia. También existen balas con nombre y
apellido, destinadas a una persona en específico, que, debido a cuestiones en
las que nosotras no interferimos ni decidimos, pueden o no ser usadas, mi tío
abuelo era una bala de esas, lo habían marcado con las iniciales del
destinatario pero éste se enteró, sorprendió al dueño una noche saliendo de una
cantina, en medio de una plaza brumosa, por la espalda y sin oportunidad de
defensa acabó con él... en vez de su uso especial, mi tío abuelo terminó
solucionando un sucio conflicto de vacas y tierras, y debo decir, en honor a
él, que lo solucionó bastante bien.
Algunas amigas fueron balas trazadoras y otras balas de práctica, no son
malos trabajos ni existencias, pero tampoco es excitante como destino que tu
vida esté destinada a calibrar armas, o para simple puntería, son vidas efímeras
y patéticas, aunque debo confesarlo, la estela que van dejando las trazadoras
al ser disparadas siempre me provocó un poco de envidia.
En mi casa se considera como lo
peor de lo peor, mucho peor que nada, ser una bala de salva. Mi primer novio
fue una de esas, se la pasaba presumiendo de ser extranjero, una 44 Smith &
Wesson, dándose ínfulas de importante, pero como buena bala de salva, no servía
para mucho que digamos. Era un punta hueca, por eso lo dejé, es casi igual a
una antigua bala de pólvora mojada, inútiles a la hora en la que se les
requiere de verdad.
En cambio hay casos como el de mi
hermano mayor, siempre fue peligroso y se convirtió, por decisión, en una bala
rasante, desde pequeño se le notó esa intención, era natural en él acercarse sin
mediar distancias, rozar y rasgar, teníamos que andarnos agachando cada que
corría de un lado a otro, aunque a pesar de ser tan malo no se le compara a mi
abuela, ella fue una bala expansiva, hay que ver cómo acababa con todo lo que
estaba a su paso, explotaba apenas hacía contacto con los demás, supongo que
por eso nuestra familia siempre estuvo un poco desquiciada. Crecer con una bala
así de expansiva no es fácil, en cualquier momento puede enloquecer.
Lo malo de todo, ahora que voy dejando la boca del cañón y sintiendo cómo
hiere mis costados, es darme cuenta que sí, que soy una bala perdida... ya me
lo habían dicho muchas veces, desde que era pequeña y a lo largo de toda mi
existencia balística.
Cuando nací mis padres no ocultaron su tristeza, vislumbraron el destino
que me correspondía, por eso se referían a mí como Tarambana y yo
siempre pensé que al final les demostraría que estaban equivocados, que sería
una bala importante, definitiva y definitoria, y me esforcé por serlo, quería
ser una bala de tiro de gracia, una bala de magnicidio, una bala histórica.
Pero mientras el aire comienza a ofrecerme su inútil resistencia, que desafío y
someto con mi velocidad supersónica, me convenzo de que sí, de que estoy en lo
más bajo de la cadena, en el último peldaño del escalafón. Desolada me hago a
la idea de que no seré otra cosa mas que una bala perdida.
Recorro la distancia hacia un objetivo que no lo es y pienso que es una
tragedia ser una bala perdida, ahora entiendo la tristeza de mis padres.
Vivimos nuestras existencias esperando este momento, primero entrar en la
recámara y esperar impaciente el golpe del martillo, salir disparada, zumbando
como una avispa cuyo aguijón es mortal, dispuesta a atravesar un molesto
chaleco antibalas, para luego darnos cuenta de que no es así y terminar en un
árbol, en una pared o a cientos de metros en el piso, ahogada en el fondo de un
río. Es injusto.
Mi abuelo materno terminó en un
poste de luz, muy lejos de donde estaba su objetivo, salió de una carabina
30-30 supuestamente para acabar con un comandante al que todos temían y que se
había hecho odiar por colgar en juicios sumarios a sus enemigos, eso fue hace
varias décadas en medio de una de esas revoluciones de principios del Siglo XX
y aún no existían las miras telescópicas. En esa época ser una bala perdida no
estaba tan mal visto como ahora que la ciencia y la tecnología permiten que
incluso en la oscuridad demos en el blanco.
Hace apenas unos meses,
mi padre acabó en una pared de concreto en un país impronunciable combatiendo
dentro de una guerra que parece infinita. Recuerdo perfectamente la imagen, el
muro penetrado por amigos, familiares y vecinos, sin sentido. Creo que era una
embajada, una escuela, o algo parecido, el caso es que ni mi padre ni los demás
tenían por qué terminar ahí, los usaron como si fueran munición de demolición y
mi padre ya estaba viejo para eso.
Y
aquí voy yo, desde que salí de mi caja pensé que acabaría en medio de una
balacera, cruzándome con todos mis conocidos, reconociéndonos veloces, observándonos
alegres recorrer las distancias, atravesándonos en caminos que iban de un lado
a otro, unas de izquierda a derecha, otras de abajo hacia arriba, y yo en el
centro, mientras las demás decían, “ahí va tarambana, ella va a acabar
con esto”, y yo, veloz, brillante, imposible de eludir, daría en el blanco y
efectivamente terminaría con la balacera, no más caídos, no más muertos, no más
heridos ni mutilados, no más víctimas de guerra ni de batallas...
Pero
la realidad es más triste que esa, soy una bala perdida, y por más que yo
quisiera ser una bala mágica, la señora que iba empujando una carriola, sin
saber que terminaría en medio de una balacera, está delante de mi y no podrá
evitarme...