Tu paraguas apoyado junto al radiador me hizo comprender a la perfección todas las hasta ahora ininteligibles clases de semiótica a las que, pesadamente, había asistido durante la carrera. Signos como realidades perceptibles que nos remiten a otras que no están presentes. En este caso, la realidad ausente que ese objeto evocaba eras tú, aunque el único espacio que ahora mismo nos separaba eran los pocos metros que iban desde la entrada hasta la cocina, desde donde tu voz viajaba hasta llegar a mis oídos. Estabas charlando con mi madre, como si os hubieseis visto la semana pasada y le estuvieses contando los últimos cotilleos. Como si nada hubiera pasado.
Durante unos instantes me quedé quieta, paralizada, sin saber qué hacer, mirando las gotas que chorreaban de tu paraguas y que, poco a poco, estaban formando un charco en el suelo del pasillo. La voz de mi madre me sacó precipitadamente de mi aturdimiento:
- Marta, ¿eres tú?
No me diste tiempo a contestar. Apareciste súbitamente con tu vestido rojo, tu piel morena, tu sonrisa. Estabas más bella incluso que la última vez. Aventajándote, como siempre, me acariciaste el pelo, imitando a las demás amigas de mi madre.
- Estás hecha toda una señorita, ¿eh? Nos haces cada vez más viejas…
Ese mínimo contacto hizo que todo lo ocurrido volviera a mi mente, como si no hubiera pasado el tiempo. Deseé quedarme en este lugar para siempre, pero me di de golpe con la mirada de mi madre y todo me pareció tan inapropiado que, acudiendo a la primera excusa que pasó por mi mente, corrí a colgar el abrigo en su percha, como una hija buena y ordenada.
- Marta, tengo una noticia muy fuerte, –dijo mi madre intentando fallidamente adaptarse a mi modo de hablar- ¿a qué no sabes quién se va a quedar unos días con nosotras?
Sentí la rigidez de mi cuerpo y un temblor interno comenzó inmediatamente a abrirse paso por todo mi organismo.
- ¡Inma!
El charco del pasillo se había convertido en un pequeño lago. Por mi parte, no quedaba otra cosa por hacer que sonreír, como una hija bien educada haría.
El tema del día fue pospuesto por la repentina llegada de mi padre y los consiguientes cuánto tiempo, qué bien te encuentro y qué has hecho durante todo este tiempo. Y, una vez terminado el festín de los reencuentros, y sentados todos a la mesa, se inició el relato acerca de los detalles del evento.
Habías llegado a Oviedo hacía apenas veinticuatro horas. La primera noche habías decidido quedarte en un hotel. “Para no perder la costumbre” les dijiste con palabras a mis padres. “Para recordar otros tiempos” me sugeriste a mí con la mirada, a la vez que tu pie rozaba descaradamente el mío debajo de la mesa. Después de telefonear a mi madre y de que ella insistiera en que te vinieras a nuestra casa hasta que encontraras un lugar en el que quedarte, recogiste las pocas prendas de ropa que habías sacado de la maleta y te fuiste. Y aquí estabas.
Durante mucho tiempo te odié. No entendía el porqué de tu huída en el mejor momento, ni las razones que te habían impulsado a desinteresarte de mí como lo habías hecho. Y sin embargo, ahora, de repente, después de cuatro años y de destrozar gran parte de mi vida, osabas presentarte en mi casa y fingir que nada había cambiado.
Cuando la comida tocaba a su fin y mi madre hacía el café, llegaste al súmmum de la hipocresía:
- Tu madre me ha dicho que últimamente no ha sido una buena época para ti. Siento profundamente lo que les ha ocurrido a esos chicos, cielo. A veces, la vida parece volverse loca y uno siente que todo es culpa suya, pero todo pasará, no te preocupes.
Mi mirada fue tan dura que comprendiste en un segundo que lo sabía todo. Yo tenía el poder ahora, sólo tenía que abrir la boca y tú te irías por donde habías llegado, pero a otro lugar muy distinto de ese en el que habías estado durante todo este tiempo. Podía ver las rejas reflejadas en tus ojos.
- Sé perfectamente quién es el culpable de todo, Inma, y supongo que tú también – fueron mis primeras palabras desde que habías entrado por la puerta-.
- Bueno, claro, aunque estuviera fuera he leído los periódicos. Siempre me han llamado la atención los suicidios de la gente joven, y tres en tan poco tiempo…- decías cada vez más nerviosa, mirando a mi madre como si fuera el único salvavidas al que poder asirte-. No entiendo qué pudo pasarles por la cabeza para hacer una cosa semejante. Cuando me enteré de que eran todos amigos tuyos…
- No eran precisamente amigos, Inma… Los periódicos ya han empezado a referirse a mí como la “novia de la muerte”. Supongo que también habrás leído eso, ¿no?
Nuestra mirada seguía flotando inmóvil en el aire, a espaldas de mi madre, quien fingiendo no haber oído nada, limpiaba la encimera con ahínco.
El café rugió en la cafetera cual campana en el ring y la voz cantarina de mi madre señaló el descanso necesario hasta el próximo asalto.
- Marta, ¿tú también quieres café? – me dijo.
No sé si porque sabía mi respuesta o porque deseaba hablar ella misma contigo para resolverlo todo, sólo sacó dos tazas, una para ella y otra ti.
Yo me fui, odiándote y deseándote con más fuerza que nunca antes. No habías perdido el don. Cogí a la perra y salí de casa dando un portazo que hiciera que tu silla vibrase, para hacerte ver que tú habías vuelto mejorada y más fiera que nunca, pero que yo había crecido y no dudaría ni un segundo en hacerte sufrir tanto como lo había hecho yo. Me di cuenta demasiado tarde de que debería haberme quedado a escuchar vuestra conversación.
Cuando ya estaba emprendiendo el camino de regreso a casa, a unos pocos metros del portal, doblaste la esquina y apareciste ante mí, con tu gabardina beige y un pequeño monedero de lunares en la mano.
- Ay, menos mal que te encuentro, Marta - me dijiste un poco sofocada-. Me dijo tu madre que había un estanco en la calle de enfrente, pero está cerrado. ¿No sabrás dónde puedo comprar un paquete de tabaco? Ya no aguanto más…
- ¿Es esa la excusa que le has puesto a mi madre para poder estar conmigo a solas?- te dije sonriendo sarcásticamente, harta de tus juegos-. ¿Por qué has vuelto, Inma? Dejémonos de tonterías…
- Marta, cálmate. Sólo he venido a ayudarte. ¿Por qué no me acompañas a esa cafetería, compramos mi tabaco y volvemos a casa?- dijiste, mostrándome tu miedo, finalmente.
Vi que tus labios temblaban y que habías cerrado los puños. Sabía que no podrías aguantar ni un segundo más tus impulsos. Por eso habías bajado, después de darle largas a mi madre. Por eso me habías seguido y ahora luchabas contigo misma por mantenerte serena, resistiendo mi mirada, paralela a mi cuerpo.
- La cafetería es esa de ahí enfrente, pero creo que deberías dejar de fumar, Inma. Los besos con sabor a tabaco no son agradables…- te susurré al oído mientras pasaba a tu lado, despreciándote, como tú habrías hecho conmigo-. Voy a dar otra vuelta con Niebla.
- ¿Niebla…?- tembló tu voz, obligándome a girarme-. Marta, no existe ninguna Niebla…por favor…
Fue entonces cuando te echaste a llorar. Tu monedero se deslizó por tu mano hasta caer al suelo y tus rodillas se doblaron. Nunca te había visto en ese estado. Me gustó.
Me acerqué a ti, agachándome hasta estar a tu altura, y te aparté el pelo de la cara. Estabas preciosa.
- Marta, no…yo…
- Shhhh…
Tus labios estaban húmedos por las lágrimas, calientes, suaves. Puede que sólo fueran unos segundos los que permanecimos allí, pero para mí fue la eternidad que durante tanto tiempo me habías arrebatado. Te ayudé a ponerte en pie, en parte para poder abrazarte mejor, pero también para no verte en ese estado desastrosamente bello en el que te habías sumido. Comencé a besarte el cuello, reconociendo los olores, los sabores. Tú no respondías a mis besos.
Incluso así lo conseguías. Sentí que mi respiración se hacía cada vez más fuerte, mis mandíbulas se contraían y, arrastrándote te llevé hasta la entrada del garaje. Allí, aplastándote contra la pared, hice lo que más te gustaba.
Intentabas chillar, pero lo único que te salía eran sollozos cuyas lágrimas yo me bebía.
Tus rodillas fallaron nuevamente, te agazapaste sobre ti misma como protegiéndote del mundo y, balanceándote adelante y atrás, susurrabas: “lo siento, lo siento, lo siento, lo siento…”.
Mi madre estaba a mis espaldas. Vi su sombra en la pared sobre la que había hecho lo que tanto ansiaba desde hacía cuatro años. Cuando me di la vuelta, descubrí que también ella lloraba.
- Sube a casa, Marta…- me dijo con un hilo de voz-.
Me separé de ti lentamente, dudosa pero obediente. Mi madre miró mis manos ensangrentadas, cerró los ojos y sollozó aún con más fuerzas. Corrí hacia el portal. Todavía no sé por qué, pero busqué a Niebla con la mirada, imaginando que estaría brincando feliz y ajena a todo lo ocurrido, pero no estaba.
Subí por las escaleras, de dos en dos, huyendo de la vergüenza que me había causado la mirada de mi madre.
Cuando abrí la puerta encontré a mi padre hablando con aquellos señores. Tenía una cara muy seria. Me escabullí al cuarto de baño, sin que ninguno de ellos advirtiera mi presencia.
Tus fluidos resbalaron por mis manos, dibujaron sendas de color púrpura por el lavabo y desaparecieron para siempre.
“No podemos esperar más señor. Como usted comprenderá, los padres de esos chicos han hecho todo lo posible por descubrir al culpable. Ya no hay duda, encontramos sus huellas…”.
Las voces desconocidas se filtraron por la puerta entreabierta. Lo sabían.
Siempre hay fallos, Inma; un guante que olvidamos ponernos, un pelo que no debería estar allí…cualquier cosa y venían a buscarte. Tenía claro que esto saldría a la luz algún día, pero esperaba tener el gusto de aprovecharlo el tiempo necesario para que volvieras a amarme, para verte sufrir. Sólo entonces te delataría, después de haber tenido el gusto de vengarme y de volver a quererte como antes.
“Pero no puede ser…ahora…ella no está bien…”
“Lo sabemos, por eso será internada en un centro psiquiátrico, donde será sometida a tratamiento, mejorará… Puede que dentro de un tiempo pueda llevar una vida medianamente normal…”.
Dejé de prestar atención a sus palabras, pues ya habían dicho lo suficiente. Todo había acabado. De una manera inesperada, pero acabado. Al menos, en ese centro podría seguir yendo a verte, serías más mía que nunca y, sobre todo, no podrías volver a escapar.
Era consciente de que lo habías hecho por mí, porque yo te pertenecía, y esos entrometidos no pintaban nada en mi vida. Te lo agradecí en silencio durante mucho tiempo, cuando pensaba que volverías, pero no lo hiciste. Fue entonces cuando mi pasión y mi odio pasaron a unirse en un mismo sentimiento.
Empujé la puerta del baño. Fue entonces, cuando me encontré frente a frente con los ojos enrojecidos de mi padre. Mi madre y tú estabais en un rincón del pasillo, abrazadas, temblando, mirándome con odio. Tú tenías el pelo pegado al rostro, y por primera vez, sentí algo parecido al asco al mirarte.
Los hombres se acercaron, me cogieron por los brazos y me arrastraron hacia la puerta.