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García Ungil, Eduardo Jorge (Juan Cervera)

La senda



Esta historia sucedió hace muchos años en una tierra lejana,  una isla  fría, pobre y  desconocida. Allí nació, creció y vivió Regis. Era blanquinegro. De cabeza negra, largos bigotes y fuertes patas podría decirse que era un buen ejemplar y mejor cazador. Quizá su nombre derivara de una palabra de los antiguos amos de la isla. Los largos escudos rectangulares, las sandalias de cuero y los penachos  de plumas con los que jugaba su madre desaparecieron. En su idioma esa palabra significa rey. O quizá fuera la abreviatura de un nombre de los aldeanos. Aunque poca importancia tenía eso para Regis, todos los humanos eran iguales. Y Regis iba de un sitio a otro porque en aquel tiempo de penurias los  bípedos andaban muy revueltos. Tomaban todo lo que el bosque, la tierra o el mar pudiera darles. Ninguna hoja, fruta o animal estaban a salvo;  excepto los enviados del diablo  a quienes temían  los “dos patas”: las ratas.

Sus pezuñas le llevaron en su azarosa travesía hasta la costa. Ya estaba harto del campo, el frío, la lluvia, la escasez de comida, los roquedales  pantanos y predadores.

Regis tanteó el terreno una y otra vez y dudó antes de acercarse a un  nido humano rodeado de agua. De allí salían ruidos  muy extraños pero al final la curiosidad y la necesidad vencieron al miedo. Estaba exhausto, tras el largo camino del campo a la costa solo quedaba de  antigua   apostura  ;piel y huesos.

El mar atemorizaba tanto  a Regis como  a sus compañeros felinos pero ellos a diferencia de los humanos no tenían que mojarse para conseguir botín. Poco a poco se fueron acomodando a su nuevo hogar. Alguna que otra pedrada fue inevitable pero por lo general resultaba una vida cómoda. Incluso trabó amistad con una cachorra de “dos patas” de voz estridente y pelo amarillo. Le daba comida y agua fresca del río en un pequeño cuenco de arcilla que hizo ella misma con sus zarpas. Él a cambio se dejaba acariciar, no era un mal trueque. Con el tiempo correspondió a su benefactora con sus mejores arrumacos.

Pero un mal día todo empeoró y empezó  una época de desgracias. Enormes monstruos con cabeza de lagarto llegaron  sobre las aguas pariendo sobre la tierra una interminable camada de enormes bípedos , peludos y muy salvajes. La aldea fue destruida y las llamas alcanzaron el bosque. Escaparon pocos animales,  gatos, caballos, mulas en su mayoría dado su rapidez y alguno de otras especies. Los perros se negaron, decidieron defender su hogar y compartir el destino de sus amos hasta las últimas consecuencias. Regis estuvo a punto de perecer. No tenía como cruzar el río. Otros gatos antes que él si pudieron encaramándose a las ramas y saltar  pero ahora todo ardía. Los caballos no querían saber nada de sus afiladas uñas y sus bufidos y se desentendieron. El fuego se acercaba cada vez más. Débiles maullidos le llamaron la atención.  Tras el tupido pelaje de un buey se escondían tres gatitos. Era sin duda el animal más grande que había visto nunca. Sus ojos y  olor denotaban  miedo. Lo habían maltratado pero en un arranque de fiereza se deshizo de su yugo y arremetió contra  quienes pretendían capturarlo. Era libre, sus amos ya no estaban por primera vez en su larga vida.

Regis saltó sobre sus colosales cuartos traseros y se agarró a su lomo con toda la fuerza que le permitieron sus maltrechas garras. Mientras cruzaban el río uno de los pequeños resbalo entre las lanas del buey. Sus patas le atraparon al vuelo.  Advirtió a los tres hermanitos que se cogieran muy fuerte pues la corriente era muy fuerte. Aunque todos se mojaron llegaron al otro lado. Por la noche el bosque entero lloró la desgracia, iluminado todavía por los restos incandescentes del incendio.

Junto a  la orilla se hundía el cuenco roto del que tantas veces  había bebido y comido Regis. Tenían que seguir. Bajo ningún concepto podían detenerse. En la noche el bosque se convierte en un lugar muy peligroso. Los gatitos ocupaban un espacio que Regis necesitaba; levantó la pata contra ellos pero se lo pensó mejor al ver a una gata lamiendo a sus cachorros dentro de un tronco hueco. La imitó y los pequeños dejaron de temblar y se durmieron. ¿Como harían las madres para no atragantarse con el pelo? La tristeza abandonó la mirada del buey que aprobó con un movimiento de su maciza cabeza su comportamiento.

Eres un auténtico celta le dijo con un poderoso mugido el buey. Eso debía ser algo bueno pensó Regis, claro que cualquiera se  lo discutía  a Torat. No pegó ojo en toda la noche y no por sus hábitos de cazador nocturno. Estremecedores rugidos se sucedían bajo una media luna menguante en una pavorosa noche para los animales huídos. Entre la maleza centelleaban brillantes ojos acechantes. Regis no dejo de correr de un lado a otro. El bosque fue aclarándose. A  cada paso que daban había menos árboles y vegetación. Ya salían los primeros rayos de sol. Dieron con un camino de piedra. Una larga hilera de bípedos de todas las edades y tamaños arrastraban sus caparazones con ayuda de mulas y carros. Un súbito temor heló a los animales. Los dos patas llevaban animales enjaulados ,cabra atadas y vacas bajo yugo. Con el   cuello estirado  Regis observó como junto a ellos también viajaban  compañeros de especie y perros. Pero lo que más les gustó al contrario que a los otros gatos era que en aquella manada había cachorros humanos como su amiga de la aldea. Hacia el norte se divisaban nubes. Los perros y caballos se encabritaron; no se trataba de nubes sino de humo. Estos siempre exageran en temas olfativos. La caravana humana se detuvo.

Y Galvan el que parecía ser su macho dominante habló:

“ Los hombres del norte nos golpean por el este. La peste por el norte y tribus hostiles por el sur. Expreso un deseo de todos y  una esperanza si os digo que pronto llegaremos al valle. Así tiene que ser”.

Regis cogío del pescuezo a uno de los  gatitos y se encaramó hasta  lo alto de un carro y  lo dejó  en el regazo de una  pequeña humana que lo recibió con un balbuceo y una de esas muecas que hacen los de sus especies cuando están contentos. Hizo lo mismo con el segundo gatito. El resto de sus compañeros de viaje seguía escondido.

El cabeza del grupo humano  estiró el brazo hacia delante y reemprendieron  la marcha. La enorme rueda empezó a moverse detrás  de Regis antes que pudiera subir para dejar al tercer gatito junto a sus hermanitos de camada. El buey Torat se adelantó y partió la fila humana en dos al interponerse  al paso del carro. Bramó con todo el vigor del poderío de una remota juventud. La rueda se paró a escasos centímetros del cuello de Regis que subió como un rayo a las faldas de la “dos patas” y le obsequió con el tercer gatito. Al fondo del carro detrás de unos cestos yacía un saco rasgado .

Los animales se abrieron paso al otro lado de la vegetación del camino de piedra.

Galvan mantuvo la mano alzada y nadie se movió. Solo él lo hizo para seguir los pasos de Regis, Torat, el caballo y los demás animales.

“Amigos. Nos han mostrado el camino hacia el Valle. De ahora en adelante estos animales vendrán con nosotros. Y como mensajeros  de los dioses que son serán honrados” –dijo el jefe del rebaño bípedo-cuadrúpedo con los ojos vidriosos.

Regis, Torat y el caballo cruzaron sus miradas. Probablemente ninguna palabra humana sea lo suficientemente sincera ni amplia para expresar todo lo que sus ojos decían.

Regis agotado se durmió en la comodidad del carro junto a sus protegidos y su nueva protectora. Pero tras él el saco se movió.

Una extraña algarabía le despertó. Los humanos habían llegado por fin a su valle. Una no zarpa de la pequeña dos patas con sus cinco regordetas pezuñas rozaba la tela del saco. Un estridente chirrido sobresaltó a Regis que se puso en guardia de inmediato. Aquel horrible ruido le resultaba familiar. Una enorme mandíbula de rata abrió sus  grandes hileras de dientes  para morder a la pequeña. Regis se abalanzó sobre ella. Era la rata más grande que jamás vio.  Negra como la pez, con una cola gorda como un látigo y unos ojos amarillos ;le planto cara y se irguió para atacarle. Regis le dio dos zarpazos en el hocico pero no evitó que se alzara sobre sus patas traseras. Le superaba en tamaño. Regis bufó y maulló. La pequeña dos patas rompió a llorar resguardando a los gatitos bajo un tul. Un par de bípedos acudió en su ayuda. La rata se lanzó al cuello  de Regis que con un salto hacia atrás logro esquivarla y  clavo sus garras en su horrible cara apretando con todas sus fuerzas mientras le mordía el hocico. La enorme rata  chillaba y no dejaba de moverse hasta que en  un esfuerzo supremo Regis le dio el mordisco definitivo. Asqueado y magullado  desfalleció.

Cuando despertó días después hizo honor a su nombre y reinó en un cómodo granero junto sus tres pequeños y una numerosa colonia felina. No le faltó heno ni agua fresca para su solaz.

Los humanos no comprendían  ni sabían como agradecer a aquellos animales  la  enorme ayuda dada para encontrar el camino  y su  gran contribución al liberarlos del azote  de la peste y de la hambruna. La madriguera humana de la costa fue reconstruida y siguiendo el ejemplo de los animales ellos también se unieron y para ello aprovecharon los conocimientos de los antiguos. Dejaron de ser muchas manadas para ser una sola y tener un solo jefe. Y dice la leyenda que su rey, el justo señor  de toda la isla, rindió homenaje a los gatos que pasaron a ser animales muy respetados. Quien levantará la mano contra ellos debería cubrirlos de grano desde el hocico a la punta del rabo. El mismo grano que tanto trabajo daba para plantar, crecer y recoger y que ahora crecía en los campos de Cumbria y que Regis y sus descendientes ayudarían a conservar.

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