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García Barja, Rosa Maria (La Ganduya)

El último viaje



Sonó el despertador a las cinco de la mañana. Es el día, - se dijo- mientras preparaba una bolsa con un frugal avituallamiento.

Cogió el coche y pasó a recoger al abuelo que esperaba en la esquina con su ya eterno cigarrillo entre los labios. Tosía, tosía mucho y eso le acentuaba las arrugas.

Con su sonrisa de niño, tan de mañana, dejando a un lado los achaques de viejo, feliz por emprender ese viaje que con tanta ilusión preparaba desde hacía meses.

Fue un día en el parque un par de otoños antes, cuando los castaños explotan y el sol calienta las siestas de los solitarios, cuando el abuelo gastaba sus horas sentado en un banco y a ratos, sin queja, caminaba para desentumecer sus huesos.

Lo observó durante días, es decir, formaba parte del paisaje y como el paisaje, su presencia se hizo imprescindible.

De cómo comenzó a llamarle amigo... No recuerda muy bien. Era un hombre solitario. Pero no hay soledad que no la mitigue un cigarro compartido. Y eso hizo.

En uno de esos paseos después de observar largo rato al abuelo, decidió alargar un poco el saludo breve de todos los encuentros. Hoy no seria sólo un “buenos días”, hoy buscaría un motivo para dividir el banco como se dividen dos soledades. Aligerar esa carga de tristeza era un deber.

Podría ser mi padre, -pensó- mientras lo observaba de lejos por no interrumpir su soliloquio.

Hablaba solo, sí, mirando una fotografía desgastada que sacaba cada mañana, como para desempolvar recuerdos. No se atrevió a acercarse en muchos días temiendo romper la magia de aquella conversación, pero hoy había un silencio en la voz y un camino borroso en los ojos que lo alertó.

Qué poco cuesta una sonrisa y un rato de tiempo para suavizar eso que a él le parecía una tristeza de siglos. El abuelo estaba llorando.

De los buenos días, del cigarrillo, de la charla primera, no recuerda más que el silencioso pacto consigo mismo. A partir de ese instante, jamás lo dejaría solo.

Sin darse cuenta, entró en su mundo sabio, y mantenían largas conversaciones que terminaban siempre ante una copa de manzanilla en un bar cercano.

Era ese bar como una estación de paso entre el paseo y la casa de sus hijos. Su habitación prestada e impuesta, era lo menos parecido a un hogar. Rara vez se cruzaba en el pasillo con sus nietos... esos que heredarían sus cuatro cosas.

Si son unos extraños, si hay veces que ni se acuerda de sus nombres...

Todos están muy ocupados.

El abuelo comía poco y a deshora, el reloj de su vida no tenia agujas que le señalaran el tiempo. Su salud cruzaba irremediablemente entre el alcohol y la nicotina, dos hojas de cuchillo afiladas que le desangraban poco a poco.

Las tardes ya siempre tenían dueño.

No tardó en mostrarle su más preciado tesoro, aquella fotografía arrugada que custodiaba en el bolsillo interior de su chaqueta, cerca del corazón.

Años escondidos en las grietas del papel desde donde el color sepia transmitía olores, sabores y sonidos antiguos.

Mira muchacho -le dijo- esto es toda mi vida, de donde vine y a donde quizás no vuelva jamás, por esas cosas que pasan... Ya los años nos separan de las raíces pero siempre se añora el tronco a donde volver a recostar los sueños... mira... Y señalaba de uno en uno a cada personaje de la fotografía acariciándolos con las palabras y abortando a duras penas la tristeza. Un infinito mundo se abre en los escasos cinco centímetros del cliché. Es absurdo, -pensó-  pero puedo oír cómo crujen  los travesaños de la madera arriba de la chimenea, puedo oler el carbón, la retama y las chuecas mientras arden, y hasta el paladar me sabe a café de cebada, a meloja de calabaza, a aceite amargo de la primera molienda...

Ésta es la abuela de generoso delantal en cuyos bolsillo guardaba hogazas de pan calentito que repartíamos entre mi hermano y yo... ése es mi hermano, el pequeño, él fue mi cargo y mi responsabilidad desde que comenzó a gatear por el suelo irregular de esta cocina. Yo, que sólo le aventajaba en un palmo y era sólo tres estaciones más viejo, fui su guardián a la fuerza mientra mis padres se levantaban al alba para ir a trabajar.

La de aquí, mira que guapa, mi tata Manuela, mi hermana la grande (hermanastra, aunque esa palabra estaba prohibida en la casa y que yo entendí cuando ya era un zagal) a la que llamábamos tata aunque para el resto del pueblo era la solterona del cortijo de La Zambra.

Alguna vez fue joven, pero yo siempre la recuerdo con la sonrisa ajada y el pelo gris amarrado en un triste moño. Historia oculta, la suya, que nos era negada a los más chicos.

Éste, el tío Julián, un gallito de cuidado según se comentaba en los corrillos allí donde el vino y la farra eran frecuentes. Lo que llamaban un señorito, sí señor, al que mi madre, por ser la mayor de las hermanas, mantenía lustrosas las botas, limpias y almidonadas las camisas, siendo además, cómplice muda de sus juergas.

Se casó años más tarde con una señoritinga de la capital y lo enderezó como a una vela, lo alejó del olivar y de otros campos “verdes”.

Nunca más se supo.

Este otro, Mauricio, el capataz, como de la familia también, pues según me contaba mi madre, lo habían abandonado a la puerta del cobertizo como a un perrillo y la abuela lo crió junto a los demás hijos. Atesoraba mi abuela un sinfín de canciones y otras tantas historias que, a la luz del candil, solía cantar y contar en las largas noches cuando el invierno de Jaén se vestía de blanco.

No había mañana en que sentados alrededor de la mesa nos acompañara el ensordecedor canto de las perdices. Nunca me gustaron las perdices enjauladas. Aquel canto era un grito, una súplica de libertad que me costó más de un azote cuando abría la puertecilla para que se escaparan.

Mira, hazte una idea, por lo grande que era la chimenea, de cómo eran todas las estancias de la casa: el granero, las cuadras, los campos de trigo que rodeaban al cortijo, y más allá los olivos, miles de olivos que eran el pan de muchas familias.

Los amaneceres... cómo eran los amaneceres verdes, desde el prisma de un niño asomado a la ventana... recuerdo a los jornaleros cantando al rayar el día con sus espuertas de pleita y un olor a café de cebada que bullía en un puchero de latón -ajuar de mi madre- en esa chimenea. Uno de esos jarrillos de barro lleno de miel, nos endulzaba las mañanas empapando la rebanada de pan que siempre sabía a poco...

Mi madre nos ponía sendos tazones a Juan y a mí para espabilarnos antes de acudir al tajo a varear olivos... Sí, tan niños y las manos encalladas por el trabajo duro del campo.

Poco fui a la escuela, lo justo para aprender las cuatro reglas... El cortijo fue mi único horizonte hasta que dividió la herencia y siendo yo un hombre de apenas dieciséis años, tuve que hacer mi hatillo para buscar mejor porvenir.

La cocina del cortijo se quedaría siempre como referente de vida allá donde fuera.

La niñez, como las cenizas, era la base para encender un nuevo fuego en mi vida. Cambié los blandos amaneceres verdes para ir a trabajar a la cantera... Mira, ¿ves el suelo de piedra? Pues alguna vez volví para arreglarlo con unas lascas de pizarra que sisaba del tajo, tapaba las grietas  que dejaba el paso de muchos pasos en aquellas cuatro paredes...

Al abuelo se le arrasaban los ojos y enmudecía de repente. Entonces, guardaba la fotografía alisando los bordes como queriendo despojarla de nostalgia y se marchaba diciendo bajito “Lo que daría por volver...”.

Ellos volvieron muchos días al mismo parque, a la misma charla, a descubrir rincones nuevos en la vieja fotografía y en el alma solitaria de Manuel.

Llegado el invierno, se resintió su salud y anduvo de hospital en hospital ligero de equipaje...

Cuando preguntaba a sus hijos por la evolución de su enfermedad, siempre decían: “Es un viejo incorregible. Estamos pensando en llevarlo a una residencia, apenas salga del hospital y consienta en vender la parcelita que tiene a las afueras. Él ya no puede ni con la azada y nosotros no somos gente de campo. Una buena residencia, sí señor. Pero para todas esas cosas se necesita dinero, ¿verdad usté?  Total,  ¿pá qué quiere él cuatro árboles frutales y una casa que sólo nos da quebraderos de cabeza? Mantener eso cuesta mucho y se le va la paga en tonterías... En el asilo estará como un rey, habrá  más viejos en el chocheo como él. Fíjese, ahora le ha dado por decir que antes de morirse quiere ir al pueblo. ¡Vamos! Como si nosotros no tuviésemos otra cosa que hacer que llevarle de paseo”.

Se revolvieron sus tripas, por no decir que el corazón se le hizo pedazos al oír aquello. Podría haber dicho muchas cosas, muchas... pero se limitó a decir: -Iré a verle esta tarde-.

Al abuelo se le iluminó la cara cuando vio aparecer al amigo en la puerta de aquel frío sanatorio. Por su culpa dejó de hablar solo, no le costó mucho esfuerzo porque en su vida había muchos huecos desiertos de cariños que se llenaron a rebosar con los ratos compartidos.

Con un guiño cómplice, le mostró la foto de la cocina del cortijo que escondía en el cajón de la mesilla de noche y sonriendo dijo, -Ya estamos tós-.

Supo en ese instante que el mejor regalo para Manuel sería un billete de ida y vuelta al pueblo que le vio nacer, a los horizontes de verde olivo, a las tapias encaladas de La Zambra.

Apenas su salud se restableciera, sería el invitado de honor en el asiento de al lado de su flamante coche con un destino concreto. Al pasado.

Amanecía en este agosto. Todo iba a cumplirse.

El mapa de carreteras indica que les separan trescientos treinta kilómetro de Cabras del Santo Cristo, casi nada comparado con la prisa que se leía en sus ojos, casi nada comparado con los años y los sueños que se agolpaban en su

memoria...

Las calles suben y bajan jugando con el sol y las sombras. Empinadas cuestas les llevan hasta la plaza mayor.

Dos perros callejeros les siguen de cerca.

Hay cosas que no han cambiado...las mujeres que baldean las puertas de las casas antes de que el calor apriete, los hombres en la taberna beben aguardiente y discuten por cosas sin importancia...

El pueblo está de fiesta. Las calles se engalanan con macetas y guirnaldas de luces. Búcaros rezumando agua fresca flanquean los zaguanes de las casas viejas, las de suelos empedrados, guardados como reliquias de generación en generación.

Al viejo Manuel se le eterniza la mirada en cada callejuela, en cada encuentro, en cada recuerdo.

Agotado ya, respirando con dificultad atraviesa la última calle...

Unos pasos medidos le separan de la Tata Manuela, centenaria ya, sentada en un poyete de ladrillos. Lleva puesto el vestido nuevo de los domingos, y blancos jazmines se pierden en el pelo blanco perfumando la calle.

Parcela su memoria a ratos, pero hoy abre de par en par las ventanas de la

cordura para recibir a Manuel.

Despliega su mejor abrazo para envolver el soñado encuentro...

Parece que fue ayer cuando, con una maleta de cartón y un hatillo al hombro, lo vio alejarse del pueblo.

Pocos reales se juntan en la cantera, tata -le dijo-. Y en adiós roto se convirtió el pañuelo mientras se alejaba camino de la estación.

Francia es eso que viene en el mapa según se sale de España arriba -explicaba a los vecinos- lejos, muy lejos...

Allí sería un extraño para muchos extraños, su lengua, una lengua que no sirve más que para echar de menos el sonido y el acento dulzón de su gente de Jaén.

Cartas hilvanadas a través de los años de exilio involuntario, líneas que saben a poco y que hablan de su día a día tan diferente, de cómo van naciendo los hijos, de cómo se acomodan en el barrio, en la escuela, en el mundo del progreso.

Cartas con buenas nuevas y ansias ocultas en las letras picudas y pobres de ortografía.

Cartas plagadas de preguntas como si de un cordón umbilical se tratasen.

Cartas por donde corre la sangre fluida del echarse de menos, de añorarse, de acumular vivencias que contar el día del regreso...

Nunca hubo regreso en todos los años de emigrante cuando la línea divisoria entre las dos nacionalidades es tan delgada e hiriente como una guadaña.

No le asustó el trabajo duro de sol a sol ni la monotonía de esas máquinas que fabricaban piezas de no sé qué repuesto, miles de piezas repetidas... como la añoranza. Repetida.

En el sobre se presiente la ausencia... Hay luto en el aire. Poco a poco se va despoblando el cortijo y la tristeza se difumina en la distancia... Hay que pensar en volver.

Pero a su vuelta se instaló en otro rincón andaluz, más al sur, en Sevilla, por estar cerca de los hijos que encontraron en esta ciudad su modo de vida.

Manuel se acomodo en la capital e invirtió sus ahorros en una parcelita a la afueras.

Allí era feliz y hablaba solo, ya sin compañera y disculpando el tiempo que no le dedicaban ni los hijos, ni los nietos.

Higueras, naranjos, limoneros, un pequeño huerto y una casita donde esperar la vejez.

Y esa eterna petición a la vida... volver a sus raíces, volver a los otoños de aceitunas, a los amaneceres blancos desde el cortijo de La Zambra, a las calles empinadas de Cabras del Santo Cristo y al abrazo sin precio de la Tata...

Su calendario tiene todos los números de rojo festivo desde que supo que vendría.

Lo esperaba desde el alba... ella duerme poco.

Tanta cosas que decirse... paran los relojes.

El abuelo desanda un camino de casi ochenta años... Por fin.

Las piedras, le han reconocido.

Ya puede morir tranquilo.

“En Sevilla, en la hora callada cuando las saetas del reloj de pared apuntan arriba, como queriendo salirse a respirar fuera, en la media noche de esta noche tranquila, yo, Ángel Núñez, narrador y cómplice de esta historia, he querido, tal como las agujas del reloj, sacar afuera lo que viví junto a mi padre y a ese abuelo “adoptado” que era Manuel.

Aquella mañana sentado en el asiento trasero del coche, medio adormilado por tan temprana hora, con mi mapa del colegio cercando con tinta roja aquel pueblo de Jaén perdido en la Sierra Mágina, queriendo saciar mi curiosidad con mil preguntas que siempre están contestadas con la coletilla -”que joio,  a ver si te figuras que soy una enciclopedia”-.

Recién había cumplido los once años, edad propia para el mimetizaje... Así que metía mis manos en los bolsillos a ratos y otros ratos las enlazaba tras la espalda, tal como hacían mi padre y el abuelo mientras subíamos las empinadas cuestas de las calles de Cabras de Santo Cristo.

Íbamos a dormir en casa de la Tata Manuela. Allí cenamos un par de huevos fritos con chorizo que fue un manjar de dioses y a la hora de la sobremesa, de las confidencias, mi padre y yo salimos respetando su intimidad y fuimos a dar una vuelta por el pueblo.

Aunque yo era menor, me dejaron entrar en un café-bar desde donde se tenía acceso a Internet. Abrí mi ventanita y conecté con mi madre al otro lado.

Me faltaban letras para contar todas las anécdotas, se me trabucaban las teclas queriendo ganar tiempo al tiempo pero se me cerraban los ojos porque mi cuadriculado sentido del descanso me avisaba que ya hacía mucho rato que habían pasado las veintidós cero-cero, numero tope de mi vigilia diaria.

Termine mi conversación contándole a mi madre que la Tata Manuela me había guardado en una cajita de zapatos tres chorizos y dos morcillas para que me las llevara a casa. Me despedí imaginando la risa de mi madre que por primera vez no la tendría cerca. Refrescaba. Se oía cantar al cuco.

La Tata, el abuelo y mi padre aún se quedaron en la cocina  cuchicheando. Yo dormí en una cama grande con sábanas de hilo y encajes...como un principito.

Hoy no sé qué final poner en esta historia que no duela.

Ahora tengo veinte años....

Desde hace siete me falta, nos falta el abuelo.                                                                                                  

 

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