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Pérez León, Dermis (Altagracia de Medinaceli)

La soledad de los domingos



                                                                      

¿Has visto que lluevan los domingos? Sí, por supuesto que también llueven los domingos. La metereología no hace distinciones entre el día que Dios descansó de sus labores de creación y el resto de la semana. Pero si por casualidad llueve el domingo, lo hace de una manera especial, y hasta diría que casi festiva. La luz está presente en la sombra de la lluvia. A través del espejo acuífero la refleja, en líneas y gotas brillantes de superficies penetrables. 

Cuando era chico decían en mi tierra, que en un día así, la Virgen se casaba con el Diablo. Ya extraño me parecía el contraste, especialmente cuando se alternaban el agua, los nubarrones oscuros,  con la salida del sol y la posibilidad de contemplar la belleza del momentáneo arco iris. Y justo en un momento tan especial, ¡sucedía algo tan contradictorio para la teología cristiana como el antimatrimonio de la Virgen y el Diablo! Vamos, un poco herético el tema en boca de las comadronas católicas del barrio, en ese entonces.

Definitivamente a lo que voy, es que el domingo es un día muy especial, se siente diferente. Claro, me dirían muchos, desde luego que es un día particular en la semana: te puedes levantar tarde, desayunar a deshora, remolonearte un poco, planear ir a comer donde tus padres o hermanos y así alejarte de la cocina al menos por un día; justificarte que trabajas demasiado y que te mereces comer en un restaurante, después de pasar a saludar a “los viejos“. Un sinfín de pretextos que hacen del domingo algo más que el día de descanso de la semana. Algunos me dirán que no detienen su ritmo ni siquiera los domingos. Otros trabajan en el ordenador y responden no sé cuantos correos electrónicos que no han podido hacerlo durante la semana, o tienen que reparar alguna cosa en casa, dedicarse a las labores de limpieza general y presionar a los chicos para que recojan la habitación ¡aunque sea una vez en la semana, joder!                                        

No sé que decirles, no puedo ser el vocero de toda la humanidad ni defender  la posición de todos y declarar los domingos el día internacional del derecho al ocio. ¿Escucharon? Vaya, por cierto que no sería una mala idea del todo... pero, ¡un momento!.. y que pasa con ese riquísimo café con leche, el “cortadito“ que te preparan esas maquinitas fantásticas con leche al vapor y que te lo ponen, sin apenas mover un dedo una chiquita de esas del otro lado del Atlántico, de por allá, de Sur América. ¡Por favor! ¡No pueden quitarme ese placer! Alguien se tiene que sacrificar, ¿no? Y tampoco pueden cerrar los museos, ni los cines ni todos esos lugares de entretenimiento que cada vez desaparecen más y más de la faz de la tierra. Si, si, ese terrible problema de la aldea global.

Dios mío, permite que los españoles no aprueben una ley que derogue el derecho a la siesta sagrada, ¡por favor! Es el único lugar en este occidente cristiano donde todavía existen ciertas diferencias culturales. Y lo otro, Diosito, por favor te pido, aunque me duela, porque no soporto el humo del tabaco en locales cerrados, es que no nos quiten la satisfacción y el disfrute de fumarnos el cigarrito luego de consumir un café, sin tener que ir afuera del edificio a divagar la mirada con aparente desidia, mientras somos objeto del escrutinio público. Esto último, lo confieso, lo digo por mis amigos y no por mí, pues a veces los aborrezco de todo corazón por llenarme los pulmones de humo.

Mira que rumbos ha tomado mi relato. En realidad iba a hablar de mis amigos, y de la importancia que tienen en mi vida, especialmente los domingos. Le he dado muchas vueltas al tópico, pero he llegado a él a través del cigarrillo. De no ser por mis amigos, creo que tendría que tomar antidepresivos los domingos. Ese día es horroroso para mí. ¿Y por qué tendrían que serlo, luego de la apología del derecho al ocio que he soltado más atrás? Pues, creo que van a estar de acuerdo conmigo, en que los domingos son de una soledad implacable cuando se vive solo.            

¡Un momento! ¿Qué acabo de escribir? ¿Qué me horroriza la soledad cuando no hago más que incentivar a mis amigos a no llenarse de una familia molestosa de la que dependes hasta para planear los turnos al baño si tienes el mal hábito de leer sentado en el trono? Pues, si que soy contradictorio. Pero no, no lo soy. ¡Defiendo la soledad a ultranza, a capa y espada! Hay que tener la valentía y la firme decisión de no rodearse de personitas dependientes en esta vida, aún cuando estés muy enamorado. Una noche se pueden quedar en casa, pues sonaría brutal decirle a una chica luego de echar un polvo: “ándate ya, que no puedo dormir acompañado“. Y también es agradable dormir a veces sintiendo esa piel de seda, tibiecita al lado tuyo, tan diferente a estos muslos llenos de vellos como los míos y estas manotas bruscas y un poco callosas de jugar frontón. Tampoco creo que sea un buen compañero de dormir. Me han dicho que ronco a veces y otras… bueno otras... me levanto de la cama y hablo solo.

El punto concreto es que pasarla juntos un par de días, a lo máximo una semana, está muy bien. Otra cosa muy diferente es decir, ven a vivir a casa, a disponer de mi tiempo, mis libros, mi cocina, mi gato, mi sillón favorito y por exceso, escuchar esa pregunta horrible de: “¿En que estás pensando, mi amor? “ ¡Por Dios, que hasta quieren meterse en tus pensamientos! Y ya de nuevo, me alejo del tema. Las chicas, no son menos que mis amigos. A las chicas tendría que dedicarles todo un capítulo, o una entera narración, un novelón de época, sobretodo ambientados en tiempos de Carlos III o Felipe II.

Pero hoy voy a hablar de mis amigos y de los domingos. Y lo digo de una puta vez. Mis amigos me salvan el domingo con sus invitaciones. Por suerte, algunos no se han casado y los otros... son gays.  Ejem, ¡no se confundan! Soy un tipo super abierto y no tengo nada contra los gays, mientras no se metan con mi sexualidad. Y tengo que decir que Antonio y Jorge son muy respetuosos conmigo; ni siquiera sugieren la idea de que yo pueda pasarme a su bando. Son los tipos más divertidos que conozco y totalmente desprejuiciados. La pasamos estupendamente conversando de literatura, música y chismes del mundillo del arte que son necesarios conocerlos para esquivar esos „escollos marítimos“ que pueden hacer hundir tu barco de la suerte en pocas horas. Así es.

Ellos conocen mi debilidad dominguera y como les gusta como yo preparo ciertos platillos del Caribe, me invitan con frecuencia a cocinar en su apartamento allá en Chueca,  la calle Hortaleza, ese barrio donde vive una considerable comunidad gay. ¡Ese si que es un barrio con onda! Casi todos nos conocemos y nos saludamos. Hasta me he acostumbrado a ver a esos tíos tomados de la mano y besándose. Al principio me resultaba super chocante, pero ahora, lo he asumido como lo más normal del mundo. ¿Acaso la amistad legendaria de Aquiles y Patroclo escandalizó al mundo griego de la antigüedad? ¡Ni hablar! Se ha vertido tanta tinta sobre el papel inspirado en la relación de los héroes favoritos de la Ilíada, que sólo entiendo la animadversión de muchos por la presencia del capítulo sobre Sodoma y Gomorra en el Antiguo Testamento. 

He tratado de pensar por qué aborrezco los domingos en soledad y por qué se me encoge el corazón cuando alguien me dice que va a visitar a sus padres. ¡Y cómo me enfurece cuando alguien protesta por esa visita obligada a los “viejos“. Bueno, no lo digo abiertamente. No tengo el derecho a juzgar la vida de otras personas. Y  hasta yo tuve mis problemillas con mi madre cuando era adolescente.  Pero cuando se pasa el tiempo y uno llega a cierta edad, se siente una especie de reconciliación interna y una devoción y calidez inunda tu pecho cuando piensas en la cara de tu madre al verte parado en la puerta. Y es que mi madre creaba una atmósfera muy especial los domingos. Para ella eran “sagrados“,  y todos teníamos que ir a almorzar a su casa aunque estuviéramos a 200 kilómetros de distancia. No había justificación posible.

Vaya, extraño esos días de mi infancia con mis dos hermanas y mis primos corriendo por el patio, husmeando alrededor del cerdo asado para pillar la colita tostada. Los fines de año, por mucho que mi madre dijera que los detestaba porque eran sólo de descanso para los visitantes y para ella, la esclava, los más trajinados, fueron sus momentos de gloria. Parecía sufrir y nos lo hacía notar con sentimientos de culpabilidad. Sin embargo, yo dudaba al recordar esa sonrisa de “beata” en su rostro cubierto de sudor, cuando tenía a todos juntos alrededor de la mesa.

Mi madre me enseñó desde la adolescencia a ayudarla en la cocina a preparar los platillos y dulces que me gustaban. Todavía escucho su voz como un sonsonete: “Si aprendes,  no tienes que irte con cualquier piruja sólo porque no sabes prepararte nada más que un huevo, un sándwich o una pizza precocida”. A ella no le molestaba que le llenara de harina el piso o dejara el lavaplatos con la pila hasta el techo de cacerolas. Tampoco voy a negar que me encantara meter las “manos en la masa”, es decir, en la harina para hacer empanadas o cortar cebollas con la boca llena de agua para evitar las lágrimas -receta de mi madre-, o hacer pudines y lazaña de vegetales. Y luego, esas natillas de leche con vainilla o chocolate y el arroz con leche fríos del refrigerador, ¡hummm...! No sabía que era más delicioso, si raspar la cacerola con la costra de los dulces pegados o comerlos ya fuera del molde, ordenaditos y con formas. Creo que mi madre disfrutaba viéndome enredado con tanto vegetal, harinas y carnes en la mesa, y por eso me daba la preferencia de irme con la cacerola del dulce a limpiarla con la cuchara, primero que a mis hermanas.

Mi hermana mayor detestaba la cocina. No sabía ni siquiera freír un huevo. Mi madre, no sé si inconsciente o concientemente me comparaba con ella: “¡Mira a tu hermano que ya sabe hasta hacer un bistec y espaguetis!” Ella me miraba con rencor, pues el rol de mayor no le daba ningún derecho a dirigir mi vida. Yo era el rey de la casa y por encima de mi, ¡sólo mi padre! A veces le pegaba por hacerme bromas que no me gustaban, sobre todo, cuando se reía al verme ir a la cocina a ponerme el delantal. “A que vas a ser una mariquita, ya papá me lo ha dicho”. De ahí viene ese odio a mi padre, tan apegado a la hermana mayor, pero también por escucharle discutir con mi madre muchas veces por mi culpa. La frase que más recuerdo era aquella de: “Tú lo amariconas”. Mi madre, tan dulce en su mirada cuando iba a preguntarle si quería que la ayudara y tan matrona cuando se enojaba por robarle los frascos de dulce de guayaba. Pero siempre me defendía ante mi padre, creo que a veces a ultranza, hasta cuando yo había hecho alguna trastada en el cole.

¿Adivinan entonces por qué me son tan detestables los domingos? Es fácil ¿no? ¿Acaso no he hecho una apología suficiente de mi madre? Por suerte, mis amigos han sustituido a esa matrona invencible, con sus charlas, sus comidas y salidas a tomar cerveza. No aciertan a alcanzarla, desde luego que no. Nada como ese sentimiento de congregación familiar alrededor de una voz imperiosa y dulce que distribuye la pobreza y la riqueza de la casa.  Pero a veces..., cuando mis amigos no están y tengo que quedarme sólo, un reproche, oscuro y pérfido sentimiento me atenaza la garganta y me asusta de mí mismo. ¡Pienso en cómo me madre se preocupó lo suficiente para que ninguna mujer ocupara su puesto en mi solitaria vida! Ahora que ya no está en este mundo, y dejó de aparecerse en mis sueños con su rostro lloroso de señora que se hace anciana, reprochándome que me fuera a vivir a España y no la acompañara en la vejez con los nietos, pienso que tengo que sobrevivir estos domingos sin ella, ¡¡de una cabrona y puta vez!!

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