Barrena de la Iglesia III, Rosario (Melitona Llorente)
Antoñita la fantástica
ANTOÑITA LA FANTÁSTICA
LLEGAMOS AL NUEVO BARRIO a mediados de los sesenta. Estaba tan alejado de la civilización que alrededor sólo se divisaba las extensas huertas de tomates, melones, pimientos... y un campo de árboles raquíticos que no recuerdo bien a qué especie pertenecían. Aquel paisaje pronto se llenó de escombreras y tierras removidas para convertirse más tarde en otros edificios como el mío. Uno, otro y otro... hasta configurar un conglomerado de ladrillo rojo y terrazas de color verde claro. Casas para obreros no cualificados. Pequeños tabucos, donde nos hacinábamos, en medio centenar de metros cuadrados, el matrimonio, cinco hijos y los abuelos que venían algunos meses como huéspedes itinerantes.
Las calles aún no tenían nombre y nosotros las llamábamos según sus características. A veces les daba título algún establecimiento: La calle Ancha, la de la bodega o la calle del "tío granoso", un tendero picado de viruelas.
Las niñas jugábamos, entre aquellos escombros, a machacar ladrillos para convertirlos en pimentón, así nuestras imaginarias cocinitas siempre estaban bien surtidas de coloridas especias. A veces teníamos que dejar nuestros juegos apresuradamente porque alguna rata enorme irrumpía sembrando el pánico con su cuerpazo gris y esos bigotes inquietos olisqueándolo todo.
Transcurría nuestra infancia entre juegos callejeros y aquellos dominios a medio construir. Un horizonte ya sin campo, sin árboles, sin nada verde donde perder la vista.
DE TODAS MIS AMIGAS, recuerdo especialmente a una. Se llamaba Ana Mari y era la hija del portero del edificio donde yo vivía. Juntas íbamos al colegio, juntas nos comíamos el bocadillo en el recreo y juntas pasábamos las tardes de invierno jugando a las casitas. Su madre, una mujer excepcional, me enseñó que la imaginación puede elevarte por encima de la tristeza, de la penuria y de la vida gris. Su marido, como digo, era el portero. Un hombre bruto, obotargado por el alcohol y tanto mi amiga como su hermano eran terriblemente feos y tendían a la obesidad. Para aquella mujer todo era desolación y, sin embargo, muchas de las tardes que jugábamos en su casa nos contaba historias de su vida reinventada en un cuento de hadas maravilloso.
- ¿Tú no sabías que mi padre era el rey de Pinto?.- Me decía muy seria mientras comíamos el bocadillo de mortadela con aceitunas.- Pues si, teníamos un castillo y muchos criados. Mi padre recorría a caballo su finca y mi madre nos hacía vestidos con "cancán y polisón".- (Supongo que habrían visto la película de "Lo que el viento se llevó").- Teníamos tanto dinero que lo regalábamos a los pobres y mis hermanos y yo éramos inmensamente felices. ¿Verdad Ana Mari?.
Mi amiga asentía, encantada de tener unos parientes tan distinguidos.
Yo conocí a su abuelo, pasaba temporadas en su casa y a mí me parecía un anciano normal, desaliñado, con la chaqueta dada de sí y los pantalones con brillos en la culera por el desgaste. Además las zapatillas de lana a cuadros marrones no me parecían las del Rey de Pinto, pero...
- ¿Pero no te habíamos dicho nunca que el abuelo paterno de Ana Mari fue gobernador de Burgos?.- Y sacaba una foto de recorte de periódico de un señorón gordo, con gafas, detrás de una mesa de despacho llena de papeles y con una foto de Franco enorme - No te digo más que medio Burgos era de ellos y ¡qué casona tenían para veranear!. Algo fuera de lo normal. ¿Verdad Ana Mari?.
Yo todo me lo creía porque en mi cabeza infantil no entraba la posibilidad de que los mayores pudieran mentir, y menos en esas cosas.
Así ella iba fabulando un pasado irreal que la sacaba de aquel pisito enano donde vivía con su anodina familia.
Cuando yo bajaba a mi casa y se lo contaba a mi madre ponía el grito en el cielo.
- ¡No vuelves a subir! ¿me oyes? - gritaba - vas a terminar loca como ella. ¿Pero no comprendes, hija, que todo son mentiras, que los pobres están muertos de hambre?.
Pero nunca obedecía y pasaba las tardes disfrutando de su fantasía desmesurada.
Una de las mejores historias me la contó un domingo mientras Ana Mari y yo hacíamos recortables.
- Una vez, antes de casarme con el Sr. Justo, tuve un enamorado. Era un conde guapísimo. Me trataba con tanto cariño que accedí a casarme con él. Cuando ya teníamos todo preparado, el mismo día de la boda, y al pie del altar, le dije que no. ¿Por qué?, porque en esas intermedias, conocí al que hoy es mi marido y me enamoré perdidamente. Nunca más supimos del conde. - Dicho esto, se palmeó los muslos, suspiró ruidosamente y se levantó para hacer las croquetas de la cena.
Yo no daba crédito. ¿Cómo pudo haber renunciado al conde guapísimo por aquel hombre repugnante que al menor descuido te metía la mano por debajo de la falda, a mí y a todas las jovencitas de la casa.
LOS AÑOS PASARON, crecimos mucho el barrio y yo. Las tierras escombradas desaparecieron. Las ratas, hoy, discurren por las alcantarillas, y los niños no juegan a las cocinitas porque no hay nada que machacar y convertir en pimentón. Quizá el parque con los columpios, las bicicletas y los juguetes sofisticados hayan sustituido aquellas naderías.
Ana Mari se marchó a Málaga con un marido que le llevaba veinte años. Las historias que me contó su madre sobre él ya no me las creí (desgraciadamente había perdido la inocencia). Yo también me marché y nunca más supe de ellos. Se han perdido en mi memoria aunque a veces su recuerdo aflore en los sueños o cuando evoco el pasado con nostalgia.
Ahora pienso que le debo tanto a la madre de mi amiga que siento ganas de ir a buscarla y decírselo personalmente. Pero no me atrevo por miedo a que ella no recuerde nada y quede yo como la "Antoñita la fantástica" que soy.
Melitona Llorente - Febrero 2009
Dorarse al sol
DORARSE AL SOL
ME SORPRENDIÓ LA LLAMADA TELEFÓNICA que Carmen me hizo desde Bruselas.
- Voy en Semana Santa ¿quieres que pasemos unos días en la playa?, necesito que me de el sol en el culo, chica, lo tengo blanco como la luna.
Acepté, claro, porque hacía más de dos años que no hablaba con ella y porque nunca me he negado al sol mediterráneo o de cualquier mar.
Reservé habitación en un hostal de un pueblecito gaditano y comencé a sufrir la lentitud del tiempo cuando hay algo interesante detrás de los días seguidos y monótonos.
Mi amistad con Carmen estaba hecha de episodios intermitentes, coincidimos en una de las varias carreras que cursó en su vida (para mí la única y la que sigue dándome de comer). Siguió buscando algo que no terminaba de llegar. Finalmente encontró un puesto interesante en el Ministerio de Educación y la trasladaron a Francia para ejercer de relaciones públicas. Me extraño que una mujer tan friolera aceptara vivir en una ciudad tan gris y húmeda como Estrasburgo, pero el corazón y la cabeza de Carmen eran inescrutables.
Nuestra relación se distanció, aunque conservábamos ese hilo delgado de unión que da el teléfono o alguna carta escrita, siempre en horas bajas.
Me gustaba pensar que volveríamos a vernos, que dispondríamos de esos días de sol para retomar la última conversación de hacía dos años; porque mi amiga era de esas personas con las que el tiempo no transcurría, aunque estuvieras lejos y no intercambiaras palabra alguna en ese período.
Cuando nos encontramos en Barajas la vi desmejorada, cara afilada, ojos hundidos, con una sombra morada bajo el párpado. Aunque vestía impecable, un poco extravagante y andaba con paso elástico, intuí que el cansancio era mucho más profundo que el de un vuelo de dos horas escasas.
Nos abrazamos con cariño, seguido de una retahíla de alabanzas:
- ¡Estás guapísima!
- Sí, claro, con cinco kilos de más, como una vaca, patas de gallo... pero bueno – le respondí sonriendo y proseguí- Tú si que estás bien, qué traje más mono – le decía tirándole suavemente de la solapa.
- De Dior, te lo regalo.
Ignoraba dónde iba yo a meterme aquello de la talla 38, comprobé que la generosidad de mi amiga no había menguado ni un ápice con los años.
LLEGAMOS AL SUR a la hora de comer. Un sol tibio, delicioso, iluminaba la playa que nos invitó al primer baño de la temporada. A pesar de que el agua congelaba nuestros miembros y ponía azules los labios, chapoteamos y nadamos como crías en una extensión casi desierta.
Después de comer, mi amiga metió una botella de Ballantines en el capazo de paja, al lado del bronceador, y nos dispusimos a buscar un sitio entre las rocas, para dejar que el sol de abril pusiera color en el crudo trasero de Carmen y mío.
Descendimos por rocas puntiagudas, escaleras naturales que llegasen hasta el borde mismo del agua tranquila, anduvimos a derecha e izquierda en busca de una plataforma seca donde bebernos el wisky y dorarnos por entero sin miradas ajenas. Al fin lo encontramos, un saliente anatómico que nos permitió extender la toalla y rodearnos de infinito y suave sonido de olas batiendo y retrocediendo.
Estuvimos en silencio, así, una eternidad, disfrutando de la quietud y el milagro de seguir vivas y enteras, absorbiendo todos los rayos que el sol tuvo a bien enviarnos y casi al unísono nos incorporamos para tomar un traguito que se calentaba ya en el interior de la bolsa vegetal.
- ¡Por nosotras, Clara, y por España, por la playa y sol...!
- ¡Por nosotras! – brindé
Me contó que las cosas no habían salido tan bien como esperaba, Estrasburgo no era un lugar adecuado para ella, ni tampoco el carácter de los franceses encajaba con su forma de ser y de pensar.
- Yo necesito calor, alegría a mi alrededor, tomarme un fino por la tarde y charlar con alguien afín ¿es eso mucho pedir?
- No es tan fácil – le dije – cada vez somos menos locos sueltos los que se mueven en el entorno.
- No sé, Clara, parece que hablo otro idioma, nunca termino de llegar, de aposentarme, siempre estoy huyendo no sé de qué.
- Eso te pasa porque eres un culillo de mal asiento, ya encontrarás lo que deseas, o quizá no, ahí puede residir la gracia ¿no te parece?
Me compadecí de su sufrimiento, el de antiguo. Conocida agonía. Una insatisfacción eterna, un saco sin fondo cosido, imposible de llenar. Bien lo entendía yo, que padecía un mal semejante. No me atreví a preguntarle por Jean Marie, un novio del que me habló por carta, estaba ilusionada y llegué a pensar que él, francamente, conseguiría sentarle la cabeza de una vez por todas, pero esa amargura me daba qué pensar. Fue ella la que sacó a relucir a su ex – novio.
- ¿Sabes que Jean Marie y yo rompimos el mes pasado?, lo de siempre, no soporto verme comprometida, la vida hecha por delante... es algo inconsciente. Jean Marie se aposentó en mi apartamento con todos sus ordenadores portátiles sus teléfonos móviles y no pude soportarlo. Un día y otro, el primero igual que el segundo... la magia se rompió y el muy cerdo trató de convencerme que el sexo no lo era todo para justificar que llevábamos seis semanas sin follar. En fin ¿estoy loca? ¿soy extraterrestre?, dímelo tú que eres mi amiga.
- Justo, te lo explico yo que sigo separándome de Francisco eternamente, que no me aclaro desde el día que hice la primera comunión, que encontrar a alguien con una idea de la vida parecida a la mía es misión imposible, que me caen treinta y siete el mes que viene y quiero tener un hijo, Carmen, ¡que se me está pasando el asado!
La botella menguaba al mismo ritmo que el globo solar descendía en el cielo. A pesar de las generosas friegas de crema protectora, la piel de carmen empezó a tornarse rojo intenso.
- Deberíamos marcharnos, que está subiendo la marea.
Ella se encontraba a gusto y yo también, además el alcohol anulaba, en parte, los pocos reflejos que nos quedaban.
- No tenemos prisa, relájate que estamos de vacaciones.
Me miró desde unas gafas de sol ya inútiles, porque éste se metía en el mar. Era un atardecer precioso, el cielo cubierto de jirones violetas y naranjas como pinceladas colgando del azul.
Por un momento temí que ambas nos íbamos a poner a llorar, pero en vez de eso, cambiamos de conversación y comenzamos a reír hasta las lágrimas. Recordamos episodios de antaño, anécdotas de la Facultad, juegos y situaciones una mil veces contadas, siempre jaleadas con el mismo entusiasmo, como si la juventud estuviera ahí, a la vuelta de la esquina, y sólo con recordarla pudiera materializarse de nuevo.
La botella quedó tendida a nuestros pies, vacía. Todo el líquido ámbar y picante estaba en nuestros estómagos moviendo las cosas de su sitio.
- Vaya cogorza que he cogido, será mejor que subamos hasta el hostal – le dije a Carmen, que pretendía dormirse arropada por el relente que ya sacaba carne de gallina en los brazos.
Cuando quisimos volver, las escaleras naturales por donde descendimos al mediodía, desaparecieron, todo lo cubría el agua y no vislumbramos ningún camino de regreso para comenzar la ascensión. La cabeza me daba vueltas por el alcohol, pero el instinto de conservación se puso en funcionamiento en décimas de segundo.
- Esto no me gusta – dijo Carmen, algo más sobria que yo.
Tomamos la dirección contraria en busca de un lugar accesible y comenzamos a bordear el acantilado. La noche llegó de pronto, una cortina gris se cernía sobre el cielo oscureciéndolo todo a pasos agigantados. Nos pusimos las camisetas, las toallas y las chanclas como única vestimenta para protegernos de un frío intenso, casi inaudito después del día magnífico que disfrutamos. No fui consciente del peligro hasta una hora después, en la que seguíamos andando en línea recta sin subir un peldaño en el muro de roca. La luna llena asomó potente, iluminando un mar cada vez más embravecido. El agua empezaba a mojarnos los pies, las pantorrillas, la marea subía... nosotras nos miramos aterrorizadas.
- Clara, estamos “jodidas”, como los del hostal no hayan dado parte... despídete.
Ya lo sabía, pero no podía rendirme y la animé a seguir adelante.
A las tres de la mañana me fallaron las fuerzas, las olas azotaban, teníamos que agarrarnos para no ser despedidas en cada batida que golpeaba sin respiro. Fue Carmen la que gritó a mi lado:
- ¡Aguanta, Cara, la marea no puede subir más y si hace falta estaremos así toda la noche!
Lloraba, lo vi por el frunce de sus labios, porque el agua salada del mar se confundía con el otro agua que manaba de sus ojos. Yo también lloré, porque la vida, esa de la que renegábamos hasta la saciedad, se nos iba a largar en una de esas embestidas. Los cadáveres de Carmen y mío, flotando en un mar calmado y silencioso. Las dos muertas, con expresión desencajada en el rostro, hinchadas, blancas, quizá mordidas por algún pez enorme.
Carmen volvió la cabeza y levantó la voz por encima del ruido; apenas escuchaba sus palabras.
- ¡Óyeme Clara! Tengo que hacerte una confesión importante.
- ¿No pudo más – respondí al borde del desfallecimiento - ¿de qué se trata?
- Empiezo a dudar si saldremos de ésta y no quiero morirme sin contarte algo de mi vida que te afecta directamente. Había jurado no hablar, pero las circunstancias han cambiado.
- Cuéntamelo ya, que me tienes en intrigada.
- ¿Sabes por qué me fui a Estrasburgo)
- Porque buscabas nuevos caminos, otra vida...
- No seas idiota Clara, me fui porque... porque estuve enrollada con tu marido más de dos años, ya está dicho.
- ¿Con Francisco?, no puedo creerlo, yo lo hubiera sospechado, no sé, intuido.
- Que ingenua eres. Me propuso que nos casáramos, y que nos fuéramos al extranjero para poner tierra de por medio. A mí, como siempre, me entró pánico y cuando trató de formalizar la relación, desaparecí. Esa es la confidencia, ahora ya me da igual.
Las palabras de Carmen me despertaron del letargo que entumecía las piernas heladas, las manos desechas, ensangrentadas ya, malheridas.
Tantas mentiras alrededor de una vida insulsa como la mía. Yo, la buena de Clara, la dulce amiga que no merece explicaciones, la tonta de Clara que no se atreve a dar el paso de abandonar a Francisco porque él, quizá, sufra demasiado. La gilipollas de Clara que necesita estar al borde de la muerte misma para descubrir parte de la mierda que le rodea.
Grité con voz gutural y desgarrada. El alarido se llevó las pocas fuerzas que aún conservaba. Iba a soltarme hipnotizada por el abismo que invitaba a terminar definitivamente, cuando un helicóptero de la Guardia Civil vino a devolvernos la esperanza. El foco potente nos abrazó de lleno y una voz desde el aparato habló más fuerte aún que el ruido ensordecedor de las hélices.
- ¡No se preocupen, señoras, ya vamos a rescatarlas!
Juntas vimos amanecer en la playa. Éramos dos naufragas asustadas, chorreando agua, ateridas de frío y de cansancio.
El aullar de la ambulancia se escuchó a lo lejos, venía hacia nosotras con la luz amarillenta e intermitente.
Nos miramos sin hablar, Carmen hacía ademán de acercarse buscando una seña amistosa.
- ¿Vas a perdonarme, Clara?
Tenía un aspecto deplorable, supongo que exactamente igual al mío, y me dio pena. La mujer moderna, liberada, sin prejuicios, sucumbía ante los remordimientos. No quería irse a la tumba sin confesar el pecado. Seguro que entre el llanto y los lamentos había trenzado una oración para ser perdonada por tantas faltas cometidas, quién sabe si con el oscuro deseo de entrar en el Paraíso, ese al que había renunciado entre las traiciones y placeres de la carne prohibida.
Le di las gracias por abrirme los ojos. Ignoraba en aquél instante si llegaría a perdonarla pero supuse que no era una idea tan descabellada.
Avanzamos por una carretera oscura que ya empezaba a dibujar contornos por la incipiente claridad de la mañana. Tenía sueño y me dormí en la ambulancia, acunada por el ulular de la sirena. Soñé con suaves colinas de arena blanca, tibios brazos de arena seca y perfumada, olor a mar y a vida.
Melitona Llorente - Febrero 2009