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Lombardi, Filomena Vicenta (Filho)

El vendedor ambulante

                             

Mi mente se encontraba entretenida en los  temas de la vida diaria, bruscamente cambiantes a cada momento, ellos no tenían nada que ver con los escenarios que podía percibir a través del vidrio de la ventanilla del colectivo en el que viajaba, una mañana fresca del mes de marzo en una ciudad de Buenos Aires.

Sin premeditarlo, continuaba recorriendo mi mundo interior y  por momentos observaba lo que el exterior me ofrecía , metro a metro.

Este plano pasaba ante mí , como una película acelerada de la realidad y no me agregaba nada nuevo ni grato a mi sensibilidad humana..

Las casas del lugar, parecían contarme a la ligera que estaban de pié , pero muy cansadas de su estética , ya que la carencia de medios económicos, se podía adivinar en sus paredes despintadas , algunas sin revocar, remiendos antiestéticos, techos de chapas, sostenidos por ladrillos, que imploraban ¡No se vayan a volar!  ¡Por favor!!!  ¡Nooooo!!

Pero hay dos cosas que siempre me llamaron la atención  de las viviendas de cualquier lugar ; las flores del jardín y la ropa lavada tendida en la cuerda .

Tal vez , en mi yo interior siempre comparé esas cosas como el reflejo  de la familia que allí vive.

La ropa que  flamea en la soga,  a veces parece soportar más de lo que puede tolerar.

Ella anticipa  si se trata de familias humildes, o no, porque allí hay muchos niños y por el tamaño de cada prenda puedo calcular las edades aproximadas de sus integrantes.

Es curioso descubrir  cuando hay un recién nacido, sus ropitas se destacan no solo por el tamaño sino porque desde lejos se puede percibir que son nuevas.

Teniendo en cuenta esas características,  imagino la cantidad de habitantes que moran en ese hogar.

He observado que muchas mujeres también acostumbran a lavar la ropa y por falta de soga la dejan sobre el alambrado que por lo general rodea su terreno.

Aquí, la costumbre es por razones  económicas pues  no utilizan ni siquiera broches para sujetarlas.

No tengo ganas ahora de entrar en el campo cultural que seguramente tiene mucho que ver en este tema de hábitos y formas de utilizar lo que conocen o lo que pueden hacer para resolver esta necesidad.

Sigo mirando al ritmo del colectivo, como les contaba no solo la ropa cuando se agita en los tendederos, o reposa si ni hay viento, sino fijo la mirada rápidamente en el jardín si lo tuviesen o en las plantas que allí se pueden ver.

De esta manera trato de considerar sin ninguna intención de pre- juzgar, si sus moradores son personas amantes de la naturaleza o como se les suele llamar “manos verdes”

El colectivo no disminuye su velocidad todavía y  como un abanico de fotos sigo recolectando imágenes que ocultan las anteriores  velozmente, como un álbum viviente agitado.

Veo jardines y  un milésimo de segundos  puedo percibir que las manos que cuidan esos tesoros vegetales son maravillosamente verdes clorofilas humanas.

Mis ojos tratan de ver un poco  más allá de la vereda  que bordea la ruta   por la cual  transita  el vehículo,  en su recorrido habitual. Es así, que con sorpresa, encuentro casas muy pequeñas o amontonadas en un mismo predio, pero que poseen plantas y flores en macetas por doquier.

Las mismas están en la puerta, en las ventanas, colgadas en la pared y por donde quepa por lo menos una planta en cada  tarro.

Es inevitable  elevar aún la altura de mi mirada para mirar el cielo, como agradeciendo ese trabajo de amor y dedicación que estoy disfrutando.

Continúo con ese juego de  sensaciones visuales  internas que me produce tanta variedad de muestras, realidades de mi país..

Casas elegantes como sus dueños, pobres como los niños que juegan en el potrero de la esquina y ahora la contradicción total.

Pienso entonces que los opuestos viven en cualquier ciudad del mundo, como pensaba..

Aquí  impresiona ver que esos opuestos pueden encontrarse de la manera más insólita imaginable y una muy cerca de la otra.

Por ejemplo, encontré una vivienda totalmente fabricada con chapas metálicas y pegada a ella, un hermoso chalet , que parece caído de un libro de cuentos da hadas y príncipes.

Y para alimentar más mi asombro el paisaje que veo a pocos cuadras de allí  es un gran caserío que parecen cuevas, con tendidos eléctricos que salen y cuelgan por todos lados.

Observo otra vez la ropa, que me confirma el nivel de pobreza paupérrima de sus habitantes.

Este barrio tiene varias manzanas de largo. Pero pensando en contraposiciones, ahora comienza  un barrio en construcción, de la misma longitud que el anterior.

Las casas son todas iguales de ladrillos, cables eléctricos prolijos y ordenados, espacios para plaza, y un cartel gigante en la entrada del mismo que dice:  Aquí :  BARRIO “NUEVO AMANECER”.

Comienzo a  relacionar el antes y el después, cuando escucho comentar desde el interior del micro ¡Ah!!! Aquí se van a mudar la gente indigente que vive ahí en la otra cuadra.

Rápidamente comprendí que  aquellos seres humanos que viven en  el caserío serían los habitantes del nuevo barrio “AMANECER!

¡Perdón!! Al Nuevo Amanecer , porque parece que el viejo es muy triste.

Mi cabeza está por estallar cuando pienso estas injusticias, al ver estas realidades.

Trato de hacer un alto para calmar mi angustia. Al fin y al cabo es la condición humana y los poderes políticos, fomentan  el desequilibrio social que   luego simulan auxiliar con algunas  obras, unos meses antes de las elecciones.

Bajo mis ojos, para no mirar mas por la ventanilla, aunque sea por un instante,  así por lo menos mis pensamientos  dejan de torturarme unos segundos. Ignoro todo ese paisaje que continua desfilando desde el marco metálico que me separa del exterior.

Necesito hacer un corte definitivo a mis preguntas ¿por qué? ¿por qué? tanta desigualdad  ¿por qué?

Continuo intentando darle un corte a mi cuestionamiento, cuando escucho  una voz varonil  que dice:

-Buenos días-  molesto unos minutos su atención, para presentarme:

Levanté rápidamente la vista y   pude ver un muchacho de no más de 25 años aproximadamente, que comenzaba a repartir algo a los pasajeros que se encontraban sentados en sus asientos.

Aún no había  llegado a mi lugar, es por esto que no entendía muy bien en concreto que dejaba en las manos de los pasajeros fortuitos de este ómnibus.

Era evidente su discapacidad física, pues no podía desplazarse normalmente, lo hacía con mucha dificultad  y con ayuda de un bastón.

Llegó a mi asiento y una hoja escrita (fotocopia) me dejó sonriendo. Yo la acepté  sin mirarla y quedé  como hipnotizada por la presencia de este  vendedor singular.

Cuando me disponía a leerla, el muchacho ya se había alejado  hasta donde se encontraba el conductor.

Extendió su brazo derecho para sujetarse, mientras giraba  su cuerpo, para hablar con los pasajeros,  mirándonos de frente.

Como verán- dijo -soy un impedido físico, motivo por el cual no puedo trabajar como quisiera hacerlo.

Es por ello que obsequio  mi trabajo en los colectivos a los pasajeros y si estos quieren retribuirme con algunas monedas, por más insignificante que sean, para mí tienen  muchísimo valor.

-¡Desde ya muchas gracias!!! y que tengan un muy buen día- terminó diciendo, mientras comenzaba el recorrido por los asientos para recoger el dinero o la hoja.

Acostumbrados estamos en Buenos Aires desde hace muchos años, a encontrarnos a diario con diferentes vendedores ambulantes, hombres o mujeres que ofrecen desde golosinas, revistas, útiles escolares, agendas, linternas, discos de música o cualquier objeto que puedan transportar fácilmente en un bolso, o algunos optan por estampas de santos y vírgenes para ofrecer suerte, salud y dinero que a ellos les falta.

Vuelvo mi atención  hacia  la hoja que aún esperaba abierta  en mi mano, cuando advierto  que se aproxima   el vendedor a buscar la   propina o el poema,  para quienes no lo deseen conservar.

Hojeo el papel y puedo apreciar  rápidamente que en él hay escrito unos versos, con una ilustración, todo confeccionado a mano por el desconocido vendedor ambulante.

No me alcanzaba  el tiempo para leer detenidamente el poema, antes que llegue a mi lugar.

Por suerte nadie se negó a darle algunas  monedas por su poema.

Yo también tomé de mi monedero, un billete de papel, lo doblé ocultándolo en mi mano, y me dije: ¿Qué poco dinero , para pagar este mensaje de amor y esperanza!

Cuando al fin llegó hasta mí , se lo acerqué , y le pregunté ¿Cómo te llamás?

Roberto- me dijo- está escrito en el papel.

¡¡Ah!!!!  - respondí-  aún no he podido leer con atención  tu escrito.

¡Gracias!!!! Volvió a repetir..¡¡Gracias!!!!! y se alejó.

Lo acompañé con la mirada hasta que despaciosamente descendió del vehículo para prepararse a  esperar el próximo.

Acomodé entonces  la hoja, que contenía el poema . Comencé a leerla,  su mensaje era tan conmovedor que no me importaban algunas faltas ortográficas que aparecían traviesas   en algunos versos, como así también la rima o forma de expresar su pensamiento.

El título anticipaba , un  tema   profundo y solidario.

Así decía:

Al borde del abismo

La juventud se ha perdido

a alguien le oí decir

y me duele al admitir

que la ira me agobió,

mi alma se estremeció

y me nubló el pensamiento

aunque admito con lamento

que ese alguien, no ha mentido.  

No entendemos el pudor,

vivimos siempre en carrera,

como si alguien nos corriera,

siempre es el último día

y se pierde la alegría

que proporciona la calma

y es así como en el  alma

se va perdiendo el amor…

 

 Una niña embarazada

con edad para muñeca

sin entender que peca,

contra su propio destino

y un pequeño asesino

mata por una moneda,

sin entender que queda

una familia en la nada.

Un joven alcoholizado

colgado de una soga

y uno mucho menor

muere a causa de la droga…

Y sin dudar un segundo

de este mundo me divorcio

pues a muchos le conviene

ya que en eso está el negocio.

Les suplico por favor ayudenme a cambiarlo,

Pues si vamos todos juntos… juntos vamos a lograrlo.

Cuando llegué al final de sus palabras , Roberto ya no se encontraba en el colectivo..

Él continuaba su rutina diaria, vendiendo poemas de ilusiones y esperanzas.

¿dónde  volveré a verlo ? Me preguntaba

No sé…

¿Cómo podré ayudarlo?

¡Ya sé!

Le pediré al viento que le  susurre al oído, cuando lo invada la tristeza y el cansancio de tanto  predicar, en miles de viajes, sus ansias de un mundo mejor

Dile viento  ¡Por favor!!

Que todo el mundo conocerá su mensaje HOY….        

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