Pido que me atendáis con mente abierta y que dejéis a un lado todo tipo de condicionamientos lógicos o racionales. Esto es lo que me ocurrió en el camino que conducía a la playa de los Pájaros, al pie de los acantilados del cabo Negro. Se me cruzó un zorro de cola grande y poblada, de color plateado, que estuvo a punto de hacerme caer de la moto que conducía. Subido en un risco del monte se me quedó mirando, como recriminándome la invasión de su territorio con mi ruido que espantaba a sus conejos .Sus pequeños y rasgados ojos trajeron a mi memoria, por un momento, el recuerdo de un rostro familiar que había visto en casa de mi abuela. Durante el tiempo que tardé en llegar a mi destino, una pequeña casa a la orilla del mar, no pude quitarme de mi cabeza la cara del animal, como si me diera la impresión de que se quería comunicar conmigo, como si me conociera. ¿Y si era la reencarnación de algún conocido? , pensé para mí, ¡Bah! , qué tonterías se me ocurrían a estas horas de la mañana.
Al entrar en la casa una vaharada de soledad y abandono me golpeó la cara; hacía tiempo que no venía por aquí. Abrí las ventanas, limpié y fregué y me preparé los utensilios para dedicarme a una afición que tenía muy arraigada desde que estuve en la Marina, cual era el submarinismo y la pesca. Después de una hora o así salí del agua con un par de hermosas doradas que me servirían para el almuerzo. Mientras me lo preparaba en una pequeña barbacoa construida por mí al aire libre , me di cuenta de que por encima de una de las colinas que rodeaban la bahía asomaban unas orejas que apuntaban al cielo y , después , unos ojos rasgados , de mirada fija e inquisidora, me indicaron que el zorro había hecho aparición . Me dio la sensación de que pretendía aproximarse a donde yo me encontraba y, para que tomara confianza, yo hice como que no me había percatado de su presencia y continué con lo mío. El iba acercándose mediante vueltas y revueltas, a veces se paraba y se echaba, para después proseguir su caminar entre miedos y disculpas. Seguí sin manifestar que sabía que estaba por allí y me senté a la sombra del chamizo, frente a la casa y empecé a comer.
Supongo que fue el olor a la comida lo que le hizo acelerar su recorte en la distancia hasta mí y se situó a unos quince metros, con su cola agachada en señal de sumisión y yo ya podía ver su mirada de ruego. Como no podía ya ignorar su presencia, me quedé mirándole fijamente y el animal hizo lo mismo. Era la segunda vez en el mismo que intercambiaba miradas con un animal. Tuve la sensación que su mirada me decía más, me comunicaba más cosas que las miradas vacías y huidizas de muchas personas. Le hice un gesto para que se acercara, incitándole con un poco de comida y algo debió ver en mí o mis ademanes que le dio la suficiente seguridad para coger de mi mano lo que le ofrecía. Se lo llevó y volvió a hacer lo mismo tres veces seguidas. Con este gesto pensé que ya habíamos roto el hielo.
Normalmente, yo solía venir a este sitio acompañado por alguien, hombre o mujer según los propósitos o bien con un grupo de amigos en verano; esta vez, en mi deseo de relajarme y olvidar algún incidente que tuve que soportar un par de semanas atrás, me vine solo. Como el atardecer de los meses de mayo o junio, por estas latitudes, solían ser engañosos y a veces traicioneros con sus inesperadas tormentas, me dispuse a no dejarme sorprender, ya que el cielo empezaba a oscurecerse. Preparé lo necesario para pasar le noche: lectura, un televisor pequeño y el ordenador portátil, no sin antes dejar en la puerta de la casa un cacharro con comida y agua por si a mi amigo el zorro le apetecía acercarse y comer algo.
El amanecer en este paraje era de una maravilla increíble; sentado en una roca del acantilado se podía observar el sol emergiendo tras la línea del horizonte, con un amarillo pálido que poco a poco se tornaba rojizo y los rayos de luz reverberando en un sin fin de pequeños espejos, como movidos por una gigantesca mano, te hacían quedar extasiado al darte cuenta de la magnitud y belleza de lo infinito. Si volvías la cabeza y mirabas atrás se podía ver una fantasmagórica danza creada por las agujas de los pinos, de la densa masa de arbolado arriba del monte, con los rayos del Sol; y el olor a sal, mezclado con el de la resina fresca de la pinada; todo esto convertían a este lugar en un privilegio de ser contemplado y sentido.
Como yo ya había experimentado estas sensaciones, me asomé al mar al mismo tiempo que el Sol para gozar de nuevo del espectáculo, pero me di cuenta de que no estaba solo; el zorro también estaba esperando la salida del Sol; echado sobre una gran piedra plana, como un reptil ansiando calentarse, movió bruscamente la cabeza al oírme, pero no se asustó ni se levantó, únicamente esperaba. Comida no podía ser, pues lo que anoche dejé en la puerta había desaparecido. Entonces ¿Qué? ¿Un saludo o una caricia? No, no me parecía un ser que añorara carantoñas. ¿Qué sería?. Un poco de conversación tal vez. Podía ser ¿no?
Me fui aproximando a él sin hacer movimientos bruscos, para que no se asustara, y teniendo la atención de llevar en la mano un trozo de algo de comer, de lo que fuera, y así mejorar la confianza. Llegué tan cerca del animal que me sería fácil tocarlo si lo hubiera pretendido, pero no lo hice; no quería espantarlo. Me senté a su lado mirando al mar y él hizo lo mismo, apoyándose en sus patas traseras, pero mirándome fijamente. Al momento tuve la sensación de que alguien se intentaba comunicar conmigo mentalmente; era una percepción extraña, como ilusoria y un instante después la comunicación se estableció. Miré al zorro y mi embobamiento fue tremendo al pensar, por un momento, que era el animal el que se relacionaba conmigo, tal era la fijación e intensidad de su mirada.
--“Yo soy Bunker, ¿Te acuerdas?, oí que me decían. Si, no te extrañes, soy yo, el zorro el que te habla. Cuando te cuente todo lo que te voy a decir, comprenderás la situación. No me interrumpas y déjame llegar hasta el final.
Vine al mundo en casa de tus padres, antes de que tú nacieras y tu madre me crió con biberón hasta que pude valerme para comer yo solo. Me llevaban a todas partes en el coche; era como un hijo para ellos hasta que tú viniste al mundo. Entonces se terminaron para mí todas las caricias y cuidados; tu madre me echó de la casa ante el temor de que pudiera contagiarte alguna enfermedad. Esto ocurrió cuando yo tenía dieciocho meses. Y a partir de este punto hube de compartir mi vida en varios mundos diferentes. “
De pronto me vino a la memoria el perro que tenía mi padre, un pastor alemán muy listo y valiente y que un día desapareció sin dejar rastro, aunque fue buscado hasta por la Guardia Civil. Recuerdo algunas fotos de casa en las que se ve al animal y en muchas de ellas yo estoy jugando con él. Pero ¿qué tendría esto que ver con el zorro? Todo aquello ocurrió hace más de treinta años. Caminé un poco para ver si el andar me despejaba y acertaba a entender qué estaba pasando.
“-- No le des más vueltas, Quico, que soy la reencarnación de aquél perro en este viejo zorro, a través de varias generaciones de cánidos. El como ha sido, lo desconozco, pero es evidente; ya lo puedes ver. Te seguiré contando la historia que tu no recordarás, ya que eras muy pequeño. Aunque como ya te he dicho que tu madre me echó de casa, ella mentalmente me pedía que cuidara de ti, sobre todo cuando te sacaba al jardín metido en el parque; allí estaba yo , protegiéndote de cualquier mal que te pudiera ocurrir, y en mayor parte de algunos perros salvajes que solían merodear por la zona y hasta tal punto llevé a cabo mi labor, que una noche aparecieron los perros salvajes y yo me enfrenté a ellos y aunque pude matar a dos, el resto me dejaron muy mal herido, con las patas descarnadas . A la mañana siguiente cuando tu padre salió de casa, al verme en tan lamentable estado, llamó al veterinario y cuando éste vino, nada más mirarme, su diagnóstico fue fatal; tenían que sacrificarme porque no tenía cura. Pero tu padre me tenía tal cariño que no se resignó, y con la ayuda de un chico, estudiante de medicina, me cosieron, me pusieron unos cicatrizantes y antibióticos y pasé casi dos meses con las patas vendadas; al cabo de ese tiempo todo el mundo esperaba con expectación el desenlace final y resultó todo un éxito y una sorpresa para el veterinario, que no se creía lo que pasó.”
Claro , me acuerdo haber oído a mi padre el relato de esta historia , por lo tanto lo que el zorro me transmitía era completamente cierto , así que me aproximé un poco más a él y le animé a que prosiguiera .
--“Cuando tu padre se mudó de domicilio fue a un lugar en el que existía una cantidad tremenda de gatos y a mí no me gustaban nada esos bichos, a los que consideraba traicioneros y poco dignos de confianza. Tu padre me llevó con él; tu tendrías poco más de año y medio y mi primera dedicación en el sitio nuevo fue limpiar de gatos toda la zona y al cabo de un mes o así, entre los que maté y los que se marcharon a una casita abajo del monte, la casa del tío Salvador, no quedó ni uno. La tía María, la mujer de Salvador, que venía a traer pescado, preguntaba asombrada que porqué había tantos gatos en su casa. Tu padre le decía que era por el pescado. “
“Me daban pánico las tormentas, ya que tuve algún que otro encuentro con ellas y cada que vez que intuyo la proximidad de alguna, corro a refugiarme en el sitio más recóndito y seguro que pueda encontrar. Varias veces me han perseguido las chispas de los rayos, pues al principio me resultaba entretenido, por no conocerlo, el ruido de los truenos y corría como cuando se festeja una traca. Pero cuando me persiguieron, como para ocupar el espacio vacío que yo originaba en mi desplazamiento, con olor a pelo quemado, opté por alejarme de ellas. Otro día, después de otra tormenta, con gran cantidad de lluvia, fui arrastrado por el torrente del barranco, al lado de la carretera y que me llevó hasta la orilla del mar y que si no llega a ser por mis ladridos, una chica que por allí pasaba, que fue arrastrada también, por poco muere ahogada. No son de mi agrado.”
--“ Otra de mis ocupaciones , cuando no tenía que vigilarte , por las noches , era el cuidar del corral de gallinas y conejos que tu padre había montado y , como era una zona con abundancias de zorros que acudían al olor de las aves , allí estaba yo recorriendo , arriba y abajo , la valla para impedir que las raposas tuvieran acceso al delicado manjar , aunque ahora parezca un contrasentido . Aún así, algún conejo se llevaron. También solía acompañar a tus tíos ¿Te acuerdas? , cuando venían a pescar y se pasaban toda la noche echando los aparejos atados a las rocas para recoger el fruto a la mañana siguiente. Yo me pasaba toda la noche con ellos; me divertía mucho y tu tío, el más joven, me quería bastante y yo le correspondía acompañándole a cualquier sitio que fuera. Me lo pasaba bien con él. Otras veces venían amigos de tu padre para cazar en el monte y, aunque tu padre no era aficionado a ello, me daba permiso para acompañar a toda la jauría humana y perruna que se preparaba para el acontecimiento. Tu padre se quedaba a mitad de camino a preparar una comida.”
Recuerdo todo eso por historias que me contaron y lo que he podido deducir de unas fotos que vi por casa de mis padres; por cierto, en una de ellas está Bunker puesto de pie, sobre mí y yo le intentaba tirar una pelota, pero como me sacaba la cabeza, me daba miedo tenerlo así de cerca y me apresuraba a alejarlo cuanto antes.
-- “Llegó un momento -- continuó el zorro o Bunker, no lo sé –en que tu te habías hecho un poco mayorcito, tenías otras distracciones, tus padres andaban por otros derroteros y yo me sentía completamente desplazado y me dio por ausentarme largas temporadas, diez o quince días , y me unía a cualquier grupo de perros en que fuera bien acogido ; incluso me juntaba a las manadas de zorras , cuando entraban en celo y con ellas permanecía bastante tiempo. Después retornaba a casa para recuperarme y que me lavaran y asearan y me dieran de comer; al poco tiempo volvía a repetir la operación. Un día, la manada en la que yo me encontraba fue acorralada por unos granjeros que empezaron a dispararnos con las escopetas de caza, creyendo que nos dedicábamos a matar a su ganado. Yo recibí un disparo en un costado, caí y ya no recuerdo nada más como perro. Supongo que mi alma de perro, por el mucho tiempo que pasé con los zorros y los hijos que engendré, decidió en un momento oportuno reencarnarse en este cuerpo de raposo y esperar a que un día vinieras y pudiera recordar mi pasado junto a ti.”
Me sentí un poco abrumado con el relato del animal, con mezcla de culpa y de nostalgia, entre un gran paréntesis de situación mágica. Por no aparentar ser excesivamente sensiblero y ya que el zorro parecía no tener mucho más que decir, decidí coger la moto y acercarme al pueblo a comprar algunas cosas . El zorro, al igual que hacía Bunker con mi padre, que se ponía a correr al lado del coche, así lo hizo el zorro con la moto y marchamos juntos durante un buen trayecto; no sé hasta donde llegaría acompañándome. En una de las revueltas del camino lo perdí de vista y supuse que ese sería el límite de su séquito. Continué solo un muy poco tiempo más y de repente oí disparos de escopeta detrás de la siguiente loma; me acerqué rápidamente presintiendo lo peor. Efectivamente sucedió lo que en mi corto camino hacia el lugar presentí fugazmente. Un individuo con pinta de pastor contratado, no dueño, con una escopeta aún humeante exhibía una cara ufana y triunfante, como si hubiera vencido a un dragón, al pie de mi amigo el zorro, ya muerto. Descendí de la moto hecho un basilisco y me dirigí al hombre con ánimos de pegarle y le recriminé: ¿Pero qué ha hecho usted? -- Es un zorro que roba mis gallinas – me respondió - . Pero hombre de Dios, ¿No ve usted que no es un zorro totalmente? Es una mezcla con un pastor alemán y es mi perro. —le dije --. Pues para mí todos estos bichos son iguales y como causan daños hay que exterminarlos – continuó el personaje - . “ El único asesino , hijo de puta ,que hay aquí es usted , cacho de mal nacido y ahora mismo va a responder ante la Guardia Civil por asesinar a una especie protegida, animal “ .
Aunque me desahogara y que llamara a la autoridad y el individuo pagara su culpa, el caso es que mi encarnación de Bunker, mis recuerdos, mis nostalgias se las había llevado un desafortunado disparo de escopeta. Me pareció entonces que había una concordancia entre la desaparición del perro y la desaparición del zorro. ¿Creéis esta historia de fin de semana? Yo tampoco, pero alguien podrá darle una explicación.