Cada día más viejo, cada día más cansado, el viejo se sentaba, cada día, a la puerta de su casa. Su casa. Lo único que tenía, aparte de aquella caja casi olvidada en el fondo de un armario, en la que guardaba recuerdos de una vida entera. Recuerdos y algo más, todo almacenado lentamente, pacientemente, gota a gota. Y eso sí que era suyo, porque la casa, en realidad no lo era. La casa en la que había vivido ochenta de sus ochenta y seis años. Una casa que alquiló su padre y que luego siguió alquilando él, pagándole al hijo y luego al nieto de aquel primer propietario.
Era su casa, pero no era suya. “Y qué más da”, pensaba. “Qué más da ya nada, si es tan vieja como yo, y pronto no seremos más que un derribo”.
Pero algo sí importaba. Al igual que aquel padre que anhelaba sobrevivir a su hijo incapacitado, y rezaba cada noche para vivir un día más que él, sólo un día más, así el viejo le pedía a la casa que aguantara un día más que él, para no quedarse desamparado.
Pero la casa tenía desde hacía tiempo sus achaques, sus grietas, que habían ido apareciendo al mismo tiempo que las arrugas del viejo. Y mostraba artrosis en las bisagras, colesterol en las tuberías y reuma en los cimientos.
-Ya no aguantará mucho en pie -le decía el propietario. –Debería ir buscándose otro sitio, porque cualquier día...
-Aguantará -decía el viejo-, aguantará mientras aguante yo. Pero no se preocupe usted, que no será mucho.
-No hable usted así, hombre, que parece que yo quisiera...
-Lo sé, lo sé. Pero es que de todas formas no tengo dónde ir, como no sea a la escombrera.
-Pero, ¿y sus hijos, y sus nietos?
-Como si no los tuviera. Mi hijo el mayor, en la otra punta del país, y el chico, en la otra punta del limbo. Ese no echa cuenta de mí. Y a mis nietos no los veo tampoco desde hace años.
-Pero el mayor sí viene a verlo algunas veces, ¿no?
-Sí, ha venido algunas veces, en Nochebuena, o en Reyes, a traerme un tarrito de colonia.
-Ya.
Hablaba el viejo con voz firme, pero en sus ojos no había firmeza, sino la sombra de una pena que se le agarraba al alma desde hacía mucho tiempo.
Pero se resignaba, se encogía de hombros y allí se quedaba, en su silla vieja, en su calle vieja, y él, la casa y la calle, de espaldas al mundo. Y el mundo dándoles la espalda.
Uno de esos días, estando el viejo tomando el aire, viendo pasar a nadie, esperando al tiempo, se acercó un joven.
-Perdone, ¿usted sabe qué calle es esta?
-Como para no saberlo. Es la calle Viento.
-¿La calle Viento?
-Sí, pero no será la que usted busca.
-Pues no, busco otra, pero me gusta el nombre...
El joven contempló la calle, solitaria, silenciosa, desolada, y titubeó antes de añadir:
-¿Vive usted aquí?
-Sí señor, yo y nadie más que yo.
-¿No hay nadie más en toda la calle? –preguntó asombrado el joven.
Y el viejo, con una sonrisilla entre triste y burlona, recordó los tiempos de juventud, la suya y la de la calle, cuando los balcones, ahora tapiados, vibraban de verdor; cuando el empedrado, ahora cubierto por una antipática alfombra de cemento, rota y deshilachada, resonaba con el taconeo dicharachero de las muchachas; cuando las fachadas, ahora desconchadas, sucias y parcheadas, presumían de blancura y luz.
-Era una calle muy alegre, llena de gente, de charla, de juegos –dijo el viejo, pensando en voz alta-; era un continuo ir y venir de voces, de ojos... Estaba viva.
-Tiene usted buenos recuerdos, por lo que se ve.
-Sí, y mala memoria. Me he acostumbrado a recordar sólo lo bueno.
-¿Y qué es lo malo? –preguntó el joven, al tiempo que se sentaba en el escalón del portal.
-La miseria que había, lo poco que teníamos para comer, para vestir... eso no lo quiero recordar, para que parezca que no pasó.
-Pero la gente era feliz, ¿verdad?
El viejo no contestó. Miró la pared de enfrente, un mapa de cicatrices, y pensó en el poder de la voluntad de la gente, la voluntad de ser feliz, en lid con las circunstancias.
-Parecía que cuantos más problemas teníamos, más ganas nos entraban de divertirnos, y de olvidar el hambre y el roto de los pantalones. Y de cualquier cosa salía un chiste, hasta de las penas.
Y otra vez callado, el viejo trajo a su memoria aquellas escenas de vecindad, de un tiempo pasado, olvidado, y sin duda endulzado por la distancia.
Recordó a sus hijos como dos niños con pantalón corto incluso en invierno, con juguetes de madera y de lata, que no necesitaban más que un tramo de calle donde corretear y la compañía de otros niños, para ser las criaturas más felices del mundo.
-¿Usted ha vivido siempre aquí?
-Siempre, desde que tenía sseis años. Si es que los tuve alguna vez, que ya lo dudo.
-¿Pero nunca ha vivido en otro sitio? ¿No ha salido nunca de aquí?
-Nunca. Y a veces me he arrepentido. Me hubiera gustado embarcarme, y haber ido a la Argentina, o al Brasil, porque cuando yo era joven muchos se iban. Pero eso lo habría tenido que hacerlo de soltero. Dejar aquí a mi Isabelita y a los niños... no hubiera podido.
-A mí me contó mi padre una vez que un pariente suyo fue a Brasil, pero murió en el barco, en alta mar, de alguna enfermedad, y arrojaron el cadáver al agua.
-Pues no es mala sepultura. Mejor peces de colores que gusanos.
Ambos quedaron en silencio, cada uno con la mirada fija en algún punto, al igual que el pensamiento. Entonces el viejo dijo:
-Y a todo esto, ¿a usted qué se le ha perdido por aquí? ¿No buscaba una calle?
-Ah, sí –respondió el joven-, buscaba la calle Carretería.
-Pues esa es la que está justo aquí detrás, la principal de toda esta parte. Lo difícil es dar con esta, que está escondida.
-Ah, entonces estoy más despistado de lo que creía. Es que me han dicho que ahí podía encontrar un par de sitios donde se come bien, en plan económico, vamos.
Entonces fue cuando el viejo reparó en el aspecto del muchacho. Iba mal trajeado, y tenía mala cara, como de no comer bien, o no dormir bien, o ambas cosas. Pero era educado, se expresaba bien, y no parecía inculto. Le gustaba esa clase de personas, así que le dijo:
-Pues entonces se va usted a venir conmigo a Casa Antonio, que lo voy a invitar. Ahí es donde voy yo todos los días.
-Uy, no, no. Yo lo acompaño encantado, pero no tiene que invitarme.
-Déjeme, hombre, si yo tengo el gusto...
-Bueno, es usted muy amable, y no quiero despreciarle el gesto, pero...
-Nada, nada, ya está todo hablado. Verá qué bien se come, y muy arregladito de precio. Y siempre caen unas aceitunitas, para entretenerse mientras vienen los platos.
-Vaya, pues parece un buen sitio.
-Y los dueños, no le digo a usted nada: gente de primera. Los conozco desde..., bueno, de toda la vida, como aquel que dice.
El viejo se alegró de ver al joven entusiasmado, animado con la idea de comer en compañía y en un lugar familiar. Imaginó que habría estado muchas veces solo, y, no era difícil verlo, sin muchos hallares. Tal vez incluso sin un techo. Quiza tuviera como única fortuna su juventud.
-Bueno, ¿y cuándo vamos? –preguntó el joven impaciente.
-¿Qué hora es?
-No sé, no tengo reloj. Pero tengo hambre.
-Pues si tiene usted hambre, es hora de comer. Espéreme aquí un momento y nos vamos.
El viejo se levantó, cogió la silla y entró en el oscuro portal. La puerta de la casa estaba abierta. Entró, dejó la silla y cogió su cartera y su bastón.
El joven oyó cómo cerraba la puerta con varias vueltas de llave. Lo vio salir de nuevo a la luz del mediodía, con zapatos en vez de las zapatillas, y una chaqueta ligera.
-Andando –exclamó el viejo con aire jovial. Por primera vez en mucho tiempo se sentía animado. Y acompañado.
Caminaron no más de cinco minutos. Un paseo corto hasta el final de la calle Gigantes, donde se encontraba el mesón de Antonio. Al entrar, el joven percibió un aroma entrañable de comida preparada con esmero. Al mismo tiempo distinguió refrescantes olores a cerveza y a vino tinto con gaseosa.
El mesón era amplio, recubiertas las paredes, hasta media altura, de azulejos de arabescos, blancos, rojos y azules. Las mesas, de madera y con manteles blancos, de tela y limpísimos.
El joven tuvo algo parecido a una sensación de hogar, y por un momento fue como si estuviera en familia. La añoranza le hizo cosquillas en el estómago.
Enseguida se acercó un hombre de unos cuarenta años:
-Hombre, Pepe, ya está usted aquí. Y hoy no viene solo.
-No, hoy traigo a un amigo.-Y dirigiéndose al joven, añadió: -Este es Paco, el hijo de Antonio. Tan buena persona como su padre.
Con la sonrisa de quien no se espera un cumplido y no sabe qué decir, Paco preguntó:
-¿Se sienta usted donde siempre, Pepe?
Donde siempre era una mesa arrimada a la pared, que estaba siempre preparada para dos y que ese día iba a ser para dos.
El joven se sentó frente al viejo. Lo había llamado “amigo”. Estaba conmovido por el buen trato que le dispensaba aquel desconocido, y cohibido como alguien que se encuentra en una celebración familiar donde no conoce a nadie.
Desde la barra Paco llamó:
-¡Pepe! ¿Como siempre? ¿Para los dos?
El viejo respondió con un gesto, y le explicó al joven:
-Es que yo nunca pido lo que voy a comer. Paco me pone lo que le parece y a mí siempre me gusta. Así que nos va a traer lo mismo para los dos, ¿le parece bien?
-Lo que usted diga –respondió el joven, otra vez atacado por la timidez y el sentimiento de gratitud.
Se acercó Paco con dos platos:
-Arroz con pollo y verdura para los señores. Que aproveche.
El joven miró el plato, generosamente servido, y esperó a que el viejo empezara a comer. Mientras comieron dijeron poca cosa. El viejo habló de algunos de los comensales, los asiduos, que eran casi todos: el matrimonio mayor, los estudiantes, los del taller...
El joven esperaba que en cualquier momento el viejo le preguntara por su vida y sus circunstancias, por qué tenía aspecto desaliñado, por qué comía con tantas ganas, por qué estaba tan solo... Pero el viejo no preguntaba, porque pensaba que si el muchacho tenía ganas de hablar, hablaría, y si prefería callar, que derecho tenía él a indagar.
Mientras el joven tomaba un segundo plato y el viejo un postre, se acercó a la mesa un hombre, que, poniendo la mano en el hombro del viejo, le dijo:
-Pepe, ¿qué hay? Hoy tiene usted compaña, por lo que veo.
-Hombre, Antonio. Sí, es un amigo, que ha querido venir hoy conmigo.
-Eso está bien, hombre –dijo, tendiendo la mano al joven. – Yo soy Antonio.
-Y yo Miguel, encantado -dijo el joven, respondiendo al saludo y levantándose ligeramente de la silla.
Hasta ese momento, el viejo no se había dado cuenta de que, por no preguntar, no le había preguntado siquiera su nombre al joven.
-Bueno, qué, ¿han comido ustedes bien?
Ambos asintieron, el joven con especial entusiasmo.
Charlaron un rato más, hasta que el viejo dijo, con tono jocoso:
-Bueno, vamos a ir levantando el campo, que esta hora es muy mala para mí.
-Usted no perdona su siestecita, ¿eh, Pepe? Bueno, encantado –dijo, dándole de nuevo la mano al joven- y espero volver a verlo por aquí.
-Ojalá –dijo tímidamente el joven.
Salieron del mesón y caminaron calle abajo, lentamente y sin hablar. El joven buscaba palabras, de gratitud, de sorpresa, de intenciones... pero no dijo nada.
Por fin el viejo se detuvo, con un pie todavía en la calle Gigantes y el otro ya en la calle Viento.
-Bueno, ya sabe usted dónde me tiene, por si quiere venir otro día.
-Pues, me gustaría, desde luego. Se ha portado usted de maravilla conmigo, y quisiera...
-Nada, nada –interrumpió el viejo-, no tiene usted que decir nada. Nos hemos hecho compañía mutuamente y ya está, no hay más que hablar. Si acaso, usted me tendrá que disculpar por cansarlo con mis lamentos de viejo.
-No diga eso, hombre, que a mí me ha gustado mucho hablar con usted.
Y con una sonrisa casi triste, se despidió:
-Bueno, pues hasta otro día.
-Cuando usted guste, joven. Ya sabe dónde estoy.
El viejo esperó a que el muchacho echase a andar. Lo vio ir, cabizbajo, hacia la calle Carretería. Entonces él recorrió los pocos pasos que lo separaban de su casa, pensativo, como siempre, pero esta vez pensando cosas nuevas, cosas en las que hasta entonces no había pensado y que le parecían acertadas.
Llegó a su puerta, la abrió, y suspirando profundamente, entró.