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Guerrero Ruiz, Antonio (Antonio Mundo)

Antropología violenta

                                                                                          Como no sabían que era imposible, lo hicieron.                                                                                                                                                  Anónimo.                                                                         -   Lectura  -

<“Como no sabíamos que era imposible, lo hicimos” –repetían los discípulos -  Las miradas inquisitivas devoraban el rostro contiguo en el desenlace de este mensaje. Parecían animales de la tundra en la cordura incómoda de una filosofía de la sospecha. De alguna manera lo que acababa de ocurrir superaba cualquier atisbo de figuración artística: como voz en off,  marcaba la pauta o embarazaba el presente.

Ante la fuerza de semejantes palabras,  Lane se desvaneció. Jamás esperó un desenlace de ese calibre. Por lo tanto se desdijo  allí mismo, en mitad del vació, como si hubiera tenido un orgasmo y ese placer le desvistiera de su existencia.  Reconoció, entonces, por primera vez, que toda su vida había estado equivocado:  en lugar de a los demás, solo se había engañado a sí mismo.>                                                        - Determinación - Tras leer el fragmento en aquella revista de divulgación, me sentí abrumado. El texto parecía un amasijo de palabras inconexas y llenas de algo parecido a la poesía. Por lo que observaba eran dos párrafos a través de los cuales  era imposible saber el argumento. Apenas se podía conocer un atisbo de la historia. En tal caso se mostraba como una conclusión, a expensas de saber cuales fueron, o no, las causas que la produjeron. Aquellas palabras, lejos de proporcionar alguna explicación, solo eran un conjunto acolchado de señales hermosas.

Pero, por lo curioso de su estructura, apareció en mí un increíble interés.  Sentí cierta fascinación por las resultas de los personajes. Por ello, traté de investigar alguna noticia o dato que me condujera hacia un juicio.  Y al parecer, el texto, era la leyenda que adornaba la imagen de una fotografía. En aquella página, de la revista,  aparecía un hombre de mediana edad en estado de derrota. Su expresión era la de un fracasado que sabía un poco más del mundo – creo -. Justo allí, en un fondo negro y con letra blanca, aparecía el discurso.  Por lo que indagué en la sección de opinión, ni el autor de la fotografía, ni otros comentaristas aportaron, entonces, datos. La única noticia expuesta aparecía en el título que adornaba la foto: “El robo y el timo más grande del mundo”

No podía hacer otra cosa que acudir a las fuentes de información, ante los vacíos. Y tras algunas pesquisas encontré ciertas crónicas. En ellas averigüé que efectivamente se había producido el robo, pero cuando intentaba conocer algún informe más solo hallaba concavidades. Llegué a considerar que tal vez alguien había ocultado ciertas reseñas por alguna razón de interés público. No obstante no tuve bastante – reconozco – por lo que llegué a obsesionarme.

Solo podía, entonces, imaginar lo sucedido, para satisfacerme de alguna manera, aunque ese acontecimiento fuese un acto puramente individual. La historia era lo suficientemente atractiva como para contagiarme  con sus muevas y agites. Por lo tanto ideé varios argumentos a partir del texto y de la fotografía. A partir de ahí procedí a elaborar ciertas historias paralelas.                                                  - Versiones del argumento -            1) Modus operandi. Imaginé que una hora antes de que los discípulos dijeran aquellas palabras: “como no sabíamos que era imposible, lo hicimos” (que aparecían en el texto),  no sabían  a ciencia cierta, si podrían conseguirlo, pero se encaramaron en el propósito con terquedad.  Habían depositado en la mochila todo el material necesario: una brújula, un decodificador informático, y un traje con su correspondiente corbata.  Abducidos por semejante proyecto caminaron  lentamente hacia arriba sin considerar si alguien podría detenerlos.  La proximidad del destino aparecía como singularidad estremecedora.  En este derredor, el edificio – elegido - de catorce plantas, constituía para la cuidad una montaña de humeante de poder. Las calles próximas habían sido construidas para resaltar el porte  magnánimo de la arquitectura pública.  Como quiera, las vías cubiertas por el tráfico terminaban frente a su puerta principal, dejando a un lado la diagonal de su sombra contra el suelo.         Por mor de algún ancestral optimismo, subieron las escaleras con animosidad – como apunté-.  Mascullaron en sus conciencias todo lo que  Lane les había dicho.  Repasaron: tenían que hacerse pasar por técnicos informáticos; debían introducirse en un ordenador para  apuntar unos números bendecidos por un premio; justo después de eso saldrían con disimulo hacia la calle, desprovistos de sus disfraces; aún entorpecidos por el tráfico y la ausencia de templanza, buscarían el piso franco en las proximidades.  Consecuentemente, y según el plan,  les esperaría John con un teléfono móvil en la mano. Con aquellos números, y algunos amigos en administraciones de loterías,  darían el golpe.       En realidad, consideraban que John era un genio. Nadie, salvo él, podría ser capaz de penetrar en un sistema informático dedicado a trasmisión de los números de loterías de otros países.  Y, alabando su creatividad, creían que muy pocos podrían apostar a la  combinación ganadora  jugando con los husos horarios. Por eso le veían como un artista.      En sus encuentros, este, les había enseñado todo sobre la profesión de delincuente. Entonces tomaban por costumbre algunos sorbos de  Cabernet Sauvignon y  de Château d´Yquem 1787. Se disipaban con la inspiración entre la luz del flexo y de los planos. 

2)   Entramado.  Me propuse otra hipótesis distinta. Debía complicar un poco más la historia si quería reconstruirla. Para empezar ideé que Lane les esperaba, en efecto, algunas calles más abajo. Sin embargo, oculto en el piso alquilado, reía... En contra de la credulidad de sus alumnos, se resquebrajada de orgullo cuando les observaba, con unos prismáticos,  ascendiendo por las escaleras de incendios.  A punto de caer en una carajada, y con una copa de vino en la mano, se afincaba  en el poder del manipulador.  Semejante dominio  le venía por el engaño – lógicamente- ya que durante meses había conseguido mentirles.     A decir verdad, según esta hipótesis, la historia se inició, tiempo atrás, con un folleto publicitario en el que venía ofertado el curso: “Método Lane de apuestas múltiples y otros”. Eso  condujo a los jóvenes a su apartamento, lugar que sirvió como escenario para el pago de la matrícula.  Durante semanas, les enseñó combinatoria matemática y técnicas estadísticas. Gracias a eso las arcas se llenaron con el dinero de las cuotas formativas y la mueca siniestra de Lane. No obstante este hecho no fue suficiente para definir esta historia. Si lo fue el que Lane diera un giro intencionado al argumento. Precisamente, fue capaz de venderles la idea de que era posible alcanzar el éxito con otras reglas.  Les convenció de que era viable penetrar en un sistema informático invulnerable de ámbito estatal. Para reforzar la fantasía, inculcó algunas premisas y axiomas de orden antimoralista. – Algunos dirían antihumanista-. Y llegado este punto hubo de proyectarles otra metodología, ahora basada en la imitación de estereotipos.  Cuando la ilusión vivía por si misma, comenzó a mostrar el contenido de algunas películas de temática delictiva. El aula se convirtió en  una habitación acondicionada como sala de cine.  Hasta tal punto estaban los chicos inmiscuidos que se desvanecían de sí mismos.  Tras terminar las emisiones establecían algunos debates,  no precisamente sobre el aspecto cinematográfico.  Aquellos diálogos se centraban, más bien,  en los puntos en común que tenían los golpes, robos y asaltos.  Por dar algún dato más, la filmografía formativa estaba compuesta por películas como: “El Golpe”, “Misión Imposible”, entre otros.  A veces visionaban series completas como: “La Huella del Crimen”, “El Teniente Colombo”.  Incluso durante un tiempo, John Lane, les mostró las grabaciones que hacia, a diario, de una serie documental norteamericana dedicada a la investigación forense, emitida en una cadena de televisión.         Lane, estaba seguro de que aquellos dos chicos creían que lo lograrían, aunque fuese imposible.  Pero era lo suficientemente sombrío y descorazonado como para no importarle demasiado saber que los detendrían. Incluso, iba a esperar que los arrestasen, para poco después coger sus escasas pertenencias y desaparecer. Probablemente iría a otra ciudad, y volvería a poner otro anuncio en un periódico  local bajo la misma forma: “Academia de formación imparte el  método Lane de apuestas múltiples y otros.” Eso le daría el suficiente dinero para aumentar su colección vinícola de años. Ansiaba profundamente conseguir un Perrier Jouet (el vino más caro del mundo).  Ese era el mayor de todos sus objetivos, en realidad.

3)  Revelación.  Sin embargo, tampoco quería que este fuese el argumento definitivo, porque la historia tenía más posibilidades a hipostasiar. Fantaseé otras acciones para terminar de entender aquel artículo de la revista  que hice referencia al principio. Inventé: cuando los jóvenes bajaron corriendo las escaleras, fueron corriendo al encuentro de Lane.  Este estaba impaciente, pues con sus prismáticos solo les había visto subir y bajar. Al verlos pasar la calle tan aprisa comenzó a sorprenderse.  Algo no había salido según lo previsto – pensó -.  En esa fase del plan, ya deberían estar detenidos, las alarmas informáticas les habrían cazado con las manos en la masa. Y finalmente, los siete guardias dispuestos en la planta y las veintiocho cámaras de seguridad, tendrían que haberles interceptado. No obstante,  lo chicos subieron al ascensor del piso franco y tocaron el timbre.  John Lane tuvo que abrirles la puerta estupefacto.  Apenas abrió,  encontró dos rostros llenos de satisfacción. Inmediatamente después se produjo un diálogo entre ellos: “¿Qué ha pasado?” – Añadió Lane - “Lo hemos conseguido, aquí tiene los números, vamos a ser millonarios” - Decían constantemente entre vítores - Lane comprobó los números y les inquirió: “¿No habéis tenido ningún problema?”  “Absolutamente ninguno, es usted un genio” – Respondieron - John bajó la cabeza y se sentó en el sofá. Ante la atenta mirada de admiración, los discípulos se acercaron y le dijeron: “¿Dónde tiene sus colaboradores al otro lado del teléfono?”  Lane sin palabras trató de disimular, acto seguido les invitó a sentarse en el salón mientras se disponía a la fuga. Jamás pensó que lo lograran y por consiguiente no tenía nada dispuesto para ese momento.  Aún disimulando y con la gabardina colocada, se acercó a la puerta de salida.  Uno de los jóvenes le detuvo por la espada. “ ¿A dónde va maestro?”  “A por unos documentos en el sótano, no te preocupes”  Dijo para salvarse - Y antes aún de que despareciera, el chico cerró la puerta y lo obligó a permanecer en el interior. Mientras Lane esperaba el peor de los desenlaces este le dijo: “Gracias a usted nuestros jefes  estarán satisfechos por nuestro trabajo. Cuando le digamos que hemos pillado al timador más grande de este país, saltarán entre vítores. Durante años estuvimos buscándole, pero necesitábamos una prueba”  “¿Qué?” – Sostuvo levemente Lane en el aire -  “Lo que oye, la brigada  de investigación criminal le ha detenido, somos policías. Me alegra saber que no lo supiera”  “Dios mío” – Añadió John al esperpento -  “Sobre todo nunca olvide una cosa: como  usted  pensaba que no íbamos a lograrlo, lo hicimos. Por tanto los números nos lo quedamos. Le garantizo que si tenemos a quien telefonear para hacer la apuesta antes de tiempo. De una forma u otra,  nosotros tampoco creíamos que fuese posible, solo lo utilizábamos para detenerle. Lo mejor de todo es que nuestros jefes no lo saben todavía, y eso nos da un gran poder: jamás se lo diremos. Cuando nos pregunten diremos que el sistema es inviolable.  Ellos tampoco creyeron  que fuese posible. Ni siquiera tomaron la molestia de avisar a los responsables del edificio objetivo del golpe”       Cuando Lane escuchó aquellas palabras se desvaneció,  tenía el rostro cargado de sorpresa. Jamás esperó un desenlace de ese calibre. Por lo tanto seevaporó, allí mismo, en mitad del vació, como si hubiera tenido un orgasmo. En semejante desvanecimiento pensó que tal vez había desaprovechado su vida. En lugar de a los demás, solo se había engañado a sí mismo. Sobre todo, tenía un gran desconocimiento del ser humano. Llegado a ese punto, pensó que le gustaría beber unos sorbos del Perrier Jouet que ya no podría comprar, y en ese caso hasta emborracharse.                                                -  Segunda lectura  -

Tras finalizar las hipótesis pude entender un poco mejor las palabras de aquella revista. Entonces la leí embelesado por segunda vez: “Como no sabíamos que era imposible, lo hicimos” –repetían los discípulos -  Las miradas inquisitivas devoraban el rostro contiguo en el desenlace de este mensaje. Parecían animales de la tundra en la cordura incómoda de una filosofía de la sospecha. De alguna manera lo que acababa de ocurrir superaba cualquier atisbo de figuración artística: como voz en off,  marcaba la pauta o embarazaba el presente. / Ante la fuerza de semejantes palabras,  Lane se desvaneció. Jamás esperó un desenlace de ese calibre. Por lo tanto se desdijo  allí mismo, en mitad del vació, como si hubiera tenido un orgasmo y ese placer le desvistiera de su existencia.  Reconoció, entonces, por primera vez, que toda su vida había estado equivocado:  en lugar de a los demás, solo se había engañado a sí mismo”  Acto seguido me levanté y abandone aquel trabajo personal de indagación que había resuelto fantaseando los hechos. Al mismo tiempo me llevé mi botella de  Cabernet Sauvignon. En realidad, fue de gran ayuda para la invención de estas historias a partir de un simple texto en una revista. Al incorporarme me temblaban un poco las piernas. Ya había dejado de escribir este documento.... 

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