Un abuelo en casa es un valor seguro. Alguien habrá que diga que estoy pensando en la secreta cartilla de ahorros que todo viejo cobija entre el pecho y la camiseta interior. La cartilla de ahorros de mi abuelo olía a Vicks Vaporub, y bien podía ser un oscilador extraplano en el que las ristras de números no fueran más que los impulsos eléctricos a aplicarle cada minuto en el corazón. Lo digo porque su músculo retráctil obedecía a unas erráticas combinaciones sistólicas y diastólicas, era un ejemplo de arritmias y falta de sincronía. Le renqueaba, y el aire que se le metía en los pulmones iba bajo de presión y caudal, incapaz de arrastrar las telillas de araña mucosas que ponían a su respiración una banda sonora de pitos.
No estoy haciéndole un feo a que mi abuelo, a modo de salvoconducto al más allá, siempre llevara consigo la libreta del banco. Máxime si tenemos en cuenta que la habitación compartida con un nieto adolescente es una jungla en la que se puede perder la caja de cambios de un coche, una cesta de navidad, o el puzzle de cinco mil piezas que retrata el Taj Mahal. Pero con decir que yo estrujaba a mi abuelo lo normal ya está todo aclarado, así nadie se lleva a engaño sobre mis verdaderos afectos. El dinero a fin de cuentas es papel y metal, el ser humano es lo que cuenta y perdura. Por eso es que yo sentí tanto el adiós de mi abuelo.
Todo aquel que no tiene un abuelo mesita de noche de por medio, cree que los viejos alcanzan un estado de gracia inmaculada de preocupaciones. Pero eso no son más que estampitas que nos vende el ministerio de los touroperadores provectos. Cuando el sueño lo capoteaba, a él le daba por sincerarse. Enristraba todas y cada una de sus secretas aspiraciones para antes de espicharla. Parecía entonces uno de esos realquilados a los que por ser aves de paso no le importa airear sus trapos sucios. Se entristecía de haber perdido comba, de que su vida hubiera sido la del que quiere sacar agua del pozo con una cesta de esparto (así me lo dijo); que para sí quisiera una edad como la mía en un tiempo como el mío. La divina era del “dejar hacer dejar pasar”, juntar las manos como los jóvenes de hoy, en la boca de salida del cuerno de la abundancia, recalar al abrigo de las dársenas de otros puertos femeninos (mi abuelo a veces daba muchos rodeos con tal de no decir la palabra “follar”).
Como quiera que mi abuelo estaba en pleno uso de sus facultades, tampoco había perdido la noción de que una generosidad sin alardes innecesarios diluida en la proporción justa de chantaje emocional es la mejor de las medicinas para ablandar los sentimientos resecos de la familia. Así que me lo espetó en estos términos: un dinerillo extra a cambio de llevármelo de paquete en mis salidas de fin de semana. Me negué en redondo, bastante mal está la cosa aún sin inoportunos paracaidistas. Hice valer su delicado estado de salud. ¡Menuda extravagancia esa de presentarme de pronto con un abuelo ye-ye! Iba a ser el hazmerreír de la ciudad. O incluso la diana de los servicios sociales. Algún exaltado defensor de los derechos civiles podría hacer de mí un chivo expiatorio alegando que explotaba a mi abuelo como los gitanos a la cabra. Lo que conmigo no pudo lo consiguió con su hija, mi madre, que esa sí que tiene recursos para hacer que uno se piense dos veces la misma cosa: “No sin tu abuelo” –en sus dedos pulposos el billete parecía una batuta que marcara el “allegro ma non troppo” de mis días.
Ya he dicho que el muy granuja dio muestras de ser un gran conocedor del alma humana. Se caló que lo de obligarme no estaba exento de riesgos. Y es verdad que planifiqué estrategias e identifiqué recursos suficientes para aburrirlo y quitármelo de encima: lo podría soltar en parques y plazas llenos de palomas cagonas, olvidármelo en hogares del pensionista donde los viejos rijosos le devolvieran su estampa, matarlo de aburrimiento en algún campo de petanca en los que no faltan peligrosas rivalidades y se corre el riesgo de encajar un bastonazo perdido... Guiado de su olfato subió la oferta inicial. ¡Qué digo subió! ¡Casi la triplicó! Lo que era dinerillo se convirtió en pasta. “Ya te puedes guardar eso, limosnera” le podía haber dicho a mi madre. Así es como empecé de caballero de compañía con la añosa raíz genealógica. En adelante, allí donde ponía el pie, ya antes pisaron las suelas lisas de sus zapatillas de paño a cuadros, y luego el calzado de diseño italiano, porque el abuelo pronto se dejó digerir por la maquinaria de la imagen y la apariencia, y al mismo ritmo que menguaban las cifras en su libreta de ahorros aumentaban las cabriolas de su corazón que ahora parecía un motor de dos tiempos recién puesto a punto.
Un abuelo en casa es un valor seguro, pero en la calle puede resultar una china en el zapato. A los niños hay que dejarlos hablar primero porque les madura tan rápido el pensamiento, que si se les interrumpe al final te dicen rojo por lo que empezó siendo verde. A mi abuelo siempre había que dejarlo intervenir antes que a nadie, porque a él se le escapaba la vida y lo mismo no le iba a dar tiempo a terminar la frase, y por esa misma trasnochada deferencia debe ser que las chicas le prestaban tanto oído. De modo que aquel fantasma cerúleo que en casa se decía olvidado como un juguete roto, aquella calcomanía del Abuelo Cebolleta, en la calle se curaba de cualquier achaque, se erguía inexplicablemente de modo que parecía más alto, y acaparaba toda la atención. Fuera cual fuera nuestro apostadero, una discoteca o una fiesta de cumpleaños, un botellón o una cita a ciegas, “el güelo”, como lo llamaban mis despechados amigos, era mejor ojeador que nosotros y nos levantaba cualquier posibilidad. Ellas reían y celebraban sus ocurrencias, las retahílas picantes repetidas una y mil veces en las excursiones de jubilados, y aceptaban gustosas la galantería de ser invitadas por el viejo pellejo.
“Pruébate estas a ver qué te parecen” la empleada de la óptica me tendió unas gafas de sol con montura al aire y cristales redondeados de espejo que cubrían completamente las cejas y casi llegaban por abajo al mentón. “Son para mí”, y el abuelo se las arrebató limpiamente para calárselas en su nariz larga, afilada y puntiaguda. Por un momento sentí el espanto de alguien que tiene que salir a la calle con el hombre mosca a su lado.
La perspectiva que le brindaban las gafas eran las de un punto de fuga, una mira telescópica con visor infrarrojos capaz de detectar y seguir los escotes de las chicas allí donde estuvieran. Pensé que ese iba a ser el punto de inflexión, había dado un paso más para caer en el abismo del ridículo y no iba a ser yo el que lo agarrara de la manga. Mi abuelo iba a dar la última vuelta de tuerca, se iba a pasar de rosca y entonces todo volvería a ser como antes: él en la hornacina de su sillón en el salón comedor, y yo otra vez libre y con un poco de suerte manteniendo la pensión compensatoria. Pero cuando traspasamos el umbral de “Epitafio”, el after hour que solíamos frecuentar, hasta el mismísimo Toni Manero habría tenido celos de él. La pista se abrió como las aguas del Mar Rojo y allí quedó, lleno de roscos de luz que resbalaban por su traje color hueso de corte moderno e impecable, tieso, y blanquecino por los estroboscópicos como si mil paparazzis dispararan sus flashes a la vez, con los ojos echando chiribitas detrás de los cristales blindados y opacos de sus lentes. Aunque aquello no fue más que su consagración como alma mater de cualquier sarao, su encumbramiento como convidado que daba lustre al evento y que además no cobraba. A mis amigos no les iba nada en el trato, de modo que pronto me dieron esquinazo, y aunque ahora tenía más segmento de mercado para mí sólo, mi abuelo desveló su naturaleza de especulador avaro y poco escrupuloso. Él que antes detestaba el teléfono, acudía ahora a la llamada de su rinrin como el can a la voz de su amo. “No, con el Juan que quiero hablar es con el abuelo, no con el nieto”, cristalinos torrentes de voz femenina aguardaban del otro lado.
La cosa fue de mal en peor, tanto que un buen día lo descubrimos tirando los medicamentos a la basura. “La química del amor es lo que yo necesito”, dijo. Adelantó un brazo alzado como quien pone una cruz ante los ojos de Drácula, pero lo que sostenía era una caja del conocido fármaco de doble efecto fustigador de la bomba de riego sanguíneo y por extensión y alcance funcional, de la bomba del sexo.
Sentí tanto el adiós de mi abuelo... Un abuelo en casa es un valor seguro. Lo seguro es mantenerlo en casa, obligarlo a que siga atesorando su cartilla de ahorros muy cerca del corazón, pegada como un apósito. Jamás hay que tentarlo a que se rasque la faltriquera, ¡cuántos aludes no han sobrevenido por una simple piedrecita! ¿Ha quedado claro que no lo digo por egoísmo? De lo contrario cualquiera puede verse como mi madre y yo: expoliados del piso de mi abuelo, sometidos a la aún más estrecha dictadura de un alquiler. Entre los dedos pulposos de mi madre ya hay no papel sino ilusionismo: los billetes le desaparecen sin que yo pueda rozarlos.
Por lo pronto va a convertir la habitación de mi madre en un nidito de muebles nuevos que piensa disfrutar con su joven amor. Nuestro dormitorio, el que él y yo compartíamos, es el cubil donde cobijarán al rorro que viene de camino, el hermanastro de mi madre al que seguro me encasquetan para que haga de canguro. Espero con ansia la interesada generosidad de mi joven abuelo.