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Roa Rioseco, Miguel Angel Donatello (Sureño)

Años de escuchar



Años  de  Escuchar

Seudonimo: Sureño

En  nuestro hemisferio sur, como ocurre anualmente, comienza  el otoño en este marzo del año dos mil nueve. Hace siete décadas, en otro marzo de este delgado país austral, mi madre me hizo nacer, mientras en el otro hemisferio, otros niños nacían en medio de las balas y la muerte.

Eran las terroríficas noticias, llegadas a través del éter, ese misterioso gas, que se decía era el conductor de las ondas radiales, las que estremecían a los países americanos, y a todo el mundo. Una enorme guerra acorazada de cinco años de odios y genocidios, de propagandas en idiomas extraños, nos llegaba del misterioso espacio sin ruidos, portador de ondas  radiales, invisibles, pero audibles. Era la radiotelefonía en nuestros asombrados oídos de niños.  Palabras repetidas en un cuidadoso y pulido español, llegadas desde miles de kilómetros, con los nombres del mariscal Tito, Stalin, Churchill, Hitler, Mussolini, Truman, metiéndose en nuestras casas de adobes, como una mortaja de lutos. De tanto escuchar los boletines de noticias, mi infantil receptividad captó la brevedad sonora del apelativo del mariscal Tito, con el que inocentemente rebauticé a mi padre, a quien nunca llamé papá, sino simplemente y para siempre Tito. Yo no tuve el tradicional papá, sino el Tito nacido desde  esa caja grande y misteriosa, la antigua radio RCA Víctor, de fabricación norteamericana, que captaba en onda corta la BBC de Londres. Nunca pude saber porqué las ondas cortas, siendo cortas, podían transportar el sonido de emisoras a tan largas distancias y tampoco pude comprender porqué las ondas largas podían traer las señales radioeléctricas de distancias más cortas. Siempre observaba el conjunto de tubos al interior del receptor. Parecía una pequeña ciudad de pequeños rascacielos iluminados, donde otros pequeños seres entregaban su parte para que el sonido emergiera transformado en música o palabras, en tanto la lluvia helada golpeaba la musgosa techumbre, y el viento en enormes nubes, dibujaba nuestra ciudadela barrosa.

En medio de esas noches de cataclismos acuosos, el receptor hurgaba el misterioso espacio, intentando capturar los sonidos Beethovenianos. Desde allí me quedó siempre la sensación que sus sinfonías fueron creadas en medio de tempestades y la sordera del genio agregaba los lúgubres sonidos de la desesperación y del alma convertida en perpetua soledad.

En este verano de nuestro sur del mundo, en enero, estuvo de visita el Dr. Cavia, destacado siquiatra de la Universidad de Buenos Aires. En una de nuestras conversaciones le conté de mi admiración por la  radiotelefonía argentina, mencionándole especialmente la cadena de LRA Radio Nacional. Yo imitaba la buena pronunciación de los locutores argentinos, escuchaba programas como “Las dos carátulas”, el radioteatro donde supe por primera vez los nombres de Shakespeare, Moliere, Lope de Vega. Entonces vos escuchaste mi voz en las presentaciones cuando decía con mi voz más ronca “ Las dos carátulas, el teatro de la humanidad”, me dijo Cavia. Nos quedamos mirándonos perplejos, como dos niños que habían tenido los mismos juguetes en distintos lugares. La radiotelefonía nos había comunicado, décadas antes, desde dos países distintos, pronunciando los mismos nombres, escuchando las mismas voces, la misma música, a través de los nevados volcanes andinos, como gigantescas antenas perpetuas. Ahora nos conocíamos y nos dábamos la mano.

En mis primeros años de escucha radial, mi padre captaba desde muy tempranas horas las radios argentinas, que en el tiempo del primer gobierno de Perón, abrían y cerraban sus transmisiones con marchas militares, las mismas que las radios transmitieron a todo el mundo, cuando Perón fue derrocado, en tanto el folklore de Yupanqui, Falú, Larralde, siguió transmitiéndose con más brío, como los tangos de Gardel, Pugliese y Canaro. Eran los tiempos en que las primeras carreras de automóviles se transmitían con el rugido de los motores y los nombres de Oscar Alfredo y  Juan Galvez y sobretodo de Juan Manuel Fangio brillaban en el deporte mecánico, este último llegaría a ser el primer gran campeón mundial de automovilismo en Europa .

En el mismo receptor escuchamos el primer mundial de fútbol que se hizo en América. Brasil era el equipo predestinado a ser campeón. En nuestra casona, mi padre y sus invitados de  todo el barrio, escuchando espectantes, respetuosos y ansiosos, el primer partido de fútbol de sus vidas, nada menos que la final de un campeonato mundial, desde ese mueble rectangular que hablaba como si el partido se jugara allí mismo. Se podía ver el pasto de la cancha, correr a los delanteros, ver a los arqueros volar tras el balón. Allí estaban en la modesta pieza de recibo, una decena de vecinos, correctamente vestidos, los zapatos lustrosos, el bigote muy bien recortado, como si fueran a una boda, escuchando el relato deportivo, sentados en los desvencijados sillones de mimbre, tiesos como una fotografía en blanco y negro. Al centro la indispensable RCAVíctor, captando las encendidas palabras del locutor deportivo, excitando nuestra imaginación con atajadas de Roque Máspoli en el pórtico uruguayo, deteniendo todo, como un héroe griego, junto a otros gigantes inmortales: Obdulio Varela, Gighia, Omar Miguez, Schiaffino y al final, la estatua de ébano hincada, desvanecida y vencida de Barbosa, el arquero brasileño, cubierto por las  lágrimas de doscientos mil cariocas, asombrados y anonadados, derrotados por el pequeño ejército de once uruguayos. Fue el mismo mundial donde la selección de Chile perdió con España del excelente arquero Ramallets y el delantero “Zarra”, abreviatura del       vasco Zarrahondía.                                                                                                               

Allí escuchamos el emocionado relato de las hazañas del arquero chileno Sergio Livingstone, nuestro héroe nacional, en la victoria sobre Estados Unidos en el mismo mundial brasileño. Como en un retrato familiar, los vecinos del barrio Coñuñuco, vieron un mundial, imaginándose las vibrantes jugadas en los relatos de una vieja radio, el año cincuenta. Aún  está la euforia uruguaya y el llanto brasileño de hace casi sesenta años, sobre el pasto de Maracaná.

Fue en los primeros días del mes de octubre del año cincuenta y siete del siglo pasado que la gran noticia  remeció al mundo. La Unión Soviética de Nikita Kruschev había lanzado al espacio un satélite.  El artefacto era el primero en rondar la tierra y daba la vuelta al mundo en un par de horas, mucho  más rápido por cierto que la vuelta al mundo en ochenta días de nuestro Verne de la niñez. Era una nueva etapa de la humanidad, con sueños de conquistas espaciales, saludando la hazaña en portadas, fotografías y reportajes periodísticos en todo el mundo.  Las radioemisoras del planeta cubrían en onda corta y larga  las diarias noticias. Cada día era esperado con ansiedad, con los oídos pegados a los receptores.  En nuestro sur del mundo, veíamos cada noche al pequeño Sputnik surcando el espacio obscuro y helado, con el bip, bip, bip, escuchándose en cada receptor. Era como escuchar el latido de la humanidad alejándose en la inmensidad, llevándose un trozo de metal terrestre hacia el titilar estelar. De ese artefacto primero, que salimos a ver en las noches de octubre en la calle del barrio, queda el palpitar breve, el pequeño trazo brillante, que aún vive después de cincuenta años en el bip, bip, bip radial de nuestro recuerdo.

Yo estaba en Santiago, cuando la tierra se transformó en un oleaje embravecido de terremotos. Mi tierra del  sur hecho pedazos. Mi casa de adobes derrumbada, ultrajada por sismos  invencibles. Los murallones, caídos sobre las camas. La noble mesa de las abundantes comidas hogareñas, partida como un hachazo al corazón. Las tejas de la techumbre, desgreñadas, caídas en el suelo en mil pedazos.  Los árboles del patio, temblorosos como niños asustados, en el silencio estremecedor de cada día y cada noche, cuando sólo se perciben los sismos del miedo en cada momento.

Ese era mayo del año sesenta del siglo veinte, que dejó marcada la tierra del sur de Chile en un apocalipsis con Dios furioso, golpeando sus infinitas manos en las montañas, los valles, las calles, los caminos y los oleajes oceánicos. Mis padres, mis amigos, mis hermanos tiritaban de miedo. Cuando llegué, sentí el mismo miedo, metido en los ojos, en los nervios, en los bolsillos de los pantalones, en el cuello de la camisa, en cada oído donde escuchábamos vagamente una radioemisora en medio de los escombros, informándonos que  Chiloé y Valdivia estaban bajo las aguas y la tierra, con la geografía partida en un nuevo mapa de espantos. En tiempos normales las radios provincianas tenían la particularidad de transmitir mensajes de personas de paso por los pueblos y villorrios, hacia las zonas montañosas. Eran mensajes que anunciaban el nacimiento de un hijo en el hospital, la enfermedad de un familiar o el viaje a la gran capital del país de algún joven en búsqueda de trabajo. Eran mensajes en tiempos de labores cotidianas de una vida bucólica y pacífica, con la radiotelfonía como gran hilo articulador informativo de todos los acontecimientos.                                                                                                                Ahora la misma radio nos entregaba noticias de nuestros muertos, de los heridos y hospitalizados. Todos estábamos alrededor de la radio, hipnotizados, imantados a la lectura de las listas de los muertos, esperando secretamente que ningún familiar o amigo nuestro apareciera en cada nueva lista, en cada nueva hora. La única radio nos mantenía informados que desde países lejanos llegarían aviones con ayuda. Que no estábamos solos, que el mundo estaba preocupado de nosotros, que existía un país de cataclismos llamado Chile. Lo escuchábamos en la única radio salvada de la debacle, alimentada por la electricidad de un pequeño motor a petróleo.

En los años sesenta del siglo veinte, hice programas de música clásica por más de cinco años. Se empleaban discos de vinilo y mi propia colección servía para las audiciones dominicales. Siempre pensé que esa hora de transmisiones de música  de los grandes maestros no tenía auditores. Un día, cuando pintaba una acuarela cerca del río que cruza la ciudad, un niño arriaba una piara de cerdos. Se perdió de mi campo visual, mientras absorto en las grandes manchas del cielo, cubría el papel de obscuros nubarrones, en desenfadadas pinceladas. Pinta bien usted, con bonitos colores, dijo detrás mío, sorpresivamente el niño – Sí, hay que ser muy rápido para pintar con acuarela, respondí. Yo conozco su voz, usted trabaja en la radio, me agregó. Yo escucho la música que transmite los domingos, es  muy linda y a mí me gusta mucho. Siempre escucho la radio.

Yo había pensado, hasta ese momento, que nadie escuchaba a Bach, Mozart, Beethoven, Albeniz o  Manuel de Falla en una radio, menos mi programa de cada domingo en la radio Los Confines de Angol.

A lo mejor alguien, por descuido tal vez podría escuchar un concierto o una sinfonía, pero nada más.

El niño, descalzo, se alejó arrreando los cerdos mientras yo terminaba las últimas y enérgicas manchas de la acuarela. El domingo siguiente, en el programa radial, dediqué la sinfonía Pastoral de Beethoven  al niño descalzo y desconocido, a mi único auditor de música clásica.

“Atención a todas las radioemisoras y canales del país. Se dará a conocer el bando número uno de la Junta de Gobierno, presidida por el Comandante en Jefe del Ejército General don Augusto Pinochet Ugarte.” La radio se escuchaba lúgubre.

Refugiados en el interior de la casa campesina de la campiña de Chillán, temblábamos jadeantes luego de haber corrido algunos kilómetros en el polvoriento camino rural.

Sentíamos los vehículos militares muy cerca en esa mañana primaveral y trágica de septiembre. La pequeña radio nos traía la voz metálica, de frases cortas, chillona como un esmeril  torneando latas, del General dueño del país. Nos esperaban cinco años de estado de sitio, con más de diez millones de chilenos aprisionados en sus casas, esperando que cualquier noche irrumpieran los soldados en cualquier casa hurgando sospechosos. Fueron los años en que los receptores de radio estuvieron también encerrados, encendidos en sordina, captando las ondas cortas de radios extranjeras, que nos contaban las noticias verdaderas de lo que ocurría en nuestro propio país. Eran los oídos puestos en cada receptor para saber de los otros, de los que no veíamos. Cada receptor era nuestra secreta compañía nocturna  en medio del miedo colectivo. Era la esperanza transformada en la palabra del Cardenal Raúl Silva Henríquez, su energía, y su mensaje de resurrección apegado a nuestros oídos, como un padre  cercano y nuestro, que como la palabra de Moisés conducía a su pueblo hacia otro  amanecer. Era la esperanza de luz en días aciagos, convertida en la palabra salida desde un receptor, del lugar más secreto de cada hogar, para que cada uno supiera que estaba vivo.

Hoy veo a todo color el conflicto de Gaza. Tiempo atrás, la llamada guerra del golfo nos llegó también a todo color, a todo sonido y a toda muerte. Puedo saber si lloverá en Madrid o nevará en Moscú, puedo ver como se derriten nuestros hielos australes y se nos deshace la capa de ozono perforando la piel y el iris de los ojos. Hasta siento el silvido de las balas del narcotráfico. No necesito imaginarlo. Estoy ahí en el centro de los acontecimientos, sentado cómodamente en el living de mi casa, mientras las muertes siguen ocurriendo en otras partes del mundo, hasta que lleguen a la puerta de mi propia casa.                                                                                                                

El viejo receptor a tubos ya no está. No existen los tubos con sus lucecillas mágicas semejando pequeños edificios luminosos de una ciudad imaginaria. Su caja de madera fue amortajada como un muerto en un basural. Fue botado como se bota a un indigente sin nombre.

Desintegrado, el RCAVíctor entregó sus historias, sus tubos y su caja de madera al polvo terrestre, donde sus voces han callado por  una eternidad

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