Cómo está el patio. Rumores insistentes que circulan por los pasillos del Congreso aseguran que las desagradables cicatrices que luce cierto ex ministro de Interior en su rostro son el resultado de un encontronazo con una jauría de perros policía drogadictos. Más o menos verdad, más o menos mentira; las malas lenguas se refieren a un desafortunado episodio acaecido, mireusté, con ocasión de una visita oficial que giró a La Rioja quien por aquel entonces era...
El presidente del Gobierno se mostró muy ufano. Entusiasmado.
—Bueno, bueno, bueno... ¡Si, señor! Así me gustan a mí estos pepinos —afirmó, campechano, el líder de la nación—: bien fuertes. Ha estao cojonudo. ¡Pero cojonudo! ¡Buá! ¿Sería mucho pedir que me preparasen otro?
—Por supuesto, señor presidente, de inmediato. ¡A ver, sargento...!
—Y oiga, coronel...
—Sí, señor presidente.
—¿No podrían.... darle un poquito más de potencia a éste? Ya que estamos aquí, hagamos que merezca la pena, hombre. Ya sabe a lo que me refiero.
La onda expansiva barrió la zona habilitada para los medios de comunicación, arrastrando personas y equipos hasta el viñedo colindante. Allí, cuerpos y objetos formaron un batiburrillo informe, polvoriento y hasta cierto punto impúdico.
En el caos que siguió a la explosión, heridos y contusionados quedaron a merced de los cóckers yonkis del Grupo de Reconocimiento. Estos animales (los perros), enganchados desde tierna edad a un potente derivado del opio para aumentar su capacidad operativa y su eficacia, se habían vuelto altamente peligrosos con el paso del tiempo. Agresivos por naturaleza, su adicción les había convertido en bestias sanguinarias y desesperadas que solían mostrar una saña fuera de lo común. Muchas de las heridas de las víctimas se atribuyeron a la mampostería que hizo las veces de metralla, pero un examen médico más detenido y más crítico habría identificado en las maltrechas anatomías mediáticas la presencia de mordeduras, desgarros y otras erosiones de sospechoso origen animal.
—¿Me lo va a explicar, entonces? ¿Sí o no?
—Por supuesto, señor, lo que sucede es que...
—Estoy esperando, Mendiluce, por si no lo ha notado.
—Verá, mi coronel, coloqué en el revientapuertas una... una cantidad... digamos... digamos que bastante maja, porque se suponía que...
—No me cuente lo que se suponía, hijo, sino lo que ocurrió.
—En fin, señor, el sargento nos había dicho que sería una simulación en toda regla —el guardia Mendiluce, zapador de las Grupos de Acción Rápida, a los pies de los caballos—. El ejercicio consistía en una infiltración nocturna en una vivienda del Norte, presuntamente ocupada por activistas, ya lo sabe usted. Y como todos esos puñeteros caseríos tienen unas cacho puertas que p´a qué, puessss...
—Pues caña al mono, ¿verdad?
—Y de la buena, señor.
—No lo dudo. En fin, ¿así es como justifica usted el... el incidente?
—¿Señor?
––Si le preguntasen… ¿lo explicaría de esa manera?
––Yo…
—¿Qué todo se debió a un exceso de celo?
—Oh, sí… En efecto, mi coronel, y no sólo de mi unidad. Como le he explicado, el primer petardo estaba cebado a conciencia. Así que cuando luego los VIP nos pidieron el segundo, el de la carga extra... Vaya, se lo puede usted imaginar.
—No tengo más que echar un vistazo a la prensa de ayer, hijo... Es curioso, tenía entendido que los periodistas abjuraban del uso exorbitante o teratológico de la adjetivación en sus informaciones.
––¡Que se vaya, coño! ¡Largo de aquí!
EL ZABORRAZO PADRE
Aprovechando la pausa en las maniobras, el ministro de Interior dejó que se le acercaran los periodistas. Era su intención no moverse del punto donde se hallaba, para no parecer ansioso por colocarse ante las cámaras. En el último momento, cuando el rebaño informativo ya comenzaba a tomar posiciones frente a él, perdió el autocontrol y (diciéndose a sí mismo que lo hacía para distanciarse de sus guardaespaldas, de manera que no fuesen identificados) avanzó un par de pasos. Cuando chocó con los primeros plumillas, supo dos cosas: una, que la corresponsal de CNN+ olía a coco (como Beckham, qué coincidencia); y dos, que había cometido un error de cálculo. Otro más. Pese a ello, su condición de ministro le permitió no tener que variar de posición. Fue la canallesca la que tuvo que recular, a regañadientes, siguiendo las no muy amables pero indudablemente efectivas indicaciones de dos armarios colmados de anabolizantes.
Tras carraspear discreta mas prolongadamente, como era su costumbre, el ministro dio comienzo a una declaración oficial bastante improvisada. Aún notaba el efecto de la última detonación en los oídos. “Jodidos artificieros psicópatas...”, pensó para sus adentros mientras soltaba el rollo más o menos al azar.
A sus espaldas, efectivos de la Unidad de Acción Rural de la Benemérita despejaban el área donde acababan de realizar uno de los ejercicios programados con motivo de la visita del presidente del Gobierno. Estaba previsto que la exhibición continuara veinte minutos más tarde en otro punto del campo de entrenamiento, así que el ministro disponía de un rato para atender a la Prensa. La siguiente fase de la recepción se consideraba privada, no abierta a los informadores... lo que la convertía con mucho en la parte más interesante de la jornada para éstos. Sin embargo, en aquellas circunstancias nadie podía arriesgarse. En cierto modo, el grupo de cotillas se encontraba bajo la ley marcial. Al menos, sujeto a algún tipo de oscuro e impreciso código castrense.
Habían sido convocados al punto de la mañana en la Delegación del Gobierno, donde se les registró de manera harto minuciosa y se les acreditó con un celo rayano en la identificación policial. Después fueron conducidos conjuntamente, bien en autocar bien guiados sus coches por vehículos de la Guardia Civil, hasta la zona de maniobras. El trayecto, realizado por carreteras próximas a Logroño, había sido de película: interminable caravana con aparatosa escolta policial, uso excesivo de sirenas, prioridad absoluta en todos los cruces y apreciable (cuando no exagerada) velocidad de desplazamiento.
De ninguna manera estaban las cosas como para saltarse el guión. Por aquellos lares infestados de minas, de francotiradores camuflados y de conejos mutantes (debido a la mixomatosis y a los gases utilizados en los entrenamientos) no convenía tentar a la suerte.
El ministro seguía con su perorata monocorde, aquejada de vacilación crónica. En ese momento alababa la eficacia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. "Unidades como ésta", aseguraba ya justito de saliva y de capacidad retórica, "continuarán en su línea de trabajo eficaz, priorizando la cooperación internacional y..." Bla, bla, bla. El discurso perdía gas claramente. Los micrófonos comenzaban a ser retirados. Hacía un buen rato que los fotógrafos ya no enfocaban al orador. Incluso éste se dio cuenta de que era el momento de cortar. Buscó en su repertorio una última frase laberíntica, a la que precedió una breve pausa que aprovechó para gesticular con sus manos femeninas.
Todo sucedió mientras cogía aire. Primero llegó una sutil vibración, algo así como una brisa dotada de carga magnética, cuya tibieza el ministro percibió en el cogote. La onda pareció retirarse de inmediato, como sus análogas marítimas. El inopinado reflujo se llevó consigo el oxígeno de las inmediaciones del corro periodístico. Aturdidos y presas instantáneas del sofoco, algunos reporteros dirigieron sus miradas desconcertadas más allá del entrevistado, quien ya dispuesto a girarse reconoció el desconcierto en los ojos de sus interlocutores. No supo qué le alcanzó antes, si el estallido seco, si el abrazo gorilesco de sus escoltas o si la brutal propagación que los arrolló a todos sin contemplaciones.
Unos metros más allá, el presidente aplaudía satisfecho, encantado de la vida. Fue la última imagen que captó el ministro antes de que aquel extraño sonido le helara la sangre en las venas.