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Trenado García, Juan (El Espantapájaros)

La tertulia



La nieve se acumulaba sobre el viejo empedrado de las calles del casco histórico de la ciudad. No había nevado en cantidad, pero los copos llevaban horas cayendo delicadamente sobre el suelo, y sobre la gente que siempre paseaba por la calle Mayor. Por los soportales, muerto de frío, caminaba Gustavo bajo mil capas de ropa que no lograban calentar su delgado cuerpo. Su pelo era rubio y largo, y le daba un aspecto algo femenino. Sus pasos se dirigían a toda prisa hacia el café donde iba a asistir a su primera tertulia literaria. Siempre había querido saber cómo eran. Le gustaba leer y escribir, y desde su adolescencia siempre se había imaginado como serían aquellas reuniones, como las de los intelectuales en los cafés de París, o las de escritores y poetas en el café Gijón. Días antes, había encontrado un panfleto por casualidad en un tablón perdido en un pasillo de su facultad. El papel rezaba algo parecido a esto:” ¿Te interesa la literatura? Acompáñanos en nuestra reunión el próximo día 20 de diciembre y comparte con nosotros el gusto por las letras. No faltes, día 20, 17:00hrs en el café Cervantes”. Para gustarles la literatura, tampoco se lo habían currado demasiado buscando las palabras.

Eran ya las cinco y diez cuando Gustavo atravesó las puertas del café. El lugar era acogedor. Espacioso, con una gran barra tras la que se escondían varios camareros. Las sillas y mesas no eran de esas de plástico tan comunes y tan impersonales en cualquier bar, cafetería o terraza, sino que eran de hermosa madera oscura. Los muros de un tono tirando a anaranjado y decorados con todo tipo de motivos complutenses, fotografías, cuadros, etc. Habían habilitado una zona para la tertulia juntando varias mesas en un rincón y había unas veinte personas que las rodeaban mientras los que se conocían entre ellos charlaban entre ellos, y los que no, disimulaban esperando que llegara el momento de sentarse. El director de la tertulia era un profesor de filología que había publicado varias novelas sin mucho éxito. Era un tipo de unos cuarenta y pocos años, con el pelo cano y gafas con cristales que se oscurecían con la luz del sol. Tenía una cara amable, ciertamente empática.

-         “¿Ya estamos todos? –preguntó un poco sin esperar respuesta. Bien entonces sentémonos y demos comienzo a esta tertulia literaria”.

Todos tomaron asiento donde buenamente pudieron y un camarero pasó con una libreta tomando nota a cada uno de los contertulios. Una vez hubo terminado, el profesor volvió a tomar la palabra.

-         “Para los que no me conozcáis, mi nombre es Miguel Sáez de Barraza, aunque podéis llamarme Miguel. Doy clases de Historia de la Literatura en esta gloriosa universidad –dijo haciendo referencia a la Universidad de Alcalá-. Algunos tal vez hayáis asistido, y otros tal vez me conozcáis de otras tertulias o hayáis leído alguno de mis escritos.

Miró los rostros de su público, entre los que había un poco de todo. De las veinte personas, cinco eran mujeres y los quince restantes eran varones, entre los que se podía entrever un jubilado que había retomado los estudios, un intelectual aparente, algún que otro cerebrito, varios oyentes curiosos, una artista depresiva y una preciosa rubia que parecía salida de algún catálogo de ropa interior.

-         “Me gustaría comenzar leyendo un breve fragmento de mi última novela –dijo mostrando una ligera sonrisa de autocomplacencia-. Comienza así:

Tenía un brillo en los ojos. Un brillo de conocimiento, de sabiduría y de calma, parecido a esa sensación que se tiene cuando uno mira largo tiempo una hoguera. Se sabía conocedor de las mujeres. Había yacido con cientos de ellas, y de cada una tenía guardado en su memoria un pedacito, un detalle, una virtud. Nunca había tenido muy claro lo que buscaba en la vida, y esa duda, era lo que le había hecho cambiar tanto, de ciudad, de trabajo, de compañera. Al final no estaba descontento con cómo le habían ido las cosas. Unas veces mejor, otras peor, pero al fin y al cabo, ¿quién sabe a ciencia cierta lo que es la vida?

Aquí se detuvo, hizo una pausa dramática y con un sobreactuado suspiro, levantó la mirada. El resto de contertulios arrancaron en aplausos, aunque Gustavo no tenía muy claro el por qué.

-         “Bueno –dijo finalmente-. ¿Alguien tiene algo que añadir?

El señor jubilado tomo la palabra. Se presentó como Julio, y comenzó a hablar sobre la literatura como modo de vida, como camino y destino, y comenzó a enlazarlo todo con historias de su juventud a las que prácticamente nadie hacia caso.

Pronto se presentaron dos camareros trayendo los pedidos de todo el mundo, ocasión que aprovechó Miguel para cortar el tema.

-         “¿Alguien nos quiere leer algún fragmento conocido o de cosecha propia? –dijo posando sus ojos en la joven rubia a modo de sutil cortejo.

-         Yo mismo –se adelantó el intelectual-.

Iba vestido con unos vaqueros de aspecto gastado pero seguramente de los más caros que se podían encontrar en todo el café. Llevaba una camiseta con un símbolo anárquico, y un pañuelo palestino de cuadros grises atado al cuello. Su pelo era negro y largo. Su barba mal afeitada, y llevaba un piercing en la ceja. Tenía una pose indiferente y antisocial muy estudiada, aunque se le veía a la legua que era un niño pijo queriendo resaltar.

-         Adelante –le instó Miguel sin apartar mucho la mirada de la rubia-.

-         Bien. Me llamo Germán, y me considero estudiante, poeta y vividor. Si me lo permitís, voy a leeros un poema que me ha venido a la cabeza esta mañana y al que he titulado, La Soledad:

Bebo mientras olvido el por qué.

Luego, abrazado a la taza del váter, fiel amiga de noches solitarias

Vomito mi vida viendo como se marcha.

Todo es una mierda, una falsa invención.

Mi pecho repite el eco de un corazón jodido.

Alcohol, drogas, putas. Alcohol, drogas, putas. ¿Acaso no veis que ésta es la vida?

De nuevo hubo aplausos. Gustavo pensó que no había oído nada tan malo en la vida, pero luego se dio cuenta de que todavía era pronto para tal afirmación, aquella tertulia prácticamente acababa de empezar. ¿Quién sabe lo que le quedaría aún por oír?

-         “Ha estado muy bien, Germán –le indicó el profesor-. Lo único que puedo comentar, y seguro que todos estaréis conmigo, es la rapidez. Esa sensación de caos y de me siento, escribo lo primero que se me viene a la cabeza y ya está, un poema. Los escritores como yo, trabajamos a un ritmo lento, revisando y corrigiendo cada página una y otra vez. Buscando la palabra más apropiada hasta que la encontramos. La literatura, tanto la narrativa como la poesía, han de ser reflexivas. Llevar un proceso lento.”

Se sentía como un gran sabio griego rodeado de ignorantes discípulos a los que aleccionar.

-         “Hoy en día –comenzó de nuevo un discurso dirigiéndose casi exclusivamente a los pechos de la chica rubia-, la poesía se ha convertido en algo roto, casi violento. Ya no se guardan las antiguas formas, ni rima, ni ritmo, ya no hay una división clara de estrofas ni a penas figuras. Lo que hay suelen ser frases, sentimientos o pensamientos a menudo confusos, buscando el choque con el lector, la sorpresa o la provocación. El poema de vuestro compañero es un claro ejemplo. Bueno…bueno, ¿quién más quiere comentar o leer algo?”

Junto a la chica rubia, había otra joven, de corta estatura y con el cabello corto y rizado. Vestía de forma un tanto bohemia, como si fuera una intelectual francesa, o una dama de una película en blanco y negro.

-         “Hola, me llamo Sofía, y actualmente me defino como ‘desilusión’.”

Gustavo no salía de su sorpresa. Jamás había conocido a nadie que pudiera autodefinirse, y para más inri, como un sentimiento. Tal vez le quedaba mucho por aprender de aquellos intelectuales, pensó mientras se le escapaba una sonrisa estúpida.

-         “Soy una artista polifacética. Me gusta escribir poesía, pero también me dedico a la fotografía y a la pintura. En esta última época he estado metida en un pozo para el espíritu. Han ocurrido varios reveses en mi existencia, como son el fallecimiento de un familiar, y la ruptura con mi anterior pareja. Eso ha provocado que mi arte se tiña de oscuro. Voy a leeros un poco de uno de mis poemas. Digo un poco porque actualmente estoy haciendo poemas de cientos de versos, a los que llamo sentimientos infinitos.”

Bajó la mirada y guardó silencio unos segundos como para concentrarse y luego comenzó con exagerada voz:            El sol se pone en mi alma, ¿volverá a salir mañana?            ¿Regresará la mañana a mi ventana?            Mis poros duelen mientras sienten que te echan de menos.            El aire huele distinto. Sabe distinto, cuando ya te has ido.            Ya no estás y no consigo acostumbrarme. ¿Dónde quedó el amor y las caricias?            Se habrán marchado con el sol,y tal vez, tal vez, regresarán mañana.

Se quedó unos instantes mirando al infinito, y en seguida Gustavo se adelantó a todos al aplaudir como si le hubiera encantado y fuera su fan número uno. Ella se ruborizó ligeramente mientras saboreó las mieles de su éxito.

-         ¡Fantástico, Sofía! Una gran creación –dijo Miguel asintiendo vivamente con la cabeza. Has conseguido desnudar tu alma de una manera extraordinaria. Sigue por ese camino.

Sofía, volvió a ruborizarse mientras le agradecía sus palabras. Para ese entonces, parecía que todos habían perdido la vergüenza. La mayor parte de los tertulianos tenían algo que leer. Después de todo, daba igual lo malo que fuera, aquello estaba desatado y los aplausos saltaban a diestro y siniestro, sin conocimiento.

Luego tomó la palabra un tipo de unos treinta y cinco años y que se afeitaba la cabeza por su incipiente calvicie. Llevaba puesta una boina gris que no se había quitado desde que había llegado, y tenía una ligera perilla que le ocupaba solamente la zona de la barbilla.

-         Buenas tardes a todos. Mi nombre es Charlie del Valle, y soy pintor. Llevo años como artista y he realizado varias exposiciones en Madrid y en Granada.

A todos ellos parecía encantarles fardar. Ponían un exagerado énfasis en su currículo y en demostrar que de verdad eran unos artistas con enorme talento. Lo cierto era que su verdadero nombre era Carlos Vallejo, y lo que él llamaba exposiciones, era en realidad que algunas cafeterías de sendas ciudades le habían permitido colgar sus cuadros en las paredes algún tiempo para tratar de vender alguna de sus pinturas con moderado éxito.

-         Siempre me ha gustado estar en contacto con personas relacionadas con todo tipo de arte, y así ver lo que se cuece en el mundillo intelectual al que pertenecemos.

Hablaba de forma un tanto paternalista, como si fuera un pintor exitoso, que ya está de vuelta de todo, y que podría aconsejar y guiar a nuevos artistas en sus caminos. En cierto modo, se sentía superior al resto de contertulios, y únicamente al mismo nivel que Miguel.

-         Según yo lo veo, los artistas tenemos que ser el motor de la sociedad. Nuestra visión ha de ser la luz en la que se fijen todas las miradas. Deberíamos estar más involucrados en temas políticos. Más concienciados con todos los temas actuales. Con las guerras, con el cambio climático, con las injusticias, y no solamente fijándonos en nuestro propio arte.

-         Cierto, le interrumpió Julio. En mis tiempos los intelectuales nos pasábamos la vida en la calle. Ya fuera protestando en una manifestación, lanzando panfletos, o dando muestras de arte o espectáculos al aire libre. Cualquier rincón era nuestro escenario. Un parque, una plaza, cualquier lugar con el suficiente espacio se convertía en un improvisado recinto artístico en el que dejarnos ver.

Los camareros volvieron a tomar nota, pero esta vez, después del café inicial, la mayoría de ellos comenzó a pedir bebidas alcohólicas. Miguel se pidió un Coñac, Germán optó por un Glenfidich con hielo, y los demás, más modestos, se decidieron por pacharán y licores variados.

Miguel bebió de su Coñac y lanzó una sonrisa a la joven rubia. Esta vez ella se animó a hablar, sintiendo eso sí un poco de vergüenza. No la molestaba que la miraran, ya estaba acostumbrada. No obstante no estaba acostumbrada a que la escucharan, sobre todo hablando de arte.

-         Hola a todos –saludó. Me llamo África. Me gustaría leeros algo. No es mío, sino de un genio, don Pablo Neruda, y está dentro de sus “Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada”. Dice algo así –comenzó a recitar de memoria los versos con una voz viva y musical: “Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes…”

Todos guardaron silencio unos instantes paladeando las mágicas palabras y luego rompieron a aplaudir. En aquel momento era como si el propio Neruda se encontrara allí. Todos estaban invadidos por una sensación de -¡Joder, somos grandes!

-         Una excelente elección, África. Uno de los más grandes poetas que ha dado la historia. Muchas veces me han comparado con esas imágenes y ese estilo de Neruda, aunque no creo que nadie pueda compararse con el maestro –dijo Miguel con falsa modestia-.

Gustavo se sintió embriagado por los versos del poeta, y trató de hacer memoria y recordar un poema que él mismo había escrito años atrás. No se consideraba poeta, de hecho ese era el único poema del que no se avergonzaba del todo. Poco a poco, las palabras fueron acudiendo:

Mis manos se funden en tu ardiente vientre.

Recorren tu cuerpo, son ciegas, se pierden.

Buscan un camino en la fría noche,

Pero nunca llegan, siempre se entretienen viendo las estrellas,

Mirando a la luna que se va y desciende

Sobre las montañas de tu dulce vientre.

Mientras Gustavo había estado distraído, ausente a lo que le rodeaba buscando su poesía, Germán ya había comenzado con uno nuevo de sus maravillosos poemas que esta vez trataba sobre pollas y dioses, o algo similar. Lamentó haberse perdido gran parte del poema aunque sintió que con lo poco que le había prestado atención, había entendido la esencia del mismo. Un genio le había comentado en una ocasión que para ganar un premio de poesía en los últimos años, sólo había que introducir entre los versos algún taco o alguna palabra como esperma o vagina, y tenías el éxito asegurado. Así es la poesía moderna, un dechado de virtudes. Hemos pasado por ilustres poetas durante la historia, Góngora, Quevedo, Bécquer, Juan Ramón, García Lorca, Neruda, y tantos otros, para acabar ganando premios de poesía hablando sobre pollas.

El tiempo fue pasando. De la lectura de poemas se pasó hacia la discusión sobre el arte moderno y a la literatura como único arte verdadero, con un menosprecio absoluto sobre cualquier otro tipo de expresión artística. Luego se pasó a como se ha ido relegando el papel de los intelectuales a un segundo plano en la sociedad y en la política. Se contaron batallitas y así, con el ánimo exaltado, gran parte de los allí reunidos salieron en tropel a pegar poemas por las calles de la ciudad.

Gustavo, salió con el grupo pero fue dejando que se alejasen lentamente y se mezcló con los transeúntes que caminaban por aquellas calles llenas de historia. Lo cierto era que mientras caminaba hacia su casa, no le quedó más remedio que definirse como ‘desilusión’, ya que aquello distaba mucho de lo que él se había imaginado. Tal vez lo de las tertulias era algo que debía de quedarse en el pasado y no recuperar.

II

Cuando todos salieron de aquel café, Miguel se detuvo a hablar con África. Era de las chicas más hermosas que habían acudido a alguna de sus tertulias y no había dejado de observarla durante todo el tiempo que había durado la reunión. La ofreció un cigarrillo que ella rechazó y él se encendió uno con un bonito mechero dorado.

-         ¿Qué te ha parecido la tertulia? ¿Estás contenta de haber venido? –preguntó Miguel.

-         Me ha gustado mucho. Es genial juntarse con algunos futuros artistas.

-         Bueno, lo cierto es que no creo que ninguno de ellos tuviera verdadero talento. Te lo digo yo, que de esto sé un poco –dijo mostrando una sonrisa de superioridad. La única que me ha parecido que tuviera verdadero talento, eres tú.

-         ¿Yo?, si el poema ni siquiera era mío.

-         Lo sé. Pero aún así se percibe claramente que eres capaz de contemplar la belleza y de reconocer lo que es bueno de lo que no lo es. Estoy seguro de que tienes unos poemas preciosos ocultos en algún lugar de tu cabeza, deseando salir.

-         Bueno, la verdad es que he escrito algunos, pero no creo que sean demasiado buenos.

-         Creo que eso no deberías decidirlo tú. Los buenos escritores tendemos a ser demasiado autocríticos y nunca estamos del todo satisfechos con lo que escribimos. Estoy seguro que hasta el mismísimo Cervantes tuvo dudas mientras escribía El Quijote. ¿Por qué no me enseñas algo que hayas escrito? Tal vez yo pueda darte mi opinión.

Miguel iba poco a poco aproximándose a ella, tocando su mano ligeramente mientras la animaba a enseñarle algún poema, cuando en realidad era lo único que no le importaba no ver.

-         ¿Quieres venir a mi casa? –se atrevió por fin Miguel a preguntar. Podría dejarte algún libro de poemas interesante o algún ensayo sobre cómo escribir poesía.

-         Claro, asintió ella.

Miguel vivía en el mismo centro de la ciudad, en unos apartamentos que habían construido a partir de un edificio antiguo rehabilitado. La casa no era muy grande, unos 50 metros cuadrados, con una sola habitación y un cuarto de baño, pero era un lugar precioso y estaba situado en un enclave extraordinario. Al llegar, la invitó a sentarse y puso un par de copas y algo de música de “Al Green” para entrar en ambiente. Sacó algunos tomos de poesía, otros sobre creación literaria y, cómo no, alguno de sus libros. Una hora después ya la tenía en la cama, que era lo único que había querido desde que la había visto entrar por la puerta del café.

Cuando hubieron terminado Miguel comenzó el final de su magistral actuación. Se puso en pié en seguida y comenzó a vestirse mientras resoplaba.

-         ¿Qué te pasa? –preguntó África incorporándose en la cama.

-         Creo que todo ha sido un error –dijo de espaldas a ella mientras se abotonaba la camisa.

-         ¿Un error? ¿A qué te refieres?

-         Esto no tenía que haber pasado. Yo soy profesor de la facultad, y tú una estudiante. Ha sido precioso, nos hemos visto arrollados por la pasión de la poesía y nos hemos liberado de nuestras ataduras físicas. Pero está mal. Si alguien en la Universidad se enterara de que me he acostado con una alumna, me expulsarían de inmediato. Sería el fin de mi carrera. Creo que esto no debería de haber ocurrido nunca.

-         No te preocupes. Yo no se lo diré a nadie. Esto quedará entre tú y yo.

África se levantó de la cama y comenzó a vestirse también, sintiéndose en cierto modo culpable de los males de ese pobre hombre.

-         Te lo agradecería. Y creo que lo mejor sería que no nos volvieran a ver juntos.

-         Claro.

-         Eres estupenda. Sé que algún día lo conseguirás. Serás una gran escritora.

-         Gracias. Y descuida, lo que ha pasado aquí no lo sabrá nadie jamás.

-         Te lo agradezco.

Ella terminó de vestirse y se marchó sin apenas despedirse. Miguel cerró la puerta y se quedó apoyando la espalda en ella y mostrando una sonrisa de satisfacción. Hizo un gesto de negación con la cabeza, como sorprendiéndose de que ese viejo truco nunca le fallase, y se dirigió a la mesa del salón. Abrió un cajón y de ella sacó varias fotos de su mujer, sola en algunas, junto a él en otras, y las fue colocando en sus respectivos lugares en el mueble. Luego tomó un pequeño calendario y se dispuso a observar cuando tenía su esposa la siguiente conferencia para ir preparando una nueva Tertulia Literaria.

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